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lunes, 2 de mayo de 2005

Tránsito


 

 

            El viento del oeste trae consigo una promesa de humedad sobre el campo de batalla, saturado con la sangre de los muertos. Osgiliath, de nuevo en manos de Gondor, hermana en la muerte los cadáveres de innumerables orcos y hombres. Aquí y allá curanderos ayudados por algunos soldados se afanan entre los muertos, buscando a aquellos para los que todavía no ha llegado su hora. En el cementerio de Custodios en que se ha convertido el puente sobre el Anduin, uno de ellos, un niño apenas, intenta cerrar con sus manos un profundo tajo en el vientre. Se inclina junto a él una figura ataviada de gris, encapuchada, con un embozo, también gris, que oculta su rostro.

 

            - Tranquilo, soldado, descansa. Has peleado bien, pronto vendrán a buscarte.

 

            La voz es ronca, afectada por la fatiga del que durante horas ha combatido sin descanso, aunque permite atisbar unas notas de compasión en un extraño acento. El joven se estremece, tose escupiendo sangre y entre convulsiones deja caer el sucio trozo de capa con el que intentaba cerrar el corte. Al ver la gravedad de la herida el recién llegado se arrodilla junto al herido, repone el improvisado vendaje.

 

            - Me duele mucho, señor. Mucho. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué hay tanto silencio? ¿Llegaron los civiles a la Torre?

 

            El interpelado siente como un nudo atenaza su garganta. Nacido en las tierras benditas en el tiempo de los Árboles, ha visto perecer incontables generaciones de hombres. No entiende la naturaleza del don de Eru a los hombres mortales, pero aún después de tanto tiempo le emociona profundamente el ver como los que están destinados a pasar de una forma tan efímera por este mundo se preocupan por lo que dejan atrás, aún en el momento de la muerte.

 

            - Habéis vencido, soldado. El sacrificio de los Custodios ha permitido que tus compatriotas llegaran a la seguridad de la Torre. Ahora la guerra ha pasado a Ithilien, donde tus gentes empujan al enemigo fuera de las fronteras. Descansa, no te fatigues, pronto llegará ayuda.

 

            - Es inútil, señor, lo sé, no hay cura para esta herida – responde el muchacho entre toses y esputos de sangre -. Pero me duele tanto… ¿Quién sois? Vi llegar a los jinetes grises desde el norte ¿Sois uno de ellos?

 

            - Un amigo – contesta el interpelado, mientras su mirada busca a alguien alrededor -. Pero vine con los jinetes grises.

 

            Le interrumpen las convulsiones del joven. Como en otras ocasiones similares que ha vivido en su larga existencia, duda si proporcionar al joven un medio para terminar con sus sufrimientos. La llegada de una tercera figura, también embozada de gris, interrumpe sus tristes pensamientos. El recién llegado se arrodilla junto al elfo, posando una mano sobre su hombro al tiempo que su otra mano busca en el cuello el pulso del joven. Toma de la mochila a su espalda un odre con agua y lo acerca a los cuarteados labios del muchacho. El elfo interrumpe su gesto, hablándole rápidamente en una lengua que el muchacho no entiende.

 

            - Si le das agua lo matarás, mira como tiene el vientre.

 

            - Ya casi ha alcanzado el destino de los Hombres, ni la Dama podría cerrar tal herida, la vida se le escapa aunque como hombre mortal se aferre a ella. El agua lo refrescará, hará más dulces sus últimos momentos en esta tierra. Le daré algo para evitarle el dolor en su tránsito.

 

            El joven permanece callado durante el breve intercambio, bebe ávidamente el agua que se le ofrece como si esta le diera la vida. Mira a sus compañeros con nuevos ojos tras haber escuchado el rápido intercambio.

 

            - ¿Quiénes sois, señores?

 

            Se miran ambos y, en silencio, se despojan de capucha y embozo. Para el joven se detiene el mundo al ver dos rostros de una belleza imposible.

 

            - Entre los jinetes grises mi nombre es Ostar, amigo mío, el de mi compañera es Celebriel. Somos elfos, como ves, amigos de los hombres del oeste. No te fatigues. Pronto podrás volver a los bosques de Ithilien, a pasear bajo sus bellos árboles con tus parientes y amigos, quizá con tu amada.

 

            - No tengo a nadie, señor. Mi madre murió al darme a luz, no conozco a mi padre. Mi familia eran los Custodios, no tengo a nadie más.

 

            Callan los elfos, cruzando sus miradas. Las palabras del muchacho les enfrenta a la pérdida del lazo que los une, que se remonta al nacimiento del sol y la luna. El muchacho sufre una convulsión, tirita de frío.

 

            - Abre la boca, muchacho – dice la elfa, depositando unas bayas secas diminutas en la lengua del joven -. No las muerdas, son muy amargas. Colócalas bajo la lengua y chupa el jugo. Aliviarán tu dolor y mitigarán la sed.  

 

            El elfo musita unas palabras al oído de la mujer y parte corriendo. Mientras tanto la elfa acomoda al joven. Lo tapa con la capa del elfo y, arrodillándose sobre sus talones, deposita la cabeza del joven sobre su regazo. Inicia un cántico que ya era viejo cuando un silmaril se elevó hasta las estrellas y, con el poder de su raza para la canción, busca llevar el pensamiento del joven al mundo antiguo, lejos del dolor y la batalla. Pronto llega su compañero, acompañado de un grupo de hombres, vestidos como él de gris. Altos, de mirada torva, rodean al elfo y a uno de ellos, quizá más alto, quizá de porte más noble, sin duda el de más edad, que se ha arrodillado junto al caído.

 

            - Aquí está, él es, señor. Uno de vuestros…

 

            - No, Ostar, aún no – le interrumpe el hombre -. Un camarada de armas, otro hombre del oeste. Nada más. No puedo reclamar un honor mayor.

 

            Debilitado por la pérdida de sangre y la herida sufrida, perturbada su mente por la droga recibida, el muchacho contempla atónito a los recién llegados. El elfo y el hombre al que ha llamado señor se han arrodillado junto a él, mientras el resto de los hombres, hincando una rodilla a su alrededor, se unen al canto de la bella elfa.

 

            - ¿Qué es esto, señora? ¿Sueño? Diría que todo es un cuento, una de esas historias que los bardos cuentan de los héroes de antaño, cuando elfos y hombres peleaban juntos en otras tierras. Mi vista se nubla…

 

            Mientras las lágrimas comienzan a surcar las mejillas de la elfa, el elfo cabecea apenado. El hombre sonríe triste, con la sonrisa del que ha visto demasiadas escenas parecidas.

 

            - ¿Y no es así, hijo? Elfa es la mujer que te sostiene la cabeza, ella y su compañero han peleado junto a vosotros, los hombres de Gondor. Y hoy honramos a un héroe, sin duda.

 

            - ¿Un héroe? No me siento un héroe, mi señor. Tengo mucho miedo…

 

            - Todos hemos tenido miedo hoy, muchacho. Por un momento la llama de la esperanza ha vacilado, parecía que la Sombra engulliría definitivamente la tierra. Pero aún hay hombres en Minas Tirith. Y esos hombres aún tienen amigos. Tus amigos te rodean ahora.

 

            - Me avergonzáis, señor. Tan solo temía por mí mismo… Nunca estuve solo, mis compañeros eran mi familia, siempre estuvieron a mi lado ¿Qué será de mí ahora?

 

            Calla por unos instantes el hombre, mientras la lluvia empieza a bañar el campo. Recogiendo con sus manos el agua, la hermosa elfa comienza a limpiar de sangre la cara del joven, peina sus cabellos.

 

            - Lo que sabemos de estas cuestiones lo sabemos por los elfos. Acercaos, Ostar – llama al elfo, que permanecía en pie tras Celebriel -. Escucha a este elfo, hijo. Es más viejo de lo que parece, tanto, que vio a los dioses antes de que los padres de los hombres llegaran al oeste. Contad a este hombre vuestras tradiciones,Ostar.

 

            El elfo se arrodilla junto al joven, dubitativo. Poco sabe del destino de los hombres, no cree que pueda ayudar al tránsito del chico con su conocimiento.

 

            - Ni aquellos a quienes llamáis dioses sabían cual era el destino de los hombres más allá de la muerte, pero…

 

            Le interrumpe la elfa, sonríe al joven mientras peina sus cabellos y se inclina sobre él para proteger su rostro de la lluvia.

 

            - Hace muchos años, cuando, como dices, los elfos, los hombres y los enanos combatían al Negro Enemigo del Mundo, conocí a una mujer de tu raza, una mujer excepcional a la que por su conocimiento y su capacidad llamaron Corazón Sabio. Ella descubrió que hay esperanza para los hombres más allá de la muerte. Como ella me dijo a mí, a ti te digo que más allá hay una luz, y que junto a ella volveremos a encontrarnos, valiente custodio. Te doy mi palabra.

 

            - Sí, volveremos a encontrarnos – interviene Ostar -. Porque dicen los sabios que cuando acabe el tiempo y el Oscuro vuelva se reunirán de nuevo los ejércitos de los pueblos libres para enfrentarlo.

 

            - Y allí estaremos todos – repone el hombre alto -. Allí los hombres de Gondor formaran sus ordenadas compañías, sin desmerecer la compañía de los grandes hombres de antaño. Y tú, hijo, sostendrás el estandarte del árbol blanco coronado de estrellas, orgulloso y arrogante como corresponde a un hombre del oeste cuando enfrenta al enemigo rodeado por los suyos.

 

            - ¿Estaréis también vos, mi señor?

 

            Casi abandonado este mundo el joven mira al hombre que sostiene su mano junto a él. Cree ver una corona sobre su cabeza, y una joya refulgente ciñendo su frente.

 

            - También estaré, hijo. Esperame, sostén el estandarte hasta mi llegada.

 

            - ¿Y vos, señora, señor?

 

            - Volveremos a estar juntos.

 

            Se alzan las voces de los soldados grises que rodean la triste escena.

 

            - Todos juntos, chico.

 

            - Siempre, donde sea, cuando sea.

 

            - Permanece alerta, soldado, aguanta la posición.

 

            Esperanos, muchacho. Llegaremos.

 

            Un trueno estalla en los cielos cuando el muchacho expira. La tormenta arrecia. Y allí donde los hombres van cuando mueren, un joven soldado toma el estandarte del Árbol Blanco y, vigilante, espera.

 

 

 

 

Esplugues del Llobregat, 2 de mayo de 2005

sábado, 10 de marzo de 2001

Esperanza


            - Así, hermanos. Así brillaba Rána la Errante la primera vez que se alzó por encima del horizonte, hace ya tantos años, cuando mi señor Fingolfin hizo sonar las trompetas de plata al pisar por primera vez Beleriand.

 

            Un noldo pronuncia estas palabras mientras enciende una hoguera. Dirige un grupo de elfos y hombres que descasan próximos a la desembocadura del Sirion. Son un grupo triste, herido, exiliados de Gondolin, de Doriath, de Hitlum, de Dor-Lómin. Han instalado un campamento, y bajo la luz de la luna llena sanan sus heridas, recientes a causa de su encuentro con un grupo de orcos que llevaba esclavos al norte. Un hombre, uno de la Casa de Bëor, es el que habla ahora.    

 

- Así brillaba también la noche que por vez primera se alzó Gil Estel, la Estrella de la Esperanza. Miradla en el horizonte... ¿pero qué esperanza queda ahora para Elfos u Hombres? Llevamos ya un mes buscando a los hijos de la señora Elwing. Dicen que los malditos hijos de Fëanor los guardan como rehenes, para obtener la Joya de Beren.

 

El grupo, enviado por el Carpintero de Barcos, busca noticias sobre el paradero de los hijos de Eärendil y Elwing, perdidos durante el feroz ataque de los hijos de Fëanor a las desembocaduras del Sirion.

 

- Siempre queda un lugar para la esperanza, amigo mío – aduce otro de los hombres, un anciano de cabellos tan rubios que parecen blancos, de la dorada Casa de Hador-. ¿No es una ironía que mis ojos, cegados por la crueldad de los hombres cetrinos, sean capaces de ver mejor la esperanza que los tuyos?.

 

- Dicen que para llegar a la luz hay que pasar primero por las tinieblas, anciano – le sonríe una hermosa elfa silvana-. Quizá sea ahora, cuando todos parecemos movernos en tinieblas, que veas mejor que ninguno de nosotros la llama de la esperanza.

 

Mientras la elfa pronuncia estas palabras se acomoda junto a ella su compañero, un noldo de largos y oscuros cabellos.

 

- En mi memoria la luna llena trae el recuerdo de la noche en que te di el nombre que ahora llevas, Celebriel. Rana en todo su esplendor debería ser tiempo de esperanzas, de nuevas empresas.

 

- ¿Nuevas empresas? – pregunta la voz amarga de otro elfo, un joven falathrim -. ¿Qué nuevas empresas pueden acometer ya los elfos? Nargothrond y Gondolin mancilladas, los Puertos derribados... Hemos caído tan bajo que ya no necesitamos al Oscuro para derrotarnos a nosotros mismos. Ahora nos atacamos entre nosotros, por vez primera derramamos sangre de elfos en vez de orcos...

 

- No por vez primera – responde el anterior, recordando un tiempo lejano que siempre ha intentado olvidar, ocultando su cabeza bajo su capucha -, ya antes el nombre de Noldor se cubrió de vergüenza... fue en Valinor donde por primera vez mi espada se tintó de sangre elfa...

 

- ¿Tú, Eilif? – salta un asombrado elfo de Doriath – no puedo creer que tú participases de la Matanza de Hermanos. ¿Has entrado en Menegroth con las manos manchadas de sangre Teleri?

 

- No, amigo mío, entonces yo estaba en Alqualondë con mi señora Galadriel. Nos sorprendió allí el ataque de los seguidores de Fëanor... asaltaron el puerto, robaron los barcos-cisne... y la sangre Teleri bañó las playas de perlas. Mi señora decidió allí oponerse a Fëanor y allí combatimos hasta que el Espíritu de Fuego decidió que ya tenía suficientes barcos. Creo que fue allí donde los Noldor malogramos nuestras esperanzas, desde entonces cada empresa que hemos emprendido nos ha llevado al desastre, cada nueva ilusión ha sido vana...

 

- Ya ves, anciano – el de la casa de Beor toma de nuevo la palabra – Los elfos matan elfos, enanos y hombres, los hombres matamos elfos y nos matamos entre nosotros. Los enanos se apartaron de la lucha desde las Lágrimas Innumerables. ¿Qué pueblo queda ya entre las gentes libres que pueda oponerse al oscuro sin estar mancillado? Te repito que no hay esperanza alguna, todos caeremos bajo el mazo del Oscuro, solo es una cuestión de tiempo.

 

La esperanza última viene del mar.

 

- ¿Qué?

 

- Fueron las palabras que el padre de Eärendil pronunció ante el señor Turgón – contesta un refugiado de Gondolin -. Quizá aún nos apoye el Señor del Mar, aunque es bien cierto que año tras año mi señor envió barcos a las tierras imperecederas, y todos se perdieron en el piélago.

 

- ¡Los Valar! – se burla el falathrim -. ¿Dónde estaba Ulmo cuando los orcos arrasaron Brithombar y Eglarest? Se dice que el Señor del Mar protegía las costas... las mismas costas que ahora ensucian las pezuñas de los orcos. Los poderosos cercaron las tierras que no mueren contra los Noldor, y por su culpa ninguna ayuda llegará del Oeste.

 

- Calla, muchacho – responde el viejo –, pues de muchacho me parece tu voz y de niño tus comentarios. Después de cada noche llega el día, así es y así será de nuevo. Tal vez no en nuestro tiempo, pero mientras haya quien mantenga la esperanza y desafíe al Oscuro es posible que se haga de nuevo el día. ¿No resiste aún el Carpintero de Barcos? ¿No hay todavía entre Hombres, Elfos y Enanos quien combate al Enemigo?

 

- Escuchad a este hombre - continua Celebriel -. Es ciego, pero ve mejor que todos nosotros. Dormid ahora, quizá el nuevo día nos traiga nuevas fuerzas.

 

Arrullados por el sonido del mar cercano, el grupo duerme.

 

 

 

 

 

 

Cuando la primera luz del amanecer baña las costas de Beleriand el anciano se despierta gritando, sobresaltando a los centinelas.

 

            - ¿Qué te ocurre, anciano, qué tienes?

 

            - ¿No lo notáis, señora?

 

            Sus rostros se tienden al oeste. Sus  ojos,  ciegos unos,  otros claros, se dirigen al poniente como atraídos por una fuerza irresistible.

 

            - ¿Qué te ocurre, Celebriel, qué tienes?

 

            - ¿No lo notas, Eilif? No puedo creer que no sientas esa fuerza, ese poder... no notaba algo así desde que golpeamos las puertas de Angband...

 

            El resto del campamento se reúne en torno a la pareja.

 

            - Yo también lo noto, señora – dice el viejo ciego -. Un poder descomunal, una fuerza  capaz de derribar montañas, un...

 

            - ¿Qué estáis diciendo? ¿El Enemigo aquí? Eso es imposible, espera... ¿Un gran gusano de Angband? ¡Formad un círculo! Apagad los fuegos, hermanos, y preparaos para todo.

 

            - No, Eilif – en el bello rostro de la elfa brilla una sonrisa -. Ese poder no es maligno. Es un poder desmesurado, como dice nuestro amigo, pero no es enemigo de las tres razas.

 

            La faz del noldo palidece, mira hacia la espesura, como si quisiera penetrarla para llegar a la playa que se extiende más allá.

 

            - Yo... yo también noto ese poder... no es posible... ¡no es posible!

 

            El elfo desaparece corriendo entre la espesura. El resto del grupo, frenado por los heridos y el hombre ciego, marcha a una velocidad más lenta. Cuando llegan a la playa la risa de Eilif llena el aire.

 

            - ¡Mira, amor mío! ¡Mirad amigos! Quien ha visto una vez esos barcos no los olvidará jamás, y quien ha vivido entre sus bravos tripulantes amará el mar por siempre. Mirad, elfos y hombres, mirad al que porta el estandarte del Rey Mayor en la proa del primer barco. ¡Ya llegó la esperanza!

 

            A su espalda, los primeros rayos del sol juegan complacidos con las blancas velas de la flota de los barcos-cisne Teleri.

 

 

 

                                                                                                Jose, 10 de marzo de 2001.

Esperanza


            - Así, hermanos. Así brillaba Rána la Errante la primera vez que se alzó por encima del horizonte, hace ya tantos años, cuando mi señor Fingolfin hizo sonar las trompetas de plata al pisar por primera vez Beleriand.

 

            Un noldo pronuncia estas palabras mientras enciende una hoguera. Dirige un grupo de elfos y hombres que descasan próximos a la desembocadura del Sirion. Son un grupo triste, herido, exiliados de Gondolin, de Doriath, de Hitlum, de Dor-Lómin. Han instalado un campamento, y bajo la luz de la luna llena sanan sus heridas, recientes a causa de su encuentro con un grupo de orcos que llevaba esclavos al norte. Un hombre, uno de la Casa de Bëor, es el que habla ahora.    

 

- Así brillaba también la noche que por vez primera se alzó Gil Estel, la Estrella de la Esperanza. Miradla en el horizonte... ¿pero qué esperanza queda ahora para Elfos u Hombres? Llevamos ya un mes buscando a los hijos de la señora Elwing. Dicen que los malditos hijos de Fëanor los guardan como rehenes, para obtener la Joya de Beren.

 

El grupo, enviado por el Carpintero de Barcos, busca noticias sobre el paradero de los hijos de Eärendil y Elwing, perdidos durante el feroz ataque de los hijos de Fëanor a las desembocaduras del Sirion.

 

- Siempre queda un lugar para la esperanza, amigo mío – aduce otro de los hombres, un anciano de cabellos tan rubios que parecen blancos, de la dorada Casa de Hador-. ¿No es una ironía que mis ojos, cegados por la crueldad de los hombres cetrinos, sean capaces de ver mejor la esperanza que los tuyos?.

 

- Dicen que para llegar a la luz hay que pasar primero por las tinieblas, anciano – le sonríe una hermosa elfa silvana-. Quizá sea ahora, cuando todos parecemos movernos en tinieblas, que veas mejor que ninguno de nosotros la llama de la esperanza.

 

Mientras la elfa pronuncia estas palabras se acomoda junto a ella su compañero, un noldo de largos y oscuros cabellos.

 

- En mi memoria la luna llena trae el recuerdo de la noche en que te di el nombre que ahora llevas, Celebriel. Rana en todo su esplendor debería ser tiempo de esperanzas, de nuevas empresas.

 

- ¿Nuevas empresas? – pregunta la voz amarga de otro elfo, un joven falathrim -. ¿Qué nuevas empresas pueden acometer ya los elfos? Nargothrond y Gondolin mancilladas, los Puertos derribados... Hemos caído tan bajo que ya no necesitamos al Oscuro para derrotarnos a nosotros mismos. Ahora nos atacamos entre nosotros, por vez primera derramamos sangre de elfos en vez de orcos...

 

- No por vez primera – responde el anterior, recordando un tiempo lejano que siempre ha intentado olvidar, ocultando su cabeza bajo su capucha -, ya antes el nombre de Noldor se cubrió de vergüenza... fue en Valinor donde por primera vez mi espada se tintó de sangre elfa...

 

- ¿Tú, Eilif? – salta un asombrado elfo de Doriath – no puedo creer que tú participases de la Matanza de Hermanos. ¿Has entrado en Menegroth con las manos manchadas de sangre Teleri?

 

- No, amigo mío, entonces yo estaba en Alqualondë con mi señora Galadriel. Nos sorprendió allí el ataque de los seguidores de Fëanor... asaltaron el puerto, robaron los barcos-cisne... y la sangre Teleri bañó las playas de perlas. Mi señora decidió allí oponerse a Fëanor y allí combatimos hasta que el Espíritu de Fuego decidió que ya tenía suficientes barcos. Creo que fue allí donde los Noldor malogramos nuestras esperanzas, desde entonces cada empresa que hemos emprendido nos ha llevado al desastre, cada nueva ilusión ha sido vana...

 

- Ya ves, anciano – el de la casa de Beor toma de nuevo la palabra – Los elfos matan elfos, enanos y hombres, los hombres matamos elfos y nos matamos entre nosotros. Los enanos se apartaron de la lucha desde las Lágrimas Innumerables. ¿Qué pueblo queda ya entre las gentes libres que pueda oponerse al oscuro sin estar mancillado? Te repito que no hay esperanza alguna, todos caeremos bajo el mazo del Oscuro, solo es una cuestión de tiempo.

 

La esperanza última viene del mar.

 

- ¿Qué?

 

- Fueron las palabras que el padre de Eärendil pronunció ante el señor Turgón – contesta un refugiado de Gondolin -. Quizá aún nos apoye el Señor del Mar, aunque es bien cierto que año tras año mi señor envió barcos a las tierras imperecederas, y todos se perdieron en el piélago.

 

- ¡Los Valar! – se burla el falathrim -. ¿Dónde estaba Ulmo cuando los orcos arrasaron Brithombar y Eglarest? Se dice que el Señor del Mar protegía las costas... las mismas costas que ahora ensucian las pezuñas de los orcos. Los poderosos cercaron las tierras que no mueren contra los Noldor, y por su culpa ninguna ayuda llegará del Oeste.

 

- Calla, muchacho – responde el viejo –, pues de muchacho me parece tu voz y de niño tus comentarios. Después de cada noche llega el día, así es y así será de nuevo. Tal vez no en nuestro tiempo, pero mientras haya quien mantenga la esperanza y desafíe al Oscuro es posible que se haga de nuevo el día. ¿No resiste aún el Carpintero de Barcos? ¿No hay todavía entre Hombres, Elfos y Enanos quien combate al Enemigo?

 

- Escuchad a este hombre - continua Celebriel -. Es ciego, pero ve mejor que todos nosotros. Dormid ahora, quizá el nuevo día nos traiga nuevas fuerzas.

 

Arrullados por el sonido del mar cercano, el grupo duerme.

 

 

 

 

 

 

Cuando la primera luz del amanecer baña las costas de Beleriand el anciano se despierta gritando, sobresaltando a los centinelas.

 

            - ¿Qué te ocurre, anciano, qué tienes?

 

            - ¿No lo notáis, señora?

 

            Sus rostros se tienden al oeste. Sus  ojos,  ciegos unos,  otros claros, se dirigen al poniente como atraídos por una fuerza irresistible.

 

            - ¿Qué te ocurre, Celebriel, qué tienes?

 

            - ¿No lo notas, Eilif? No puedo creer que no sientas esa fuerza, ese poder... no notaba algo así desde que golpeamos las puertas de Angband...

 

            El resto del campamento se reúne en torno a la pareja.

 

            - Yo también lo noto, señora – dice el viejo ciego -. Un poder descomunal, una fuerza  capaz de derribar montañas, un...

 

            - ¿Qué estáis diciendo? ¿El Enemigo aquí? Eso es imposible, espera... ¿Un gran gusano de Angband? ¡Formad un círculo! Apagad los fuegos, hermanos, y preparaos para todo.

 

            - No, Eilif – en el bello rostro de la elfa brilla una sonrisa -. Ese poder no es maligno. Es un poder desmesurado, como dice nuestro amigo, pero no es enemigo de las tres razas.

 

            La faz del noldo palidece, mira hacia la espesura, como si quisiera penetrarla para llegar a la playa que se extiende más allá.

 

            - Yo... yo también noto ese poder... no es posible... ¡no es posible!

 

            El elfo desaparece corriendo entre la espesura. El resto del grupo, frenado por los heridos y el hombre ciego, marcha a una velocidad más lenta. Cuando llegan a la playa la risa de Eilif llena el aire.

 

            - ¡Mira, amor mío! ¡Mirad amigos! Quien ha visto una vez esos barcos no los olvidará jamás, y quien ha vivido entre sus bravos tripulantes amará el mar por siempre. Mirad, elfos y hombres, mirad al que porta el estandarte del Rey Mayor en la proa del primer barco. ¡Ya llegó la esperanza!

 

            A su espalda, los primeros rayos del sol juegan complacidos con las blancas velas de la flota de los barcos-cisne Teleri.

 

 

 

                                                                                                Jose, 10 de marzo de 2001.

jueves, 18 de enero de 2001

El perdido


- Oíd, oíd, oíd... Desde que abandonamos hace tantos años el dorado bosque de Lothlórien nos hemos reunido en este día para recordar la belleza del bosque. Cada año desde entonces os he cantado al caer la tarde alguna de las canciones que perpetúan la memoria de aquella tierra bendita. Esta noche también contaré una historia. Dama, ¿qué canción deseáis oír en este día de recuerdos?


- Maestro, por favor, habladnos de los amigos que no volvieron. Cantad la canción de Eilif el Perdido.


- Como vos deseéis, Señora. Oíd, entonces, la Canción del Perdido, la canción de Celebriel y Eilif, el arco y la espada de Galadriel, primeros entre los Elfos de Lórien, héroes de los Noldor en la Guerra de la Cólera, los que fueron la ruina de Thaurthang, los que fueron separados por la muerte de Celebriel en las puertas de Mordor.


El viejo narrador es un maestro en su arte, sus palabras transportan a los reunidos en memoria de Lórien a un tiempo antiguo, cuando tras la Guerra del Anillo el mundo se volvió marchito para los primeros nacidos. En su historia vemos a los elfos del bosque dorado preparándose para la marcha. En el lugar donde el Celebrant y el Anduin se unen para seguir un solo curso está la Dama de Lórien, Galadriel, y el Señor Celeborn; discuten con Eilif, Capitán de Lórien, que se niega a partir.


- ¡No iré a los Puertos!

La Dama intenta calmar los ánimos de Eilif, que desde la muerte de Celebriel en el Morannon vaga como una sombra por el Bosque Dorado.


- Comparto tu dolor, Capitán, pero ha llegado la hora de partir. El mundo ha muerto para los nuestros. Volverás a encontrarla al otro lado del mar.


- ¿En Mandos, Señora? Soy un Noldor. Os acompañé desde el principio, desde que abandonamos Valinor. Tal vez vos hayáis olvidado como es el juicio de los Valar, pero yo no. ¿Oirá mi ruego Mandos? Celebriel y yo no somos Luthien y Beren. ¿Por qué habría de conmoverse el Fëanturi por mi congoja? ¿por qué habría siquiera que escuchar mis palabras ?


- Escúchame, te lo ruego. Te muestras irracional. No queda nada en la Tierra Media para un elfo. ¿Acaso el dolor te ha enloquecido, te ha vuelto ciego? ¡Mira, te digo! Todo es ahora gris. Incluso la bendita Lothlórien se muestra apagada... y pronto no habrá mallorn.


- Cuentan que tampoco hay mallorn al otro lado del mar, Señora. Os he servido como vuestro campeón durante tres edades del mundo, mi Reina, liberadme ahora de mis juramentos, os lo suplico.


El señor Celeborn interviene furioso, todo Lórien espera y la locura del Capitán retrasa la marcha. Avanza hacia el antagonista de la Dama aunque sus guardias, tras mirarse entre ellos y al que durante tanto tiempo ha sido su cabecilla deciden abandonar el claro junto al Anduin.


- ¡Basta! Sois el Capitán de Lórien, recordad vuestros deberes, os debéis a los elfos del Bosque. Unios ahora a la compañía. ¿Habremos de llevaros atado?


El Campeón desenfunda su espada, su rostro está desencajado por la ira.


- ¡Atrás, señor! No reconozco otro soberano que la Dama. Osad acercaros y no veréis los Puertos Grises.

- ¡Celeborn! Retírate, te lo ruego, conduce a los nuestros fuera del Bosque, te seguiré enseguida. ¿Capitán, no vendrás conmigo esta vez? Piénsalo, amigo mío, de nuevo en Valinor, tras todos estos años. A Tirion, a Tirion sobre Túna. A la casa de mi padre, donde jugamos juntos cuando éramos niños. A casa. Me conoces, sabes que te ayudaré en tu reclamación frente a Mandos, los dos juntos convenceremos al Fëanturi de que deje partir a Celebriel, los dos juntos...


El guerrero deja caer su espada, él mismo cae de rodillas, su cuerpo se estremece entre sollozos, meciéndose adelante y atrás. La Dama se acerca, arrodillándose a su lado. El poder de la Dama, incluso ahora que ha perdido el poder de Nenya, el anillo de diamante, es inmenso para la curación. Acaricia la cabeza del elfo, y su contacto dispersa la pena que sacude su alma. El guerrero alza la cabeza, los bellos ojos anegados en lágrimas


- No, Señora. Aquí murió Celebriel, peleando contra la Sombra. Ella era una orgullosa guerrera por derecho propio. ¿Cómo podría yo haber vencido a Thaurthang de no ser por ella? Su fuerza, su sabiduría, su valor... Ella no habría querido verme de rodillas ante los orgullosos Valar. Ni yo a ella humillada ante Mandos. Enterré su hermoso cuerpo aquí, donde se unen el Celebrant y el Anduin. Y aquí permaneceré, junto a ella, hasta que encuentre la forma de que volvamos a estar juntos, aunque tenga que esperar a que el mundo se acabe y vuelva el Oscuro. Entonces volveremos a ser uno solo. Sí, uno sólo de nuevo, no sé cómo Señora, pero os juro que aunque tenga que entrar en Mandos a sangre y fuego volveremos a estar juntos. Y seremos otra vez dichosos como lo fuimos aquí, en la dorada Lothlórien... Partid junto al señor Celeborn, decidle que disculpe mis malos modos. Sed dichosa en Tirion, Señora, no tengo vuestro poder para ver lo que está por llegar, pero el corazón me dice que volveremos a encontrarnos antes del final. Adiós, mi Dama. Adiós, Galadriel.


- Volveremos a vernos, sí. – Una sonrisa se abre paso entre la tristeza y las lágrimas en la faz de Galadriel - Sí, a mí también me lo dice el corazón, la luz de la barca del sol al amanecer en Valinor alumbrará nuestro encuentro. Adiós, amigo mío, mi eterno campeón. Adiós, Eilif.


Los elfos de Lórien abandonan el bosque dorado, no volverán a llenarlo con sus canciones, sus risas. Y así, privado de los elfos que lo amaron y cuidaron y de la luz de la Dama, definitivamente Lothlórien muere. Y por el bosque muerto vaga la figura del que en un tiempo fue el más dichoso de los elfos.


“¿Y ahora, Eilif? ¿Y ahora? Celebriel, Celebriel, ¿dónde estás? ¿qué será de mí ahora?... Me separé de ti para acompañar a ese señor de hombres mortales, a ese vagabundo que ahora se hace llamar rey Elessar. Si hubiéramos estado juntos seguirías viva, pero cuando se formaron los cuadros en el Morannon yo permanecí junto al futuro rey como me pidió la Dama, mientras que tú, bendita seas, decidiste con mejor criterio ayudar con la mortal canción de tu arco a nuestros amigos de Dol Amroth... Ay, ay, Celebriel, ¿cómo es posible que ellos vivan y tú estés muerta?... pero soy injusto. Ah, ver al noble Imrahil traerme tu bello cuerpo inerte en sus brazos, envuelta con el estandarte del Cisne de Plata, las lagrimas fluían por sus mejillas como fluía el Sirion al mar.”


“Ahora he de recorrer solo los caminos, mi amada. Recorrer los caminos solo yo, que junto a ti recorrí la Tierra Media durante tres edades del mundo.¿Alguien entre las tres razas podrá decir que vio tanto como nosotros? Acaso el buen Eärendil. No hubo rincón de Beleriand que no recorriéramos, uno solo la espada y el arco, para la Dama. ¿No golpeamos juntos las puertas de Angband en la Dagor Aglareb, la Batalla Gloriosa? ¿No trabajamos junto al Felagund en las cavernas de Nargothrond? ¿no vivimos un tiempo en la Tierra de la Estrella junto a los Fieles? Fuimos huéspedes del Señor de Doriath y la reina Melian, del alto Maedhros y de Maglor el poderoso cantor. Reyes y reinas de los elfos alabaron tu belleza. Señores enanos te entregaron sus joyas, los padres de los hombres alabaron tu gracia en sus canciones y en sus leyendas...”


Pasan los años sobre el lamento de Eilif, el relato del narrador de historias se prolonga hasta bien entrada la noche, habla de los largos años de soledad y pena. Habla, finalmente, del encuentro entre el perdido Eilif y la hermosa Estrella de la Tarde, la noble Arwen, desolada por la perdida del rey Elessar. Los ojos de los elfos de Lórien están arrasados por las lágrimas, ¿cabría imaginar encuentro más triste que el de la Dama Undómiel y el Campeón de Lórien? Durante una luna pasearon juntos por la ahora gris Lothlórien, y cuentan que fue Arwen quien convenció al perdido de que había llegado la hora de buscar a Celebriel. Así pues, cuando se separaron y la Estrella de la Tarde dejó el mundo, Eilif levantó el túmulo verde que debe durar hasta que el mundo cambie donde reposa Arwen y partió a la búsqueda de la señora Celebriel.


El contador de historias da por finalizado el relato y abandona el sencillo escenario, sabiendo que durante unas horas ninguno de los presentes podrá moverse, querrá moverse. ¿Cuántos de ellos conocieron en vida a Celebriel y Eilif? a estos los sorprenderá la mañana llorando al Perdido y su amada. Solo uno de los presentes se mueve.


- Maestro...


- ¿Señora?


- Decidme, Maestro, si alguien lo sabe sois vos. Manwë elude mis preguntas, Varda no contesta mis ruegos ¿Vos sabéis qué ha sido de Eilif? ¿Está en Mandos? Cada año por esta fecha acudo a sus puertas para pedir por Eilif y Celebriel, pero cada año ignora mis súplicas. Mi poder... todo lo que puedo, todo lo que tengo es inútil ante esta cuestión ¿dónde está mi campeón, anciano? ¿dónde están la espada y el arco de Galadriel?


- Nadie sabe qué ha sido del Perdido, Señora, hay quien dice que aún hoy permanece en las tierras de los mortales, en lo que un día fue Lórien y que los hombres mortales acabaron llamando el País del Verano. Los elfos que vuelven de aquellas tierras cuentan que ya no existe el bosque, pero que en su lugar permanecen los espíritus de Eilif y Celebriel, y que su presencia reconforta y da fuerzas a los que aman y luchan.


- ¿Nada hay seguro entonces? ¡ Ay del Campeón de Galadriel!


- No, Dama, recordad como en un tiempo fue el orgulloso Capitán de Lórien, el custodio de Galadriel. Eilif fue tal vez el más grande de los capitanes de los Elfos, y la sabiduría y habilidad de Celebriel no tenía parangón entre los elfos úmanyar. Aunque Mandos no hable no me cabe la menor duda de que Eilif y Celebriel están juntos de nuevo, o lo estarán pronto. ¿Ay del Campeón de Lórien? ¡Ay de Mandos si pretende impedir al Perdido encontrar a Celebriel! Si Fingolfin hirió siete veces a Morgoth... ¿qué no harán el arco y la espada para estar de nuevo juntos?



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Durante mucho tiempo los elfos de Lothlórien evocan la magia del bosque perdido en el aniversario del día de su partida. El narrador cuenta sus historias y año tras año mantiene al final del día la misma conversación con la Dama.


La barca del sol se alza sobre Valinor.


- Galadriel...



Jose, 18 de enero de 2001