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miércoles, 25 de agosto de 2010

Narn

El pequeño club de oficiales se ha convertido en un torbellino. Olvidados sobre una mesa yacen los periódicos, viejos de semanas, desbordados por la velocidad de la radio. Un ordenanza entra entonces con el correo, tan retrasado como los diarios y tan olvidado ahora como ellos. En otros tiempos los jóvenes oficiales se habrían apiñado en torno del portador de las noticias tan esperadas, del padre o la madre, la esposa, de todos los que se encuentran a un continente de distancia, tan cerca de la primera linea, sometidos a frecuentes bombardeos. Pero ahora la voz tonante del locutor del servicio internacional de la BBC reclama su atención en un boletín urgente. El día anterior, el siete de diciembre de 1941, Japón había atacado a la flota americana en las islas Hawái. Como consecuencia del juego de alianzas los Estados Unidos entrarían, ahora de pleno, junto al Reino Unido en la lucha contra las potencias del Eje.

Los jóvenes pilotos que operan en Sudáfrica se felicitan unos a otros, se abrazan, celebran la llegada de tan poderoso aliado en la hora más oscura. Pero tanta alegría no es compartida por todos. Mientras sus compañeros se arremolinan en torno al aparato de radio, uno de ellos ha rebuscado entre las cartas recién llegadas, hasta encontrar un grueso sobre. Ignorando las expresiones de alegría de sus compañeros, sale al exterior y busca un lugar tranquilo donde leer la carta. Despacio, elaborando un rito que años antes le enseñó su corresponsal, extrae de sus bolsillos tabaco y una pipa. La prepara lentamente, da algunas caladas, dibuja unos círculos de humo y abre la carta. Vencida su escasa paciencia, comienza a devorar sus líneas, párrafo tras párrafo, hoja tras hoja. Terminada la carta, vidriosos los ojos, comienza una relectura más sosegada, disfrutando ahora de los detalles de una historia tan terrible como bella.

Mira hacia al oeste, como es su costumbre cuando lee estas cartas. Ha dejado junto a él la misiva y una ráfaga de viento, de ese viento del oeste que desde pequeño ha sido para él como un presagio, se lleva la historia. Un camarada le alcanza la carta, no sin antes echar un vistazo.

- Despierta, pasmado. Perderás estos papeles…

Sin una palabra, presa aún de la emoción, el oficial toma las hojas que le tiende su compañero, que ve las lágrimas en su cara.

- ¿Te encuentras bien? ¿Malas noticias de casa?

- Malas noticias… En cierta forma, sí. Mi padre me informa de la muerte de un amigo muy querido.

- Lo siento mucho, Christopher.

Se retira el joven oficial tras haber dado el pésame. Cabecea pensando en su compañero, con fama de soñador, al que toman el pelo diciéndole que vive en las nubes, lo que no es necesariamente malo para un piloto. Piensa en la carta que apenas ha entrevisto, y se pregunta qué tipo de persona puede notificar la muerte de un amigo con un poema de varias páginas. ¿Y qué demonios es un Narn?

sábado, 19 de agosto de 2006

Mácula


El anciano camina solo, siguiendo un ritmo rápido que desmiente su edad, sus piernas devoran milla tras milla, colina tras colina. Se sabe vigilado, ha visto a los espías, ha visto a los mensajeros. Y sonríe. Imagina el rostro del Señor al recibir las noticias. Solo, el hombre llega solo. Donde esperaba miles, uno solo; donde esperaba fuerzas jóvenes dispuestas a unirse a su causa, un anciano renuente.

Llega por fin al lugar acordado. Y su sonrisa se acentúa aún más. Una quebrada. Una quebrada larga y angosta, circundada por una cadena de colinas que pronto se convierten en montañas escarpadas. Que apropiado, piensa. Y que arrogante. ¿Tan estúpidos piensa que somos? ¿De verdad cree que habríamos penetrado en semejante ratonera sin pensarlo?

Como una torre, solo en el centro de la planicie que circundan los cerros, se alza el Señor que había afirmado ser su amigo. No, nunca su amigo. Un hermano mayor, más bien. Uno firme, dispuesto a encauzar a sus hermanos menores. Lo necesiten o no, lo quieran o no, a su pesar si es preciso. Lo mira y, como siempre, un temor reverencial lo recorre. Pero esta vez ese temor queda desplazado por la comprensión de lo que está viendo. Míralo, apenas puede contener su disgusto. ¿De verdad es tan poderoso como le han contado los habitantes del bosque, los que hablan con canciones? Un niño esperando a que se enfríe una torta de miel recién hecha es más capaz de controlar sus emociones. ¿No se da cuenta? ¿No le importa? ¿Cómo, cómo pudimos creerlo?

- Por fin llegas, mortal. Pero vienes solo. ¿Dónde están los tuyos?

El anciano lo mira con una sonrisa torcida. ¿Mortal? Hasta hace muy poco me llamaba por mi nombre, yo era su querido amigo.

- Perdona mis modos, querido amigo. Ha sido la sorpresa. Acordamos que vendrías aquí con los tuyos, todos juntos, para que yo pudiera enseñarles lo que sé, para derramar sobre tu pueblo los dones que solo yo puedo dar. Antes de que los demonios del Oeste acaben con vosotros como han acabado con tantos otros pueblos, lamentablemente.

- Sí. Yo con todos los míos. Todos juntos en esta ratonera, Annatar. Bello nombre, el tuyo. ¿Te gusta? Me han explicado qué significa. ¿Y Morgoth? El negro enemigo del mundo. Nada menos. Estoy impresionado.

El vala duda. ¿Cómo se atreve? Y palidece. ¿Quién le ha contado esto? Pero Morgoth... ¿Un noldo? ¿Tan lejos de Beleriand? ¿O quizás Oromë ha vuelto? ¿O...? No, por la llama eterna, no, no, no... Odiado, maldito mil veces, ¿Tulkas? Recela, retrocede unos pasos. Mira al anciano como si fuera el mismísimo vala disfrazado. Otea las montañas circundantes, teme. Y palidece, avergonzado, cuando oye la risa del mortal ante él.

- ¿Negro enemigo del mundo? ¡Mírate! No, estoy solo, he dispersado a los míos. Separados en pequeños grupos, llevan consigo la noticia de la sombra que se alza ante nosotros. Nunca podrás alcanzarnos a todos.

El anciano ríe y ríe. En su voz la risa de los hijos del sol en el amanecer de su raza, cuando las luminarias eran jóvenes y el mundo no había cambiado. Cuando ninguna sombra se había arrojado sobre ellos. Pero al ver desbaratados sus planes para someter a los hombres a su yugo y sumar a las suyas sus fuerzas se desata la rabia del Vala de Hierro.

- ¿Cómo te atreves, miserable gusano, miembro acabado de una raza torpe y desmañada? ¿Sabes ante quien te pavoneas en tu ignorancia? Yo soy Melkor Bauglir, el Señor de Arda, el más poderoso de los ainu de la Gran Canción, yo soy...

Y la risa del anciano se desata completamente. Los elfos de los bosques le habían hablado de un Señor terrible y oscuro, y ha encontrado una criatura miserable tan esclava de sus pasiones que parece a punto de explotar por la ira. Ríe el padre de los hombres en el albor de su raza. Una risa alegre, satisfecha, heraldo de lo que podría haber sido. Una risa que desata un recuerdo en el enfurecido ainu. En el último tema de la Gran Canción estaba demasiado ocupado con sus propios temas como para prestar atención al resto de la composición. Pero recuerda un momento hacia el final, cuando parecía imponerse, en el que una risa se alzaba pura, en solitario, haciendolo retroceder. Supuso entonces que era la risa del despreciado Tulkas. Pero esa nota...

- Sí. Quise usaros. Usar vuestra fuerza y vuestros dones innatos. Y me los habrías dado, criatura miserable, de buen grado. Pero los obtendré de todos modos. Por el tormento y el dolor si es necesario. Ven a mí, anciano.

“Adiós a todos, amigos míos, mis hermanos. Me habéis dado vuestra fuerza, demos ahora la medida de lo que valemos.”

El vala examina al anciano. La risa ha acabado, el rostro del mortal se ha vuelto serio. Se ha asustado como no podría ser de otro modo. Es el momento de la persuasión.

- Ven a mí, anciano. Ven a mí y vivirás, tú y los tuyos, para siempre. ¿No envidias la longevidad de los elfos? Júrame fidelidad y parte a reunir a los tuyos. Jura, amigo mío.

Lejos, muy lejos, sobre una montaña nevada de dimensiones imposibles, el señor de Arda teme. El destino pende de un hilo. Y, aunque prevee los males que acontecerán en adelante, su sangre hierve cuando de los hombres surge una nota única, pura, dorada como el sol joven.

No.

* * *

Los hombres no hablan de lo ocurrido en aquella quebrada. Golpeados por la ira del Morgoth allá donde se encontraran, disminuidos por la sombra que este arrojó sobre su destino, prefirieron olvidar lo que quedó atrás, buscando siempre una luz en el occidente. Nada se conoce del destino de aquel que habló por su raza ni de la maldición que pudo oponer a la del Enemigo. Pero se sabe que desde entonces este buscó con saña a la descendencia del anciano, buscando torcerla y, a ser posible, dominarla. Y que, al final de los tiempos, uno de la estirpe del anciano saldrá de entre las filas de los guerreros mortales para vengar la suerte de los suyos y el sufrimiento de los hombres. Qué pasará más allá, no se ha revelado, pero el Morgoth, el más poderoso de los Valar de la Gran Canción, teme el momento en que suene de nuevo la risa del anciano.




Esplugues del Llobregat, 19 de agosto de 2006.

martes, 6 de septiembre de 2005

Lecciones



-¡Mira, madre! ¡La Torre Blanca!


El pequeño muestra orgulloso su construcción, una pila de arena húmeda que solo en la imaginación de un niño o en el amor de su madre podría emular la Torre del Sol. Satisfecho de su obra se acerca a la orilla para limpiarse mientras, divertida, su madre observa la construcción de su retoño. Pero pronto su atención vuelve a su hijo, del que ha dejado de oír la voz. El niño permanece inmóvil sobre la arena mirando al mar, y al acercarse su madre señala al horizonte.


- ¿Qué es eso, madre?


Mira la mujer el mar. A lo lejos, ante la manita curiosa del pequeño formas como colinas se destacan sobre la superficie tranquila del mar.


- Ballenas, hijo mío. Son ballenas. Pero no deberían estar tan cerca de la costa, podrían…


En silencio, contra las protestas del pequeño, lo toma en sus fuertes brazos y lo lleva hacia el interior, donde el bosque limita la playa. Silenciosos, observan como los colosos se acercan temerariamente a la costa. La intensidad de sus miradas parece querer detener las gigantescas moles y devolverlas a mar abierto. Pero pronto, demasiado pronto, los inmensos cuerpos embarrancan uno tras otro en la playa. Con un rápido movimiento el pequeño se deshace del abrazo de su madre y se acerca a los corpachones varados. Su pequeña manita acaricia los inmensos flancos húmedos, su mirada se asoma al oscuro estanque que son los ojos negros de la bestia.


- ¿Va a entrar en la tierra? ¿Cómo va a moverse?


- No puede, hijo. Es como un pez, no puede caminar.


- ¿Y si no puede caminar, cómo va a volver al mar?


Duda la madre. En exponer a su pequeño a la idea de la muerte, tan joven. Pero la muerte nos llega a todos, piensa. Hay algo fatalista en el dúnadan, y dúnadan es ella. El fatalismo del que sabe que la vida es una pelea. Una que no puede ser ganada. Que no puede ser abandonada. Una en la que la improbable victoria tiene menos valor que el cómo te has desempeñado en la lucha.


- No va a volver, Estel.


- Pero…


- Mírala, hijo. Es demasiado grande, y la marea pronto empezará a retroceder. Ni con la marea viva habría agua suficiente para moverla. Pesa demasiado. Ni aunque tuviésemos aquí a Trueno podríamos devolverla al mar.


Los ojos del pequeño examinan la playa, las moles varadas. No es posible. Trueno es el más grande, en su mundo nada hay más fuerte que el gigantesco corcel. Si el poderoso semental no puede…


- ¡En la aldea! Allí hay bueyes, y muchos pescadores, todos juntos podrían salvarlas. Al menos a esta. Madre, vamos, por favor.


Se arrodilla la mujer junto al niño. La gente del poblado. La gente. La muerte. Una cosa es exponer a su pequeño a la idea de la muerte y otra muy distinta exponerlo a la codicia de los hombres. Mira al poblado donde descansa unos días y ve salir a los aldeanos, armados de pesadas hojas, empujando los carros donde cargaran la carne de la bestia, su aceite, las barbas… No esperaran a la muerte del coloso, como hormigas comenzarán a despedazarlo en vida. Ellos, que palidecerían ante la vista de un mûmak, osaran acercarse a un animal aún más grande que permanece inerme. Ellos, que carecen del valor de los antiguos cazadores del mar de Arnor, que desafiaban a estas bestias en su propio terreno, sobre botes tan frágiles como el valor de estos pescadores de ribera. No, tiempo habrá para que el pequeño sepa de la avaricia y conozca a los hombres pequeños. Tiempo habrá para el gris descarnado. Ahora es tiempo de leyendas y gigantes, tiempo para el color y la belleza, aunque ésta sea triste.


- ¡Mamá!


Sonríe triste la mujer. Muy apurado debe estar el pequeño para que use esa voz, en vez de la más formal “madre”. Pobre Estel. Hacia meses que no utilizaba esa palabra. Desde que, contrito, le explicó entre sollozos que Trueno había desaparecido tras soltar él su brida, intentando montarlo.


- No vuelven, Estel, porque no quieren volver.


- ¿Qué?


La voz de la madre se hace más grave, adquiere los delicados matices del que ha aprendido a narrar historias.


- ¿Cuál es el nombre de los conocidos como los Poderes de Arda, Estel?


- ¿Cómo? Son los Aratar, pero… ¡Mamá, las ballenas!


- Se dice que entre los Poderes, uno, el más poderoso, fue eliminado y quedaron ocho, los Aratar, los Poderes de Arda ¿Cuáles son los nombres de los Aratar?


Repite la pregunta en una fórmula que ya era vieja cuando se alzó Númenor. De un canto nacido antes que el sol y la luna. Pocas familias mantienen en estos días la antigua sabiduría en Gondor, pero la de Estel es una de ellas.


- Son Manwë y Varda, Ulmo, Yavanna y Aulë, Mandos, Nienna y Oromë - recita con su voz más grave el niño. Y como siempre que cuenta a los Aratar no puede evitar sumar uno, su vala favorito entre los gigantes de la antigüedad - ¡Y Tulkas Astaldo!


- ¿Por qué está solo Námo, señor de Mandos?


Duda Estel ante la pregunta, que no forma parte de la serie de preguntas que ayudan a recordar la tradición oral de los dúnedain. Pero aprendió a leer y escribir con las leyendas de las eras míticas, tal como las conocen las familias antiguas de Gondor.

- Porque es el Juez Mayor, y nada puede perturbar su juicio.


- ¿Está solo Oromë, señor de los bosques?


- No, su esposa es Vána siempre joven, la hermana de la señora Yavanna Kementári.


- ¿Por qué está solo Ulmo, señor del piélago?


Calla el niño, atento, su mente cautivada ya por la cadencia de las palabras de su madre.


- Antes de la caída de los Árboles, Estel, antes de que se alzaran el Sol y la Luna y los padres de los hombres caminaran en esta tierra, Ulmo acudió a Valinor junto a sus hermanos, pues era tiempo de fiesta. Durante toda una edad del mundo había vagado solo, lejos de las tierras benditas. Solo en las profundidades del mar, su hogar. Solo en los lagos en las montañas, que ama, y en las fuentes de los ríos, su deleite. Y la primera criatura que vio al llegar a las playas de conchas de los flautistas fue a la señora Nienna. Suya fue la primera voz que oyó durante toda una edad. Vio que la profundidad de su sabiduría rivalizaba con la de los abismos que el amaba. Vio sus modos tranquilos, serenos, como los lagos de montaña que creó en los principios del tiempo. Recordó sus palabras y su canto, hermosos como el rumor del Sirion al alcanzar el mar.


“Y Ulmo, el austero señor del mar cuyo poder rivalizaba con el de Manwë, que había caminado solo desde la Gran Canción y la creación del mundo, se prendó de la Señora de la Compasión. Y pensó en declarar su amor cuando la luz de los Árboles se mezclara en la fiesta de la Primera Cosecha.


“Pero le alcanzó lo que nadie había previsto. En el instante más bello, cuando la luz de Telperion y Laurelin combinados bañaba los rostros de los inmortales Ulmo se adelantó hacia Nienna, quiso tomar su mano. Y en ese mismo instante el Negro Enemigo del Mundo se precipitó con su lanza sobre los Árboles, marchitándolos y apagando su luz para siempre. Y atacando lo que era bello en el mundo atacó a Nienna, que deshizo sus propias fuerzas intentando salvar lo que el Morgoth quiso aniquilar.


“Has oído en nuestra casa como Yavanna y Nienna consiguieron salvar una fruta de oro de Laurelin y una flor de plata de Telperion, y como de ellos surgieron el Sol y la Luna para desesperación del Morgoth. Pero no oíste cómo Nienna quedó agotada, mortalmente herida, como resultado de estos trabajos y se apartó del mundo durante mucho tiempo. De nuevo quedó solo Ulmo, y de nuevo volvió al mar. Pero esta vez había perdido algo que hasta entonces no había conocido, algo que todo su poder no podía devolverle. Y esa pérdida hace que en ocasiones sea vencido por la melancolía. Entonces, en sus salones de Ulmonan, canta. Y su poderoso canto se extiende por el piélago y es tan triste, tan lleno de pesada nostalgia, que las ballenas se trastornan y éstas, desoladas por su señor, buscan el llegar a la señora Nienna por todos los medios, incluso cruzando las puertas de la muerte, para hablarle de la pena y el amor de Ulmo.


Se hace el silencio entre madre e hijo. Se han internado ambos en el bosque huyendo de la carnicería que los pescadores llevarán a la playa. Las lágrimas pugnan por bañar las mejillas del niño pero se mantiene sereno, sostenido ahora por la fuerza de los padres de los hombres. Porque la melancolía que vive en los corazones de los dúnedain lo ha alcanzado y ya no lo abandonará. A esa melancolía le acompaña la fuerza de los hijos de Númenor, hijos de los que combatieron junto a elfos y enanos en el norte del mundo, hijos de aquellos que en el albor de su raza dieron la espalda al más poderoso de los dioses. Hoy ha aprendido una lección. Ahora, sí, se cuenta entre los dúnedain.




Esplugues del Llobregat, 6 de septiembre de 2005

lunes, 2 de mayo de 2005

Tránsito


 

 

            El viento del oeste trae consigo una promesa de humedad sobre el campo de batalla, saturado con la sangre de los muertos. Osgiliath, de nuevo en manos de Gondor, hermana en la muerte los cadáveres de innumerables orcos y hombres. Aquí y allá curanderos ayudados por algunos soldados se afanan entre los muertos, buscando a aquellos para los que todavía no ha llegado su hora. En el cementerio de Custodios en que se ha convertido el puente sobre el Anduin, uno de ellos, un niño apenas, intenta cerrar con sus manos un profundo tajo en el vientre. Se inclina junto a él una figura ataviada de gris, encapuchada, con un embozo, también gris, que oculta su rostro.

 

            - Tranquilo, soldado, descansa. Has peleado bien, pronto vendrán a buscarte.

 

            La voz es ronca, afectada por la fatiga del que durante horas ha combatido sin descanso, aunque permite atisbar unas notas de compasión en un extraño acento. El joven se estremece, tose escupiendo sangre y entre convulsiones deja caer el sucio trozo de capa con el que intentaba cerrar el corte. Al ver la gravedad de la herida el recién llegado se arrodilla junto al herido, repone el improvisado vendaje.

 

            - Me duele mucho, señor. Mucho. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué hay tanto silencio? ¿Llegaron los civiles a la Torre?

 

            El interpelado siente como un nudo atenaza su garganta. Nacido en las tierras benditas en el tiempo de los Árboles, ha visto perecer incontables generaciones de hombres. No entiende la naturaleza del don de Eru a los hombres mortales, pero aún después de tanto tiempo le emociona profundamente el ver como los que están destinados a pasar de una forma tan efímera por este mundo se preocupan por lo que dejan atrás, aún en el momento de la muerte.

 

            - Habéis vencido, soldado. El sacrificio de los Custodios ha permitido que tus compatriotas llegaran a la seguridad de la Torre. Ahora la guerra ha pasado a Ithilien, donde tus gentes empujan al enemigo fuera de las fronteras. Descansa, no te fatigues, pronto llegará ayuda.

 

            - Es inútil, señor, lo sé, no hay cura para esta herida – responde el muchacho entre toses y esputos de sangre -. Pero me duele tanto… ¿Quién sois? Vi llegar a los jinetes grises desde el norte ¿Sois uno de ellos?

 

            - Un amigo – contesta el interpelado, mientras su mirada busca a alguien alrededor -. Pero vine con los jinetes grises.

 

            Le interrumpen las convulsiones del joven. Como en otras ocasiones similares que ha vivido en su larga existencia, duda si proporcionar al joven un medio para terminar con sus sufrimientos. La llegada de una tercera figura, también embozada de gris, interrumpe sus tristes pensamientos. El recién llegado se arrodilla junto al elfo, posando una mano sobre su hombro al tiempo que su otra mano busca en el cuello el pulso del joven. Toma de la mochila a su espalda un odre con agua y lo acerca a los cuarteados labios del muchacho. El elfo interrumpe su gesto, hablándole rápidamente en una lengua que el muchacho no entiende.

 

            - Si le das agua lo matarás, mira como tiene el vientre.

 

            - Ya casi ha alcanzado el destino de los Hombres, ni la Dama podría cerrar tal herida, la vida se le escapa aunque como hombre mortal se aferre a ella. El agua lo refrescará, hará más dulces sus últimos momentos en esta tierra. Le daré algo para evitarle el dolor en su tránsito.

 

            El joven permanece callado durante el breve intercambio, bebe ávidamente el agua que se le ofrece como si esta le diera la vida. Mira a sus compañeros con nuevos ojos tras haber escuchado el rápido intercambio.

 

            - ¿Quiénes sois, señores?

 

            Se miran ambos y, en silencio, se despojan de capucha y embozo. Para el joven se detiene el mundo al ver dos rostros de una belleza imposible.

 

            - Entre los jinetes grises mi nombre es Ostar, amigo mío, el de mi compañera es Celebriel. Somos elfos, como ves, amigos de los hombres del oeste. No te fatigues. Pronto podrás volver a los bosques de Ithilien, a pasear bajo sus bellos árboles con tus parientes y amigos, quizá con tu amada.

 

            - No tengo a nadie, señor. Mi madre murió al darme a luz, no conozco a mi padre. Mi familia eran los Custodios, no tengo a nadie más.

 

            Callan los elfos, cruzando sus miradas. Las palabras del muchacho les enfrenta a la pérdida del lazo que los une, que se remonta al nacimiento del sol y la luna. El muchacho sufre una convulsión, tirita de frío.

 

            - Abre la boca, muchacho – dice la elfa, depositando unas bayas secas diminutas en la lengua del joven -. No las muerdas, son muy amargas. Colócalas bajo la lengua y chupa el jugo. Aliviarán tu dolor y mitigarán la sed.  

 

            El elfo musita unas palabras al oído de la mujer y parte corriendo. Mientras tanto la elfa acomoda al joven. Lo tapa con la capa del elfo y, arrodillándose sobre sus talones, deposita la cabeza del joven sobre su regazo. Inicia un cántico que ya era viejo cuando un silmaril se elevó hasta las estrellas y, con el poder de su raza para la canción, busca llevar el pensamiento del joven al mundo antiguo, lejos del dolor y la batalla. Pronto llega su compañero, acompañado de un grupo de hombres, vestidos como él de gris. Altos, de mirada torva, rodean al elfo y a uno de ellos, quizá más alto, quizá de porte más noble, sin duda el de más edad, que se ha arrodillado junto al caído.

 

            - Aquí está, él es, señor. Uno de vuestros…

 

            - No, Ostar, aún no – le interrumpe el hombre -. Un camarada de armas, otro hombre del oeste. Nada más. No puedo reclamar un honor mayor.

 

            Debilitado por la pérdida de sangre y la herida sufrida, perturbada su mente por la droga recibida, el muchacho contempla atónito a los recién llegados. El elfo y el hombre al que ha llamado señor se han arrodillado junto a él, mientras el resto de los hombres, hincando una rodilla a su alrededor, se unen al canto de la bella elfa.

 

            - ¿Qué es esto, señora? ¿Sueño? Diría que todo es un cuento, una de esas historias que los bardos cuentan de los héroes de antaño, cuando elfos y hombres peleaban juntos en otras tierras. Mi vista se nubla…

 

            Mientras las lágrimas comienzan a surcar las mejillas de la elfa, el elfo cabecea apenado. El hombre sonríe triste, con la sonrisa del que ha visto demasiadas escenas parecidas.

 

            - ¿Y no es así, hijo? Elfa es la mujer que te sostiene la cabeza, ella y su compañero han peleado junto a vosotros, los hombres de Gondor. Y hoy honramos a un héroe, sin duda.

 

            - ¿Un héroe? No me siento un héroe, mi señor. Tengo mucho miedo…

 

            - Todos hemos tenido miedo hoy, muchacho. Por un momento la llama de la esperanza ha vacilado, parecía que la Sombra engulliría definitivamente la tierra. Pero aún hay hombres en Minas Tirith. Y esos hombres aún tienen amigos. Tus amigos te rodean ahora.

 

            - Me avergonzáis, señor. Tan solo temía por mí mismo… Nunca estuve solo, mis compañeros eran mi familia, siempre estuvieron a mi lado ¿Qué será de mí ahora?

 

            Calla por unos instantes el hombre, mientras la lluvia empieza a bañar el campo. Recogiendo con sus manos el agua, la hermosa elfa comienza a limpiar de sangre la cara del joven, peina sus cabellos.

 

            - Lo que sabemos de estas cuestiones lo sabemos por los elfos. Acercaos, Ostar – llama al elfo, que permanecía en pie tras Celebriel -. Escucha a este elfo, hijo. Es más viejo de lo que parece, tanto, que vio a los dioses antes de que los padres de los hombres llegaran al oeste. Contad a este hombre vuestras tradiciones,Ostar.

 

            El elfo se arrodilla junto al joven, dubitativo. Poco sabe del destino de los hombres, no cree que pueda ayudar al tránsito del chico con su conocimiento.

 

            - Ni aquellos a quienes llamáis dioses sabían cual era el destino de los hombres más allá de la muerte, pero…

 

            Le interrumpe la elfa, sonríe al joven mientras peina sus cabellos y se inclina sobre él para proteger su rostro de la lluvia.

 

            - Hace muchos años, cuando, como dices, los elfos, los hombres y los enanos combatían al Negro Enemigo del Mundo, conocí a una mujer de tu raza, una mujer excepcional a la que por su conocimiento y su capacidad llamaron Corazón Sabio. Ella descubrió que hay esperanza para los hombres más allá de la muerte. Como ella me dijo a mí, a ti te digo que más allá hay una luz, y que junto a ella volveremos a encontrarnos, valiente custodio. Te doy mi palabra.

 

            - Sí, volveremos a encontrarnos – interviene Ostar -. Porque dicen los sabios que cuando acabe el tiempo y el Oscuro vuelva se reunirán de nuevo los ejércitos de los pueblos libres para enfrentarlo.

 

            - Y allí estaremos todos – repone el hombre alto -. Allí los hombres de Gondor formaran sus ordenadas compañías, sin desmerecer la compañía de los grandes hombres de antaño. Y tú, hijo, sostendrás el estandarte del árbol blanco coronado de estrellas, orgulloso y arrogante como corresponde a un hombre del oeste cuando enfrenta al enemigo rodeado por los suyos.

 

            - ¿Estaréis también vos, mi señor?

 

            Casi abandonado este mundo el joven mira al hombre que sostiene su mano junto a él. Cree ver una corona sobre su cabeza, y una joya refulgente ciñendo su frente.

 

            - También estaré, hijo. Esperame, sostén el estandarte hasta mi llegada.

 

            - ¿Y vos, señora, señor?

 

            - Volveremos a estar juntos.

 

            Se alzan las voces de los soldados grises que rodean la triste escena.

 

            - Todos juntos, chico.

 

            - Siempre, donde sea, cuando sea.

 

            - Permanece alerta, soldado, aguanta la posición.

 

            Esperanos, muchacho. Llegaremos.

 

            Un trueno estalla en los cielos cuando el muchacho expira. La tormenta arrecia. Y allí donde los hombres van cuando mueren, un joven soldado toma el estandarte del Árbol Blanco y, vigilante, espera.

 

 

 

 

Esplugues del Llobregat, 2 de mayo de 2005

miércoles, 11 de febrero de 2004

Partimos



Partimos. Porque llegó el que había sido cantado, el que porta consigo la luz de antaño y la esperanza futura. Llegó cuando ya no se le esperaba, cuando creíamos que para siempre estaríamos separados de nuestros parientes de más allá del mar. Porque rogó por Elfos y Hombres, una sola raza bajo la pesada bota del Morgoth.


Partimos. El Maestro Artesano ha bendecido nuestras armas, el Rey Supremo nuestra empresa. El Juez Mayor nos da su venia y levanta la Prohibición. Tulkas conduce, Eonwë comanda. En la costa blanca de perlas los Flautistas aprestan sus naves, que nos llevarán más allá del Gran Mar. Nuestros dorados primos forman sus ordenadas compañías. Nuestra gente, enardecida por el destino de nuestros hermanos, vacía Tirion sobre Túna.


Partimos. Porque hace ya demasiado tiempo que partieron nuestros parientes, nuestras gentes, arrastrados por mentiras y verdades que preferimos olvidar. Porque aquellos que se separaron de nosotros en el Gran Viaje no pueden permanecer sojuzgados por el Enemigo. Porque el Marinero nos ha hablado de la belleza y la fuerza de los hombres mortales, de su promesa de gloria futura, y ansiamos correr en su ayuda. Porque también el Maestro Artesano, a quien amamos, teme por la suerte de sus hijos.


Partimos. Porque hemos conocido en nuestra propia carne las mentiras del Enemigo, conocemos sus mañas, y nos resultan odiosas. Porque somos los Noldor, capaces, fieros, arrogantes bajo la égida del Rey Mayor. Tomamos para nosotros la tarea de derrotar a los ejércitos del Enemigo, a sus bestias e ingenios de guerra. No tememos a orco, balrog o dragón; donde una criatura clame por la luz, acudiremos.


Parto. En busca de mi hija, de mis sobrinos, de mis parientes nacidos en Beleriand. De aquellos que aún viven pues el Marinero me ha hablado del destino de mis hijos... Volveremos a encontrarnos, hijos míos, sea en Mandos o en Valinor, pero a la Montaña Blanca pongo por testigo de que pronto seréis vengados. Dice también el Marinero que siete heridas grabó mi hermano en la cara del Morgoth antes de morir. ¿Seremos nosotros menos? Si es voluntad de Eru, si así ha sido cantado, lo que Fingolfin empezó lo acabaremos nosotros.


Mira, noldo, la bahía de perlas, cuajada de velas blancas, de níveos cisnes que nos llevarán más allá del mar. Mira como las Compañías Doradas atraviesan el Calacirya, descendiendo hasta las playas. Allí nuestras propias compañías me esperan, aguardan a su capitán, a su rey. Bajo los estandartes blancos el ejército de Valinor parte, tras miles de años, a la guerra.


Aguantad aún, hermanos. Aguanta, hija mía. Ya partimos.



Esplugues del Llobregat, 11 de febrero de 2004

miércoles, 19 de noviembre de 2003

Nace un canto


 

- ¿Y ahora, hermano? Decide tú, yo ya no puedo más. Todas las decisiones que tomo nos conducen a la ruina. Estoy tan cansado...

 

El interpelado deja de contemplar el mar, desvía su atención de esa música que lo ha maravillado desde niño,  abandonando la eterna melodía que siempre se dibuja en sus labios. Mira ahora a su hermano, a la ruina física en que ahora se ha convertido. No puede menos que compararlo con el orgulloso jinete que una vez soñó con conducir a todos los pueblos libres contra el Morgoth. Ahora es solo una sombra de dolor, una caricatura apenas del que había nacido para reinar sobre los Noldor. Aún en pie, es cierto, pero encorvado sobre el pecho, donde su única mano acuna el silmaril que, rebelado, quema su carne.

 

Cruzan sus miradas. El mayor, que aúna lo que de bueno y cabal había en el padre. El segundo de los hijos, el más parecido en modos y capacidad a la perdida Nerdanel.

 

- ¿Cómo llegamos a esto? Por más de quinientos años del sol peleamos en estas tierras para cumplir el juramento de padre, nuestro juramento. Hemos hecho lo que hemos podido, Eru es testigo. Hemos matado a orcos y bestias del Enemigo. Por Taniquetil, hasta hemos matado gentes de nuestra propia raza. Y hombres. Y enanos. Hemos traicionado y hemos robado. Por más que nos hemos esforzado nunca conseguimos nada. La única espada de los noldor que irió al Morgoth la empuñó Fingolfin. La única joya que recuperamos la obtuvo una elfa silvana. Y un hombre mortal.

 

-         Tú mismo lo has dicho. Llegamos hasta aquí por la traición, el robo y el asesinato. Ahora tenemos los silmarils. ¿Y qué? Las joyas saben que nuestras manos están manchadas y queman nuestra carne. Ahora que cumplimos el juramento nada hay en esta tierra ya para los hijos de Fëanor. Nada. Y más allá tampoco.

 

Un escalofrío recorre la espalda de Maglor al oír tanta amargura en la voz de su hermano. Vuelve su mirada al mar, buscando consuelo. Poderoso como es para el canto, puede a veces vislumbrar los retazos de la Gran Canción que en el murmullo de mar quedaron. Más aún cuando ahora, en sus oídos, el mar llora el destino de los hijos de Fëanor. Y el vello de su cuerpo se eriza cuando oye, cuando ve, cuando siente el destino de su hermano, y el suyo propio.

 

-         ¿Volveremos a vernos, hermano? – se alza de nuevo, teñida de dolor y pena, la voz del mayor -. ¿Nos encontraremos en Mandos? ¿Veremos a padre?

 

-         No creo que la sangre que ensucia nuestra alma pueda lavarse antes del fin, hermano – responde, conteniendo a duras penas las lágrimas -, si es que ha de haberlo. Recuerda la voz del Hado: “y encontraréis escasa piedad, aunque todos los que habéis asesinado rueguen por vosotros”. No, creo que ni siquiera entonces.

 

Calla, sacudido por los sollozos. Se cubre la cabeza con la capucha, busca el consuelo del mar. Recuerda el destino que ha entrevisto, se pregunta si hay salvación, si no para él, para su hermano. Se da cuenta de que su hermano ya no está junto a él. Comienza a incorporarse, rugiendo su nombre. Y cae. Gritando en agonía rueda por la playa de fina arena hasta alcanzar el mar. Ha visto alzarse la columna de llamas que ha acabado con el, excepto por sí mismo, último de su estirpe; siente como se quema la carne, se encoge, se marchita... y como finalmente el alma, liberada, parte. Adios, hermano.

 

Solo, como nunca lo ha estado, el príncipe noldo llora. No lamenta la muerte del que ha partido, si no la separación que, sabe, será larga, larga incluso para un elfo. Se incorpora despacio y comienza a caminar, sus pasos se dirigen al sur. Camina siguiendo la línea de la costa, y al pasar un promontorio divisa, sentado en la arena de una pequeña cala, a un individuo solitario. Le basta con verlo para percibir su increíble poder, un poder conocido desde antiguo, que volvió a sentir poco antes, cuando la flota de barcos-cisne trajo el ejército de Valinor. Descansa el vala, sentado, el agua acariciando los poderosos miembros, la mirada vuelta hacia el oeste. Se acerca el elfo, inclinándose ante el más valiente entre los suyos.

 

-         -Mi señor.

 

La dorada cabeza gira, los ojos se clavan en el elfo, centellean brevemente en disgusto.

 

-         No aprendiste esos modos en Valinor, Makalaurë, nunca te inclinaste para entrar en mis salones en Valmar. ¿Dónde vas, elfo?

 

-         Lo ignoro, mi señor. Al sur, lejos, creo. Solo quiero alejarme de la tumba de mi hermano.

 

-         Tu hermano, muerto. Lo lamento.

 

Ambos permanecen en silencio unos instantes, la mirada perdida en el horizonte.

 

-         Lo lamento, aunque no puedo decir que me sorprenda. Antes de zarpar... Bueno, conocía su destino, al menos algunos de los posibles. Y los tuyos. ¿Sabes qué te espera más allá de esta playa?

 

-        -  Lo sé.

 

-         Y aún así sigues caminando – suspira-. Mi esposa esperaba que volvieras con la flota. Añora tu canto, ¿sabes?

 

- Si estuviera en mi mano cambiar tu destino lo haría – continua el vala, ante el silencio del elfo -. Pero no puedo torcer el juicio del Heraldo. Lamento la pérdida de tanta belleza, de las canciones que aún están por venir.

 

-         Mi señor. El silmaril quema mi mano, mancillada. Ya hemos cumplido el juramento, podemos disponer de ellos. Tomadlo, mi señor, llevadlo a Valinor, entregadlo a la bella Nessa, que adorne su frente. Que la belleza de la obra de mi padre vuelva al Reino Bendito, ahora que una joya está en los cielos y la otra se ha perdido en la tierra.

 

Duda el vala. Contempla el silmaril, la ultima joya de Fëanor, que brilla con una luz ahora perdida. Vuelve a ver la luz de los Árboles, recuerda a Nessa bailando bajo la luz mezclada de Telperion y Laurelin, impulsada por el canto de Maglor. Sería tan fácil tomar el silmaril que le ofrece el noldo. El pecado de orgullo del padre lavado por el hijo. Pero no es ese el juicio del Heraldo ni, por ende, del Rey Mayor. Lamenta la pérdida de tanta belleza, siente un conato de rebeldía que pasa rápido, como siempre en él. Así se ha cantado, y así será, las joyas del elfo no volverán a brillar hasta el final. Niega con la poderosa cabeza, suavemente, como si temiese dañar con ello al elfo. Se encoge este, como si hubiese recibido un golpe. Su último intento para burlar su destino, fallido. Sabe lo que tiene ante él, la joya parece arder en su mano con mayor intensidad, quemando la carne. Con un grito en el que se mezclan la rabia y la pena arroja lejos de sí la joya, lanzándola al mar.

 

-         Descanse en el fondo del mar. Queda ahora más allá del alcance de los hijos de Ilúvatar, o aún de mis hermanos. Pero sé que volveré a verlo. Y que entonces volveré a verte, Makalaurë, y que mi esposa volverá a bailar al son de tu canto, que entonces alcanzará la belleza de las obras de tu padre.

 

-         -¿Me dais esperanza, señor?

 

-         Amarga, en todo caso. Caras pagarás esas canciones, me temo, como dijo el Rey Mayor. Un pago que se me antoja excesivo. Sabes que tu destino no es Mandos, que expiarás tu pena en esta tierra.

 

-         -Lo sé.

 

-         Y aún así, repito, sigues caminando. Nunca llegué a entender el propósito de Ilúvatar con respecto a sus hijos, mi papel en la Gran Canción era otro. Pero saludo tu valor, elfo.

 

El sonido de un millar de cuernos de plata, a lo lejos, interrumpe al vala, que se pone en pie. Apoya la diestra, hercúlea, sobre un hombro del noldo.

 

- Debo dejarte, la flota se apresta y el Heraldo llama a embarcar  a los que deben volver al Reino Bendito.

 

-         -Adios, señor, llevad mis respetos a la señora Nessa.

 

-         Su bendición te acompaña, elfo. Y la mía, en lo que valga. Volveremos a encontrarnos, Makalaurë.

 

-         -Volveremos a encontrarnos.

 

Parte el vala, mientras el elfo contempla como en la distancia las blancas velas de la flota teleri se dirigen al oeste hasta que la última nave-cisne se pierde en el horizonte. Reanuda su camino entonces, siempre hacia el sur, la mano derecha, herida, sobre el pecho. Camina, comienza lo que sabe que será un sendero prácticamente infinito, lleno de dolor y recuerdos. Y mientras camina canta, vuelca su memoria a la música. El mar,  fascinado por las palabras del cantor, se une en reverencia a la voz del elfo. El viento, sojuzgado por la belleza de la música, corea las palabras de este. Y así, mientras verso a verso el Noldolantë nace a este mundo, el más poderoso bardo que jamás cruzaría las tierras mortales desaparece de los cantos.

 

 

 

 

Esplugues del Llobregat, 19 de noviembre de 2003.