martes, 15 de marzo de 2016

Memoria

Lo que daría porque fuese ya de día y su dulce voz me susurrase “lavavajillas”, “espumadera” o “colesterol”. Esta noche la actualizan. Cuando la compramos la pobre era incapaz de comprender que murmurabas palabras sin sentido solo por confundir su cerebro electrónico. Me divertía tanto verte musitando “tenedor” o “panadero” que creo que te empezó a imitar solo por hacerme reir. Cuando… te fuiste, dejó de hacerlo, desorientada. Una mañana, saliendo de la noche sin sueños que buscaba en las pastillas, la encontré susurrando al pie de mi cama, buscando la risa que se fue contigo. Dicen que en el hospital no es seguro un modelo tan antiguo. Y temo que con su memoria yo pierda la tuya.

martes, 19 de enero de 2016

Caídos

Pero nunca, sin saber bien por qué, dejarán de mirar hacia arriba. Aunque les hayan vencido, aunque les hayan prometido que la pena será eterna. Castigados por seguir al Portador de Luz, qué les queda sino la esperanza del perdón. Y aún esperan, mirando al cielo, que un rayo de luz levante el castigo.



Esperanzas

Pero nunca, sin saber bien por qué, dejarán de mirar hacia arriba. No tiene mucha lógica porque si miran hacia uno de los lados pueden ver el mar, y si miran hacia el otro, a sus compañeros. Si miran hacia delante, más compañeros y a veces al jefe cuando le da por el látigo. Detrás, más compañeros aún y el tipo del tambor. Que no miren abajo lo entiendo, yo tampoco lo haría si estuviese en su lugar. Pero siguen mirando hacia arriba al remar. Como si creyesen que van a salir vivos de aquí.


Al paraíso.

Pero nunca, sin saber bien por qué, dejarán de mirar hacia arriba. Da igual lo apiñados que estén, cuánto tiempo lleven en la caja o que estén en el fondo, sepultados bajo varios compañeros. No les importa que estén las luces apagadas o el traqueteo del camión de transporte. Incluso parecen ponerse de puntillas cuando oyen como caen las monedas en el cajetín. Miran hacia arriba y esperan que el Gran Gancho los elija y transporte a un mundo mejor. Y no pierden la esperanza, aunque falle la mayor parte de las veces.

martes, 22 de diciembre de 2015

Destino

Las besa con suma conciencia para no equivocarse con las hilanderas. Dos besos, uno en cada mejilla, para la doncella. Un beso, en los labios, para la madre. Y un último beso, en la frente, para la anciana. La doncella agacha la cabeza mostrando sus manos vacías, no habrá más hilo de oro, no más alegría, no más gloria. La madre rehúye su mirada, a su espalda sus manos ocultan un ovillo de lana negra. Solo la anciana lo mira de frente, las manos sobre el regazo y en ellas unas tijeras. Creo que puedo guardarme mis preguntas, piensa el joven guerrero. Ya tengo todas las respuestas.

miércoles, 23 de septiembre de 2015


La caja

Al abrir el contenedor se dio cuenta de que estaba empezando a olvidar el nombre de las cosas. Pero siguió buscando. Él le había dicho que estaba al fondo. Que lo último que quedaba en la caja era importante. Se le iba la mente, con cada mal que escapaba del recipiente su cabeza se perdía más y más. Pero no podía, no debía parar, él le había dicho que sin lo que había al final no habría hombres. Cayó al suelo, desmayada. Pero no vencida. Allí estaba, al fondo del contenedor, brillante como una estrella. La esperanza.



Recuerdos

Al abrir el contenedor se dio cuenta de que estaba empezando a olvidar el nombre de las cosas. Sonrió triste, reacia a engañarse a sí misma. Hacía tanto que olvidaba tantas cosas. Si hubiese tenido familia ahora podría apoyarse en ellos, pero estaba tan sola... Desató un lazo azul celeste que sostenía un paquete de libros, tomó uno de ellos. Pasó las páginas, deteniéndose donde algunas desvaídas entradas de cine quizá señalaran algo importante. Unas flores secas resbalaron hasta el suelo. No podía recordar ni las películas ni dónde había recogido aquellas flores. Apretando el diario contra su pecho dejó escapar un sollozo. A su espalda, apenado, su marido abrazaba a uno de sus hijos.

lunes, 9 de marzo de 2015

Prisión


Seguía atrapado allí dentro del espejo. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Meses? ¿Años? El pergamino le aseguró que encontraría todas las respuestas dentro del espejo, si se sumergía en él durante la noche más larga y oscura, cuando el solsticio de invierno coincidía con el novilunio. Lo único que encontró fue a un anciano gritando “¡libre!”, mientras la fuerza del espejo le arrastraba dentro, a una prisión sin puertas ni esperanzas. Bueno, solo una. Que alguien encontrara de nuevo ese pergamino.

Atrapados


Seguía atrapado allí dentro. Casi dos mil personas apiñadas en un espacio pensado como máximo para setecientas. Podía oír el llanto de un niño, preguntando a sus padres cuando podrían salir de allí. El hedor a humanidad encerrada comenzaba a hacerse insoportable. Pronto empezarían las peleas por los mejores lugares, más cómodos y con más aire fresco. Los débiles serían desplazados al centro del pasillo y sin duda serían los primeros en ser devorados cuando llegara el hambre. Quizá estuviese exagerando, pero ya llevaban quince minutos parados en el tunel del metro.

lunes, 9 de febrero de 2015

Venganza

Le faltarán, al menos, un par de centímetros para alcanzar la barra del trapecio. Y sabrá en ese mismo instante que fui yo quien recogió las cuerdas lo suficiente como para dejarlas fuera de su alcance. Que pagará, culpable, con su vida. Espero que en el momento en el que quede suspendida en el aire, inalcanzable el resto de su vida, pueda ver mis ojos. Y que lea en ellos, y se lleve con ella el recuerdo de que siempre supe.

Aburrimiento

Le faltarán, al menos, un par de centímetros para alcanzar la barra del trapecio. Dibujaré al pobre trapecista cayendo al vacío del ejercicio inferior, el de calcular el volumen de un cilindro. Ya veremos, a lo mejor se lo lleno de agua. O de pirañas. Depende de lo aburrido que esté el resto del examen.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Y fin

No creo que pueda pedirse mucho más para ser un lunes por la tarde. Buena comida, buena bebida, buena compañía… Lástima de la música, pero sin tener electricidad no parecía una buena idea. Podíamos haber traído unas baterías, pero parecía mucho trabajo para tan poco tiempo, y subirlas hasta aquí arriba nos daba pereza. Porque buena vista tenemos, ¿eh? Desde esta terraza lo vamos a ver todo genial cuando suenen las trompetas, aparezcan los cuatro jinetes y todo se vaya a la mierda. No todos los días llega el fin del mundo.

lunes, 19 de enero de 2015

Casi

Usted es el primero que la abre, joven. Le felicito. Muchos otros han venido antes que usted y han fracasado antes de llegar a la puerta. Las trampas mortales, los guardias, el laberinto… Ha conseguido usted superar todas las barreras, estoy impresionado. Tenga, tome un poco de agua, parece que ya le está subiendo la fiebre. Es usted uno entre un millón. Una lástima lo del mecanismo con la aguja envenenada en la cerradura de la puerta, ¿verdad? ¿cómo no se le ocurrió ponerse guantes gruesos? No me mire así, comprenderá que un hombre debe proteger sus riquezas.



Largo de aquí

Usted es el primero que la abre. Al menos desde dentro, claro. Deje esa cabeza ahí fuera, se lo ruego, si se empapan las alfombras se echarán a perder. Por favor, no me grite, me da igual quien sea. ¿Hijo de Poseidón? Claro, claro. Mucho más original que ser descendiente de Zeus, podría pensarse que el Olímpico se pasa todo el día... La espada, por favor, que los tapices no se limpian solos. Le repito que deje de gritar. Recoja su hilo y lárguese, al rey no le va a hacer ninguna gracia lo que ha hecho con su mascota.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Pero ya nada sería igual

Destino
Pero ya nada sería igual. Ni los viajes de fin de semana con Pirata sedado en el asiento de atrás. Ni las cenas en la casita de la playa, siempre con sus amigos, bebiendo y riendo. También es cierto que habría menos dolor. Y ya no habría gritos. Pero ya nada sería igual. Y no creo que pudiera acostumbrarme a la cárcel.



Mañana
Pero ya nada sería igual. Habría música, ¿te acuerdas? Música y risas y comida caliente y gente amable. Y nadie nos gritaría por ser distintos, ni estaríamos siempre ateridos de frío, ni esperando al siguiente golpe. Sí, todo sería distinto. No tendríamos que trabajar desde que sale el sol hasta que se pone, llenos de cortes y heridas que nunca llegan a cerrarse. Pero ella está enferma, y no podemos irnos sin mamá.

martes, 4 de noviembre de 2014

Demasiado

El muñeco fue el primero en cerrar los ojos. Exhausto, se dejó caer sobre el cajón como un peso muerto. Había sido un día agotador. Soldado. Chófer. Cocinero. Martillo. Comida para otro cocinero. Gigoló para una pepona a la que faltaban un ojo, una pierna y buena parte del relleno. Explorador o pirata o algo así, casi no recordaba nada del turno de tarde. Pero recordaba que había agua. O eso esperaba, que fuese agua. En algún espantoso momento, mordedor para los más jóvenes. En la tercera boca dejó de contar. Y en la quinta, de gritar. Dimito, fue su último pensamiento antes de quedarse dormido. Dimito.

miércoles, 11 de junio de 2014

Arcas de memoria

Como nos reímos entonces. A principios de 2014 recibimos una foto del Curiosity mostrando una luz brillante sobre una colina marciana. Desde lejos parecía una bengala apuntando al cielo. Que si obeliscos de Kubrick, que si una puerta abierta de una ciudad subterránea de hombrecillos verdes. Que risas. Un rayo cósmico había impactado sobre una de las cámaras del vehículo, nos dijeron, haciendo que apareciera ese punto brillante. Y nos lo creímos, claro. No vas a saber tú más que la NASA. El Curiosity no volvió a pasar por la zona hasta seis meses más tarde. Y entonces ya no hubo dudas. Un objeto emisor de luz. Y llevaba como mínimo seis meses haciéndolo. Que buenas baterías, oye.

Nos acercamos, por supuesto. No lo íbamos a dejar pasar. No recuerdo quien dijo que si la especie humana encontraba alguna vez un botón con la leyenda “No pulsar, destrucción del universo asegurada. VA EN SERIO”, lo pulsaría solo para ver qué pasa. Guiamos al Curiosity hasta el mismo objeto. Una especie de barra brillante, metálica, sobre un soporte circular. Daba lecturas fuera de escala en el DAN, pero el DAN era de fabricación rusa, y, claro, que qué podía esperarse. Las cámaras de riesgos del Curiosity encontraron media docena de placas metálicas cóncavas alrededor del objeto brillante. De tamaño ligeramente superior al del objeto, distribuidas uniformemente alrededor. Muescas en cada placa que sugerían que encajaban unas con otras hasta formar una especie de huevo alargado. Sí, blanco y en botella.

Debía ser algún tipo de sonda o de bengala. O estaba emitiendo información sobre Marte o estaba emitiendo una señal de auxilio. O era una especie de faro. O un cartel de “no pasar, cuidado con el perro”. Salvo por la inmensa cantidad de neutrones libres que había encontrado el DAN no se apreciaba ninguna otra emisión. La cámara para múltiples espectros no encontró nada más que señales en el espectro visible, constantes, sin ningún patrón apreciable. Así que asumimos que no se estaban emitiendo señales al exterior del planeta. Pero era como un pequeño faro que nos atraía. Aquí, aquí, estoy aquí. Tócame, tócame, qué podría salir mal. Así que condujimos al rover hasta casi tocarlo. Y, bueno, como no, usamos el ChemCam para saber de qué material estaba hecho. Por si no lo sabíais, el ChemCam usaba un pequeño láser infrarrojo para vaporizar rocas y analizar los gases resultantes. Sí, lo que estáis pensando. Disparamos un rayo láser contra un objeto alienígena emisor de una cantidad absurda de neutrones…

El láser tenía un pulso de cinco nanosegundos. Diez nanosegundos más tarde todos los dispositivos a bordo del vehículo quedaron cegados debido a una sobrecarga de todos los sistemas, el brillo emitido fue recibido incluso desde la Tierra. Y nos pusimos a temblar. Primero disparamos, luego pedimos perdón por el ruido. Así somos.

Pasaron unos meses, así que después del Primer Pánico, el más leve, nos dispusimos a enviar otra sonda a Marte. No hubo tiempo para mejorar los vehículos tipo Curiosity, así que enviamos dos, con el segundo rover reservado para grabar a distancia al primero. Para lo que sirvió… Seis meses entre pruebas y el viaje. Sí, seis meses, el tiempo entre el Primer Pánico y el Segundo. Entre que dejó de emitir el Curiosity y que dejó de emitir la Voyager 2. La Voyager 1 estaba más alejada, pero se ve que los Otros venían por otro lado.

Por casualidad la New Horizons iba por el mismo camino, los Otros seguían también el plano de la elíptica. Ya estaba a distancia de empezar a hacer mediciones sobre Plutón. Y así obtuvimos las primeras mediciones sobre los Otros. Seis objetos no identificados a velocidad endiablada y constante saliendo del cinturón de Kuiper con rumbo al centro del Sistema Solar. El más grande del tamaño de Ceres y los dos más pequeños del tamaño de Fobos y Deimos. Exactamente del mismo tamaño. Y la misma forma. Cuando los de relaciones públicas de la NASA publicaron los datos reseñando que el tamaño de dos de los objetos eran de exactamente el mismo tamaño que los satélites de Marte no pudieron dejar de añadir que en la mitología griega Fobos y Deimos eran los hijos del dios de la guerra que personifican el dolor y el terror. Muy poético todo. Hasta en la rueda de prensa no pudieron evitar comentar que Fobos y Deimos tienen un tamaño similar al del meteorito que acabó con los dinosaurios...Y de cabeza al Tercer Pánico.
Los Otros. Les dimos un montón de nombres distintos, dependiendo de la cultura en la que vivieras, lo expuesto que estuvieras a Hollywood, etc. Para los más religiosos fue demoledor. Había más cosas ahí fuera. Y no podían estar muy lejos, la Voyager 2 no se había silenciado por casualidad. Y si había sido casualidad, la New Horizons fue silenciada solo dos semanas más tarde, demasiado poco tiempo para ir del cinturón de Kuiper a la órbita de Plutón. ¿Qué hicimos además de darles nombre? Lo que hacemos mejor, evidentemente, matarnos entre nosotros. Durante los Pánicos murió gente por decenas de millones. Centenares, supongo. China, Rusia, Indonesia, la mayor parte de la humanidad se colocó bajo la ley marcial. India se colapsó. Y Pakistán aprovechó para hacer lo mismo. Y ya puestos, hicieron lo que se esperaba de ellos. En medio del caos comenzaron un intercambio con armas nucleares. En Occidente nos dedicamos a hacer cosas diversas, siempre nos gustó eso de la diversidad. El sector de los idiotas se dedicó a volar cosas. Aviones, trenes, puentes, presas, de todo. Un imbécil llegó a detonarse junto al bunker dedicado a la conservación de la diversidad botánica... Los pesimistas abandonaron sus puestos de trabajo, sus religiones, sus familias y buena parte de ellos sus vidas. Y los optimistas... Bueno, los optimistas comenzaron la carrera armamentística más salvaje de la historia. El Consejo de Seguridad de la ONU coordina los esfuerzos industriales de lo que queda en pie de Occidente, China y Rusia. No sabemos aún para qué vienen los Otros, pero nos van a encontrar armados hasta los dientes. Hasta hemos preparado drones “suicidas” del tamaño de transbordadores espaciales rellenos con explosivos nucleares. Va a ser divertido que los Otros no vengan a hacer limpieza, ¿adivinais lo que haremos después con tantas armas? Sin contar con una posible guerra interestelar ya esperamos una hambruna para 2016, acompañada de enfermedades varias, millones de cadáveres en descomposición no nos van a salir gratis. Eso y el invierno nuclear que nos han dejado hindúes y pakistaníes.

No puede faltar mucho para que todo se solucione de una manera u otra. Los seis objetos ya han cruzado el cinturón de asteroides, si siguen con su trayectoria actual cruzarán la órbita de la Tierra a una distancia de seis veces la de la Tierra a la Luna. Yo… Yo ni siquiera sé porqué me molesto en grabar todo esto. El gobierno dice que ya que no me he alistado al menos puedo colaborar en el proyecto de Arcas de la memoria, para que ocurra lo que ocurra, aunque sea lo peor, quede algo de nosotros detrás. Me parece absurdo, pero tampoco tengo nada mejor que hacer hasta que todo acabe. Si sobrevive alguien y caemos en la barbarie me pregunto cuánto tardaremos en reinventar el lector de DVDs...

miércoles, 16 de febrero de 2011

Escenas

Sabe el MSV como acabará todo esto, pero llegue o no la revolución de los dieciocho días a buen puerto los egipcios ya han dejado algunas imágenes para el recuerdo, como aquel joven que se enfrentó en solitario a una columna de tanques cerca de la plaza Tian'anmen. O las muchachas que dejaron sus claveles en los fusiles de los soldados un 25 de abril à sombra duma azinheira.

Faltaba ya poco para que Mubarak tirara la toalla cuando grupos de manifestantes en El Cairo se dirigieron hacia el palacio presidencial, protegido por unos tanques, algunos soldados y una alambrada. Siguiendo el manual clásico de control de vagos y maleantes los tanques tenían enfilada con sus cañones la avenida que llegaba al palacio, listos para dispersar a cañonazos a la multitud. Al llegar al vallado unas mujeres increparon a un coronel tanquista reprochandole que defendiera a un tirano contra el pueblo. El coronel - y a mi qué me cuenta, señora, yo soy un mandao - intentó contemporizar, afirmando que Mubarak ya estaba como mínimo en Sharm el-Sheikh, y eso si no había seguido corriendo. Cuando unos jóvenes comenzaron a sacudir la alambrada retrocedió a la carrera a su tanque. En Tian'anmen los soldados tiraron contra los manifestantes, provocando cientos de muertos. Aquí, a una, los tanques desviaron sus cañones...

Unos días antes, grupos - espontáneos, obviamente...- favorables al presidente Mubarak estaban hostigando a los manifestantes de la plaza Tahrir. El viernes, durante la oración, para prevenir otro de los ataques a pedradas que se estaban poniendo rápidamente de moda, los cristianos formaron una cadena humana alrededor de los orantes. Unas semanas antes, después de algunos ataques a coptos, grupos de musulmanes acudieron el domingo a las iglesias para proteger a sus vecinos. Luego que si la violencia sectaria y si la abuela fuma...

miércoles, 25 de agosto de 2010

Narn

El pequeño club de oficiales se ha convertido en un torbellino. Olvidados sobre una mesa yacen los periódicos, viejos de semanas, desbordados por la velocidad de la radio. Un ordenanza entra entonces con el correo, tan retrasado como los diarios y tan olvidado ahora como ellos. En otros tiempos los jóvenes oficiales se habrían apiñado en torno del portador de las noticias tan esperadas, del padre o la madre, la esposa, de todos los que se encuentran a un continente de distancia, tan cerca de la primera linea, sometidos a frecuentes bombardeos. Pero ahora la voz tonante del locutor del servicio internacional de la BBC reclama su atención en un boletín urgente. El día anterior, el siete de diciembre de 1941, Japón había atacado a la flota americana en las islas Hawái. Como consecuencia del juego de alianzas los Estados Unidos entrarían, ahora de pleno, junto al Reino Unido en la lucha contra las potencias del Eje.

Los jóvenes pilotos que operan en Sudáfrica se felicitan unos a otros, se abrazan, celebran la llegada de tan poderoso aliado en la hora más oscura. Pero tanta alegría no es compartida por todos. Mientras sus compañeros se arremolinan en torno al aparato de radio, uno de ellos ha rebuscado entre las cartas recién llegadas, hasta encontrar un grueso sobre. Ignorando las expresiones de alegría de sus compañeros, sale al exterior y busca un lugar tranquilo donde leer la carta. Despacio, elaborando un rito que años antes le enseñó su corresponsal, extrae de sus bolsillos tabaco y una pipa. La prepara lentamente, da algunas caladas, dibuja unos círculos de humo y abre la carta. Vencida su escasa paciencia, comienza a devorar sus líneas, párrafo tras párrafo, hoja tras hoja. Terminada la carta, vidriosos los ojos, comienza una relectura más sosegada, disfrutando ahora de los detalles de una historia tan terrible como bella.

Mira hacia al oeste, como es su costumbre cuando lee estas cartas. Ha dejado junto a él la misiva y una ráfaga de viento, de ese viento del oeste que desde pequeño ha sido para él como un presagio, se lleva la historia. Un camarada le alcanza la carta, no sin antes echar un vistazo.

- Despierta, pasmado. Perderás estos papeles…

Sin una palabra, presa aún de la emoción, el oficial toma las hojas que le tiende su compañero, que ve las lágrimas en su cara.

- ¿Te encuentras bien? ¿Malas noticias de casa?

- Malas noticias… En cierta forma, sí. Mi padre me informa de la muerte de un amigo muy querido.

- Lo siento mucho, Christopher.

Se retira el joven oficial tras haber dado el pésame. Cabecea pensando en su compañero, con fama de soñador, al que toman el pelo diciéndole que vive en las nubes, lo que no es necesariamente malo para un piloto. Piensa en la carta que apenas ha entrevisto, y se pregunta qué tipo de persona puede notificar la muerte de un amigo con un poema de varias páginas. ¿Y qué demonios es un Narn?

martes, 20 de julio de 2010

Treinta años más tarde




- No voy a servirte más, Susie. Vamos, ya es tarde, vuelve a casa.

- No pienso volver a casa. Ponme otra, pronto llegará mi madre... Viene a buscarme mi madre...

Maurice, el camarero, mira despacio a Susie. Hay quien opina que esa mirada lenta refleja lo torpe de su pensamiento. Otros, más benévolos, estiman que alguien de su tamaño está condenado a hacerlo todo despacio. Los que lo conocen de antiguo aseguran que se debe a la larga serie de golpes que recibió como defensa en la liga juvenil. Pero ninguno de ellos, benévolo o no, comenta nada cuando Maurice está presente. Aunque hace años que es tranquilo como un monje, resulta muy fácil recordar sus más de cien kilos en acción.

- Está bien, pequeña. Si viene a buscarte tu mamá, hasta te dejaré la botella.

Maurice saca su corpachón de detrás de la barra. Es lunes, anochece, y el bar está prácticamente vacío. Solo queda Susie intentando encontrar algo en el fondo de una botella, un camionero de paso cenando tranquilo y un turista despistado jugando con su cámara. Deja el lavavajillas en marcha y sale al frío exterior. Acerca algunas bolsas de basura al contenedor abriendo un sendero entre la nieve. Antes de volver a entrar fuma pausadamente un cigarrillo bajo el helado cielo de diciembre, disfrutando del silencio sin coches, del manto blanco que brilla bajo el neón del bar. Frunce el ceño, hay una frase que lleva un rato rondando su cabeza. Entra y se acerca al taburete que ocupa Susie. Inclina su torso sobre la barra con una agilidad que desmiente su tamaño y alcanza un botellín de agua, que destapa pensativo. Bebe despacio. De nuevo hay quien diría que necesita tiempo para organizar sus pensamientos. O que, más sabio que lo que otros puedan opinar, duda en entrar en un terreno que intuye escabroso.

- Dime, Susie. ¿Por qué viene a buscarte tu mamá?

Susie mira pensativamente al gigante buscando algún tipo de doblez, pero no la encuentra. Debe ser el único vecino que no sabe de sus discusiones con su marido. Que no es la primera vez que se va de casa. Abre la boca para empezar a hablar, pero no encuentra las palabras. Sus ojos la traicionan y empiezan a empañarse.

- Maurice... Mi madre viene para llevarme al aeropuerto.

- ¿Al aeropuerto? ¿Por qué?

- Porque... porque me voy, grandullón. Ya no queda nada para mí, aquí - deja el vaso y coloca su mano sobre la manaza del gigante -... No me lo tomes a mal. Queda gente que quiero, como tú, como mi madre. Pero tengo que irme.

- Pero... no lo entiendo ¿Por qué?

- Porque ya no es lo mismo, Maurice. Porque la gente cambia, tú has cambiado tanto desde el colegio... Pero tu cambiaste a mejor, te convertiste en el hombre que eres ahora. Yo he cambiado... y él también ha cambiado. Cuando empezó a trabajar en la ciudad, cambió. Ya no escribe, Moe. Él dejó de escribir, yo dejé de dibujar... No se puede hacer nada más cuando se trabajan diez horas diarias seis días a la semana.

- No lo... Yo... No lo entiendo... Ese enano vivía por tí, Susie...

- Vivía. Has dado en el clavo, Moe.

Levanta su vaso en un brindis amargo. Lo deja sobre la barra y juega con él cuando siente la manaza de Maurice rodeando su hombro. Los ojos que antes apenas se empañaban vierten ahora algunas lágrimas contra las que pelea con fuerzas escasas. Levanta sus ojos verdes para encontrar la mirada franca del gigante llena de pena. Demasiado para Susie, que llora ya abiertamente. Su mirada huye por el ventanal, sale al frío exterior, se frena entre la capa de nieve que cubre la salida.

- Hace tres años que no hacemos muñecos de nieve en el jardín de casa. ¿Recuerdas nuestros muñecos de nieve? Los primeros muñecos de diciembre siempre eran los mismos, uno suyo y uno mío. Y los manteníamos, de una forma u otra, hasta la primavera - Susie ríe y llora, colocando un nudo en la garganta del hombretón -. Antes todo era mágico, lleno de colores. Ahora todo es gris. Y yo no voy a vivir en un mundo gris. Mi mundo será de colores, o no será. Siempre tendré enormes peluches hechos de nieve en invierno en mi jardín, Moe. Siempre.

Fuera un coche hace sonar su bocina. Susie se seca rápido las lágrimas con el dorso de la mano derecha, recoge su bolso y rebusca en él, pero la mano de Maurice interrumpe su gesto.

- Es mi madre, Maurice - el gigantón asiente levemente, se inclina sobre Susie y la abraza, levantándola del suelo.

- Nunca perdonaré esto al enano, Susie.

- Bastante tiene ya, Moe. No le digas nada, por favor.

- Cuídate, pequeña.

Corriendo, abrazada al bolso para protegerse del frío, Susie entra en el coche de su madre, que la recibe en silencio. Y en silencio comienzan el trayecto al aeropuerto. El destino, al parecer queriendo dejar caer una última gota de hiel en sus labios, coloca en su camino la casa donde ha pasado los últimos años de su vida, desde que sus suegros emigraron a Florida. Cuando embocan la calle, a la luz de los reflectores del porche de la casa, puede ver a su marido afanándose en el césped nevado. Con una habilidad que creía perdida, está levantando dos figuras de nieve. Dos peluches enormes, un conejo y un tigre.

- Calvin...






Esplugues del Llobregat, 20 de julio de 2010.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Todo Marlowe

Tiene cojon... huev... ¿testic...?

Vale. De nuevo. Respira.

Resulta triste, por tarde, descubrir a estas alturas del cuento a Raymond Chandler, entre chicas que sueñan con bombonas de butano, hombres lobo luciendo bíceps bajo el plenilunio y a casi dos años del fin del mundo, pero es lo que hay y desgraciadamente no hay más. Compré el Todo Marlowe que recoge lo publicado sobre Philip Marlowe después de encontrármelo casualmente en mis manos en la FNAC. Solo pasaba por allí, lo juro. No iba a comprar nada. O casi nada. Fue abrirlo y de repente todo es blanco y negro, jazz, hombres que se parecen al tío Humphrey y mujeres como la Garbo. Y humo, mucho humo. Y cócteles. Y whisky en cantidades industriales. Te jode el estómago, pero aún así dos páginas más tarde paras el coche, enciendes un cigarrillo y compras otra botella de medio litro en el drugstore...

Son frases cortas, duras. Descripciones breves y precisas, parece que el autor haya vivido cada una de las escenas que narra. Y fragmentos gloriosos (leer con la voz de Constantino Romero):

"... Volví al camino, retrocedí hasta meterme un poco en el seto y luego corrí hasta golpear la puerta con el hombro. Una tontería. En una casa de California, casi el único sitio que no se puede romper de una patada es la puerta principal. Todo lo que conseguí fue hacerme daño en el hombro y enfadarme. Volví a pasar por encima de la barandilla y di una patada a la ventana; después usé el sombrero a modo de guante y retiré la mayor parte del vidrio inferior. Ya me era posible meter la mano y correr el pasador que fijaba la ventana al suelo. El resto fue fácil. No había otro pasador arriba. El pestillo cedió. Trepé y me aparté la cortina de la cara.

Ninguno de los dos ocupantes de la habitación repararon en mi manera de entrar, aunque solo uno estaba muerto."

Es de El sueño eterno, apenas empezando. Por escribir algo como el último párrafo no mataría a nadie, pero estaría dispuesto a repartir estopa con un bate...


viernes, 5 de junio de 2009

Nos quedamos


Como otros esa noche, un hombre corre por los pasillos de servicio del Real Alcázar de Madrid. Sus órdenes son alcanzar las caballerizas y divulgar la noticia, ha caído el último gigante de la casa de Habsburgo. Pronto empezará la cacería del hombre, y los suyos deben ser avisados de que una venganza que lleva años de gestación va a desatarse. Cojea levemente, recuerdo reciente de un guardia tudesco demasiado celoso de su deber.

- ¡Diego! ¿Qué…?

- Martín. Que pena encontrarte aquí.

Sí, que pena, piensa el primero. Ha conseguido salir del Alcázar con tan solo una herida leve, ha cruzado la multitud que llena la plaza de palacio sin llamar la atención a pesar de su cojera y llegado hasta el arco de la armería solo para encontrar al único soldado cuya vida debe respetar. Diego, joven miembro de la guardia española del Rey. Buenos amigos pese a los años que los separan, que hacen que Martín haya sido además un mentor para Diego.

- Sabes para qué he venido aquí.

- Sí.

- ¿Pretendes impedirlo?

- Sí.

- Hazte a un lado, Diego. Voy a entrar, voy a tomar tres caballos y voy a salir de esta maldita ciudad. No puedes hacer nada para impedirlo. Soy mayor que tú, mejor espada… y llevo dos pistolas. Nadie sabrá que me has dejado salir, palabra.

- Lo sabré yo, Martín.

- ¡Por Cristo, Diego! ¡Don Carlos debería estar encerrado en un hospital y su madre devuelta a Viena! No puedo creer que desperdicies tu vida por una criatura miser…

El más joven levanta la mano izquierda, impidiendo el delito de su amigo. Más joven, inexperto, sabe que no puede imponerse a su compañero, su mentor. Sus ojos tristes, extrañamente viejos en una cara lampiña, miran como disculpándose mientras poco a poco extrae su espada de la vaina.

- El Rey es el Rey, Martín, y no hay otro. Por desgracia, como dice mi tío. El ministro no era rey. Quizá habría sido mejor monarca, que el cielo me perdone, pero nunca lo sabremos, ¿verdad?

- ¡Tampoco lo es la reina madre! Enfunda esa espada, te lo ruego.

- Ve por otro camino. No te estorbaré. Pero no puedo franquearte el paso.

- Por última vez – resopla el mayor -. Voy a coger esos caballos, Diego, y no vas a poder impedirlo.

- No, no podré.

- Lo lamento, entonces.

- Yo también.

Se abalanzan el uno sobre el otro. Se cruzan los aceros en silencio, sin voces ni rencores, se diría una clase de esgrima. Pero llega pronto el desenlace que ambos esperaban. Una herida en un hombro hace que el más joven baje la guardia apenas un instante, el tiempo justo que necesita su rival para estrellarle la cazoleta de la espada en la cara. Aturdido, caída la espada, el más joven busca tanteando la falsa sensación de seguridad que le puede brindar el interior de la Caballeriza Real mientras intenta sacar la daga que lleva bajo la faja, a la espalda. Martín no va a darle tiempo a recuperarse, con un reniego vuelve a golpearle la cara, patea lejos la espada de Diego y le quita la daga. Viendo revolverse al muchacho, se lanza de nuevo contra él.

- ¡Estate quieto, joder! Qué cara te he dejado, Diego, qué le voy a decir a tu madre... ¿Cómo tienes el brazo? ¿Puedes cerrar el puño? - saca un pañuelo y lo presiona contra la herida -. Aprieta el trapo. ¡Aprieta el trapo, Cristo! ¿Estás contento? Tu honor tal vez te cueste un brazo, amén de unos dientes.

- Barato me sale. Ayudame a recostarme.

- Estúpido... Tengo que dejarte, Diego. Que te miren ese brazo. Ya.

- Y dónde vas a ir, Martín. Desde que el ministro cayó con fiebres Valenzuela y la reina ha estado preparando este momento. La ciudad está cerrada para tí y los tuyos. ¿Tienes a alguien? Quién vas a tener tú en la Corte, nunca te preocupaste por hacer amigos - rie al ver la cara de su oponente -. ¿Quién es el estúpido, Martín? Si mi causa estaba perdida, la tuya no lo está menos. No saldrás de la Corte por tus medios. Deja, dame el trapo.

- Diego, de verdad, he de irme. Lo siento mucho...

- No lo sientas, hice lo que tenía que hacer, igual que tú. Escucha. Ve al figón de la calle de la Sierpe, detrás de la plaza de la Cebada. Pregunta por el alférez Balboa. Y cuando te lleven a él, dale mi daga.

- ¿Balboa? ¿Tu tío? ¿El anterior capitán de la guardia española?

- ¡No! Si preguntas por el capitán no te ayudarán. El alférez Balboa, Martín, no lo olvides... Y la daga. Dale la daga y dile que vas de mi parte.

- Diego.

- ¡Vete! Ya llegan…




- ¡Alto en nombre del Rey!

Ese grito se repite una y otra vez en esa noche de septiembre de 1679. Al grito le suceden detonaciones de arcabuces, de pistolones. Más gritos y cruces de aceros. Ha muerto Juan José de Austria, primer ministro de su hermanastro Carlos II, para muchos la última esperanza de los Habsburgo españoles. Ha muerto, y como cada vez que muere un gigante, comienza la lucha por ocupar su lugar. La Reina Madre está dispuesta a hacerse pagar caros los tres años que ha vivido apartada del poder. Por todo Madrid esa noche, por toda la Monarquía cuando la noticia se extienda, en el nombre del rey pero por encargo de la reina madre se detiene a los que en vida del poderoso ministro fueron sus ojos y sus manos. A esos ojos y manos llevan esa noche el aviso Martin, correo al servicio del ministro, y otros como él.

Por casualidad o porque por una vez el diablo se pone de su parte encuentra la calle que Diego le indicó. Cojeando, embozado, calado el chapeo, cruza la puerta del figón. Inspecciona la sala que intentan con escaso éxito iluminar unas pocas bujías. Los escasos parroquianos, casi todos agolpados en una mesa donde el mal llamado libro real, la baraja, hace cambiar bolsas de dueño, finjen ostensiblemente ignorar su presencia, aunque se sabe escrutado. Se sienta en una mesa apartada, pide vino y acepta los restos de un potente guiso que le ofrece el patrón. No parece que la noticia de la caída del ministro haya llegado hasta ese lugar. Ataca su cena mientras piensa como preguntar por el alférez Balboa, como le dijo Diego. Diego. Más tarde pensará en él, ahora no es el momento. Por sus mañas el dueño del figón es un veterano retirado, sin duda. Lo mismo podría decirse de algunos de los jugadores de cartas, si no de todos. No han dejado de vigilarlo en ningún momento. De vigilarlo y de atender una mesa al fondo de la taberna. De tanto en tanto alguno de los jugadores hace una pausa en el juego y se acerca al anciano que ocupa la mesa. Tan mal iluminada como el resto del local, apenas deja entrever los cabellos canos de su único ocupante. Y el movimiento reiterado de su brazo. Está vaciando, a conciencia, una damajuana de vino. La segunda, de hecho, desde que él está en el local.

Termina su cena Martín y llama la atención del figonero. Se masajea la pierna herida, mientras se acerca éste. Primero le paga generosamente, para engrasar su voluntad; después comienza su búsqueda, con pocas esperanzas.

- Disculpe vuesa merced, busco al... al alférez Balboa. Al alférez, ¿me sigue? Me han enviado aquí y...

Le mira con ojos suspicaces el figonero.

- Alférez Balboa no conozco, caballero. Ha unos años hubo un Balboa capitán de guardias españoles...

- No, no. Me han enviado por el alférez Balboa. Don Diego, su sobrino, el guardia. ¿Puede ayudarme? Me pongo en sus manos, estoy herido. ¿Puede ayudarme o debo irme?

Levanta una mano acostumbrada a dar órdenes, que le hace esperar. Con otro gesto dos de los jugadores se levantan y flanquean al anciano, otros dos se apostan junto a la puerta. Como si no hubiera pasado nada, el resto sigue la partida.

- Vaya al fondo, caballero. Allá está el alférez Balboa. Mucho cuidado con él, de unos días acá se la va un poco la cabeza, ¿me entiende? Los presentes son guardias veteranos. Sus guardias, sirvieron en su bandera. No verán con buenos ojos que altere al viejo.

- ¿Y vos?

- ¿Yo? - el tabernero hace una pausa antes de volverse a la barra -. Si molestáis al viejo os mato.

Sabiendose observado, sopesado, Diego se acerca a la mesa donde el anciano sigue bebiendo. Se presenta, pero el viejo parece ignorarle. Echando una mano a la espalda, decide mostrarle la daga que le entregó Diego. Antes de acabar el gesto ya está boca abajo en el suelo, una mano le retuerce el brazo a su espalda mientras otra le aplasta la cabeza contra el piso. Mientras caía ha oído el sonido de varios aceros desenfundándose. Ya estás aviado, Martín. Tarda diez padrenuestros en convencer al guardia que se ha sentado en sus lomos que no trae mala intención alguna. Más que sus razones, es la intervención del anciano al ver la daga que le han retirado, junto al resto de sus armas, la que libera al correo. Con solo un gesto de su mano, hace que le permitan sentarse frente a él. Guardias retirados, le dijo el tabernero. Sin duda. Gente de armas, que solo con un ademán mueven o son movidos. Gente de armas, que obedece o es obedecida sin dudas ni preguntas. Es la primera vez en todo el día que tiene miedo. Se sienta despacio frente al anciano, que sigue el filo de la daga con los dedos, se diría una caricia.

- Debería haberse quedado en el pecho de aquel oficial francés...

- ¿Señor?

- ¿Cómo está Diego? La guardia española se la tiene jurada al ministro desde la campaña de Portugal... Malos tiempos para mis guardias...

- El... el ministro ha muerto, señor - responde Martín, esquivando la pregunta sobre Diego. Aún bebido y anciano, su interlocutor destila una fuerza tranquila imposible de refutar. Duda si podría engañarlo.

- Ahhh... Buen chico, Diego. Buen chico...

- Señor, ¿debo volver a exponer mis razones? ¿podéis ayudarme?

- Sí... Sí, puedo. Aún me quedan amigos. ¿Decís que ha muerto el ministro? Mala cosa, mala cosa... No era tan bueno como el primer Juán, pero era un hombre grande... Doña Mariana no olvida. Y en Toledo habrá tenido tiempo para rumiar su venganza...

El anciano se voltea a uno de los veteranos que les acompañan. Este se dirige a uno de los armarios para traer recado de escribir. Garrapatea unas letras en un billete y se lo entrega al veterano, que parte a la carrera.

- Arreglado, espero, joven.

- No tan joven, señor.

- Esperad un poco y antes del amanecer estaréis fuera de la villa, si Dios quiere. Decís ser amigo de Diego. Muy apurado debía de estar para entregaros esta daga.

- Me la entregó como prueba de mi identidad, señor.

- No lo dudo, joven. Lo digo porque Diego sabe bien qué recuerdos me trae. Y el dolor que me causa.

Vuelve de nuevo a su bebida el anciano. Martín espera a que este reanude la conversación, pero el viejo se ha ensimismado en sus recuerdos. El otro veterano se levanta de la mesa, no sin antes dirigirle una intensa mirada. Si alteras al alférez, tendrás problemas, chico. La presencia de los veteranos le achica. A él, que ha recorrido media Europa y ha perdido ya la cuenta de los combates librados y los hombres muertos. Pero estos veteranos tienen algo que le hace volver atrás, muy atrás, cuando solo era un chiquillo y su madre le daba las primeras lecciones sobre la vida y cómo guiarse en ella. Desde que ha entrado dentro del círculo del anciano se siente como si hubiera retrocedido más de veinte años atrás, de nuevo rodeado de gigantes. Se le hace incómodo el silencio, busca el modo de interrumpirlo.

- Diego me habló de vos muchas veces, señor. Y cuando tuve el placer de visitar su casa, su madre también habló mucho de vos.

- Pobre Diego...

- ¿Pobre, señor? Diego es un digno guardia, nadie podría tenerle lástima.

- Sí, joven, pobre Diego. Tan recto, tan vigilante de su honor y sus maneras, se ha convertido a sus pocos años en una figura de otros tiempos. No sé si mejores, pero por Cristo que son distintos. Me da miedo lo que pueda pasarle cuando despierte y se de cuenta de qué época miserable le ha tocado vivir. Le pesa la herencia familiar, me temo. Y esta daga. Y su nombre.

- Su nombre, Diego. Me habló en alguna ocasión de su procedencia. Un camarada de armas vuestro, ¿no es cierto?

- ¿Un camarada? - el viejo rie tristemente -. Un camarada... Nunca, nunca un camarada. No por él, entendedme, si no por mí. Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que nunca estuve a la altura de aquel gigante... No era el hombre más honesto ni el más piadoso, ¿sabéis?, pero era un hombre valiente...

El viejo empieza a narrar su historia. Entre vasos de valdemorillo y algún sollozo ocasional desgrana algo que se sitúa entre la crónica y la leyenda. Martín se ve apresado por un relato triste, que avanza paso a paso hasta un desenlace inevitable.


- ¡Se van! ¡Los tudescos se van!

- ¿Lo alemanes también se van? Que huyan los italianos, pase, no sería la primera vez. ¿Pero los tudescos? ¿Y qué hace don Francisco?

- El portugués se va con ellos, caminito de Rocroi, tan ricamente.

- ¿El mariscal huye?

- Mozo, el señor mariscal don Francisco de Melo no huye. Comprendiendo que la discreción es la mejor parte del valor, parte hoy para volver a pelear mañana. O pasado. O al otro. Quizá se encuentre con su valor en Lisboa. O en Brasil, quien sabe.

- ¿Y qué vamos a hacer nosotros?

- Pues allá va la caballería gabacha. Cerrando la puerta. Me da a mí que esta fiesta no va a ser como la del año pasado en Honnecourt.

- Nos las van a dar todas por el mismo lado. Por todos los lados, de hecho.

En el norte de Francia, el capitan general de los tercios de Flandes don Francisco de Melo ha puesto cerco a la ciudad de Rocroi. Alertado de que un ejército francés a las órdenes del duque de Enghien se acerca para socorrer a la plaza, decide salirle al paso. Tras horas de hostilidades, Enghien consigue dividir el ejército imperial. Deshecha la caballería, los tercios italianos y alemanes salen del campo de batalla, abandonando a los tercios viejos en el campo.

- ¡Perro portugués hijo de un judio! ¿Dónde va? Ordene el asalto si no sabe más, todos contra el francés y que Dios provea. Pero esto...

- ¿Y ahora? - pregunta un joven mochilero, el mozo que antes preguntaba si el mariscal dejaba el campo.

- Y ahora, ¿qué?, muchacho.

- Estamos rodeados de gabachos, no podemos seguir a don Francisco con la infantería detrás y los caballos delante. ¿Qué vamos a hacer?

- Verás, zagal, esa elección es muy sencilla. Mira.

El pequeño grupo se gira hacia el centro del cuadro, donde flamean los retales que restan de la cruz borgoñona tras horas de batalla. El alférez Balboa, que oteaba las filas francesas, se vuelve hacia ellos.

- ¿Señores soldados?

- Señor alférez, este joven mochilero pregunta qué viene ahora. Son los pocos años, excelencia.

Sonríe cansado el alférez. Una broma vieja con mochileros y soldados nuevos, que los veteranos hacen una y otra vez. Buena para que los bisoños adquieran el espíritu del tercio. Nunca más necesaria que ahora, piensa.

- No me imagino qué le podéis haber contestado, señor soldado. ¿Nos rendimos? ¿Nos echamos a correr?

- ¡Señor alférez! - grita el soldado, simulando sentirse indignado, pues esa pregunta solo tiene una respuesta posible -. Esas preguntas...

Un grupo de oficiales vuelve de la reunión de mandos. Uno de ellos, el más viejo, asiente levemente al pasar junto al alférez. Este mira de frente al joven mochilero.

- Nos quedamos, naturalmente.


- Nos quedamos. ¿Y qué ibamos a hacer, salvo quedarnos? Entended la situación. Los jinetes gabachos nos evitaron y le dieron estopa a los tercios alemanes, que aguantaron lo que pudieron - el viejo hace figuras sobre la mesa. Migas de pan duro hacen escuadrones, mientras que churretes de grasa y vino vertido dibujan lineas en la mesa. A juzgar por la cantidad de cortes que tiene la madera, esta no debe ser su primera batalla, piensa Diego -. Los italianos se fueron de rositas...

- ¿Por las buenas?

- Nunca sabremos lo que pasó, hijo. Hay quien dice que el señor de Melo dió la orden de retirada general al perder a la caballería, para buscar a Beck y rehacer el ejército. Otros dicen que los italianos estaban enojados, pues de nuevo se nos dió el centro en primera linea, y por un quitame allá esas pajas se fueron. En todo caso el mariscal se fue y con él los italianos y los alemanes desbandados. Más tarde supe que Beck llegó esa misma tarde a Rocroi, me pregunto como le explicó de Melo que había abandonado a los tercios en el campo. Abandonados a su suerte, rodeados de enemigos. Cómo se lo explicó al Rey. Cuántas veces se explicó a sí mismo, si podía mirarse en un espejo, cómo pudo abandonar en el campo de batalla a sus mejores soldados.

- ¿Juan de Beck? ¿Era el comandante?

- No, no. Don Francisco de Melo era entoces el capitán general de los Tercios en Flandes. Pero no era un Alejandro, precisamente. Dicen que él mismo lo reconoció ante el rey en una ocasión, ya me diréis qué general teníamos...

El anciano hace una pausa para vaciar su pocillo de vino y pedir otra damajuana al tabernero. De nuevo parece perderse en sus pensamientos, pero recupera el hilo rápidamente.

- Beck era un subordinado, pero le salvó la papeleta en Honnecourt el año anterior, y probablemente se la habría vuelto a salvar entonces. No sé qué pretendía el mariscal, fijaos que con la que nos podía caer encima nos hizo formar como si estuvieramos en un desfile. Deberíamos haber formado escuadrones fuertes, presentando a los gabachos un frente inamovible. Pero lo hizo así. No sé qué paso por su cabeza, el caso es que...


Tras la marcha de las tropas italianas y alemanas los tercios reciben en solitario el castigo del ejército francés, ejército que multiplica varias veces su número. De los cinco cuadros formados inicialmente, tres se han deshecho, refugiandose en los dos que restan. Con los recién llegados adoptan espontaneamente una formación más acorde con sus prácticas, la de escuadras fuertes, ofreciendo al enemigo un frente mayor... y haciendo más daño. Aguantan cargas de caballería y asaltos de infantería. Impasibles resisten los impactos del puñado de piezas de artillería que les restan a los franceses.


-¿Os dáis cuenta de qué hombres formaban aquellos dos cuadros? Daos cuenta de la situación. La mayor parte del ejército, huido. Sin mandos en tres de los cinco escuadrones. ¿Cuántos quedábamos? ¿Tres mil? Quizá algunos más, quizá algunos menos. Cercados por todo el ejército gabacho, aún debían tener al menos quince mil hombres hábiles. Con caballería y un puñado de cañones. Y nos quedamos, naturalmente.

- Algo me había contado Diego, y algo más supe por mi cuenta, parte de mi familia andaba cerca en esos tiempos. Pero nunca entendí porqué Condé dió tregua a los tercios.

- Miradlo desde el punto de vista de Condé. De Enghien, de hecho, se le nombró príncipe de Condé a resultas de Rocroi. Tenia poco más de veinte años. Era un joven valeroso, cumplió como bueno en el propio campo, e inteligente, como demostró al hacer pasar su caballería por detrás de nuestros cuadros. Pensad en su frustración al ordenar carga tras carga contra aquellos dos escuadrones que no querían, que no sabían moverse y no le permitían darle la puntilla a de Melo. Sabía que Beck estaba cerca. Temía que le arrebataran la victoria en el último momento. Pensad que tres mil muertos de hambre, sin ver una paga desde hacia meses, combatiendo desde el amanecer, le cerraban el paso a todo su ejército. Y detrás se acercaba el señor de Beck con otros tres mil soldados, entre ellos otro tercio viejo, el de Ávila, y mil jinetes. Si de Melo hubiera cumplido su deber como los soldados que abandonó en el campo que distinta habría sido la historia. Y mi amo...

Calla de nuevo el anciano, y Diego no siente ganas de hablar, impresionado por la historia de este hombre. Es Íñigo de Balboa, capitán retirado de la guardia española del rey, pocos militares de su tiempo alcanzaron mayor distinción. Sabe que combatió por toda Europa, por tierra y por mar, y que rindió servicios secretos al rey. ¿A qué tipo de hombre puede un gigante como este llamar "amo"? ¿de qué tipo de hombres puede hablar con tanta admiración uno de los mejores soldados de su tiempo?


- El señor duque piensa que son condiciones generosas, mi señor.

Tras horas de combates, desorganizado tras las cargas el ejército francés, el duque de Enghien decide enviar parlamentarios a los restos del ejército español. Dos cuadros le separan de la victoria. Ahora podría perseguir a los restos del ejército de de Melo, deshacerlos completamente y enfrentarse a de Beck con una superioridad numérica abrumadora. Levantar el cerco de Rocroi. Avanzar hacia Flandes, el reconocimiento real... Y todo se ha ido al garete. El rey murió cinco días antes, y ahora ciñe la corona un niño de cinco años, Luis XIV, solo Dios sabe quien controla el poder, si la reina madre o el consejo de regencia. Y qué más da que no haya un rey para reconocer sus méritos. ¿Qué meritos? En este pueblo miserable de Rocroi todo se está yendo al garete por culpa de dos cuadros de desharrapados que se niegan a ser derrotados. No quiere ni pensar en lo que podría pasar si a esa chusma se le unen los refuerzos que trae Jean de Beck... No queda mucho entre la frontera y París, la mayor parte del ejército está combatiendo en España. Y aunque venciera, cómo podría dirigirse a Flandes si el ejército se ha deshecho contra los cuadros españoles. Tardará semanas en reorganizar sus tropas. Ha decidido pactar una tregua y envía a sus edecanes a cerrarla. Cuando los oficiales españoles oyen las condiciones...

- ¿Cómo? ¿Cómo a una plaza fuerte?

Viendo parlamentar a sus oficiales, desde las filas españolas se alza un murmullo. La voz rota de un joven grita.

- ¡Mucho cuidado, guzmanes! ¡Los tercios viejos no saben rendirse!


- ¿Os dáis cuenta? Contra todos los usos de la guerra, Condé nos ofrecía la posibilidad de salir del campo en orden, conservando las banderas y con las armas en la mano. Las condiciones que se le dan a una fortaleza que se rinde. Una fortaleza de piedra. Pero aquella era una fortaleza de carne, sangre y acero. Puesto que no podía sacarnos del campo por la fuerza, Condé buscó una salida pactada. Algunos oficiales se lo pensaron, pero el grito de aquel crío... Solo era un mochilero, hez del arroyo que se había sumado al tercio de Cartagena mintiendo sobre su edad... como yo mismo hice en su día. Pero aquel niño recordó a los oficiales que clase de tropa mandaban. Dispuestos a amotinarse en el mismo campo de batalla antes que aceptar la rendición. De todo había, evidentemente, que no siempre Iberia parió leones. Pero los soldados viejos...


En el cuadro formado por el tercio de Cartagena, lo que resta de la oficialidad parlamenta en torno al oficial de mayor grado que queda, un alférez. Lejos, la caballería francesa se reagrupa, lista para dar una nueva carga. Aún más lejos, pueden ver los esfuerzos franceses por reacondicionar las piezas de artillería que clavó la caballería española.

- Ya es tiempo, Íñigo, los bisoños aún aguantan, pero les falta fuelle. Solo queda una orden que puedas dar.

Rehuye la mirada el aludido. Es el último oficial del cuadro, el maestre le ha entregado el bastón de mando antes de morir ahogado en su propia sangre, la garganta destrozada por una posta francesa. Sostiene el mástil donde apenas unos retales de rojo y blanco recuerdan la cruz de san Andrés, hasta que los nudillos se le tornan blancos.

-Íñigo.

- Si doy esa orden os mato, capitán. Primero a vos y luego al tercio.

- Mejor aquí que roto en un hospital de veteranos o amargado en un presidio en África.

Se mira el alférez en los ojos claros del que siempre llamó capitán. Se ve joven, tan joven como el mochilero que embromó hace lo que parece otra vida, el mochilero que ha gritado el honor del tercio. A través de esos ojos jóvenes ve a Copons, flemático, parco en palabras como siempre. Mejor con la bandera, Diego, dijo un día. Puestos a morir, y morir, como dijo aquel, es un trámite, mejor hacerlo bien.

- Capitán. Yo...

- Sí, Íñigo - sonríe apenas el capitán -. Yo también.

Se separan ambos, cada cual a su sitio. Otea las filas francesas, listas ya para dar la enésima carga. Mejor con la bandera, Diego. Ordena al asustado tambor que inicie el redoble. Se aclara la garganta para dar su última orden al cuadro. Los veteranos, sabiendo lo que llega, comienzan a agitarse. Se persignan unos, escupen su rabia al suelo otros. Sonrien otros, con la sonrisa torcida del que sabe.

- ¡Bisoños, atrás!

Los soldados jóvenes retroceden. Se refugian, creen, junto al tambor y la bandera.

- ¡Señores veteranos!

Los soldados viejos se hierguen. Se atusan los bigotes llenos de polvo, se pasan las manos por las caras manchadas de pólvora y sangre. Enderezan los correajes, aprestan sus armas.

- ¡Adelante!


- Fué mi última orden en Rocroi. Era la última que podía dar un comandante de los tercios en el campo de batalla. Cuando todo estaba perdido, cuando la misión era imposible, los soldados viejos daban un paso al frente y ocupaban la primera linea. Y allí se batieron como buenos, contra los caballos y los infantes franceses. Contra un enemigo muy superior en número. Pero hasta la linea de veteranos se acabó rompiendo...

El anciano acaba perdiendo la compostura, incapaz de seguir hablando. Apoya los brazos sobre la mesa y la cabeza sobre los brazos. Se acerca el tabernero, se sienta junto al viejo y le pasa una brazo por la espalda. Ve la daga que descansa sobre la mesa y la señala con la vista mientras se dirige a Martín.

- Yo estaba allí, ¿sabéis? Apenas un marrajo que levantaba dos palmos del suelo. Era mochilero en el tercio viejo de Cartagena cuando se acabó todo.

El anciano llora abiertamente, sus hombros se sacuden con fuerza, mientras el tabernero, con una ternura infinita, intenta calmarlo.

- Don Íñigo era nuestro espejo. Para nosotros, los mochileros, era como la encarnación de Dios nuestro señor en la tierra. Había sido mochilero en el mismo tercio, y entonces era alférez. El alférez Balboa... Los caballos corazas consiguieron abrir una brecha, y allá se echó la escuadra personal de don Íñigo, un grupo de veteranos que servían a sus órdenes directamente.


Con un grito agónico, la muralla de carne que forma el tercio de Cartagena se rompe. La caballería francesa, en un esfuerzo suicida, ha conseguido abrir una brecha. Contra esa brecha se lanza la infantería, dispuesta a aprovechar un momento por el que han peleado durante toda la mañana.

- ¡Capitán! ¡Cerrad la linea o estamos perdidos!

Junto a la bandera, el alférez Balboa ha visto como se ha debiltiado la linea. Lanza contra la brecha a su escuadra personal, un puñado de veteranos curtidos. Entre gritos de ¡Santiago! se lanzan a cerrar la brecha, mientras la linea, como un dique en el que se ha abierto un pequeño agujero, duda. La infantería francesa se ha lanzado en masa, los veteranos devuelven multiplicado cada golpe que reciben.


- El alférez tenía fama de ser un hombre frío, ¿sabéis? nunca perdía la calma en combate. Lo habíamos visto imperturbable durante toda la jornada, incluso llegó a bromear conmigo mismo, no podéis imaginar lo orgulloso que me sentí cuando me dirigió la palabra. Pero en aquel instante se volvió loco. Un puñado de soldados franceses se coló por la brecha antes de que llegara la escuadra del alférez. Debía de ser gente experta, aún traían pistolones sin disparar, y los descargaron contra los veteranos que llegaban.

"Que gente aquella. Gente de hierro. Recibieron de lleno la descarga de los franceses, y aún así los que quedaron se arrojaron sobre ellos. Despues de haber peleado durante horas, despues de ver partir a sus aliados, sabiendose solos en medio de un mar de enemigos, se lanzaron sobre los franceses para cumplir con la última orden que recibirían antes de ir al cielo. O al infierno. Cerrar la linea.

"Pero era demasiado, incluso para ellos. Yo había conseguido situarme cerca del alférez. No tembló un solo músculo de su cara cuando se abríó la brecha, pero perdió el color de la cara cuando los franceses descerrajaron sus pistolas contra su escuadra. Cuando cayó el último veterano se volvió loco. Se abalanzó sobre los franceses maldiciendo a Dios y a Su madre. Yo me fuí tras él, cómo podía hacer otra cosa. Todos los mochileros nos habríamos dejado matar por él.

Duda un momento el tabernero, bebe los restos de vino que quedan directamente de la damajuana. Deja un momento al anciano, que, extenuado, parece haberse dormido. Toma la daga y, como Íñigo antes que él, acaricia el filo con la mano.

- Esta daga... Estaba tan fuera de sí que ni siquiera atinó a desenvainar su espada. Se arrojó contra el grupo francés que había cruzado la linea armado solo con esta daga. Degolló a un gabacho antes de que pudiera siquiera decir amén. Pero solo tenía ojos para el ofical gabacho, el que había matado al último veterano. Se fue para él con toda la rabia del mundo. El francés intentó enfrentarse a él con su estoque, pero don Íñigo, enloquecido, sencillamente lo ignoró. Se arrojó sobre él y lo apuñaló una y otra vez, hasta que la daga quedó trabada en el coselete. Fue entonces cuando un piquero francés le golpeó la cabeza con el astil de su pica, dejándolo sin sentido.

"Me arrojé sobre don Íñigo. Aún no sé porqué no me mató aquel soldado francés. Quizá estaba tan cansado como nosotros, cansado de ir de un lado a otro, matando, reconociendose en las caras de la gente que mataba. Quizá tuviera hijos, un hermano pequeño. No lo sé. Pero tuvo piedad de aquel crío sucio, manchado de sangre, que le gritaba en una lengua que no entendía, abrazado a lo que creía que era un cadáver.

"Recuperé la daga de don Íñigo, la guardé en mi saco. Cuando lo que quedaba del tercio aceptó las condiciones francesas, marché a su lado, le serví de cayado mientras cruzamos toda Francia, camino de Fuenterabía. Allí le devolví la daga y allí me aceptó como criado durante años.

Martín, emocionado, permanece en silencio. Sigue en silencio mientras el tabernero se levanta para traer una botella de aguardiente, que ambos comienzan a vaciar maquinalmente, siempre en silencio, hasta que se abre la puerta del figón para dejar paso a los veteranos que habían partido siguiendo las órdenes del anciano.

- Vamos, deprisa. La ciudad bulle de guardias, están por todas partes.

Martín intenta despedirse del anciano, pero el tabernero se lo impide con un gesto. Se ha quedado dormido, que no sea molestado. Toma una manta y se la pasa por los hombros. Martín esta cruzando la puerta cuando a su espalda oye la voz del figonero maldecir con toda su alma al día que llega.

Íñigo se ha sumido, exhausto, en un sueño profundo. Poco a poco se apagan los sonidos de la taberna. Esta tan cansado que no consigue interesarse por la suerte del amigo de Diego. Diego... Capitán... Oye un juramento a lo lejos, pero no le importa, está tan cansado, porta un cansancio en el alma que le pesa como una losa. Está tan, tan cansado. Tanto que diría que la fatiga mata el dolor eterno de sus articulaciones, los achaques que la edad y el servicio al Rey le han dejado en el cuerpo y el alma. El cansancio lo apaga todo. Todo. Benditos sean el cansancio y el silencio, entonces.

Pasa un instante. Una eternidad. Y oye un golpe. Duro, seco.

Otro golpe. Y otro enseguida. Es el sonido de un bastón de madera golpeando una piel tensa sobre un armazón. El golpe se hace redoble. Es un tambor. El tambor de infantería.

- Íñigo.

Alza la vista el anciano. Lo primero que distingue en la oscuridad son dos ojos duros, glaucos, animados ahora por un calor que pocos han visto.

- ¡Capitán! Yo...

Sonrie el llamado capitán, mientras el tambor continua impasible su redoble.

- Sí, Íñigo. Yo también.

Rodea la mesa, apoya su diestra sobre el hombro del viejo. El mero contacto disipa el frío que atenazaba sus huesos. El tambor hace que olvide sus achaques, sus dolores, se siente joven de nuevo. Con una sonrisa de incredulidad se pone en pie. La puerta del figón se abre de par en par, imposiblemente grande. Más allá del dintel, bajo un cielo gris sin horizontes, cree ver unas figuras. Entre ellas se alza el pendón con la cruz de San Andrés, la bandera de los tercios.

- Vamos, Íñigo. Ha pasado mucho tiempo - dice el capitán mientras Diego toma sus armas. Se ciñe el correaje con los doce apóstoles y la banda naranja de las tropas españolas -. Nuestros amigos esperan.

El tambor de infantería llama a sus hijos.



Esplugues del Llobregat, 5 de junio de 2009