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jueves, 3 de mayo de 2007

El viaje


Para mis niñas


- ¡No, aún no! Que vaya Karla, a la cama. Yo soy mayor, puedo quedarme un rato más, siempre me quedo un rato más...

La pequeña Karla se ovilla en el regazo del gigante pelirrojo que la sostiene. Intentaba allí, mientras combatía el sueño, pasar desapercibida. Pero no ha podido escapar del ojo vigilante de su madre. Y además Brigitte la ha colocado en el centro de la atención del grupo. Sus padres, los amigos de sus padres, la buena Erla, todos fijan sus ojos en ella mientras sonríen. Pero los brazos de Bojji forman un círculo protector en torno suyo, apoya la rubia cabeza en el hueco del codo del maduro gigante.

- Ahhh, Brigitte, ¿dejarás que Karla se vaya sola? ¿Acaso dejarías sola a tu propia hermana? - truena la voz del coloso, mientras se pone en pie, protegiendo aún entre sus brazos a la chiquilla.

Brigitte ríe, Karla ríe, todos ríen menos el gran Bojji, que sigue simulando indignación. Todos reconocen la “voz de las Eddas”, la voz grave que Bojji imposta cuando se dispone a narrar una de sus historias. La voz que se llena de los matices que aprendió a domar de joven, a bordo de un cazador de ballenas.

- ¡Brigitte! ¡Vergüenza! Pero yo te digo que te acostarás ahora. ¡Lo quieras o no!

Lanza a la pequeña Karla sobre los brazos de un sonriente Steffan, uno de los amigos de la familia. Con una velocidad que desmiente a su tamaño y su edad se abalanza sobre la niña, que se retuerce entre sus brazos presa de la risa. Las manos de Bojji buscan sus cosquillas, Brigitte se desploma entre carcajadas.

- ¡Ah, desdichada! ¡Huye, huye! Pero no podrás escapar de mis manos. ¡Corre, corre, Bojji te sigue! - grita alzándose sobre la pequeña, señalando con gesto trágico la puerta de la fonda.

Riendo todavía Brigitte escapa, mientras Bojji se tambalea tras ella como un trasgo borracho. Salen uno tras otro al exterior, pero una vez fuera acelera el paso y captura rápidamente a la niña. Con la diestra la levanta del suelo, se la acerca al pecho.

- ¡Ya eres mía! Aún pasarán muchos años antes de que puedas escapar de mí, pequeña.

- No quiero irme a la cama, Bojji, aún es temprano – contesta entre pucheros la pequeña.

- Ah, mi niña, pero no siempre podemos hacer lo que queremos. ¿Quién cuidará de Karla esta noche, mientras yo no puedo hacerlo. Ella confía en dormir con su hermana. Con mi valquiria, mi Brunilda...

- Tú nos cuidarás, Bojji.

- Sí – una manaza curtida de mares revuelve mechones rubios, enreda los dedos entre el cabello -. Pero antes tenemos que hablar los mayores. Cosas grandes de gente grande. Cosas... Tú serás mi centinela en lo alto de la fortaleza, Erla os ha preparado la habitación del rayo de luna. La luna esta casi llena, mi niña. La claraboya ilumina la cama y…

- Bueno... ¡Pero nos contarás un cuento!

Juntos entran de nuevo en la fonda, al comedor donde arde el fuego y los amigos esperan. Resuena de nuevo la voz de las leyendas antiguas.

- ¡Ah, amigos míos! Tendremos que esperar un poco para nuestro cónclave. Porque la pequeña Brunilda ha ganado de este pobre viejo una prenda. ¿Y quien sería yo si no pagara lo perdido? ¡Vamos, Karla, Brigitte! ¡En pie, arriba, arriba! ¡Hasta donde acaba el castillo la luna está al alcance del brazo! ¡A la habitación de la claraboya!

Riendo, atropellándose la una a la otra, las niñas suben corriendo las escaleras que llevan a los dos pisos superiores de la fonda, donde están las habitaciones. En el segundo piso hay solo tres habitaciones, y una de ellas tiene una claraboya por la que en estas fechas la luna derrama su plata sobre una enorme cama, vieja, grande, cubierta por un dosel blanco.

- ¿Y cuál será hoy nuestra canción, mis niñas?

- ¡Una nueva! - casi grita Brigitte.

- Una historia de viajes – musita somnolienta Karla.

Medita unos instantes el gigante, mientras se tiende en la cama junto a las pequeñas. Su mirada vaga por la habitación. Demasiadas veces ha cantado a la luz de la luna, busca algo nuevo. Vuelve la vista a las pequeñas, que aguardan sonrientes. Expectantes. Teme la conversación que le espera abajo, esas razones, esos negocios que nunca ha entendido, que no comprende y que no quiere comprender. Solo ha entendido la caza en el mar. Y a Erla. Un hombre no precisa de más. Quizá tarde mucho en volver a ver a esas niñas que él, que no puede tener hijos, considera casi como suyas. Rápido para la emoción, sus ojos se empañan y aparta la vista. Su mirada descansa en un barquito de papel. Uno que las niñas hicieron hace unos días, y que Erla, como ha hecho con tantos otros recuerdos en toda la casa, ha dejado sobre una repisa.

- Mis pequeñas... - le traiciona de nuevo la idea de que puede tardar años en volver a verlas. La voz le tiembla apenas un instante. Las niñas creen que es un efecto más para comenzar la historia, se arrebujan en la cama, esperan. Se repone el gigante.

- Mis pequeñas, ¿recordáis las historias de los barcos dragón? ¿Aquellos barcos que zarpaban de los fiordos en el norte helado? Cada vez más lejos, haciendo con cada singladura más grande al mundo, burlando monstruos y peligros, llegando a las playas de perlas que guardan los elfos...

“Una vez zarpó un barco, del más oculto de los fiordos, un fiordo que se hallaba tan al norte que no aparece en las historias que nos han llegado de aquellos tiempos. No era uno de los poderosos barcos dragón, pero era un buque hermoso, de líneas esbeltas y rápidas. El más bello navío que construyeron las manos de los hombres del norte. Tan hermoso que no le pusieron nombre, recibiría su nombre cuando llegara a su destino. Tan bien construido estaba que casi no necesitaba tripulación. Tres personas se bastaban para gobernarlo, y solo tres lo tripularon. Dos mujeres, dos hermanas se adelantaron para surcar el mar en el navío, pero no dijeron sus motivos, lo declararían cuando llegaran a su destino. Eran estas mujeres las hijas del jefe del poblado, los retoños más bellos que jamás diera el norte al mundo, de ojos claros como la mañana y cabellos tan rubios como los mares de trigo que se mecen al viento en el sur.

Calla el bardo unos instantes, sabe cuando buscar una pausa, que aprovecha para ordenar sus ideas. Y para dejar a las dos pequeñas sumergirse en la descripción de las dos hermanas en las que se han reconocido. Rebullen las niñas en la pausa. Ríe bajito, satisfecha, Karla. Brigitte se abraza aún más a la almohada, los ojos brillantes. Se han visto tantas veces en los cuentos de Bojji, tantas veces dos hermanas protagonizan sus cantos que apenas pueden contenerse para saber algo más. Pero conocen las reglas, y saben que esa pausa es el privilegio del narrador. Pero también saben que, a veces, conviene entrar en la narración con una pregunta inteligente.

- ¿Bojji?

- ¿Pequeña?

- ¿Quien era el tercer tripulante?

- Ahhh, el tercer tripulante. El tercer tripulante... era un viejo capitán de barco. Un capitán de barcos dragón que hastiado de violencias se había retirado del mar. Pero un juramento lo mantenía junto a la costa, y cuando las dos hermanas anunciaron que embarcaban, él se adelantó a capitanear la nave. Cual era la naturaleza de su juramento, se sabría al llegar a su destino.

“Zarpó la nave del puerto, dejando atrás el fiordo. Navegaron durante semanas, durante meses. Islas llenas de tesoros ignoraron, pues los impulsaba la necesidad de llegar a su destino. Se enfrentaron al frío extremo, donde enormes osos blancos se enseñoreaban de las costas. Se enfrentaron a calores sin medida, donde los hombres negros levantan sus torres de marfil junto a las desembocaduras de los ríos. Se enfrentaron a los terrores de la noche... Pero debían llegar al final de su viaje.

Bojji se levanta de la cama, no le gusta donde le está llevando el cuento. Sabe que todos los cuentos están escritos, que solo esperan a que alguien les de forma y los traiga al mundo, donde deben ser cantados. Pero teme el final del cuento. Poco a poco se dirige a la puerta de la habitación.

- El embrujo de las sirenas no los desvió de su rumbo, de su destino, del final del viaje.

Ha alcanzado la puerta. La cruza apenas. Su silueta se recorta contra la débil luz del pasillo. Su voz vacila.

- A monstruos sin cuento se enfrentaron. Tocaron todas las costas, surcaron todos los mares. Tempestades que levantaban olas gigantescas, calmas que dejaban la superficie del mar como un espejo, todo los empujaba al final del viaje...

Se quiebra al fin la voz del hombre, no puede mantener la impostura de la voz. Habla ahora con su propia voz, las dos hermanas no pueden ver su cara, las lágrimas que asoman a los ojos del gigante.

- ... el final del viaje...

Calla, y comienza a entornar la puerta.

- Bojji – susurran las dos hermanas desde la cama que baña de plata la luna –, el final del viaje. ¿Qué ocurre al final del viaje? No has acabado el cuento.

Se apoya Bojji en la pared junto a la puerta, la cabeza hundida en el pecho. El final del viaje. No se atreve a asomarse de nuevo a la habitación, duda de poder mantener la entereza, y no quiere bajar al comedor, donde le espera una conversación que no quiere mantener. Los padres de las niñas han venido para despedirse, para comunicar a sus amigos que el padre ha recibido una oferta de una empresa inglesa. Quizá la acepten, aún no lo han decidido. Pero entonces deberán ir a Londres. Vivir allí. Lejos de casa.

- Bojji...

Apenas un susurro. Las niñas esperan. El final del cuento, el final del viaje. Se rebela. Quizá sus niñas se vayan, quizá no. Pero no importa el destino, importa el camino. Se gira, se sitúa en el marco de la puerta, los fuertes brazos se apoyan en la parte superior del marco. Recupera la voz, la fuerza, habla de nuevo el bardo.

- Este viaje, niñas, no acabará nunca. Este cuento no tiene final.



Esplugues, 3 de mayo de 2007.


sábado, 1 de enero de 2005

Gladys y Leo






ALBERT: No recuerdo el nombre del pueblo, solo que estaba en la ribera del Pachitea. Bajé del autobús, por llamarlo de alguna forma, completamente deslomado, los riñones hechos polvo y hambriento como un lobo, habíamos tardado cinco horas en hacer un trayecto que había calculado en menos de la mitad. Y aún faltaba hasta Pucallpa.

 

BRIGITTE: Tú y tus atajos...

 

ALBERT: El caso es que me los encontré nada más bajar del dichoso autobús. La pequeña, la que sostiene un trozo de banano, Leonor, con una sonrisa deslumbrante, blanca, inmensa, niña aún. La mayor, Gladys, muy seria, mirando a los pasajeros como calculando cuantos bananos podía endosarle a cada uno. Una mujercita ya, llevando dinero a casa.

 

GRACIELA: ¿Llegaste a conocerlas?

 

ALBERT: Muy poco. No me apetecía nada meterme en una cantina y había muy buena luz, así que aproveché la parada de media hora para hacer algunas fotos del pueblo. No recuerdo el nombre, ¿cómo...?

 

BRIGITTE: Albert...

 

ALBERT: En fin, que al volver del río me senté en ese banco a esperar que saliera el autobús. Al poco se sentó a mi lado Gladys, contando y volviendo a contar un fajo de billetes pequeños. Empecé a hablar con ella, mientras su hermana jugaba alrededor del autobús, mirando a los pasajeros como buscando a alguien...

 

“¿Bananos, señor? Mírela, buscando a papá. Se llama Leonor y es mi hermanita. Cada día, mientras vendo mis bananos, ella entra en el autobús buscando a papá. Importuna a los pasajeros. Cuando encuentra a alguno costeño le pregunta por León Morales. Sí, señor, hace ya meses que se fue. Mamá dice que volverá, que se fue a trabajar a la costa y que traerá mucha plata cuando vuelva. Compraremos un chanchito y nos lo comeremos entero. Hace mucho que no como chancho. ¿No quiere bananos, señor? Mi papá es muy grande, como usted. Y muy fuerte. Y muy guapo. Es costeño, y por eso algunos no le querían bien, dice mi mamá. Pero volverá pronto, algún día Leo lo encontrará entre los pasajeros, seguro. Llaman para su autobús, señor.”

 

MARC: Seguro que le compraste todos los bananos y se los volviste a dejar.

 

ALBERT: No te equivoques...  Soy un profesional, no me inmiscuyo en lo que retrato.

 

MARC: Me juego la cena.

 

ALBERT: No seas bobo.

 

MARC: Y las copas de los cuatro.

 

ALBERT: Vale, se los compré y se los dejé. Pero me comí dos. Y cogí dos más para el camino.

miércoles, 8 de diciembre de 2004

Patricia



- Tenía ojos de animal asustado. ¿Cómo se llamaba aquella cantante? Sí, mujer, la del grupo aquel, aún estaba yo en el instituto cuando... Transvision Vamp. Sí. Eso. Transvision Vamp. Tenía unos ojos claros enormes, inmensos. Así eran los de Patricia, solo que los suyos eran oscuros. No sé, como mezcla de negro y violeta. Algo así. ¿Me pones otro?


- Sería el tercero en un cuarto de hora.


- Vaaamos, pon otro, sé buena. No te preocupes, dentro de un rato vendrán a buscarme. ¿Dónde estaba?


- En los ojos de una chica.


- Sí... Patricia. Tenía unos ojazos enormes, ya te digo. Quizá demasiado separados, le hacían la cara rara. Creo que por eso no era lo que se dice guapa. Era tremendamente atractiva, eso sí. También tenía la boca grande. Muy bonita, también. Sí. Tenía una cara... eh...


- ¿Ecléctica?


- Justo. E-cléc-ti-ca. Eso. Creo que tenía complejo de fea. Y eso que tenía un cuerpo de fábula. Quizá un poco bajita. Pero entraba en cualquier local y todos se giraban a mirarla. Hasta las tías. En serio.


- Anda, toma, aquí tienes. ¿Qué tal si me explicas qué te ha pasado en la cara?


Marc cambia un vaso en el que apenas habían empezado a derretirse los hielos por otro nuevo, donde el Jack Daniel’s sigue sin bautizar. Se ha propuesto emborracharse y lo está haciendo a conciencia. Primero ha encargado a Albert, un buen amigo, que pase a buscarlo en una hora. Después se ha dirigido a un bar que sabe medio vacío entre semana, donde conoce a la dueña y sabe que podrá beber hasta caerse del taburete sin problemas, aunque sea ya tan tarde. Y dispondrá además de la atención de la patrona. No es bueno beber solo, y siempre viene bien una oreja amiga. A su derecha un Frankenstein de cartón piedra y tamaño natural parece querer ser de alguna ayuda, aunque resulta difícil creer que alguien que se sujeta los sucios pantalones con una cuerda posea la sensibilidad suficiente como para comprender lo sucedido esa noche. Además Marc necesita de alguien dotado de autoridad moral, alguien capaz de absolverlo por una, juzga, terrible falta y el muñeco no parece tenerla. Más bien parece necesitar también un cierto consuelo. Brinda por él en silencio. Te lo agradezco, compañero, la intención es lo que cuenta. Pero será otro día cuando cuentes tu historia, esta noche es mía.


Siente, aprecia, la quemazón de ese primer trago de bourbon puro, sin contaminar aún por el agua de los hielos. Un trago largo, generoso, del que sigue el recorrido por su cuerpo. Boca, garganta, esófago – o eso cree, a fin de cuentas es de letras y el colegio queda lejos en el tiempo -, hasta el golpe final en el estómago. Un calorcillo reconfortante que al día siguiente le costará una resaca monumental, pero que esa noche le ayudará a dormir sin ver los ojos de Patricia.


- Tenía veinte años, ¿sabes? Y una mente un tanto peculiar. Según Graciela...

- Perdona que te corte, ¿dónde está?


- ¿Graciela? Ha vuelto unos días a Mendoza, a Argentina. Las cosas andan revueltas allá y quiere traerse a sus padres. No sé donde vamos a meterlos, pero bueno... Dios provee, supongo.


- ¿Según Graciela?


- ¿Qué?


- Decías algo de Graciela y esa Patricia.


- Mmm... sí. Decía Graciela que Patricia solo podía atraer a dos tipos de hombres. Supongo que era por ese aire de cervatillo en apuros. Unos que se aprovecharían de ella. Asfixiándola. Impidiendo que se moviera. Cuidando de que el cervatillo siguiera asustado e indefenso. Dios, mataría a ese cabrón si no fuera porque ya está muerto.


- ¿Y los otros?


La mirada de Marc se alza del vaso para clavar sus ojos en los de su interlocutora.


- Según Graciela los otros siempre llegan tarde para las chicas como Patricia.


Tras unos instantes de silencio la dueña del local acude a atender a otro cliente, momento que aprovecha Marc para inclinarse sobre la barra y tomar la botella de Jack Daniel’s. Llena a rebosar el vaso, desdeñando el hielo. Intenta recordar cuánto alcohol le queda en casa. Va a necesitar bastante para ahogar a esa vocecilla que en su interior le recuerda que tal vez no haya sido culpa suya, pero que de haber llegado antes quizá podría haber hecho algo.


Estupendo. Casi llena. Y falta media hora para que llegue Albert. Media botella para cada cuarto de hora. Supongo que empiezo a perder los papeles, ya me encuentro de lo más ingenioso. Patricia. Tenía razón Graciela cuando le dijo que acabaría mal. Claro que Graciela siempre tiene razón cuando saca a relucir esa especie de chamán mapuche que según ella es el responsable de su parte india. Aunque tampoco hacía falta llegarse hasta Delfos para consultarle al oráculo teniendo en cuenta las compañías de la pobre Patricia. Pero acabar tan mal...


- Espero que no te importe que me haya servido yo mismo...


- Igual te cobraré lo que yo quiera... ¿Me vas a contar lo de tu cara o no?


- Mario era su novio. Un perfecto imbécil. Montado en el dólar, el muy gilipollas. O en el euro, ya puestos. Y en todas las zorritas que pasaban por el bar, incluso cuando ya estaba con Patricia. Se había fumado la mitad del valle del Rif y esnifado un par de provincias colombianas, él fue quien metió a Patricia en la coca. Bebía whisky como si fuera agua, y el muy imbécil exigía que los cubitos de hielo fuesen de Solán de Cabras. Muy guapo, decían, aunque para mí parecía más bien una mujer. Y bajita, además. No llegaba al metro sesenta, diría yo, siempre con zapatos con un buen tacón, seguro que usaba alzas, en fin... Pegaba a Patricia, creo, al principio, aunque ella siempre me lo negó. Jodido gilipollas. No entiendo como podía estar con él. Patricia, digo. Un día que nos los encontramos en un restaurante Graciela se negó a que se sentaran con nosotros, el tal Mario le ponía los pelos de punta. En todo caso últimamente no le había puesto las manos encima, hasta esta semana. Tampoco es que le hiciese falta, Patricia ya estaba rota y hacía siempre la santa voluntad de Mario, como un zombie... o un animal asustado.


- Tu cara...


- Hace unos días encontré a Patricia en la Rambla, con gafas de sol a las ocho de la tarde. Las gafas le tapaban el ojo hinchado, pero dejaban al descubierto el pómulo entre verde y azul y una ceja cosida a grapas. Me negó una y otra vez que hubiese sido Mario, pero se me cruzaron los cables, quién iba a ser si no. Me fui para el bar... Allí estaba, en la barra, el muy cabrón. Exhibiéndose como una modelo o una puta. Tuve el placer de notar como se le partía el puente de la nariz al primer puñetazo, y espero haberle hundido un par de costillas a patadas antes de que dos fulanos que tenía por allí me arrastrasen hasta el reservado y me dejaran la cara así. Bueno, ya lo sabes. El caso es que entró el jodido enano, abrió una bolsa deportiva de lona y sacó de ella una pistola enorme. Se limitó a enseñármela. Si vuelves a entrar en el bar te mato. Te mataré si vuelves a pegar a Patricia. No sé porqué no me puso las manos encima, yo ya no estaba para muchas bromas.


-Perdona un momento...


Vuelve Marc a quedarse solo, pese a los esfuerzos por mostrarse amigable del acartonado Frankenstein. Recuerda como se encontró hace tan solo unas horas con Patricia en la calle, cerca de casa. Sola, más cervatillo que nunca. Ayúdame, Marc, ayúdame. Ven conmigo al bar. Quédate en el bar, hoy Mario ha invitado a sus jefes. No puedo, Patricia, mira como tengo la cara, si paso por el bar los amigos del imbécil de tu novio me la acaban de arreglar. Ve volar sus manos, la naricilla que se frunce al tomar aire con fuerza, los ojos brillantes, el triángulo rosado que es su lengua bañar sus labios una y otra vez. Joder, Patricia, otra vez con la puta coca. Porfavorporfavorporfavor. Vienen los jefes de Mario. Ha invitado a sus jefes. Ven al bar, ven con tus amigos. No pasará nada si estás allí con tus amigos. Patricia colgada de su brazo, al borde del llanto. Mirándolo a los ojos, negro contra azul, implorante. Está bien. Dame una hora. Voy a casa, está a punto de llamar Graciela, y llamaré desde allí a dos amigos suyos, carne de gimnasio. Creo que tienen suficiente músculo como para que nadie me vuelva a tocar la cara. Una hora, Marc, no tardes más, por favor. Poniéndose de puntillas le da un beso en la mejilla y sale corriendo. Aún se gira antes de doblar la esquina, le mira desde allí, le sonríe esperanzada. Y desde allí ve aún Marc el negro de sus ojos. Y lo seguirá viendo mientras esté vivo, mientras le quede capacidad para el recuerdo.


Retoma la botella, rellena el vaso. Quizá consiga evitar el recuerdo por una noche. El muñeco de su derecha es ya todo amistad y simpatía, parece querer comprenderle, susurrarle que en realidad no ha sido culpa suya. Que quién iba a suponer. Y que cómo podía saber. Simpático el monstruo, se le ve buena gente, lástima que acabara mal en el libro. Tan mal como Patricia.


Se ve junto al teléfono, en casa, convocando a los gorilas de Graciela, compañeros suyos de gimnasio. Uno no puede ir, cita al otro, Eduardo, en la puerta del bar en unos tres cuartos de hora, le pide que entre si él tarda, que mire a ver si pasa algo raro. ¿Qué es raro? Yo qué sé, joder, raro. Albert no coge el móvil. No parece haber nadie en ningún sitio. Quizá baste con uno solo. Sí. Seguro. Graciela tarda en llamar. Y cuando lo hace se eterniza al teléfono. Tiene problemas con el consulado de España en Mendoza, tardarán mucho en darle los papeles para sus padres, hijo él de un emigrante español, un anarquista exiliado. Cree que en el consulado de Córdoba puede tener más suerte, le han dicho que allí la tramitación es más rápida. Nota ausente a Marc. ¿Qué te pasa, amor? Nada, cariño, una tontería, seguramente. ¿Recuerdas a Patricia? Sí, la de los ojos grandes, verás...


Tarde, llega tarde. Un taxista se niega a llevarle al Raval a esas horas. Otro se niega a hacer un trayecto tan corto, que ni que esto fuese el metro, hombre, que qué se ha creído. Se ve corriendo Ramblas abajo, sorteando grupos de turistas. Ve cómo dobla Nou de la Rambla, esquivando prostitutas que ya ejercían cuando él merendaba delante de la televisión viendo las desventuras de Marco. Revive la sorpresa de ver a la gente salir corriendo del bar, asustados, gritando. Entra contra corriente, oyendo la voz de Graciela, bruja, sabia, “los otros siempre llegan tarde”. Y tarde llega, finalmente. Alcanza el interior para encontrar a Eduardo de rodillas, acunando el cuerpo inerte de Patricia, varios cadáveres alrededor. Tiene los ojos abiertos, los bellos, inmensos ojos. Llegas tarde, Marc, llegas tarde, le dicen. Te esperaba y no llegaste.

Botella vacía, un problema. Aunque este es fácil de solucionar. Se inclina de nuevo sobre la barra y coge otra botella. Se sirve ante la mirada de censura de la dueña. El muñeco también parece censurarlo ahora que conoce la historia. A fin de cuentas quizá sí fuera culpa tuya, muchacho. ¿Qué pasó, dentro del bar? Me disculpas la curiosidad, pero si debo condenarte debería saberlo todo antes.


¿Qué pasó? Me lo contó Eduardo. Eduardo, gigantesca montaña de músculos que hubiera jurado no tenía espacio para sentimientos entre tanto anabolizante. Eduardo, que llora acunando el cuerpo de Patricia. Que le habla entre sollozos cuando lo siente detrás de él. Marc, Marc, podías haberme dicho algo. Si me hubieses dicho que la protegiera la habría sacado del bar a rastras. No sabía lo que pasaba, lo que tenía que hacer. Llegué temprano, así que entré y me acerqué a la barra. Me senté en un extremo, la pobre chica no me hacía caso, estaba como en otro mundo, miraba continuamente el reloj. Vino un enano con la nariz rota, ese desgraciado del traje claro, el que tiene la cabeza reventada. Se la llevó a rastras, a empujones hasta el reservado. ¿Por qué no me dijiste nada, joder? Dios mío, aún podía haber tumbado a aquel pigmeo y haberla llevado a tu casa, a donde fuese, fuera de aquí. La metió en el reservado, les oí gritar a los dos. Sale él, entra otro fulano, aquel de la camisa a cuadros. Más gritos. Sale al cabo de un rato, entra otro. Ya no se oye nada. Y otro más, después. Haberme dicho algo, Marc, haberme dicho algo, hombre.


Le escuece recordar la voz de Eduardo. Lo que esta le dibuja en la mente. Pobre Patricia. Dulce Patricia. La voz ronca le muestra lo que no ha visto y quisiera poder olvidar. Cómo Patricia sale completamente ida del reservado, minutos antes de que él llegara. Patricia, con aire ausente, desnuda, magullada, la nariz sangrante, con la mochila de lona de Mario en la mano izquierda. Se dirige a la mesa donde este ríe con sus jefes. Llega a su altura, las risas redoblan su intensidad, cuatro buitres, cuatro hienas ante un pedazo de carne muerta. Mete la diestra en la bolsa de lona, saca la enorme pistola, incongruente en su diminuta mano. Las risas aumentan, se vuelven histéricas, solo Mario está serio ahora. No dramatices, Patricia, deja eso. Primero revienta la cabeza de Mario de un disparo. El silencio se adueña del local, silencio que se rompe cuando la pistola retumba de nuevo. Segundo disparo, uno de los jefes muerto. La gente del bar cae presa del pánico, gritos, estampida. Los dos peleles restantes intentan huir, ni siquiera se plantean el enfrentarse a Patricia. Caen uno tras otro. El primero alcanzado en el pecho, el segundo, más rápido, con un boquete abierto en la espalda. Es entonces cuando Eduardo consigue reaccionar. Empieza a moverse en dirección a Patricia, lentamente. Levanta las manos cuando esta le encañona. Tranquila, soy un amigo. Yo no tengo amigos. Sigue acercándose a ella. Me envía Marc, soy un amigo suyo, ¿lo conoces? ¿Marc? Sí, lo conozco. Pero no está aquí. Me dijo que vendría. Que me ayudaría. Pero no está aquí. Eduardo palidece, se detiene. Acaba de fijarse en los ojos de Patricia, que lentamente gira el arma hacía sí misma. Espera, no tienes porqué hacer eso. Déjame ayudarte, por favor. Llegas tarde. Su hermosa boca dibuja una o perfecta e introduce allí el cañón del arma. Salta Eduardo, dispara Patricia. La alcanza antes de que llegue al suelo, cae de rodillas con su cuerpo inerte entre sus brazos. Queda hipnotizado por los dos pozos oscuros que son los ojos de Patricia, aún abiertos. La mece como a una niña dormida hasta que, a su espalda, oye el rugido de Marc.


El muñeco de cartón piedra desvía la mirada, oculta el rostro entre las manos. Marc solloza débilmente, apura su vaso antes de notar una palmada en su espalda. Albert, por fin.


- ¿Qué hay? Por Dios, Marc, ¿estás llorando? ¿Qué pasa?


- ¿Cómo se llamaba aquella cantante? – pregunta Marc, la voz pastosa de alcohol y pena.


- ¿Qué?


- Aquella que tenía los ojos tan grandes...


Extrañado, Albert mira a su alrededor buscando una explicación mientras sostiene al tambaleante Marc.


- Se refiere a la cantante de Transvision Vamp – le aclara la dueña del local.


- Joder – duda unos instantes mientras rebusca en su memoria -. ¿Wendy James?


- Eso, Wendy James. Tenía unos ojos inmensos. También Patricia. Pero no eran claros. Los suyos eran oscuros. Como negro y violeta.


domingo, 21 de noviembre de 2004

Uno más uno


Para Priscy y Xabi



Con sus manos fuertes aún, curtidas de viento y mar, Bojji, el imponente anciano, quiebra las ramas que han de alimentar el hogar, encendiendo la chimenea que caldeará el comedor de la pequeña fonda. Fuera de temporada, el comedor está casi vacío, solo hay dos parejas del pueblo, amigos de tiempo atrás, que suben hasta la fonda los días en que la nostalgia por el mar aprieta y exige encontrarse con los compañeros de antaño a compartir vinos e historias. También, sentada junto a su mujer, Erla, está Brigitte. La joven que con el paso del tiempo ha llegado a ser la hija que nunca tuvieron. Pasa esta una semana en Husavik, despidiéndose antes de partir a tierras más cálidas para acabar sus estudios.


Acabada la cena se aproximan todos al fuego buscando el calor que invita a las largas charlas de esas noches sin clientela. Los fuertes brazos del anciano rodean el menudo cuerpo de su mujer y mientras susurra en su oído palabras tan dulces que desmienten su aparente tosquedad busca con la mirada a la joven. Esta bromea con Steffan, ahora capitán de barco, antaño marinero con Bojji, cuando ambos, bajo el mando del abuelo de Brigitte, cazaron la ballena alrededor del mundo. Antes de que Erla llegara y desafiara a la mar. Y venciera, reclamando para si el botín. Los suspicaces ojos del anciano estudian a la joven. Acaba de romper con una relación desastrosa, quizá no es el mejor momento para partir tan lejos, sola y sin amigos. O quizá sí. ¿Qué hay más allá del mar? ¿Quién puede decirlo? Meditan los ojos azul celeste del anciano, mientras acomoda a Erla en su regazo y busca en sus innumerables bolsillos un poco de tabaco. Alcanza en una repisa junto a la chimenea una cajita donde descansa una larga pipa de caña. Pone en orden algunas ideas mientras con unas largas tenazas extrae un tizón incandescente del fuego. Los ojos de Erla se elevan al cielo mientas se quita de encima algunas chispas, sonríen los que les rodean, tanto teatro es sin duda el preludio para una de esas historias que le gusta contar a Bojji, viva imagen del Viejo del Mar.


- Dime, Steffan, ¿cuánto suman uno más uno?

Sonríe el interpelado. Las historias de Bojji siempre empiezan con una pregunta chocante, buscando un pie para la historia que se dispone a contar. Así era en los tiempos en que estaban embarcados, cuando el anciano, un joven titán entonces, captaba así la atención de sus compañeros… y humillaba inmisericorde a aquel tan torpe como para no dar una buena respuesta. Pero Steffan ya conoce esta historia.


- No siempre son dos, maestro. A veces, si la vida te sonríe, es algo más.


- Cierto, cierto – sonríe a su vez el anciano, señala a la joven con su pipa -. Dime, Brigitte, tú que has estudiado y que vas a cruzar el mar para estudiar aún más. ¿Puedes decirme porqué? ¿Por qué es a veces algo más?


- Me temo que no – contesta Brigitte siguiendo el ritual que todos conocen, modulando su lenguaje para entrar en la historia -. La escuela no lo enseña todo, a veces el mar… ¿Puedes tú decirme cuanto suman uno más uno?


- Puedo, jovencita. Escuchad todos…


“Se dice que cuando aún no había comenzado la cuenta de los días, cuando los dioses aún no caminaban por la tierra y el Padre de Todo, solitario y satisfecho con su creación, reinaba todavía, existía una raza de seres fuertes como colosos, de una perfección tal que hacían palidecer la belleza de todo lo que les rodeaba en aquel mundo joven todavía, tan hábiles que nada estaba lejos de su alcance y capacidades.


“Pero el Creador, el Padre de Todo, fue asesinado por sus hijos en cumplimiento de la una antigua profecía. Asesinado por sus propios hijos, ambiciosos y nada dispuestos a esperar la eternidad para recibir aquello que, se les antojaba, era suyo por derecho. Sus tres hijos, pues, lo mataron y se repartieron su herencia. El primogénito, el más fuerte y capaz de los tres, el instigador del asesinato, reclamó la parte del león, y se apropió de los cielos y la tierra. El segundo hijo, menos fuerte que el primero, el más parecido en modos al padre, arrepentido ya de la enormidad cometida, tomó los mares, los lagos y todas las aguas que corren. El tercero, el más joven, el más débil, fue despojado por su hermano y forzado a tomar un reino minúsculo. Un reino entonces pequeño pero que con el tiempo llegaría a ser el más grande, la tierra de los muertos.


“Los jóvenes dioses se dispusieron a tomar el control de sus nuevos reinos, pues tenían ansias de dominio y de gobernar a aquellos que se les antojaban inferiores a ellos. Pronto el primogénito encontró a aquellas maravillosas criaturas, y tuvo miedo, él, que había desafiado al Padre de Todo. Miedo y celos, y envidia y codicia. Miedo por la fuerza de aquellos seres que quizá podrían volverse en su contra, pues según su entendimiento la fuerza solo le vale al fuerte para despojar al débil. Celos de su deslumbrante belleza, mayor que la de los dioses, sin parangón en el reino nuevo. Envidia de sus capacidades, de su habilidad. Codicia de todo lo que, en su beatitud, habían construido y aún habían de construir.


“Se reunió con sus hermanos e intentó atemorizarlos. ¿Acaso no habían derribado ellos a su padre? ¿No habrían de derribarlos a su vez estos seres, de tal fortaleza, a ellos? Pero quedó solo. El menor, lleno de resentimiento por el reparto que había llevado a cabo su hermano rechazó la idea de ir a la guerra, pues solo debía sentarse y esperar, fuese cual fuese el resultado de la guerra su reino se haría más grande y dudaba que aquellas criaturas, tan dichosas sobre la tierra, pretendieran robarle el reino de los muertos. El mediano, contrito aún por la muerte del padre, se negó a ir a la guerra, y aceptaría aún ser derrocado como pago por su crimen.


“Ciego de ira, rechazado por sus hermanos y temeroso de su reino el mayor de los hermanos reunió un ejército entre los habitantes del Reino. Y, dominador como era del arte de la traición, pues a traición atacó al Creador, sin previo aviso alzó a las bestias de la tierra y los cielos contra aquellas criaturas. Garra, pico y marfil atacaron sin tregua. Como no era suficiente lanzó seísmos y huracanes, creó fríos devoradores y calores sin medida contra aquella raza.


“No debía quedar uno para señalar sus imperfecciones, solo él podía quedar como espejo de virtudes. Así que atacó con saña, cazó uno a uno a aquellos maravillosos individuos y los forzó a retirarse ante un poder que no podían combatir. Asediados, hostigados, sin poder comprender, en su nobleza, el motivo por el que eran atacados, se defendieron con los medios a su alcance de la ira del Dios Mayor.


“Incapaces de imponerse a la fuerza combinada del cielo y la tierra, pero demasiado fuertes a su vez como para ser completamente derrotados, pidieron una tregua. Accedió el dios, y con ellos se reunió en la gran llanura ante la Puerta del Sol, donde desde todas las esquinas del mundo habían sido arrinconados. Solo pidió que todos estuvieran presentes sin excepción, pues a todos ellos quería dirigirse.


“Aquel fue el día en el que el Dios Mayor, señor por traición, cometió su segundo y quizá mayor pecado, haciendo del mundo un lugar más triste y pequeño. Porque cuando los hubo reunido a todos levantó un cerco de montañas contra ellos, con el fin de que ninguno escapara de aquella planicie. Arremolinó frente a ellos a los cielos, desatando una tormenta cruel y un frío sin parangón con el fin de exterminarlos. Pero tal era la fuerza y la capacidad de aquellos seres que ni por la tormenta ni por el frío resultaron vencidos.


“Frustrado, el Dios Mayor decidió ser más cruel y aumentar así su infamia. No podía vencerlos mientras mantuviesen toda su fuerza, así que decidió dividirla. Usó de todo su poder, y por la fuerza del rayo uno a uno los fue dividiendo y, aprovechando su desconcierto arrojó cada mitad lejos en el tiempo y el espacio. A una mitad la llamó mujer y a la otra hombre, y los condenó a no estar satisfechos el uno sin el otro, y a buscarse sin cesar a través de la distancia y las eras.


“Pero nada puede torcer la voluntad de estos seres. Ni la traición o la voluntad de los dioses pueden torcer el anhelo que sienten por volver a ser uno. Y así, a veces, las dos partes que forman estos seres se unen de nuevo, trayendo a este mundo la gloria de los tiempos de antaño, iluminando la tierra y haciéndola más grande y hermosa.


Se reclina sobre la silla, satisfecho al haber captado la atención de sus amigos, y al ver bailar de nuevo una sonrisa en los ojos de Brigitte.


- Es así que uno más uno es mucho más que dos. Y que está en la mujer y en el hombre el buscar al que ha de hacerlo más grande, incluso cruzando el mar como vas a hacer tú, Brigitte.



Hondarribia – Esplugues del Llobregat, 21 de noviembre de 2004.


lunes, 25 de noviembre de 2002

Brigitte


Sentado en una playa negra un hombre joven, de unos treinta años, permanece absorto en sí mismo. Una y otra vez toma un puñado de la gruesa arena volcánica y la tamiza, dejándola caer entre el cedazo que forman sus dedos, amontonando las piedrecillas, también negras, que quedan en su palma. El cielo gris, se diría que aquí eternamente encapotado, vuelve a amenazar tormenta. A su izquierda, desde el mar, decenas de gaviotas buscan la protección de la costa más allá de un escabroso acantilado. Acantilado que queda disminuido por la imponente masa del volcán Snaefell, que aún difuminado por la bruma domina el paisaje.


Inmediatamente tras las gaviotas llegan las primeras gotas de lluvia. Caen gruesas, muy espaciadas, apenas tímidos heraldos de la violenta tempestad que se acerca. Protegido por grises prendas impermeables el hombre no atiende el aviso de las gotas, permanece sentado en silencio, ajeno a su entorno, limpiando de piedras una arena tan negra como las nubes de tormenta que se enseñorean de los cielos. En algún momento, mientras él permanece perdido en sus pensamientos, su cuerpo decide cambiar la posición que ha mantenido durante tanto tiempo y echa los brazos hacia atrás, se reclina apoyándose sobre los codos, dejando caer la cabeza y ofreciendo su rostro, barbado de más de una semana, a la lluvia. Sus lágrimas se mezclan con las gotas que caen sobre sus mejillas.


A su espalda cruza la playa una mujer que ha sobrepasado los cincuenta años, fuerte en su madurez, completamente vestida de negro. Su voz dulce, peleando con un inglés deficiente, llama al hombre.


- Albert, vuelve a la casa. La tormenta será muy fuerte.

El llamado Albert se incorpora, limpiando con una mano manchada de arena el agua, mezcla de lluvia y lágrimas, que le surca el rostro. Pasa un brazo sobre los hombros de la mujer, que enlaza su cintura con el gesto protector de una madre. Minutos más tarde, la tormenta se disputa con el Snaefelljokull el dominio de la costa.


El comedor de la casa, una pequeña fonda, acoge cinco mesas de distintos tamaños; la más grande, cercana al hogar, no podría albergar a más de media docena de comensales. La decoración, espartana en su austeridad, consiste en aparejos de pesca colgados en la pared, algunos recortes de periódico enmarcados y, en una de las paredes, multitud de fotografías, casi todas firmadas por un nombre femenino. Albert y la mujer están sentados en una mesa pequeña, junto a una ventana contra la que repica la tormenta recién llegada. Han despachado una sopa de pescado que ha devuelto el calor a sus cuerpos. Mientras la mujer se levanta para buscar algo de vino en la despensa, un gigante pelirrojo, ligeramente encorvado por el paso de los años, deposita con fuertes manos de pescador un plato con trozos de queso y tomates y una bandeja con salmón, mantequilla y pan casero. Albert musita apenas un “gracias, Bojji”, que el anciano acoge ampliando un poco más su eterna sonrisa y palmeando con un ritmo lento y triste la espalda del joven. Llega la mujer con el vino, que sirve, y una de las fotos que ha tomado de la pared. Un pescador de aspecto recio que sostiene, sonriente, un enorme salmón mientras las que podrían ser su esposa e hijas le observan divertidos.


- Le gustaba mucho venir – dice con su inglés titubeante, que se acelera a medida que habla -, tu sabes. Venía con amigos de la universidad. Muchas veces sola, con sus dibujos, sus papeles y su cámara de fotos. Estaba con nosotros un fin de semana... ¿Te dijo que a veces nos ayudó aquí?


Con un sorbo de vino, sin apenas probar bocado, Albert asiente en silencio.


- Sus padres estaban tan orgullosos de ella. Se han trasladado a Husavik, tu sabes, al norte del país. Tienen allí parientes, amigos. Intentan olvidar... pero será difícil. Su otra hija les atiende. Nils, el mayor, sigue en la capital, es guía turístico, tu sabes.


- Me gustaría mucho conocerles, Erla – contesta en voz baja Albert, tomando de la mano a la mujer.


- Yo sé que a ellos les gustaría también...


Erla parece a punto de echarse a llorar. Librándose de la mano de Albert le golpea en el hombro con el puño cerrado.


- Come, hombre, estás muy delgado. Mi Bojji se enfadará si no comes. Bojji se enfadaba cuando Brigitte no comía...


Albert se obliga a tomar algunos trozos de salmón y el excelente pan, dejando a un lado la mantequilla que como buen mediterráneo nunca llegó a apreciar. Deja a Erla llorar en silencio, abrazada a la fotografía. Al ver llorar a la mujer, Bojji, el anciano gigante, se acerca solícito, protector. Arrastra sin dificultad una de las sólidas sillas de madera maciza hasta la mesa y abraza a Erla con uno de sus fuertes brazos. Su mano derecha, ancha, firme, encallecida, se apoya en el hombro del joven. Fija sus ojos azul celeste en los del joven, oscuros. Su sonrisa inmutable se defiende apenas en el rostro triste mientras habla con ese inglés que se negó siempre a dominar.


- Brigitte hija para Erla, Albert. Hija para mí.


- Lo sé, Bojji, ella también os apreciaba mucho. Me lo dijo muchas veces.






Al día le quedan apenas cuarenta minutos de vida, Brigitte atraviesa apresurada la muchedumbre que abarrota el Portal de l’Àngel. Se dirige a uno de esos lugares que le hicieron preferir esa ciudad a otras para hacer su curso de postgrado. Con su eterna sonrisa interior comienza el mantra que siempre entona al desembocar en la plaza de la Catedral. Mi mesa, mi mesa, mi mesa... Y esa sonrisa se asoma al exterior cuando cruzando la plaza comprueba que su mesa está libre. Está en la terraza que se extiende ante las puertas del hotel Colón, justo enfrente de la catedral. Tiene media hora, lo ha consultado en la prensa, antes de que llegue el momento que le lleva de cuando en cuando a esa terraza en concreto, solo a esa mesa. Mata el tiempo sacando de la bolsa que siempre le acompaña unos lápices y se dispone a retocar un dibujo que saca de una carpeta. Es un paisaje duro, una playa dominada por un volcán. Pequeña, hacia un lado y hacia abajo, atrayendo la atención del dibujo se ve la figura de un hombre sentado. Brigitte comprueba la hora y mira hacia el frente, hacia la catedral. Y entonces sucede, cuando el día de otoño se pierde definitivamente la catedral brilla como no puede hacerlo bajo un sol de agosto, gárgolas, santos y toda la imaginería que adorna la fachada brillan como cuando fueron acabadas por los maestros artesanos hace cientos de años. Todo el edificio parece cobrar vida, mientras a sus pies algunos turistas sorprendidos disparan inútilmente sus flashes. Decenas de focos se han encendido, bañando la catedral con un irreal dorado. La sonrisa de Brigitte se acentúa, mientras sus bellos ojos claros recorren una vez más las figuras iluminadas. Quizá llegará unos minutos tarde a su cita, pero la culpa es de Albert. No debió enseñarle este sitio...


Vencido ya el día Albert atraviesa el casco antiguo de Barcelona, donde se encuentra el estudio con el que colabora, a paso firme. Entra en uno de estos bares que han proliferado como setas por todas partes, llevando un pretendido espíritu celta hasta lugares que desconocían aquellas gentes. Llega demasiado temprano, pero le gusta llegar con anticipación a sus citas, perderse un rato con sus cosas antes del encuentro, charlar con los camareros ya conocidos por tantas visitas. Pide una Guinness y desestimando la barra donde una camarera nueva resiste los embates del borracho de siempre se acerca a una mesa. Deja vagar su mirada por el local, al que ha acudido porque en esas tardes un grupo de emigrados toca música tradicional celta, un poco a lo que salga. Un violín tocado por una hermosísima irlandesa, un guitarrista de orígenes inciertos y un inglés entrado en años y perjudicado por el paso de estos que hace algo de percusión. Siempre se les une alguien más, una pareja de chicos con una mandolina y una flauta, un irlandés con pinta de matemático. Albert conoce, por haberla leído allí mismo en infinidad de ocasiones, toda la historia de los clanes de Escocia que adorna las paredes, así que desdeñando las aventuras de los McGregor y la perfidia de los McDonell se concentra en su último trabajo. Es fotógrafo, especializado en viajes y algo de naturaleza, aunque incidentalmente, y es que hay que comer y pagar el alquiler, ha hecho algún trabajo de moda y publicidad. Tiene entre manos un book sobre deportes de aventura en la Vall d’Aran, encargado por una revista especializada. Lía un cigarrillo mientras apura su cerveza y consulta algunas notas técnicas. Tipos de filtro, condiciones climáticas...


... y unos nudillos propinan un golpe seco sobre la mesa, sobresaltándolo.


- Despierta, hombre – sonríe Brigitte –. Vamos al fondo, aquí hay mucho ruido y quiero hablar contigo.


Albert se levanta, la besa y le contesta con sorna.


- “Tenemos que hablar”, qué poco me gusta esa frase...


Poco a poco se ha ido llenando el bar, formando círculos de sillas en torno a los músicos. La pareja avanza hacia el fondo, donde un pequeño reservado aísla cuatro mesas del bullicio reinante.


- La plaza es mía – dice Brigitte, radiantes los ojos de orgullo.


- ¿Ya es seguro?


- Me ha llegado un correo electrónico avisándome. Dentro de unos días me llegará una carta certificada de la universidad de Reykiavik con el nombramiento confirmado – sus largos dedos juguetean con una sortija de plata en el anular de su mano izquierda-. Esperarán a que acabe mi postgrado en Barcelona, pero después debo incorporarme inmediatamente. Septiembre del año próximo...


Albert toma la mano del anillo. Se siente bien, está contento. Brigitte y él acaban de pasar otra piedra miliar de su vida en común. Otra batalla ganada.


- En el Museo de Historia Natural, como siempre quisiste.


- Exacto – una risa corta, satisfecha -. Coordinaré el montaje de un módulo sobre las aves autóctonas de mi país, que formará parte de una exposición permanente en el Museo. Tendré que hacer algún trabajo previo con mis compañeros de equipo, un biólogo y un geólogo. Estamos tanteando a un ornitólogo...


- ¿Cuándo irás a Islandia?


- Aprovecharé la próxima visita a mis padres, ahora en octubre. Diez, quince días... no creo que pueda volver a Islandia hasta el verano. Tengo que sacarme de encima el postgrado.


- Si acabas en julio podríamos ir un par de semanas, supongo que podría encontrar el tiempo.


- Podré pulir algunos detalles previos. Y tendríamos que buscar algún lugar para vivir, en casa de mis padres estaríamos un poco estrechos... ¿Estás seguro de querer acompañarme?


Albert sonríe, se inclina sobre el espacio que los separa. La pareja se besa; es un beso largo, cómplice... e interrumpido por una voz masculina.


- Déjalo respirar Brigitte. ¿No había ninguna mesa más apartada aún? Casi no os encontramos.


Ante ellos se alza una pareja, sonriente ella, burlón él. Ambos rozan los treinta años. Vestidos de manera informal, gotas de lluvia resbalan por sus cabellos, largos y negros, de ala de cuervo el de ella, con alguna veta de plata el de él. Ella, Graciela, una argentina afincada en Barcelona desde hace tres años, nieta de un anarquista catalán exiliado que encontró en Buenos Aires algo aún más hermoso que la utopía libertaria. Él, Marc, amigo de Albert desde que este recaló en la ciudad siete años atrás, procedente de medio mundo. Habla Graciela, con el dulce dejo argentino.


- ¿Cómo les va, pareja?


Brigitte y Albert se levantan, tras repartir besos y apretones de manos ambas parejas se sientan. Comienza Brigitte, impaciente por dar las nuevas noticias.


- ¿Recordáis lo que os comenté del Museo de Reykiavik? Me han dado la plaza. Si todo va bien Albert y yo viajaremos a Islandia en septiembre del año próximo... para una temporada larga.


- Vaya... habrá que celebrarlo, ¿no?


- Sí, hace tiempo que Xavier no nos ve la cara. Vayamos a lo suyo a cenar, allí nos contaréis las nuevas noticias.





Las primeras gotas de lluvia empiezan a caer sobre la península de Snaefellness. Rápidamente Brigitte pliega el trípode sobre el que sostenía su cámara y corre hacia el coche, un enorme todoterreno con la puerta de atrás abierta de par en par. Le espera un sonriente Albert, que tras colocar un punto de lectura entre las páginas de las Eddas le arroja una toalla y se hace cargo de la cámara.


- No digas “te lo dije” – le espeta Brigitte.


- Bueno – sonríe él, limpiando con un paño suave la lente de la cámara -. No lo diré, pero...


- Sí, sí... era de suponer que empezaría a llover, pero aún pude aprovechar una hora y media de sol, creo que serán unas buenas fotos.


Ambos se encuentran en la parte de atrás del todoterreno, de la que han extraído el asiento trasero, convirtiéndolo en una especie de furgoneta. Brigitte se seca el pelo enérgicamente, intentando que el movimiento la haga entrar en calor. Comienza a tiritar. Los brazos de Albert, protectores, cálidos, se estrechan en torno a ella.


- Te vas a enfriar, volvamos a Hellnar – le susurra al oído -. Erla nos dará algo caliente.


Albert arranca el coche y se encamina a la posada de Erla y Bojji, recorriendo un atajo que cree haber encontrado, una vieja carretera llena de baches. Brigitte recorre todo el dial del aparato de radio buscando infructuosamente algo de música decente. Tras darse por vencida se pelea unos instantes con un pequeño aparato que le permite conectar un reproductor de discos compactos portátil al equipo del coche, ignorando los comentarios sarcásticos de Albert. Lo consigue finalmente y mientras reclina el asiento la voz rota del cantante se alza para clamar su creencia en el amor que le fue dado, en la esperanza que podría salvarlo, en la fe que un día podría elevarlo sobre las malas tierras. Echa la cabeza hacia atrás, apoya el brazo izquierdo sobre el hombro de Albert, jugueteando con el lóbulo de su oreja, con su cabello.


- Sí, creo que serán unas buenas fotos... Me gustaría estar en la costa sur, junto a Vik. Allí hay una zona de acantilados llamada Dyorlahey... Tiene una de las colonias más numerosas que existen de puffins... No te rías. Adoro a esa ave...

Sonriendo, le da un tirón de la oreja y se da la vuelta sobre el asiento. Se hace un ovillo mirando por la ventana.


- Solo es ese aspecto tan solemne, Brigitte. Y ese enorme pico naranja. Me recuerda a un pingüino disfrazado de Groucho Marx, solo le faltan las gafas...


- Bobo... Hay una historia sobre esas aves. Y una tormenta terrible que hubo en esta zona hace muchos años.


- Cuéntamela. Y se la pasaremos a Marc cuando volvamos a Barcelona, quizá nos ganemos otra cena...


Mientras el todoterreno devora kilómetros por la carretera llena de baches y la lluvia sigue cayendo, mientras los altavoces del coche afirman seguir creyendo en la tierra prometida Brigitte desgrana su historia. De cuando en cuando Albert deja de pelear contra el cambio de marchas, el volante y el mundo en general y se gira brevemente para observarla. No nota las sacudidas del todoterreno mientras él se maldice para sus adentros, “bravo, Albert, tú, tus atajos y tu sentido de la orientación”. Brigitte, con las piernas recogidas, enfundadas en unos tejanos de un azul desvaído. Brigitte, abrazada a sí misma, buscando en la tormenta exterior las palabras del cuento que narra en su excelente castellano. Por enésima vez Albert se maravilla de tenerla a su lado, bendice el arranque que la hizo ir a buscarla a la universidad.


Llegan al pueblo – Hellnar, willkommin – cuando el cantante susurra que hay cosas que solo pueden encontrarse en la oscuridad que hay en las afueras del pueblo, cosas por las que hay que pagar. Es posible, piensa. Pero algunas cosas son tan valiosas que se hace imposible pensar en un precio apropiado. O da miedo pensarlo.


Se besan en la entrada.


- ¿Qué habrá preparado Bojji?






Brigitte dibuja. Se ha sentado en una mesa cercana a la entrada de uno de sus bares favoritos, en pleno Raval barcelonés, equidistante entre la facultad de letras y el piso que comparte con otras dos estudiantes extranjeras, otra islandesa y una alemana. Enamorada del bar desde que lo encontró por casualidad camino de otro local lleva tiempo queriendo pintar la entrada. El local tiene una entrada de dos alturas, que da a una de esas estrechas y coloristas calles del antiguo barrio chino. Su idea es pintar esa puerta, enorme, de dos hojas de madera, como una ventana a la calle, esbozando, borrosas, las figuras de la gente y los coches pasando raudos ante ella. Afanosos. Absortos y aislados en sus vidas.


Resopla, liberando sus hermosos ojos azules del rubio flequillo, pajizo, que ha caído sobre ellos. No acaba de verlo claro, o, mejor, lo tiene muy claro pero aún no sabe cómo explicar lo que siente, cómo plasmar en el papel lo que quiere. Y mientras se debate con la idea sus manos, de largos y finos dedos, vuelan sobre papel tras papel, esbozando una ventana abierta a una calle. Su esbelto cuello se inclina hacia delante mientras dibuja, se tuerce hacia la izquierda mientras piensa, se tensa cuando, frustrada, echa la cabeza hacia atrás. Y no es consciente de que todos estos movimientos están fascinando al joven que se sienta tres mesas más atrás. Que siguen fascinándolo, mejor, pues ya es la tercera vez que la encuentra en el bar. El joven, Albert, tiene este local entre los cuatro o cinco en los que acostumbra a almorzar y, últimamente, esperar que aparezca esa mujer, esa joven, que ha visto dibujar, escribir...


Con un golpe Brigitte cierra la carpeta donde guarda sus dibujos, se echa al hombro una bolsa de deporte, y se desliza con gracia entre las apretadas sillas y mesas con las que Albert se golpea regularmente, como preso en un laberinto. Alcanza la barra y deposita junto a una enorme estatua que roza el techo y nunca ha acabado de comprender unas monedas musitando un adiós a la dueña del local.


Albert apura su café con leche, observando aún la puerta por la que Brigitte se ha ido, olvidado ya el periódico deportivo donde su equipo preferido desgrana sus miserias. Se da cuenta de que la muchacha se ha dejado en el suelo, apoyada contra la pared, la típica carpeta azul de los estudiantes de la Universidad de Barcelona. Toma su taza, el portafolios donde lleva unas fotos que debe revisar, el panfleto al que llama periódico, una mochila de lona que lleva como el caracol su concha y tropezando entre las mesas, arrastrando con las correas de la bolsa un par de sillas, alcanza la mesa donde estaba sentada Brigitte. Duda, echa una mirada de reojo a la dueña, que le sonríe, y completamente rojo – de perdidos al río, piensa – se sienta. Toma del suelo la carpeta azul y la deja junto a sus cosas. Y, con lo que espera que sea un tono de voz normal, pide otro café con leche. Si algo tiene un buen fotógrafo es paciencia para esperar el momento oportuno... momento que a veces no llega, le susurra una molesta voz interior.


Unos minutos más tarde aparece Brigitte, con la respiración entrecortada y las mejillas encendidas. Se sorprende de ver a alguien sentado a su mesa, no encuentra la carpeta a primera vista donde esperaba encontrarla. Mira a la propietaria, que ensancha su sonrisa y se desentiende de la situación. Se dirige a Albert.


- Perdona... Me dejé aquí una carpeta. ¿La has visto?


- ¿Una carpeta azul? – Albert esboza una media sonrisa, afable, contagiosa.


- ¡Sí! De la universidad... Me la he dejado... Siempre voy corriendo y...


Los ojos, mírala a los ojos, no los pierdas de vista. Los ojos son un anzuelo, un reclamo, un puente entre dos personas. Y tiene unos ojos preciosos, además.


- Hablas muy bien castellano – dice, devolviéndole la carpeta.

- Bueno, me falta mucho... ahora mismo iba a clases. Llego tarde, tú sabes.


Es injusto, no he perdido de vista sus ojos. Se indigna, ¿la va a perder ahora?. Quizá una andanada de humor...


- ¡Ey! He guardado tu carpeta, cuidado de que no le pasara nada. Este es un barrio peligroso para las carpetas, ¿sabes?. Creo que al menos me merezco un café. Quizá en otro momento, cuando no tengas clase.


Brigitte ríe. Toma una servilleta y empieza a apuntar un número de teléfono. Bueno... ¿quién sabe? Parece simpático, tiene cierto atractivo. Su rostro recupera la picardía de la niña que fue, sonrisa traviesa, ojos risueños. Tacha el número y escribe una sucesión de números y letras que entrega a Albert.


L-X-V. 18 – 19:30. Aula 3c.


- Pero... esto no es un teléfono... es...


Brigitte ya está en la puerta, justo donde se dibujará a si misma meses más tarde, recordando ese día.


- El que algo quiere algo le cuesta... ¿no decís así?


- ¿Además dominas el refranero? Estoy impresionado...


La risa de la joven permanece en la puerta cuando ella ya se ha ido. Tras la barra la dueña coloca una cinta de tela entre las aventuras de Lucas Corso e Irene Adler y pone agua a hervir, le apetece un té. ¿Cuántas veces ha visto una escena parecida? Adora su trabajo.





Brigitte y Albert, Graciela y Marc cenan en un restaurante del barrio gótico. En pequeñas mesas de mármol y hierro forjado, compartiendo una fondue, despiden a Brigitte, que vuelve a Islandia.


- ¿Cuánto tiempo estarás?


- Diez días, dos semanas como mucho.


- ¿Pero esto tiene algo que ver con lo del museo? – pregunta Marc, buscando el trozo de pan que ha perdido en la fondue.


- Quizá, si todo sale bien. El doctor Arnalsonn, un ornitólogo de prestigio internacional, ha aceptado colaborar en el proyecto si esta primera observación sale bien. Es un genio, lleva siglos estudiando las especies de la isla. Iremos tres días a Heymaey, la mayor de las islas Westmmaneyjar. Sería genial sumarlo al proyecto.


- ¿Un ornitólogo? ¿Más puffins?


Graciela inicia la broma compartida sobre esos pájaros, que en realidad todos adoran. Resulta difícil no quererlos si Brigitte los quiere, tanta pasión pone en sus ideas. Mientras habla, con su largo tenedor hace que Marc vuelva a perder su trozo de pan.


- ¿Qué os pasa a todos con los pobres puffins?


- Tranquila, no tenemos nada en contra de ese pingüino travestido – ríe Marc ante la furibunda mirada de Brigitte y la carcajada de Albert -. De hecho hoy vamos a cenar gracias a ese bicho, me publican el cuento que escribí con aquella leyenda que me contaste.


- ¡Genial! Tenemos que celebrarlo.


- En cuanto vuelvas. ¿Dos semanas, dijiste?


- Sí, dos largas y solitarias semanas – se lamenta Albert, haciéndose la víctima.


- No te preocupes Brigitte, cuidaremos de Albert.


- Sí, lo sacaré por ahí, alcohol, mujeres... Podría invitarte a la exposición de Richard Avendon.


- Hombre, gracias, generoso. Un detalle por tu parte el invitarme a una exposición gratuita.


- Yo soy así, un caballero. ¿Pero se puede saber qué le pasa a este pan?


- ¡Por los puffins!


Los cuatro amigos brindan.




Peleando contra el viento Brigitte y el doctor Arnalsson se acercan a una avioneta, arrastrando bolsas llenas de equipo. Goran, el piloto, corre a ayudarlos.


- ¿Es seguro volar con este viento? – pregunta el doctor, entregando una mochila al piloto.


- Tranquilos, he volado en peores condiciones. Brigitte, tu bolsa. No se preocupe, el servicio metereológico dice que solo el borde de la tormenta afectará a las Westmmaneyjar. Además solo serán quince minutos de vuelo, antes de que se den cuenta estaremos en Heyamey. Mi madre está deseando volver a verte, Brigitte.




Tras asistir a un concierto con Graciela y Marc, Albert vuelve a casa, preguntándose de nuevo qué tipo de pruebas hay que pasar para ser taxista en esta ciudad. Despojándose de cazadora y botas se acerca al televisor; acostumbra a encenderlo cuando llega tarde a casa tras salir de fiesta. Siempre le han fascinado esos publirreportajes, por llamarlos de alguna forma civilizada, que se pueden ver a esas horas. Esos cuchillos que tienen la utilísima virtud de cortar clavos, esos electrodos que pueden muscularte de la noche a la mañana mientras vegetas en el sofá – un símbolo de estos tiempos, dijo Brigitte la primera vez que lo vio -, esos inverosímiles aparatos de gimnasia que trabajan desde las uñas de los pies hasta las raíces del cabello. Mientras Chuck Norris jura y perjura que ha obtenido su musculatura ejercitándose en una máquina que parece diseñada por un descendiente del marqués de Sade se dirige a la cocina para prepararse un bocadillo. Cuando vuelve al pequeño salón un destello de luz, intermitente, llama su atención. Un tres rojo, digital, parpadeante, le reclama desde el contestador. ¿Tres mensajes? ¿A estas horas? Otra broma de Marc, seguramente. Pulsa el botón de rebobinado. ¿Por qué, de repente, estás tan tenso, Albert?


“...”


Primer mensaje, vacío.


“Albert...”


Segundo mensaje, una voz madura, femenina, que dispara una retahíla de palabras en islandés. Demasiado rápido, no entiende nada salvo su propio nombre al principio. Pero capta el tono. ¿Qué ha pasado, Dios mío? Se arrodilla junto al aparato mientras a su espalda el televisor sigue mintiendo. El último mensaje, una voz joven, en inglés. ¿Brigitte? ¿Qué ocurre?


“Albert. Soy Karla, la... la hermana de Brigitte. Hemos intentado localizarte antes, pero solo hemos encontrado tu contestador. Querría hablar contigo directamente, no sé como decirte esto, odio dejarte un mensaje así pero debo atender a mis padres. Verás, Albert, es Brigitte...”





Dos de la mañana, Graciela y Marc entran en un último local, se despidieron de Albert tras el concierto. Encuentran, previsiblemente, a unos amigos. Saludos, besos, risas. ¿Qué tal el concierto? Cuanto tiempo, cuéntame... Piden sus copas, comienza la charla. El reloj, con el curso de las manecillas invertido, hiere con saña a los reunidos obedeciendo la leyenda que lo adorna “omnes vulnerant, postuma necat”.


Una musiquilla, amortiguada, llega a los oídos de Graciela. Es el móvil de Marc, olvidado en el bolsillo interior de la americana, sepultada bajo una montaña de chaquetas y jerséis. Siempre igual, piensa, algún día será algo importante. Llama la atención de Marc, que rescata el aparato. ¿Albert? ¿A estas horas? Habrá olvidado algo, seguramente. Comienza a contestar riendo, usando una vieja broma, pero la risa se borra de sus labios cuando es interrumpido y oye la voz de su amigo. Su mandíbula se endurece, sus ojos, reducidos a dos rendijas, buscan instintivamente una salida. Sale a empujones del bar, arrolla a un grupo que ha elegido ese preciso momento para entrar. En el interior, Graciela recoge la ropa de abrigo de los dos, paga las copas, se despide de los amigos. Es una superviviente, huérfana desde muy niña, trotamundos incansable a su pesar. Está acostumbrada a vivir su vida en términos de amenaza-no amenaza, y ha presentido el peligro de esa llamada. Cuando sale a la calle encuentra a Marc acuclillado junto a la puerta, mirando fijamente al móvil, colocado en el torno que forma su mano derecha, dispuesto a descabezar al mensajero portador de malas nuevas. Se agacha a su lado, reclama su atención. ¿Qué pasó, Marc? Al mirarla este la luz del bar ilumina su cara, sus lágrimas. La voz normalmente firme se quiebra.


- Graciela, es Brigitte...





A pesar de la dura tormenta está siendo una buena noche en la fonda, piensa Bojji. Hay alojadas dos parejas de Reykiavik que pasarán una semana en la península de Snaefellness y una familia inglesa o irlandesa, no recuerda bien, que estará tres días. El comedor está lleno, y el sonido de las conversaciones y las risas llegan hasta la cocina, donde está atareado con los platos. Silba una melodía de pescadores mientras acaba de ordenar una bandeja y...


- ¡Bojjiiiiii!


Y el vello de sus brazos se eriza, sus todavía poderosos músculos se tensan cuando oye el lamento de pena de la mujer por la que un día abandonó la mar. Con un gemido abandona la cocina y vuela al comedor, donde Erla, las manos sobre las mejillas que empiezan a bañar las lágrimas, mira fijamente al pequeño televisor que reposa en una esquina. En tres zancadas el anciano titán alcanza a su mujer escudándola con su brazo izquierdo, el derecho presto a enfrentarse a una amenaza que sus ojos claros no encuentran. Erla abraza al gigante, se oculta en su pecho. ¿Qué ocurre, Erla, qué tienes? La mujer toma la poderosa cabeza, la enfrenta al televisor. El televisor que, hipócrita, lamenta la pérdida de tres vidas en el accidente de una avioneta antes de vomitar una serie de anuncios comerciales.


- Bojji, Bojji... es Brigitte.


El rugido de un león herido sacude la fonda.




En el puerto de Heyamey una joven, rondando los dieciocho, comparte una tarde con una mujer mayor, enlutada. Es la madre del piloto de la avioneta, una amiga de infancia de la madre de la joven.


- Nuestro Goran conocía como la palma de su mano los alrededores. No entendemos qué pasó, la compañía aseguradora está investigando. A veces era un poco temerario, pero estaba acostumbrado a volar en condiciones aún peores.


La joven asiente. Unas profundas sombras bajo sus ojos hablan de las horas que la pena ha robado al sueño. Toma la mano de la mujer sobre la mesa. Esta continúa su explicación, que la joven no ha pedido pero que cree necesaria, con voz monocorde.


- Hacía más de diez años que hacía el trayecto desde Bakki. Solo eran quince minutos de vuelo, nada más quince minutos. Mucho más rápido que el viejo ferry desde Thorslashofn. No entendemos qué pasó. Tuvo que ser una avería. Había viento fuerte, pero eso no fue problema en otras ocasiones. Mala suerte, Karla, mala suerte. El doctor era ya viejo, pero nuestro Goran, tu hermana... Tan jóvenes, tan fuertes...


Las dos mujeres lloran en silencio.





Una tarde soleada en el puerto de Husavik. La mayor parte de los barcos está fuera, faenando. Los pocos que permanecen bamboleándose en el puerto son objeto de reparaciones y maldiciones por parte de sus dueños. Un poco aparte, como distanciándose de sus primos menos favorecidos, un hermoso velero reposa mientras una horda de turistas penetra en su interior. Avistamiento de ballenas, reza un cartel junto a la pasarela que da al barco. Albert, barbado, profundas ojeras, cansado, se acerca hasta la borda.


- Buenas tardes. ¿Es usted Sven, el patrón?


- Sí, soy yo. Ya hemos cubierto todas las plazas, señor – contesta en buen inglés el llamado Sven. Alto, fornido, con un enorme mostacho rubio dominando una cara curtida por el mar -. Mañana...


- Me han dicho que usted podría darme la dirección de Steffan Sidgusson, un patrón retirado. Creo que vive cerca de aquí.


El gesto del hombre cambia, se torna duro, hosco. Evalúa el aspecto de Albert y decide que no le gusta.


- Steffan fue mi patrón antes de retirarse. La familia está pasando un mal trago y no voy a dejar que cualquiera vaya a molestarlos. Largo, fuera de aquí.


Cansado, Albert se pasa una mano por la cara. No tiene fuerzas para una discusión.


- Soy... era un amigo de... de su hija.


Sven reevalúa al joven. El tono de voz, ese leve acento. Ahora se da cuenta de su aspecto general. Agotado, vestido con descuido. ¿No decían que el novio era...?


- No eres inglés, ¿verdad? Tú eres el español, el novio de la hija mayor. Todos hemos sentido mucho lo ocurrido. Steffan es una institución aquí. Siento lo de antes, no queremos que nadie les moleste, hemos echado a algunos periodistas... Bueno... Viven en el número seis de Hafnagarta. Baja esas escaleras y estarás en la calle, es la calle principal. Viven en una casa con un tejado rojo de dos aguas, detrás de la iglesia. Si vas andando no tardarás más de diez minutos. Te acompañaría, pero mi barco...


- Gracias.


- Saluda al viejo Steffan de mi parte.


- Claro.


Despidiéndose con un apretón de manos Albert desciende por unas escaleras de madera que le llevan a la calle principal. Con las manos en los bolsillos avanza a paso lento por Hafnagarta. Teme el encuentro con la familia de Brigitte, sabe que será una nueva oportunidad para que el dolor, egoísta, se adueñe de la escena. Alcanza la pequeña iglesia, extrañamente coronada por un motivo celta, la cruz y el círculo. Divisa ya la casa familiar, con el estómago encogido se acerca poco a poco a la entrada. En el jardín puede ver que las semillas de rosal que Brigitte trajo de Barcelona se defienden valientemente en el duro clima del norte, enraizadas con fuerza en la fértil y negra tierra volcánica. Encuentra el pequeño cobertizo abierto donde la familia guarda sus bicicletas, aún permanece ahí la de Brigitte, roja y verde, con la rozadura de la caída que tuvo en la excursión que hicieron al volcán. Albert permanece paralizado frente al cobertizo, capturado por la bicicleta que le lleva a días mejores.


- Hello, can I help you?


Esa voz… ¡Brigitte! Albert se gira rápidamente, el corazón en un puño. Brigitte... No. No es Brigitte, demasiado joven, más alta y delgada. De ser ella habría corrido a abrazarlo, a besarlo. Y esa joven permanece ante él, intrigada. Aturdido, comienza a hablar en castellano.


- Yo... yo soy... tú debes ser Karla.




Jose, 25 de noviembre de 2002