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jueves, 29 de noviembre de 2001

Sturm


                “ ¡Al diablo con la Medida! ¿Dónde nos ha llevado? No ha suscitado sino escisiones, recelos  e intrigas. Incluso nuestra propia gente prefiere tratar con los ejércitos enemigos antes que tratar con nosotros. ¡La Medida ha fracasado!”

 

                ¿Yo he pronunciado esas palabras? Sí... hace solo dos días, pero parece toda una vida. La Medida no ha superado la prueba del tiempo, o quizá somos nosotros, que no nos hemos mostrado a la altura de los que de nosotros se esperaba.

 

                ¿Por qué adopté yo una actitud diferente? Adiviné la respuesta al oír a Flint, el buen Flint... Fue a causa del enano, del kender, del mago, del semielfo... Ellos me han enseñado a ver el mundo a través de otros ojos, almendrados unos, redondos los otros,  incluso pupilas con forma de relojes  de  arena. Los caballeros como Derek solo ven el mundo en blanco y negro, mientras que yo he podido ver el mundo en su maravilloso y terrible colorido, en todos los matices del gris.

 

                Miedo... tengo miedo. Entre todos esos colores se agazapa el de la desesperación, el de la vergüenza. ¿Fallaré al final?. ¿Temblará mi mano? ¿Verá mi espalda el enemigo?. Ahh... ha pasado una noche más, llega el nuevo día. No huí ayer. No fallaré hoy.

 

                Vencido. Hemos vencido. Si es que a esto se le puede llamar victoria. Hemos rechazado oleada tras oleada de las fuerzas de la Oscuridad, pero la mitad de los caballeros han muerto. Me duele todo el cuerpo, no puedo descansar, no puedo pensar. Me mantengo en pie por puro reflejo, mi cabeza va estallar.

 

                “... sin saber que su aparente firmeza borraba de las mentes de los jóvenes caballeros los terribles recuerdos del día. Aquellos que, en el patio, trasladaban los cadáveres de amigos  y compañeros pensando que quizá mañana alguien haría lo mismo con ellos, oían las pisadas de su  comandante y veían aliviarse sus temores.”

 

                Míralos, contempla como recogen los cadáveres de los caídos, conscientes de sus deberes para con la Orden. Son jóvenes, apenas ingresados en la hermandad, pero en su interior son auténticos Caballeros. En ellos se plasman los valores eternos de Solamnia. No tienen dudas, saben que mientras sea defendida por hombres de fe la Torre del Sumo Sacerdote no caerá jamás. Y ha sido su coraje, su fe en lo que representan nuestras banderas lo que ha contenido la marea oscura. Y mientras tanto yo perezco sumido en mis miedos, en mis dudas. No merezco combatir en sus filas.

 

                Tasslehoff. Dormido como un tronco en medio de tanto desastre... Vaya, me ha venido bien encontrarlo, no recuerdo cuando fue la última vez que pude permitirme una sonrisa. Flint. Inconmovible como la roca de la que están hechos los enanos. Profundamente pesimista, pero aún así sigue combatiendo. Laurana. Un faro de luz en un océano de oscuridad; aunque temo que tu luz se apague mañana, amiga mía. No creo que resistamos mucho más. Si llegan refuerzos de Palanthas lo harán para encontrarse con un ejército conquistador.

 

                De nuevo se alza el sol. No huí ayer. No fallaré hoy. ¿Qué es eso? ¿El enemigo se retira? ¿Se trata de una estratagema para obligarnos a salir a campo abierto? Tanto da, somos tan pocos que no podríamos perseguir ni a una manada de orcos. Oh, dioses... Tasslehof  confirma mis peores temores, se acercan los dragones.

 

                Laurana... jamás te ví tan hermosa. Aseguras ser capaz de manejar el Orbe que se oculta en la Torre. Adelante, amiga, que Paladine te acompañe. Adios, Flint, Tass, Laurana, amigos. Adiós, Tanis, hermano. Adiós a todos.

 

Ya no hay dudas.

 

Ya no hay miedos.

 

Mi honor es mi vida.

 

 

martes, 23 de octubre de 2001

Matanza

- No bebas de esa forma, muchacho, reventarás como una vaca enferma.

 

El que habla es un humano alto, fornido, con una larga y lacia cabellera en la que la plata derrota al ébano. Su cara, bronceada por la intemperie, está arrugada como la de un anciano, pero detalles como la fuerza de sus manos, la apostura de su aspecto desmienten esa idea de vejez. Sus ojos son negros, ligeramente rasgados, montados sobre unos pómulos altos que le dan el aire de un ave rapaz.

 

- Estoy muerto, maestro... cinco lunas... conozco ya esas malditas montañas mejor que mi propia cama...

 

El joven jadea sentado en la orilla, dejando que la fría agua del Crystalmir tonifique los doloridos músculos de sus piernas. El muchacho, agotado, sonríe a su maestro con la inocencia propia de los cachorros. Pero este cachorro de humano es diferente, la altura desmesurada, los anchos hombros, los rasgos toscos y gruesos herencia de un padre semiogro lo separan de las crías de su edad.

 

Durante cinco lunas han marchado entre las montañas Khalkist, solos y sin comida, alimentándose solo de las escasas hierbas y criaturas que crecen en tan agreste entorno. Todo forma parte del adiestramiento del muchacho, educación que empezó años atrás, cuando una turba enloquecida mató a los padres del muchacho. Desde entonces el llamado maestro, viejo amigo del padre del joven Eilif, ha entrenado al retoño en las artes de la supervivencia, en el manejo de las armas, ha sido también el profesor que no ha podido tener por ser un mestizo.

 

Al caer la noche encienden un fuego en el exterior de la cabaña para preparar la cena, quedan pocos días del verano, y tal vez haya pocos lugares más hermosos que la ribera del Crystalmir para disfrutar de una cena al aire libre. Ambos comen con ganas, pues es la primera comida elaborada que toman en cinco lunas. Terminada la cena, ambos reposan en el exterior, extenuados, complaciéndose el mayor en elaborar figuras con el humo producto de la hierba para pipa.

 

- Contad una historia, maestro. Una de esas fantasiosas historias que os gusta relatar.

 

El viejo medita entre nubes de humo, sintiendo el ardiente paso del alcohol por su garganta.

 

“Fantasiosas... ah, Eilya, si tu supieras... eres tan joven y confiado que te niegas a creer lo que te contado mil veces, lo que te dicen tu ojos. Ignoras el pacto que tenía con tu padre, ignoras lo que te espera...”

 

- ¿Habéis estado casado, maestro? ¿Habéis tenido hijos? Parecéis mayor y sin embargo...

 

“¿Casado?... ¿hijos?”

 

- ¿Mayor? ¡mayor! Chiquillo insolente... Está bien, tendrás tu historia...

 

La voz del viejo se llena de matices, adquiriendo la riqueza de tonos necesaria para narrar como se debe una bella historia. Permanece recostado en “su” árbol, bajo las estrellas.

 

“Te hablaré de una raza especial, Eilya, de una raza de gentes de muchas razas. Vivieron hace mucho tiempo, mucho, mucho tiempo. Vivieron antes del Cataclismo, cuando Istar era fuerte y el Príncipe de los Sacerdotes un líder temido en Ansalon, cuando los Caballeros de Solamnia recorrían el continente impartiendo justicia, cuando el Emperador de Ergoth era una figura respetada.

 

“Eran, de nombre, súbditos de Istar. Vivian lejos al sur de la gran ciudad. Tan lejos que las carretas cargadas a rebosar de pieles y carnes ahumadas para la gran urbe tardaban setenta y cinco días en llegar de su hermosa tierra a Istar.

 

“Ahhh... su tierra. Era hermosa, hermosa a los ojos de aquellas gentes. Inmensas llanuras en las que el viento podía soplar durante semanas hasta despellejar una bestia caída en los campos, planicies por las que un hombre podía cabalgar durante días y no encontrar a un semejante. Había montañas que arañaban los cielos, montañas que nunca había hollado el pie de un ser vivo, quizá solo los dioses. Ríos de frías corrientes y lagos de aguas tan limpias que en los amaneceres un hombre podía ver todos los colores del mundo reflejadas en ellas.

 

“Y las gentes... No verás nunca gentes como aquellas gentes... La tierra, además de hermosa era dura, muy dura. Nunca toleró a los débiles, a los indecisos, extirpándolos de su seno. Y así surgió una estirpe de hombres orgullosos, indomables, los jinetes pastores del sur. De todas las razas, de todos los pueblos libres, pues los que huían de la injusticia y la opresión de los poderosos en Ansalon podían esperar refugio en aquella tierra libre de señores y siervos. El flujo de recién llegados era incesante, ya que las injusticias eran muchas. Y eran bienvenidos, pues aquellas gentes acostumbraban a vivir solas, aisladas, siendo muy pocos los matrimonios y menos aún los nacimientos.

 

“Contra lo que podía parecer no eran gentes toscas, rudos pastores envueltos en pieles de animales salvajes como decían los petimetres en Istar. Había algunos verdaderos clérigos y magos entre ellos, huidos de conflictos en las grandes ciudades. Y los druidas eternos, que siempre ocuparon aquella zona del continente. En las contadas agrupaciones que había en la tierra había pequeños templos, sencillos anfiteatros, menudas bibliotecas. Pero sobre todas las artes amaban la música. La melancolía de aquel país impregnaba la música que sonaba siempre, en todas partes donde hubiera uno de los miembros del pueblo. Ninguna ceremonia más alegre, ninguna música más gozosa, que la del bautizo con el que se celebraba la llegada de una nueva vida. No oirás una música más triste, más cercana al corazón de los hombres que la que despedía a los que nos… los dejaban.

 

“Pero en el lejano norte los Señores de Istar libraban guerras. En su locura intentaron exterminar a los ogros y sojuzgar otros pueblos, y para ello levantaron legiones, temibles ejércitos. Las invencibles legiones de Istar eran caras de mantener, y ese mantenimiento exigía más y más oro. Las codiciosas miradas de los Señores, esquilmadas otras provincias se volvieron hacia el sur. Y pidieron más y más. Y cada vez más les fue entregado. Los rebaños disminuyeron, las quejas contra el mal gobierno aumentaban. Y llegó la peor afrenta que se podía infligir a aquellas gentes, la esclavitud. Los que no podían cubrir las cuotas pedidas desde el norte fueron enrolados a la fuerza en la milicia, y no volvían a ser vistos.

 

Un tremendo ronquido interrumpe al anciano. El joven Eilif, extenuado, se ha quedado dormido recostado contra “su” árbol. El viejo se incorpora sonriendo. Niños, piensa. Y hace un gesto que en su tiempo hizo muchas veces, cubre al joven dormido con una manta. Pero perdido en su historia no ve la negra cabellera de Eilif, en sus ojos la mata de pelo, más rebelde, más corta, femenina, es roja como el fuego. Dejando las lágrimas fluir por sus mejillas entra en la casa volviendo con un extraño instrumento, rara mezcla de sacos y tubos. Perdido aún en sus pensamientos, pisando una tierra que no existe ya más que en su memoria se dirige a la orilla del Crystalmir, sentándose allí y soplando hasta inflar uno de los sacos que componen el instrumento. Lo aloja bajo su brazo, y presionándolo suavemente obtiene un triste lamento, un llanto de despedida capaz de romper el corazón más embrutecido

 

“Una mujer, niños. Sí, Eilya, estuve casado, con la más maravillosa de las mujeres. Y tuve hijos, los mejores que pueden nacer de la unión de un hombre y una mujer. Mis bellos hijos. Ella fue uno de los líderes del levantamiento cuando la situación se hizo intolerable. Mis retoños, dos fuertes pastores y una jinete tan rápida como el viento recorrieron la tierra portando la flecha ensangrentada que había de llamar a la rebelión.

 

“Nos alzamos en armas, fuertes, orgullosos, con la determinación del que se sabe asistido por la razón. Y nos negamos a pagar las nuevas tasas, reclamando las tarifas de antaño. Por unos meses pareció que el Príncipe de los Sacerdotes atendía nuestro llamado, pues mandó a uno de sus ministros para negociar una solución. Pero no fue la llegada de aquél la de un religioso entre sus feligreses sino la de un lobo entre el rebaño. Aquel hombre llegó acompañado de una legión. Pretendía imponer unas tasas que eran el triple de las antiguas, unas tasas que condenaban al hambre a nuestros ancianos y nuestros escasos niños. Pretendía enrolar en las legiones a uno de cada cinco de nuestros jóvenes. Pretendía... esclavitud.

 

“Nos alzamos. Quemamos campos de trigo por nacer, recogimos el ganado y lo llevamos a las montañas y nos dispusimos a resistir. Nosotros, que nunca fuimos más de dos mil guerreros montados, nos alzamos contra toda una legión de Istar. Y la vencimos. Vino una legión más, y después otras dos, y fueron rechazadas por la fuerza de nuestros brazos, de los jinetes pastores del sur y la dureza de nuestra querida tierra, hollada por pies extraños. Pero la nuestra era una lucha perdida, siempre fuimos pocos y de Istar parecía llegar un río de hombres y acero. Cada nueva victoria era casi una derrota, pues cada vez éramos menos. En la última batalla perdí a mis dos hijos varones, mis chiquillos...

 

El lamento del instrumento del viejo sigue llenando el aire. Las montañas, el lago, las lunas lloran el destino de los jinetes del sur.

 

“Y llegó por fin nuestra némesis, el estandarte de nuestra derrota. Las banderas de la maligna sexta legión, ¡malditos sean en el Abismo! El Príncipe nos mandaba a los “héroes” de las guerras contra los ogros, a los que sojuzgaron cien pueblos libres bañándolos en sangre. Entrenados por los Caballeros de Solamnia, no había en Ansalon una fuerza capaz de resistir su bestial empuje.

 

“Y peleamos. Durante ocho meses de pesadilla combatimos a demonios que torturaban ancianos, violaban mujeres y mataban niños. Apenas quedábamos mil jinetes para enfrentar la tormenta que rompía desde el norte. Ocho meses en los que llegamos a un punto sin salida. Demasiado pocos para desalojar de la tierra a la legión. Los suficientes para impedir que ocuparan las montañas.

 

“De nuevo llegó aquel ministro. Con palabras suaves, con promesas de paz. Juraba por los dioses, nos entregaba el perdón y el cariño del Príncipe de los Sacerdotes. Decía haber sido engañado por señores codiciosos. Venid, nos dijo. Venid y hablaremos y todo será perdonado. Y fuimos. Setecientos cincuenta hombres y mujeres, la rosa más bella, la de más aguzadas espinas que nuestra tierra ofreció de su seno. Desarmados ante los compromisarios de Istar, pues se nos dijo, y así lo parecía, que la sexta legión había sido retirada para ser juzgada por sus crímenes en Istar.

 

El lamento calla. Las montañas, el lago, las lunas ven como solloza el viejo.

 

“Ay. Ay de los hermosos jinetes del sur. Ay de la tierra y sus gentes. Tan confiados en la nobleza de sus propios actos, tan rectos que no podían imaginar lo que se les venía encima.

 

“Nos rodearon en nuestra propia tierra. Ocultos por poderosos encantamientos se alzaron los ejércitos de Istar, los malditos demonios de la sexta legión, que acompañan al Príncipe en el Abismo. Estábamos desarmados, inermes. Y aún así peleamos, siempre disciplinados formamos un círculo y peleamos. Palmo a palmo. Con los pies, las manos, los dientes. Cada vez en un círculo más pequeño. Con las armas que arrebatamos al enemigo. Y allí murieron todos, asesinados uno a uno. Todos menos yo. Perdido el conocimiento me dieron por muerto. Pero estoy destinado a no morir en esta tierra. A no morir y enterrar a los míos. Nunca volví a casarme, nunca volví a tener hijos...

 

“Mi mujer... mis niños...

 

 

 

 

 

23 de octubre de 2001.

martes, 9 de octubre de 2001

Carta

A Dunbar Mastersmate, líder de los Túnicas Blancas de Ansalón.


Saludos, viejo amigo. Espero que cuando recibas estos legajos tanto tú como los tuyos os encontréis perfectamente. Recompensa al pequeño mensajero que te hará llegar, espero, esta carta; aunque no dudo que para él conocer personalmente al adalid de los túnicas blancas será toda una recompensa.


Aún no he encontrado aquello que vine a buscar amigo mío, sigo caminando hacia el sur para hallarlo. Sé que no consideras digna de confianza a aquella mujer, la vistani, que me habló del portal, pero hasta ahora todas sus indicaciones han sido correctas.


Me extiendo y olvido el propósito de esta carta. Hace dos días, en plena tormenta, harto de raciones frias y de pieles aún más frías me acerqué a una rica hostería. Esta estaba ricamente decorada, tapices, cuadros, pesadas cortinas tapaban cada pulgada de las paredes. Juzga cual sería mi sorpresa al encontrar sobre la chimenea, en un tapiz, ¡los símbolos de los Caballeros de Solamnia!. Un martín pescador coronado sosteniendo una espada en cuya hoja se hallaba grabada una rosa. El posadero, un coleccionista de cintura casi tan grande como la tuya... perdoname, pero pasas demasiado tiempo en esa torre y muy poco en el mar... Te decía, el posadero me contó que había encontrado ese tapiz en un baúl que compró a una noble familia venida a menos de la costa. Me mostró tal baúl, y en él encontré muchas cosas, anillos, pergaminos, mapas, un colgante con el colmillo de jabalí de Kiri-Jolith... que me permitieron desentrañar una curiosa historia. Los papeles eran copias de copias de copias, por lo que mostraban algunos errores de bulto, pero aún así...


Piensa en los últimos días de la guerra de los dragones en Vingaard. Huma ha traído la dragonlance, y con ella la esperanza a las fuerzas de la luz. De repente, en el horizonte aparecen las fuerzas de Ergoth. ¿Cómo llegaron hasta allí sin ser estorbados por las fuerzas de la Reina?.


Según estos papeles, parece ser que al norte custodiando la vía a Ergoth, se hallaba un templo-fortaleza consagrado a Kiri-Jolith. Asediados...


“Asediados, llevamos ya dos semanas encerrados, rechazando ataque tras ataque de las fuerzas de la oscuridad. No hay posibilidad de retirada teniendo al ejercito que asedia Vingaard a nuestra espalda. ¿Será el nuestro un sacrificio inútil? Custodiamos el paso a Ergoth, pero el emperador permanece encerrado en su torre de marfil, rechazando ayudarnos en este conflicto que nos acabará a todos. Ah... hermano, ojala estuvieras aquí para guiarme de nuevo, a ti y no a mí correspondia el mando de esta fortaleza. Temo no ser lo suficientemente fuerte en mi fe para ser el Comandante de este puesto. Que mi señor Kiri-Jolith me ayude.”


... parece ser que no pasaban de cincuenta caballeros y otros tantos escuderos, todos consagrados al dios de la batalla justa. En cuanto a los jóvenes escuderos...


“¡Escudero! Madre, crewo que moriré antes de llegar a ser investido. Nuestro nombre desaparecerá aquí, en el templo de nuestro señor, sin haber alcanzado de nuevo la dignidad de caballero y sin haber limpiado nuestro nombre. Día tras día esas bestias se lanzan contra las murallas. Han sufrido innumerables pérdidas, pero eso no parece importarles, mientras que para nosotros cada caído representa una pérdida terrible, una oportunidad menos para sobrevivir. Que Paladine nos asista, ahí vienen de nuevo.”


... al amanecer del octavo día ya eran demasiado pocos para guarnecer todo el perímetro de la muralla, recurriendo a ardides para...


“Ardides, hasta aquí hemos llegado. Hoy ya no hemos podido defender toda la muralla, he ordenado colocar muñecos con armaduras en el muro oeste. Todos se giran a mí esperando un mínimo de esperanza, de fuerza, como si fuese el mismo Kiri-Jolith encarnado, que mi señor me perdone la blasfemia. Ya ves, mi amor, como están las cosas. Me alegro de haberte enviado con tu familia a Ergoth. Si hemos de caer, primero lo hará Solamnia, última de todas caerá Ergoth y su cobarde emperador. Hablale de mí a nuestro hijo por nacer, amor mío, cuentale que su padre cayó en una fortaleza en el Norte. Cuentale que era el Maestro de Armas de los Caballeros de la Espada.”


... parece ser que un dragon de bronce, su enlace con Ergoth, les aviso de que una dura alternativa se les ofrecía...


“Alternativa, ha llamado a eso alternativa. Retirarnos a Ergoth, salvando la vida, o permanecer aquí, defendiendo el templo para que el ejercito de la Reina no impida el paso a las fuerzas de Ergoth. Sé muy bien lo que tú harías, hermano. Convocaré una Asamblea de Caballeros, pero conozco de antemano la elección. A fin de cuentas, somos Caballeros de Solamnia.”


... conocedor de las escasas posibilidades de supervivencia, de las esperanzas que los jóvenes escuderos habían depositado en la Hermandad, el Comandante decidió otorgarles a todos ellos el estatus de Caballero...


“¡Caballero! Madre, seré investido. El Comandante nos lo ha comunicado esta tarde, mañana me contaré en las filas de los Caballeros. Madre, señora, nuestro nombre de nuevo está limpio, mañana nuestra familia volverá a ser lo que fue, Caballeros de Solamnia.”


... y reunidos en Asamblea, todos...


“Todos esperan mi voto, que como Maestre de Armas debe ser el primero. ¿Cómo podría votar otra cosa? Amada, perdoname, pero con mi decisión te convierto en viuda, y huérfano antes de nacer a nuestro hijo. Pero no puedo, no podemos, tomar otra decisión. Aquí, en el centro del templo, nuestro señor observa nuestro corazón. Somos, ante todo, Caballeros de Solamnia.”


... y fue en el amanecer, cuando los jóvenes recien investidos salian del templo, que las fuerzas de la oscuridad, innumerables, se abatieron sobre los últimos defensores de la fortaleza, escalando las murallas...


“Han escalado las murallas, no hay forma de resistir, debemos retirarnos al templo. Que se toque a retirada.”


“Hemos perdido las murallas. ¿Dónde esta el Comandante? ¿qué hacemos? Suena el toque de retirada, ¿dónde? ¿al templo?”


“Nos han rechazado de las murallas. ¿Al templo? Sí, el templo debe ser defendido a toda costa.”


... y se retiraron al templo, donde pasaron la noche mientras el enemigo saqueaba la fortaleza. Convocada de nuevo la Asamblea, decidieron por unanimidad morir defendiendo el altar de Kiri-Jolith. Formarían un círculo en torno al espacio sagrado, franqueando las puertas al enemigo. Cuando el mayor número de estos hubiese penetrado en el edificio, cuando todo se hubiese perdido, los últimos tres defensores derribarían los tres pilares sostén del templo, símbolo del Triunvirato, impidiendo así la profanación del altar.


El enjambre enemigo derribó las puertas, los Caballeros combatieron durante toda la mañana, y finalmente, antes de que el primer pie enemigo hollara el altar...


“Hermano...”


“Madre...”


“Amada...”


... derribaron el templo sobre ellos y sus enemigos.


“¡Mi honor es mi vida!”




Esto es lo que he podido desentrañar ¿adivinar?, ¿inventar?, de las cosas que encontré en la caja. Difícilmente podría decirte como llegaron hasta aquí, pero tengo mis propias ideas.


Cuídate, viejo amigo, que Solinari siempre alumbre tus pasos.


Siempre con los tuyos,


Eilif Aglar.

viernes, 28 de septiembre de 2001

De vuelta

- ¡No! ¡No! Otra vez noooo...


El guerrero cae de rodillas sobre la helada superficie del glaciar, sus puños enfundados en pieles golpean una y otra vez el helado piso, arrancando agudas esquirlas de la maltratada superficie. Un muchacho, un hombre apenas, de rostro curtido por hielos y vientos apoya una mano sobre su hombro.


- Lo siento, Eilif, sé cuanto ansiabas cruzar ese portal... No me ha quedado más remedio que cerrarlo, comprende que ante todo me debo a los míos, si hubieses conseguido cruzar nada se habría interpuesto entre el glaciar y mi gente. Perdóname, volvamos a...


Con un grito preñado de la rabia más pura el hombretón proyecta su brazo hacia atrás, golpeando con el codo el vientre del joven. A ese golpe siguen otros, la tímida resistencia que el muchacho pretendió oponer ha desparecido ante la locura homicida del berserker que ha aparecido en los ojos del gigante. El joven se tambalea, sus pies, inseguros sobre los crampones que le permitían caminar sobre el hielo, dejan de sostenerlo y cae por un sumidero.


Horas más tarde, de nuevo dueño de sí mismo, un exhausto Eilif llega al poblado, portando en unas angarillas a un joven cuya vida se escapa por una fea fractura abierta en su pierna.


- Aquí está tu hijo, anciano – dice Eilif, con una voz colmada de amargura -. Durante un mes, mientras me preparaba para cruzar el portal me oíste hablar de mi necesidad de abandonar este lugar, de encontrar un sitio donde descansar lejos de aquí. Durante un mes has sabido que en caso de que consiguiera abrir el portal tu hijo lo cerraría antes de que yo pudiera cruzarlo. Dime qué me impide mataros a los dos ahora mismo. Dime porqué no debo provocar un derrumbe que borre para siempre este maldito pueblo de la faz de Krynn.


Tras un rápido y experto vistazo a la situación de su hijo, contra lo que podría esperarse el rostro del anciano refleja comprensión, aceptación. Diriase que nada de lo que ha ocurrido, incluida la tremenda ordalía sufrida por su hijo, le sorprende.


- Deja a mi hijo en el interior, Eilif. Pasa tú mismo y te hablaré de mis razones, sé libre después para juzgar el destino que merecemos.


Los tres hombres cruzan el umbral de la cabaña del anciano. Eilif, tomando una calabaza vaciada en cuyo interior se prepara una infusión se aposenta pensativo frente al hogar, mientras el anciano atiende las muchas heridas de su hijo y comienza a contar una historia, su historia y la de los suyos.


“Fue el abuelo de mi abuelo, hace ya más de 300 años, el que fundó por vez primera nuestro pueblo. Digo por vez primera porque dos veces antes de ahora hemos debido abandonar nuestra tierra ante el empuje del glaciar.


“Como te decía, fue el abuelo de mi abuelo el que huyendo con su familia y algunos amigos cercanos encontró estos valles, protegidos del mundo exterior por la extensión del hielo y caldeados por la energía desprendida por una extraña construcción, tal vez un templo, consagrado a labores que desconocemos, pero que albergaba un portal que dedujeron era capaz de cruzar el espacio entre mundos.


“Cuando un ser dotado de la fuerza interior necesaria cruza el portal este desaparece durante un tiempo. Entonces el glaciar, libre de trabas, avanza, y en menos de un año cubre nuestros campos. Al cabo de un tiempo el portal vuelve a abrirse, y el calor que este emana quiebra el glaciar y vuelve a revelar nuestros valles.


“En la memoria de mi familia los dos hombres que llegaron antes que tú con el propósito de pasar más allá eran seres malignos, despreciables, seguidores de creencias que no comprendemos. Pero tú llegaste para ayudarnos, lo hiciste incluso antes de llegar, pues aquella caravana que desbarataste buscaba apoderarse de nuestros secretos.


“¿Quién soy yo para impedir que cruzaras el portal? Quizá el destino quisiese que cruzaras esa puerta, quizá murieras en el intento de llegar hasta ella. Tal vez no tuvieras la fuerza suficiente como para abrirlo... Pero mi hijo es joven, impaciente, no pudo esperar los acontecimientos. ¿Puedes culparlo por intentar conservar las tierras de su familia?


El cuerpo, el rostro de Eilif se relaja conforme oye las palabras del anciano. Sentado ante el fuego, sorbiendo la amarga infusión, diriase que el calor que aquel desprende ha fundido la capa de amargura que helaba su corazón. Las aguas del deshielo fluyen por sus ojos. Alza su voz, sin apartar la mirada del fuego.


- ¿Y yo, anciano, qué hay de mí? ¿Pueden tus palabras explicar quien o qué soy? ¿Por qué mi rostro es distinto del tuyo? – El hombretón calla durante unos instantes-.


- ¿Anciano? – Continúa – te llamo anciano por las arrugas que surcan tu rostro, pues probablemente el número de mis años sea mayor que el tuyo, probablemente el doble, no lo sé con certeza. ¿Puedes tú explicarme porqué no envejezco? ¿Por qué la noche en que perdí a mi maestro mi cuerpo cambió, haciéndome más alto, más fuerte que los hombres normales? ¿Por qué la sangre de ogro que circula por mis venas hace que caiga una y otra vez? ¿Por qué debo permanecer en un mundo que rechaza a los que como yo son distintos?


Abre el jubón de cuero que cubre su torso, revelando un tatuaje en forma de lágrima sobre el pectoral izquierdo.


- Mira este tatuaje en mi pecho, anciano. Me fue impuesto por una mujer consagrada a Mishakal, la diosa que en el lugar de donde vengo trajo la curación a la tierra. Me protege a mí, que tengo las manos tintas en sangre inocente, que he perdido la cuenta de los seres de todas las razas que han desaparecido bajo el filo de esta espada. A mí, que he llevado hasta el borde de la muerte a tu único hijo...


“Tú hijo, que me ha impedido encontrar la ciudad de los mil nombres, la ciudad santa de la que me habló mi maestro y llamó Tanelorn. Un lugar donde las preguntas tienen respuestas, donde no debo explicar a cada paso lo anómalo de mi ascendencia, donde podré ocultar al berserker que vive en mi interior. ¿Puedes tú culparme por intentar encontrarla?


Permanecen ambos en silencio, observando los caprichosos dibujos formados por el fuego.


- Te he ofrecido la hospitalidad de mi casa, Eilif – habla el anciano-. No te culpo... ¿acaso intenté frenarte en tu búsqueda? No era tu destino encontrar esa ciudad en esta ocasión. ¿Qué harás ahora? Sabes que puedes permanecer con nosotros mientras lo desees...


La torturada frente del gigante se frunce, se debate entre el deseo de permanecer en paz en la ciudad y el deber que ha de ser cumplido.


- Tu tierra es muy hermosa, anciano. Me gusta tu pueblo y sus gentes, podría ser feliz aquí... al menos por un tiempo. Pero si he de permanecer en Krynn debo volver con los míos, mañana por la mañana me habré ido. Por favor, discúlpame ante tu hijo.






Al amanecer Eilif comienza el ascenso al cerro que domina la villa. Al llegar a la cima sus ojos vagan por el pueblo, por los campos sembrados, por los cercos donde pasta el ganado.


“Sí, podría ser feliz aquí. De no existir Esperanza, de no estar Aglar y su madre...”


Cabecea con fuerza, borrando de su mente tales pensamientos, buscando la tranquilidad de espíritu necesaria para usar el amuleto que sostiene en sus manos. Un velero, de cuyos costados surgen las níveas alas de un cisne, modelado en el más puro marfil que le pondrá en contacto con el más poderoso de los Túnicas Blancas de Ansalon, Dunbar Mastersmate.


“Dunbar, amigo mío, hermano. ¿Puedes oírme?”


En unos instantes, la voz de un adormilado Dunbar resuena en su cabeza.


“Por el abismo... ¿Eilif? Solinari me asista, ¿eres tú?. No esperaba volver a oírte...”


“Sí, soy yo... vuelvo a Ansalon. Todo ha sido inútil... ¿Qué debo hacer?”


“Separa las alas del barco, Eilif. Cuando así deshagas la figura esta te devolverá al lugar donde te fue entregada, mis aposentos aquí en Wayreth. Hablaremos a tu llegada.”


El guerrero se pone en pie. Con una delicadeza que desmiente su tamaño toma el blanco navío en sus grandes manos, separando las alas del velero. En unos instantes su figura se difumina... para aparecer en los aposentos del adalid de los Túnicas Blancas. Ambos se arrojan en los brazos del otro.


- ¡Eilif! Bienvenido a casa.


- Saludos, Dunbar. A casa...




Los dos amigos comparten una comida mientras Dunbar pone al hombretón al corriente de los últimos acontecimientos en Ansalon. La llegada de la Muerte Bella, el Cónclave, el Oscurecimiento...


- Necesitas volver a trabajar, Eilif – comenta el mago entre nubes de hierba para pipa-. Tengo una misión para ti. Necesitamos información de campo sobre esos llamados Caballeros de Cobre. Quiero que seas mis ojos allí. ¿Conservas las alas del barco? Mientras las tengas contigo podremos mantenernos en contacto. La paga habitual y cuando todo acabe te enviaré a – sonríe -... ese pueblo perdido en el sur.


- Me hará bien volver a concentrarme en algo. ¿Dónde me envías?


- No podré enviarte a ciegas, sin saber qué está ocurriendo allí. El centro de la acción parece ser Solace. ¿Te parece bien la posada delos Héroes de la Lanza? ¿El Último Hogar?


- No hay problema –contesta el guerrero tras unos instantes de vacilación-. Aunque combatí por la luz durante la Lanza, nunca formé parte del círculo más cercano a esos... héroes. Peleé en el ejercito del Áureo General, pero... Bueno, ha pasado mucho tiempo, no creo que nadie me recuerde. Curioso, siempre pensé que era un mal nombre para una posada, ominoso, el último hogar...


-Entonces adelante. Suerte, amigo mío, hermano. Que mi Señor ilumine tus pasos.


- Que él te bendiga, Dunbar. Hasta la vista.


Unas frases arcanas, unos enigmáticos gestos, y el macizo corpachón del guerrero desaparece con todo su equipo, para reaparecer junto al vallenwood que sostiene al Último Hogar.


- ¡ Por el Abismo! ¿Qué demonios...?





28 de septiembre del 2001





domingo, 6 de mayo de 2001

La hechicera y el caballero


 

            - Era un bardo imposible, con sus más de dos metros de altura y aquella cara que parecía un mapa de los Señores de la Muerte.

 

            El narrador sabe que ha captado la curiosidad de sus oyentes. Disfrutando de la sensación de ser el centro de atención en la sala, cosa que normalmente solo ocurre debido a esa marca que le afea la cara, continua con su historia.

 

            - En aquella época había abandonado la espada, y se dedicaba a recorrer Ansalon de posada en posada y de feria en feria. Esta es la historia que contó en mi humilde establecimiento, y esta es la historia que voy a contaros.

 

            “Cuenta la leyenda que Lord Soth, el señor del alcázar de Dargaard, fue comisionado por Paladine para salvar a las razas de Krynn del Cataclismo, pero que este fue vencido por su propia debilidad y no impidió lo que debía ocurrir.

 

            “Pero este no fue el único intento de los dioses por salvar Krynn de la destrucción. Varias deidades lo intentaron, enviando cada una de ellas a uno de sus elegidos.

 

            Kiri-Jolith, pese a acatar la voluntad de su padre, no estaba de acuerdo con la idea del Cataclismo. Opinaba que se debía permitir que los pobladores de Ansalon combatieran el mal que dominaba Istar, que todos los pueblos nobles, acaudillados por los caballeros de Solamniasin duda se alzarían contra el Príncipe de los Sacerdotes y su tiranía

 

            “No por primera vez, y no por última, Nuitari se rebeló contra su madre. No estaba dispuesto a consentir que la necedad de los hombres golpeara a los seguidores de aquello que más amaba, la magia. Había ardido de rabia durante las Batallas Perdidas, y lloró la pérdida de las torres. Y esta vez no permitiría que sus seguidores fueran perseguidos.

 

            Kiri-Jolith se apareció en sueños a un joven caballero de la Espada, que servía en una remota guarnición de la costa norte de Sancrist, y que por ello aún no estaba contaminado por la perfidia y la corrupción que se había adueñado de los caballeros.

 

            Nuitari se apareció en los sueños de una túnica negra, una hechicera que tuvo que huir de Palanthas, discípula del nigromante que se empaló en la verja de entrada de la Torre de esta ciudad.

 

            “El caballero de la Espada, Portham, abandonó su puesto en Sancrist, por lo que fue proscrito por los suyos, con el objetivo de llegar aIstar. Allí, escudado por la fuerza de su Dios, armado con la espada de su ira, avanzaría a sangre y fuego hasta el Príncipe de los Sacerdotes, y cuando su espada vengadora hubiera apenas rozado su piel, debería prepararse para inmolarse en sacrificio al dios de la batalla. El señor de la guerra esperaba que este gesto por parte de un paladín lo suficientemente santo como para entrar con tales intenciones en el Templo deIstar, y claramente respaldado por la fuerza del hijo del Dragón de Platino, bastaría para impresionar al adalid de los sacerdotes y obligarle a cambiar el rumbo de su política.

 

            Nuitari no iba a ser tan sutil. Dotó de gran poder a su elegida, hasta el punto de sobrepasar al adalid de las túnicas negras en Ansalon, hasta el punto de sobrepasar al jefe del Cónclave, haciendo de ella la más poderosa de los hechiceros que jamás pisaron Krynn hasta la llegada del Amo del Pasado y el Presente. Mavia debía llegar hasta las puertas del templo, que ni todo el poder de Nuitari podría hacer que cruzase. Allí convocaría al Príncipe, eliminando por turno a todos los rivales que este pudiera lanzarle. Y una vez convocado retiraría los velos que separaban al Príncipe de la realidad, permitiendo a las gentes y a los verdaderos clérigos ver la impotencia y debilidad reales del presuntuoso humano que pretendía reclamar por el orgullo lo que Huma obtuvo por el sacrificio y la sangre. Y a continuación lo enviaría al Abismo para toda la eternidad, convertido en un mero peón de la Reina Oscura.

 

            Portham avanzaba a buen paso, seguido por escuadrón de caballeros de Solamnia que tenía la orden de capturarlo, pues había abandonado su puesto sin permiso.

 

            Mavia se teleportó a las cercanías de Istar, y allí se preparó durante un mes, memorizando la gran cantidad de hechizos de los que debería disponer.

 

            “Pero la Señora de los Dragones tenía planes propios para el Cataclismo. Y por mediación de algunos de los sacerdotes que habían sobrevivido a las persecuciones religiosas en Istar advirtió a los mandatarios de la urbe de lo que ocurría... presentando al paladín y a la hechicera como enviados de Takhisis para acabar con el Príncipe.

 

            “Ambos se detuvieron a siete días de Istar, para prepararse para la lucha.

 

            Mavia fue la primera en ver al otro. La primera mañana oyó ruidos de acero cerca del lugar donde había plantado su tienda. Y vio aPortham en total comunión con su dios. Permanecía de pie. Tan solo vestía un taparrabos de piel, y en su reluciente por el sudor brazo derecho se destacaba tatuado un colmillo de jabalí, representación de Kiri-Jolith. En pie, desarmado, con las piernas ligeramente abiertas y los brazos estirados, rezaba en voz baja, apenas susurrando unas palabras. Abrió los ojos y comenzó una serie de movimientos suaves, fluidos, lentos al principio que fueron acelerándose poco a poco. Sin comprender nada al principio, Mavia se dio cuenta que el paladín llevaba a cabo un combate contra un enemigo invisible. Brazos y piernas, convertidos en broqueles de acero, desviaban jabalinas y flechas imaginarias. Manos y pies, tensos y endurecidos se clavaban en enemigos invisibles. Fintas y saltos sobre la posición esquivaban espadas y lanzas hostiles que solo existían en su imaginación. Pero era un Caballero de Solamniahostiles a la túnica que ella representaba, a toda la magia en general.  YMavia abandonó el campamento camino del suyo propio.

 

            Portham la vio la primera tarde. Encontró huellas de que alguien había estado cerca de su campamento y las siguió, temeroso de que sus perseguidores lo hubieran encontrado. Y encontró a Mavia ante su tienda, sentada con las piernas cruzadas en el suelo ante su tienda, estudiando sus libros de hechizos. El joven caballero la observó durante horas, cautivado por la dedicación de la hechicera. Por los ojos claros que se cerraban cuando echaba la cabeza hacia atrás para memorizar un pasaje especialmente complicado. Por las manos de largos y delicados dedos que deslizaban tras sus orejas un mechón de pelo que, rebelde, tendía una bermeja cortina ante su lectura. Por los labios llenos que murmuraban extrañas palabras. Pero ella era una hechicera de la oscuridad, una túnica negra que representaba todo lo que era oscuro, todo lo que es enemigo de la luz. Y Portham volvió a su propio campamento.

 

            “Al día siguiente la hechicera volvió a oír ruidos. Y volvió a investigar el origen del sonido. Y vio de nuevo al caballero. De nuevo estaba entrenándose, pero esta vez portaba todo su equipo, en el pecho del pectoral el Martín Pescador, la Rosa y la Espada cantaban una canción de gloria. Empuñaba con ambas manos una poderosa espada. Y bailaba una mortífera danza mientras se ejercitaba en el combate. El primero entre todos los guerreros.

 

            “Esa tarde el caballero de nuevo vio huellas. Y sabiendo adonde conducían de nuevo las siguió hasta su destino. Aunque no podía saber de qué se trataba vio como la hechicera creaba un inmenso cono de silencio alrededor de su tienda. Y en el centro de ese cono la túnica negra desató su terrible poder. Levantó escudos mágicos que la protegerían de cualquier ataque. De sus manos surgieron potentes chorros de fuego que calcinaron amplias zonas de bosque, incendios que ella misma apagó invocando poderosas tormentas. La primera entre todos los hechiceros.

 

            “La tercera mañana Mavia volvió al campamento de Portham. Este estaba en pie, de nuevo ataviado con un sencillo taparrabos. Tras un largo intervalo de tiempo dobló una rodilla y se inclinó. En su morena cara, curtida por los salados vientos que bañan Sancrist, se dibujó una sonrisa. Y ante él apareció una figura terrible, un minotauro con cabeza de bisonte, un guerrero ataviado de blanco portando las armas que derrotarían al Príncipe de los Sacerdotes y salvarían el mundo. Un escudo redondo grabado con la Espada, un pectoral en cuyo frente se dibujaba un Martín Pescador sobre una Corona y una poderosa espada en cuya hoja brillaba la Rosa. Mavia contempla la escena y desespera, imposible acercarse a un paladín consagrado por su dios.

           

            “La tercera tarde, atrapado por su destino Portham volvió al campamento de Mavia. La contempló sentada en la posición del loto, sumergida en el éxtasis de la magia. De pronto echó la cabeza hacia atrás, dejando que una cascada de cabellos rojos cayera sobre su espalda. Sus pálidas facciones se relajaron completamente y en su cara se dibujó una sonrisa. Ante ella apareció una figura de inconmensurable poder, cubierta completamente por una túnica negra. Una mano macilenta se adelantó y entregó a Mavia un bastón de  magodel más negro ébano, coronado por ojo facetado hecho de obsidiana. El arma que debía correr los velos con los que se cubría el Príncipe de los Sacerdotes y salvar al mundo. Portham se retira, aquella que se ha convertido en el objeto de sus sueños se le ha revelado como una campeona del hijo de la Reina Oscura. ¿Cómo podría siquiera acercarse a ella?

 

            Mavia pasa el cuarto día meditando sobre su situación. Piensa en los dones que sobre ella ha vertido Nuitari. Piensa en la responsabilidad que pesa sobre ella, pues Nuitari le ha explicado que el destino de la magia pende de un hilo. Pero todos sus pensamientos se ven obstaculizados por la imagen de un joven guerrero entregado a su arte con la misma fuerza que ella se ha entregado al suyo.

 

            “Durante el cuarto día Portham no puede concentrarse. Sabe que el destino de millones depende de sus actos. Sabe que su Señor, el dios de la buena lid, le ha otorgado una confianza que sobrepasa cualquier cosa que hubiera imaginado. Intenta centrarse en su deber, en lo que el honor demanda, pero le resulta imposible. Ante sus ojos baila siempre una melena pelirroja.

 

            “Ninguno de los dos duerme esa noche. Y ambos toman una decisión.

 

            “El quinto día es el del conocimiento. Ambos utilizan para sus abluciones zonas del río muy próximas. Temprano en la mañana ambos se encaminan a esas zonas completamente pertrechados. Y cuando la luz del sol baña la orilla del río por fin se ven frente a frente. Los poderes de ambos desafían la imaginación, por intercesión de su dios él, por la fuerza de la magia ella, ambos tienen la capacidad de ver lo que hay en el alma de cualquier ser humano. Pero simultáneamente, sin mediar una palabra, utilizan ese poder contra ellos mismos, con el objeto de ofrecerse completamente, sin fisuras, sin ambages, al otro. Y comienza un mudo dialogo diálogo que dura horas. Un dialogo que ambos comienzan igual y tras el cual ambos conocen completamente al otro.

 

            “Pasan juntos el sexto día, ahora siendo uno solo tras la noche pasada. Se han puesto en contacto con sus respectivas deidades... solo para decepcionar a ambas. Estas les comunican que, alertados por la Reina Oscura, los lacayos del Príncipe de los Sacerdotes lanzan contra ellos un golpe devastador. La temible sexta legión, de infausto recuerdo para los pueblos libres de Krynn, y un numeroso grupo de hechiceros renegados, la única arma mágica a disposición del Príncipe, pues los clérigos verdaderos se han retirado y Paladine se niega a atender las peticiones de los restantes. Los dioses les conceden ese día a ambos. Pero el séptimo día serán atacados y, si sobreviven, deberán frenar al Príncipe.

 

            “Llega el séptimo día. Ambos han pasado la noche en vela, preparándose para el combate, pues saben que de cada uno depende la vida del otro en la jornada que se avecina.

 

            “En la clara mañana, sobre una colina se alzan Mavia y Portham.  A sus pies se extiende la infame sexta legión y tras ellos los magos renegados. Mavia acumula hechizos de protección sobre Portham, y este, en total comunión con su dios, se lanza colina abajo. La incredulidad se extiende entre las primeras filas de legionarios, que ven como un hombre solo se abalanza sobre ellos. Pero cuando ese hombre choca contra las primeras líneas se dan cuenta de su error. La fuerza del caballero es la de una decena de hombres, ninguna espada puede vulnerar su guardia, su velocidad es la del rayo. Con la regularidad de un autómata Portham penetra en las filas de la legión, su vista busca a los oficiales y avanza hacia ellos, moviéndose entre los soldados como si atravesara un campo de trigo. Los hechiceros lanzan ataque tras ataque sobre la cima de la colina, donde Mavia resiste impertérrita. La hechicera permanece agazapada tras sus defensas hasta que nota como la intensidad del ataque de sus enemigos decae, y es entonces cuando pasa a la ofensiva.

           

            “Los legionarios, privados de parte de sus mandos y desbandadas por el pánico las primeras filas titubean. Los magos comienzan a flaquear, algunos caen, asediados por el poderoso ataque de Mavia.

 

            “Pero de la misma forma que estaba escrito que el caballero de Solamnia y la hechicera de negra túnica debían encontrarse, también estaba escrito que ninguna fuerza humana o divina podría impedir el Cataclismo. Sobre una colina cercana, montado sobre un gigantesco caballo negro, se yergue uno de los preferidos de la Reina Oscura en Ansalon. Un sacerdote de poder inconmensurable. Y es la mano de este sacerdote la que decide la batalla, pues aunque no puede participar directamente en el combate lanza un hechizo de ilusión sobre la hechicera que pelea sola en la cumbre de la colina.

 

            “A los ojos de Mavia un legionario se abalanza sobre Portham clavando profundamente una jabalina sobre su hombro derecho, el caballero se tambalea, mira hacia atrás unos instantes, para caer sepultado bajo una multitud de enemigos. Ajeno a todo esto Portham sigue combatiendo, segando fila tras fila de legionarios, tratando de alcanzar a los hechiceros. Pero oye a su espalda un grito de dolor, un rayo mágico ha superado las defensas de Mavia, que ha titubeado un solo instante al creer ver caer a Portham.

 

            “Ciego de ira Portham abandona el campo destrozando a todo aquel lo suficientemente loco como para interponerse en su camino. Cuando llega a la cima del montículo contempla a su amada. Vive todavía, pero el rayo ha afectado su brazo izquierdo quemándolo, y convirtiendo su mano derecha en un garfio de carne ennegrecida. Abajo, los enemigos de la pareja reagrupan sus fuerzas.

 

            Portham... estás vivo - dice entre lágrimas la hechicera – Creí que te había perdido.

 

            MaviaMavia... ¿cómo ha podido ocurrir? – la frente del caballero esta perlada de sudor, arrugas de preocupación fruncen su ceño - Son demasiados, cariño, y ahora no podremos protegernos de los ataques mágicos... todo se ha perdido...

 

            “Mira abajo, mi amor. Se reúnen para atacarnos de nuevo, reagrupan sus fuerzas.

 

            “Ambos saben que ha llegado el final. No podrán superar la coalición de magos y guerreros que se alza contra ellos. Se miran de nuevo como la mañana que se conocieron en el río. Y de nuevo ven el interior del otro. Ven una profunda tristeza por la próxima pérdida del ser amado... y la breve chispa de una última esperanza en la derrota. El primero en volver a hablar es el guerrero

 

“Déjame combatir hasta el final, Mavia, tal vez aún pueda vencerles. Si la legión se desbanda completamente podré alcanzar el grupo de los hechiceros. Si aun puedes protegerte a ti misma durante un tiempo yo...

 

            “¿Y qué será de nosotros después, Portham?

 

            “No lo sé, mi amor. Si vencemos aquí y nos retiramos ambos perderemos el favor de nuestros dioses. Tú habrás perdido tu magia y yo mi habilidad con las armas. Tal vez podamos empezar de nuevo, solos, sin dioses,  en algún sitio...

 

            “Claro, mi amor. Cuando todo esto acabe...

 

            “Cuando acabe todo esto...

 

            “Si mi poder falla, que Nuitari te bendiga, caballero... mi amor.

 

            “Si caigo en la batalla, que Kiri-Jolith te acompañe, señora... mi amada.

 

            “Una vez más se desata un infierno en la tierra. Los legionarios avanzan sobre la pareja, mientras los hechiceros lanzan sus ataques.Portham penetra en las filas de la legión... para ser rechazado poco a poco. Mavia gasta los últimos sortilegios acumulados en su bastón de mago en desviar los ataques mágicos. Pero la presión combinada de legionarios y magos renegados es excesiva. Portham retrocede cada vez más. Los hechizos de protección de Mavia son cada vez más débiles.

 

            “Una jabalina supera la defensa de Portham y se clava en su brazo derecho.

 

            “¡Portham!

 

            “Un proyectil mágico estalla cerca de Mavia, alcanzándola en las piernas.

 

            “¡Mavia!

 

            “El paladín se retira hasta su amada. - ¿Así ha de acabar todo ahora, mi amor?

 

            “Aun puedo romper mi bastón, Portham. Si estalla, lo devastará todo en varias millas a la redonda.

 

            “¿Y nosotros?

 

            “Las lágrimas bañan la cara de la hechicera. Sonríe, con los ojos clavados en el guerrero, que están anegados de lágrimas y comienza también a sonreír.

 

            “Nosotros emprenderemos una vida nueva...

 

            “Los dos solos...

 

            “Sin dioses...

 

            “Sin misiones...

 

            “Juntos..

 

            “Los legionarios avanzan sobre la pareja. Los hechiceros salmodian los últimos versículos de sus hechizos.

 

            “Mi amor...

 

            “Entonces la hechicera, rodeada por los brazos del guerrero, levanta su única mano libre, golpeando el bastón sobre el suelo, rompiéndolo en un golpe de retribución. Y las energías mágicas contenidas en él se liberan, golpeando la tierra como el puño de dos jóvenes dioses encolerizados.

           

            El narrador calla, el silencio cae en el local, hasta que uno de los pocos parroquianos que quedaba en la taberna se dirige al narrador, el dueño de la taberna.

 

- Caramba, William... estoy impresionado...

 

            - Sí... es la mejor historia que nos has contado nunca... exceptuando aquella de cuando asaltaste el castillo durante la Lanza y...

 

            - Cuéntame, William, ¿qué ocurrió con Portham y Mavia?

 

            La cara porcina del tabernero duda unos instantes.

 

            - El hombretón que la contó dijo que el destino final de esos dos no es conocido por los hombres mortales, pero que no quería creer queNuitari y Kiri-Jolith, dos dioses que recompensan la pericia en sus seguidores no se apiadasen de ellos. Cuando le pregunté me llevó fuera y me dijo...

 

            “Mira, William, la estrella de Kiri-Jolith, roja como el fuego en el horizonte. Y sabes que Nuitari está también en el cielo, aunque no podamos verla... al menos yo aún no puedo verla... ¿Sabes qué creo? Que Mavia y Portham fueron reclamados por sus dioses tras la explosión. Creo que Mavia sigue estudiando en esa luna oscura. Y creo que Portham se ejercita eternamente en el campamento del dios de la batalla. Pero cuatro veces al mes,  una cada semana, en su recorrido por el cielo Nuitari tapa la luz de la estrella de fuego. Y es entonces cuando los que se amaron hace tanto tiempo vuelven a estar juntos, por apenas unas horas.”

 

 

 

 

 

                                                                                   6 de mayo de 2001