domingo, 21 de noviembre de 2004

Uno más uno


Para Priscy y Xabi



Con sus manos fuertes aún, curtidas de viento y mar, Bojji, el imponente anciano, quiebra las ramas que han de alimentar el hogar, encendiendo la chimenea que caldeará el comedor de la pequeña fonda. Fuera de temporada, el comedor está casi vacío, solo hay dos parejas del pueblo, amigos de tiempo atrás, que suben hasta la fonda los días en que la nostalgia por el mar aprieta y exige encontrarse con los compañeros de antaño a compartir vinos e historias. También, sentada junto a su mujer, Erla, está Brigitte. La joven que con el paso del tiempo ha llegado a ser la hija que nunca tuvieron. Pasa esta una semana en Husavik, despidiéndose antes de partir a tierras más cálidas para acabar sus estudios.


Acabada la cena se aproximan todos al fuego buscando el calor que invita a las largas charlas de esas noches sin clientela. Los fuertes brazos del anciano rodean el menudo cuerpo de su mujer y mientras susurra en su oído palabras tan dulces que desmienten su aparente tosquedad busca con la mirada a la joven. Esta bromea con Steffan, ahora capitán de barco, antaño marinero con Bojji, cuando ambos, bajo el mando del abuelo de Brigitte, cazaron la ballena alrededor del mundo. Antes de que Erla llegara y desafiara a la mar. Y venciera, reclamando para si el botín. Los suspicaces ojos del anciano estudian a la joven. Acaba de romper con una relación desastrosa, quizá no es el mejor momento para partir tan lejos, sola y sin amigos. O quizá sí. ¿Qué hay más allá del mar? ¿Quién puede decirlo? Meditan los ojos azul celeste del anciano, mientras acomoda a Erla en su regazo y busca en sus innumerables bolsillos un poco de tabaco. Alcanza en una repisa junto a la chimenea una cajita donde descansa una larga pipa de caña. Pone en orden algunas ideas mientras con unas largas tenazas extrae un tizón incandescente del fuego. Los ojos de Erla se elevan al cielo mientas se quita de encima algunas chispas, sonríen los que les rodean, tanto teatro es sin duda el preludio para una de esas historias que le gusta contar a Bojji, viva imagen del Viejo del Mar.


- Dime, Steffan, ¿cuánto suman uno más uno?

Sonríe el interpelado. Las historias de Bojji siempre empiezan con una pregunta chocante, buscando un pie para la historia que se dispone a contar. Así era en los tiempos en que estaban embarcados, cuando el anciano, un joven titán entonces, captaba así la atención de sus compañeros… y humillaba inmisericorde a aquel tan torpe como para no dar una buena respuesta. Pero Steffan ya conoce esta historia.


- No siempre son dos, maestro. A veces, si la vida te sonríe, es algo más.


- Cierto, cierto – sonríe a su vez el anciano, señala a la joven con su pipa -. Dime, Brigitte, tú que has estudiado y que vas a cruzar el mar para estudiar aún más. ¿Puedes decirme porqué? ¿Por qué es a veces algo más?


- Me temo que no – contesta Brigitte siguiendo el ritual que todos conocen, modulando su lenguaje para entrar en la historia -. La escuela no lo enseña todo, a veces el mar… ¿Puedes tú decirme cuanto suman uno más uno?


- Puedo, jovencita. Escuchad todos…


“Se dice que cuando aún no había comenzado la cuenta de los días, cuando los dioses aún no caminaban por la tierra y el Padre de Todo, solitario y satisfecho con su creación, reinaba todavía, existía una raza de seres fuertes como colosos, de una perfección tal que hacían palidecer la belleza de todo lo que les rodeaba en aquel mundo joven todavía, tan hábiles que nada estaba lejos de su alcance y capacidades.


“Pero el Creador, el Padre de Todo, fue asesinado por sus hijos en cumplimiento de la una antigua profecía. Asesinado por sus propios hijos, ambiciosos y nada dispuestos a esperar la eternidad para recibir aquello que, se les antojaba, era suyo por derecho. Sus tres hijos, pues, lo mataron y se repartieron su herencia. El primogénito, el más fuerte y capaz de los tres, el instigador del asesinato, reclamó la parte del león, y se apropió de los cielos y la tierra. El segundo hijo, menos fuerte que el primero, el más parecido en modos al padre, arrepentido ya de la enormidad cometida, tomó los mares, los lagos y todas las aguas que corren. El tercero, el más joven, el más débil, fue despojado por su hermano y forzado a tomar un reino minúsculo. Un reino entonces pequeño pero que con el tiempo llegaría a ser el más grande, la tierra de los muertos.


“Los jóvenes dioses se dispusieron a tomar el control de sus nuevos reinos, pues tenían ansias de dominio y de gobernar a aquellos que se les antojaban inferiores a ellos. Pronto el primogénito encontró a aquellas maravillosas criaturas, y tuvo miedo, él, que había desafiado al Padre de Todo. Miedo y celos, y envidia y codicia. Miedo por la fuerza de aquellos seres que quizá podrían volverse en su contra, pues según su entendimiento la fuerza solo le vale al fuerte para despojar al débil. Celos de su deslumbrante belleza, mayor que la de los dioses, sin parangón en el reino nuevo. Envidia de sus capacidades, de su habilidad. Codicia de todo lo que, en su beatitud, habían construido y aún habían de construir.


“Se reunió con sus hermanos e intentó atemorizarlos. ¿Acaso no habían derribado ellos a su padre? ¿No habrían de derribarlos a su vez estos seres, de tal fortaleza, a ellos? Pero quedó solo. El menor, lleno de resentimiento por el reparto que había llevado a cabo su hermano rechazó la idea de ir a la guerra, pues solo debía sentarse y esperar, fuese cual fuese el resultado de la guerra su reino se haría más grande y dudaba que aquellas criaturas, tan dichosas sobre la tierra, pretendieran robarle el reino de los muertos. El mediano, contrito aún por la muerte del padre, se negó a ir a la guerra, y aceptaría aún ser derrocado como pago por su crimen.


“Ciego de ira, rechazado por sus hermanos y temeroso de su reino el mayor de los hermanos reunió un ejército entre los habitantes del Reino. Y, dominador como era del arte de la traición, pues a traición atacó al Creador, sin previo aviso alzó a las bestias de la tierra y los cielos contra aquellas criaturas. Garra, pico y marfil atacaron sin tregua. Como no era suficiente lanzó seísmos y huracanes, creó fríos devoradores y calores sin medida contra aquella raza.


“No debía quedar uno para señalar sus imperfecciones, solo él podía quedar como espejo de virtudes. Así que atacó con saña, cazó uno a uno a aquellos maravillosos individuos y los forzó a retirarse ante un poder que no podían combatir. Asediados, hostigados, sin poder comprender, en su nobleza, el motivo por el que eran atacados, se defendieron con los medios a su alcance de la ira del Dios Mayor.


“Incapaces de imponerse a la fuerza combinada del cielo y la tierra, pero demasiado fuertes a su vez como para ser completamente derrotados, pidieron una tregua. Accedió el dios, y con ellos se reunió en la gran llanura ante la Puerta del Sol, donde desde todas las esquinas del mundo habían sido arrinconados. Solo pidió que todos estuvieran presentes sin excepción, pues a todos ellos quería dirigirse.


“Aquel fue el día en el que el Dios Mayor, señor por traición, cometió su segundo y quizá mayor pecado, haciendo del mundo un lugar más triste y pequeño. Porque cuando los hubo reunido a todos levantó un cerco de montañas contra ellos, con el fin de que ninguno escapara de aquella planicie. Arremolinó frente a ellos a los cielos, desatando una tormenta cruel y un frío sin parangón con el fin de exterminarlos. Pero tal era la fuerza y la capacidad de aquellos seres que ni por la tormenta ni por el frío resultaron vencidos.


“Frustrado, el Dios Mayor decidió ser más cruel y aumentar así su infamia. No podía vencerlos mientras mantuviesen toda su fuerza, así que decidió dividirla. Usó de todo su poder, y por la fuerza del rayo uno a uno los fue dividiendo y, aprovechando su desconcierto arrojó cada mitad lejos en el tiempo y el espacio. A una mitad la llamó mujer y a la otra hombre, y los condenó a no estar satisfechos el uno sin el otro, y a buscarse sin cesar a través de la distancia y las eras.


“Pero nada puede torcer la voluntad de estos seres. Ni la traición o la voluntad de los dioses pueden torcer el anhelo que sienten por volver a ser uno. Y así, a veces, las dos partes que forman estos seres se unen de nuevo, trayendo a este mundo la gloria de los tiempos de antaño, iluminando la tierra y haciéndola más grande y hermosa.


Se reclina sobre la silla, satisfecho al haber captado la atención de sus amigos, y al ver bailar de nuevo una sonrisa en los ojos de Brigitte.


- Es así que uno más uno es mucho más que dos. Y que está en la mujer y en el hombre el buscar al que ha de hacerlo más grande, incluso cruzando el mar como vas a hacer tú, Brigitte.



Hondarribia – Esplugues del Llobregat, 21 de noviembre de 2004.


martes, 29 de junio de 2004

Cap. VIII

- ¿Cuánto tiempo más hemos de permanecer en esta ratonera?


Hace ya cuatro días que don Francisco de Quevedo y don Giuseppe Boromiro permanecen encerrados en un miserable cuartucho cercano a la fuente de Lavapiés, zona de mala reputación y peores circunstancias, depositaria de las más infames tabernas, figones y mancebías del Madrid del cuarto Felipe. Recluidos por ocultar al irascible poeta, objetivo junto a Arbante y Azogue de las atenciones de Alquézar y la Santa Inquisición. Un antiguo amigo del italiano, soldado licenciado del tercio acantonado en Milán, ha accedido a ocultarlos durante un tiempo, enviando por un mes a sus respectivos pueblos a las dos barraganas que tenían alquilado el último piso de la mancebía que regenta. Es así que ambos amigos llevan cuatro días ocultos entre encajes, gasas, perfumes y otros útiles de tan antiguo oficio.


- Hasta que Arbante o Azogue vuelvan – responde el napolitano -.


- ¿Y si no vuelven?


Recibe el poeta una dura mirada por respuesta.


- Disculpadme, es solo esta reclusión... Por Dios bendito, cortinajes de tul rosa. Y esas camas... Empiezo a notar que me sale una veta culterana...


- Ja, ja, ja... Eso nunca, don Francisco, no lo quiera Dios. Bien sabéis que no había más remedio. Escapar hacia el norte era lo más obvio, por ser vos de las Asturias, y estaría ese camino sin duda vigilado. Hacia el este partió Azogue, y no convenía llamar la atención sobre su destino. La ruta de Portugal arde de inquisidores desde que andan persiguiendo a los judaizantes lusos. Y la carretera de Andalucía lleva directamente a Toledo y la Garduña... Conclusión, disfrutemos de la filípica corte, aunque sea entre encajes. Tengo que volver en otras circunstancias... ¿Otra mano de desencuadernada? ¿Juan Tarafe? Porque os queda algún dinero, ¿verdad?


- No, gracias, ya os debo más en cuatro días de lo que podré pagaros en cuatro años. Culpa mía, sin duda, por jugar con italianos, debí haber aprendido la lección en Venecia.


- Bueno, siempre podéis pagar en especie. ¿No habría lugar para un audaz espadachín moreno en alguno de vuestros sonetos? Y, por cierto, como anda esa última obra vuestra, la de ese pícaro... ¿Don Pablo?


- Anda despacio, como todas las cosas de esta Corte. Me dicen que está ya dada a impresión, si es que es posible imprimir algo en este país. No me extrañaría nada que acabara siendo impresa en Flandes o en Alemania.


- A fe que no vais a aumentar el cariño que hacia vos puedan sentir el cuarto Felipe y su válido. La imagen que dais de las gentes del país es muy cruel.


- La culpa no mía, amigo mío, si no del país, sus gentes y sus mandatarios – repone el poeta, dirigiéndose a la ventana acompañado de su leve cojera -. Es lo que hay, y no hay más, al menos por el momento. Y no creo que en un futuro cercano cambien las cosas, así las pulgas se nos tornen doblones y los problemas picas. Miré los muros de la patria mía...


Durante un rato permanecen en silencio, jugando con la baraja el espadachín y perdido en la vista de allende la ventana el poeta. Al cabo de unos instantes vuelve el poeta a la mesa donde continua barajando el napolitano, entrenando sus ágiles dedos en la suerte de los naipes.


- ¿Cómo llegasteis a conocerlos?


- ¿Qué decís? ¿A quién?


- A Arbante y Azogue. Vos sois extranjero y, perdonadme, no parecéis tener la instrucción que evidentemente tiene Arbante, que debe venir de una importante familia castellana por sus formas y talante. Azogue no parece tan distinguido, pero es hijo de un terrateniente aragonés, y de haber sido el primogénito hoy sería un hombre acaudalado. Ninguno pertenecéis al mismo ambiente. ¿Cómo llegaron tres personas tan distintas a ser tan íntimas?


El italiano permanece unos instantes en silencio, ordenando sus ideas. Deja sobre la mesa la desencuadernada, junto a varios pistolones cargados y los aceros de ambos. Se pierde su mirada más allá del poeta, en un lugar mucho más frío y hostil que su Nápoles natal.


Se ve de nuevo vistiendo las ropas de cuero de correo, adornadas con la roja cruz de San Andrés de las tropas de los Austrias. Algunos años más joven, permanece junto a don Ambrosio Spínola, comandante de los tercios italianos que combaten en Flandes, poco antes de ser ascendido, en virtud de su capacidad militar y, lo más importante en Madrid, su acaudalada familia, a capitán general de todas las tropas de la Monarquía en Flandes. Spínola ha ocupado el lugar del padre del napolitano, muerto en un ataque pirata turco sobre la costa de Nápoles, y lo ha llevado consigo en su meteórico ascenso en la milicia de los Habsburgo españoles.


“- Tres días hace ya que no recibo noticias de esa bandera castellana, la que guarnece Waalvijk. Dios quiera que no sea otro motín, aún faltan dos meses para que llegue sonante de la Corte. Ve allí e infórmate de porqué no atienden a mis órdenes. Y ten cuidado, el correo que envié ayer no ha vuelto. Perros españoles, perros holandeses, perra suerte y así...


“- Descuide, don Ambrosio. Un día para ir y otro para volver si encuentro caballos en las postas. Estaré de vuelta mañana por la noche si Dios quiere.


Se ve ahora cabalgando por las tierras de Flandes, siempre grises, como sus grises gentes. Se ve nacido para ese trabajo, orgulloso centauro, uno solo con el espléndido bayo que bajo él devora milla tras milla sin esfuerzo aparente. Siente de nuevo el primer asomo de miedo cuando encuentra la primera posta quemada, los dos soldados que la custodiaban clavados a las puertas, desangrados. Marcha ahora al paso, para encontrar saqueada la segunda posta. En ella encuentra al correo del día anterior. Joven, tan joven. Apenas un pilluelo lombardo que solo unos meses antes desvalijaba alegremente las faldriqueras de los señores de Milán. Ahora yace desmadejado sobre la mesa, la lengua cortada, las cuencas de los ojos vacías, las manos sin uñas, el vientre abierto que ha empezado ya a ser devorado por las ratas. ¿A qué tanto ensañamiento? La contraseña del día, sin duda. Vacila. ¿Informa a Spínola? ¿Acude a ver qué ha ocurrido con los cien españoles que guarnecen Waalvijk? Un rumor lejano le evita el tomar una decisión. El rumor de cien pares de botas marchando al compás que marcan las cajas de los tercios.


“ –Giuseppe Boromiro, correo de Spínola – vocea desde su agotado caballo a los soldados pequeños, hirsutos, morenos, que marchan en vanguardia -. ¡Llevadme ante vuestro capitán!


Lo conducen ante un gigante bermejo con coraza y morrión.


“- ¿Qué ocurre, italiano? ¿Don Ambrosio ha cambiado de opinión?


“- ¿Qué decís? Don Ambrosio no sabe nada de esta bandera desde hace tres días. Cree que permanecen de guarnición en Waalvijk.


“- No es posible, ayer llegó un correo con la orden de encaminarnos a los cuarteles de Spínola. Se marchó tan pronto como llegó, os debéis haber cruzado por el camino.


“- No sé quién dio esa orden, señor capitán. Pero al verdadero correo de don Ambrosio acabo de encontrarlo torturado y muerto. No seguís ordenes de Spínola.


El capitán empalidece. Sangre de Cristo. Cien españoles en campo abierto en Flandes, sin ninguna tropa cercana que sepa donde se encuentran. Y fijo que rodeados de herejes. Blasfema en buen castellano durante minutos, mientras la bandera lo rodea y mira con hostilidad al italiano, que parece portador de malas nuevas. Maldice el capitán la guerra inútil, la patria ingrata, el rey distante y el Dios indiferente. Entre reniegos e insultos ordena formar a la tropa. A paso ligero hacia el este, a los cuarteles de los italianos, los más cercanos en ese momento. Pero es inútil. Columnas de polvo primero, y tropas herejes después denuncian el destino de la bandera. Cercados por una artimaña del enemigo.


“- ¡Por los clavos de Cristo! Traen caballos corazas y nosotros al descubierto. A fe que todo está perdido. ¡Maldita sea mi suerte! Pero como Dios es Cristo que esta tarde vamos a dejar este país maldito lleno de viudas y de madres sin hijos. ¡Vamos, perros, hijos de mil padres! ¡A esa colina a la carrera!


Recuerda el italiano a la bandera deshaciendo la formación para alcanzar una colina que da una protección más simbólica que real. Al alcanzar la colina forman un cuadro instintivamente, en silencio, sin esperar órdenes. Los piqueros crean una coraza de espinas de veinticinco palmos para proteger a sus compañeros. En las esquinas las mangas de arcabuceros y mosqueteros, listos para hostilizar a los primeros herejes que lleguen dispuestos a barrer la compañía. Se encienden las mechas, se rezan oraciones, se recuerda a la madre.


“- Que Dios nos ayude.


“- Dios solo ayuda a los buenos cuando son más que los malos, infeliz.


“-¿Tienes miedo, italiano? No te preocupes, irás al infierno en buena compañía.


“- Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros...


“- Ahí vienen. Sacad el acero. Abatid las picas. ¡Aguantad!


Se refugian los mosqueteros tras los piqueros, extraen las espadas, esperan en silencio que los pesados jinetes holandeses rompan sobre ellos. ¿Bastará tan fina línea de picas para resistir el embate enemigo? Ahora dependen de sus compañeros con lanza. Ataviados de cobre y acero los coseletes tienden las picas. Cuando apenas unos pies les separan de los temibles jinetes estalla su grito al fin.


“- ¡Santiago! ¡España! ¡Santiago!


Parecería que con su grito pretenden frenar la carga rival. El sonido que viene a continuación no se puede olvidar. Cualquiera que lo haya sentido lo rememora en pesadillas, lo paladea de nuevo, con su sabor a bilis, cuando el vino o el aguardiente no consiguen ahogar los recuerdos. El estallido de las picas que se parten. El crujir de los huesos rotos de hombres y bestias al ser penetrados por el acero. Los relinchos de agonía de los caballos. El grito de hombres que matan o mueren.


Ve, con los ojos del recuerdo, como el cuadro flaquea, titubea, pero milagrosamente no cede. La ola holandesa no ha conseguido deshacer el cuadro. Pero a un alto precio, la tercera parte de los españoles ha caído. Entre los caballos moribundos, entre los heridos de ambos bandos se alza el vozarrón del capitán.


“- ¡Perros, despertad, moveos! Desde aquí veo llegar infantería y no hace falta ser general para saber que no son de los nuestros. Meted a los heridos en el cuadro, haraganes, sacrificad a los caballos que aún vivan y montad una barricada con los cadáveres. ¡Arbante! El alférez Torres ha caído, el estandarte es tuyo. Ponte su coraza y cálate el casco. Espero que no te importe el agujero de la frente... ¡Pasmados, ganapanes, rufianes! ¡Moveos de una vez! Si esos herejes nos cogen sin formar estamos aviados. ¡Sangre de Cristo, Aguirre! ¿Llamas a eso herida? Maldito afeminado, por vida de...


“- ¿Aún vivo, italiano?


Sonríe apenas ante el señor de Quevedo el napolitano, rememorando la enjuta figura, la blanca sonrisa que destaca en una cara sucia de tierra, sangre y pólvora del español que con el tiempo aprendería a llamar amigo.


“- Napolitano, si no os importa. ¿Siempre habla así?


“- ¿El capitán Leyva? Quizá su lengua le lleve al infierno, pero pronto se hará con el mando allí abajo. Berciano hideputa...


“- He aprendido de él algunas palabras nuevas hoy, español.


“- Aragonés, si no os importa – contesta con sorna su interlocutor -. Azogue, don Martín de Azogue. Os he visto manejar la espada antes. No os habéis conducido mal. Para ser italiano, claro.


“- Don Giuseppe Boromiro, don José, si lo preferís. Yo también os he visto. Buen esgrimista, aunque un poco tosco. Claro que a un español no se le puede pedir más.


Sonríen ambos con la que sospechan que puede ser su última sonrisa. Ante los vituperios del capitán, ante el redoble de la caja de la bandera avanza la infantería holandesa.


Fue un combate extraño. No tiene recuerdos de lo ocurrido, excepto la cicatriz de una moharra hereje, momento en el que su memoria se desvanece. Le faltan lo que ignora si son minutos u horas. Lo primero que vuelve a su recuerdo es el hedor. Hedor de sangre, de vómitos, de heces. Después viene el sabor. El sabor metálico de su sangre, que mana de los labios partidos por el golpe de la cazoleta de una espada. El tacto en forma de dolor, del hombro abierto por una pica, de la boca, del muslo izquierdo. Recuerda después las maldiciones del capitán Leyva, ronco de ira, aullando su bravura a un cielo impasible, a un mar de cadáveres. La voz de Azogue, que jura asombrado de estar aún vivo. El retumbar lejano de los cascos de la caballería ligera italiana, que pone en fuga a los holandeses que estaban a punto de barrer la bandera. Finalmente el primer recuerdo visual que tiene es la cruz de Borgoña, enseña de los tercios. Antes de caer desmayado por la pérdida de sangre recuerda la cara del portaestandarte fija en la suya. El rostro lampiño, serio, severo, de David de Arbante.



lunes, 17 de mayo de 2004

Colores


¡Corre! No, no corras. Ya te han visto, no puedes girarte. La documentación... Yo. Bolsillo interno del abrigo. Treinta y cinco años. Varón. Soltero. Abogado. Capitán licenciado. Cartera de piel, abultada, billetes... Yo no. Bolsillo interno de la americana Treinta y dos años. Varón. Casado, una niña y un niño. Seguridad del Estado, Inspector de la Policía Armada con grado equiparado al de coronel. ¿Yo? ¿Yo no?


- Documentación, por favor.


Deja traslucir un mínimo de miedo. Deja que se sienta cómodo, superior. Suaviza la voz. Encoge los hombros, ahora eres menos alto, menos fuerte, no amenazas su hombría.


- ¿Hay algún problema, agente?


- Documentación, por favor.


Yo. Bolsillo interno del abrigo. Saca los papeles con cuidado. Abre la cartera de forma que se vea lo abultado del billetero, sin alardes. El dinero es respetabilidad. Los desafectos son un montón de desarrapados que no tienen donde caerse muertos, eso dice la propaganda. Y tú eres respetable, sumiso. Sumiso a esas bestias que con sus armas encañonan la calle. Sumiso a la bestia mayor que ordena a estos chiquillos salir a la calle a encañonar al padre, al hermano, al amigo. Sumiso a esos señores grises que dirigen y controlan a las bestias.


- Gracias, continúe.


Asiente, agacha la cabeza, continúa. Agradece la merced de libertad vigilada que se te concede.


¿Qué ha ocurrido? Las cosas estaban mal, pero estábamos superándolo. En los últimos meses todo parecía indicar que estábamos saliendo del bache. Y de la noche a la mañana todo cambia. Mi emisora de radio favorita pasa a emitir marchas militares. Mi periódico preferido desaparece de los quioscos y en su lugar proliferan panfletos en los que aparecen los señores grises haciendo cosas negras y perjurando que son blancas, no hay nada como saber que Dios está de tu parte. Mi equipo de fútbol ya no juega, ahora son “desafectos”, una excusa para que los rebeldes se puedan reunir en masa. En el estadio se amontonan los jóvenes, y los no tan jóvenes, que según los señores grises o son delincuentes o han huido del país, llevándose la fuerza de trabajo y los conocimientos que el país les había entregado. Muy peligrosos, dicen, criados bajo el pernicioso influjo del presidente... del expresidente. Mis amigos me esquivan, temen el que en un tiempo yo vistiera el mismo uniforme que el señor más gris de todos, ese hombrecillo que de puro gris parece transparente. Claro que él ya era general cuando llegó para destrozar nuestra unidad y yo solo un capitán entre otros. Depurado como tantos otros que quisimos mantener nuestros colores, rojo, verde, azul... no nos plegamos al gris. ¿Otro control? ¿Tan juntos? ¿Qué ha ocurrido? ¿Quién soy ahora? ¿Yo? ¿Yo no?


- Caballero, documentación.


Este no es tan amable. El otro cumplía órdenes, no era más que un minúsculo engranaje de una máquina que no comprendía. Pero a este le gusta su trabajo. Yo no. Cuadra los hombros, yérguete en toda tu altura, mírale desde arriba, imposta la voz. Me mira con odio, odia mi abrigo, mi traje bien cortado, mis zapatos recién lustrados. Un resentido, un arribista que ve en el golpe una oportunidad para trepar, para elevarse. Golpéalo.


- Te estás equivocando, chico.


Duda. Hace semanas que un civil no le habla así. Y eso que solo es un cabo de infantería de marina. Pero duda. Por mi cabello ve que no soy militar, al menos en activo. Me ve muy confiado, sonriente. ¿Un político afín? ¿Un funcionario colaborador? Me va a encantar ver esa cara rastrera cuando le dé la documentación de Inspector del Estado. Le doy la cartera que guardo en mi americana. Se la doy, no la abro ante él. Acaba de verlo. Inspector de la Policía Armada. Enrojece. Su torpe cerebro intenta recordar a qué grado se asimila un inspector. Un sargento sería manejable. Incluso un subteniente. Pasa del rojo al blanco. ¿Capitán? Oh, oh…


- Coronel, chico. Coronel. Te recuerdo que aún no me has saludado.


- Sí señor. Perdone. No sabía... disculpe.


Sonríele, no pasa nada, se supone que estamos entre camaradas.


- No hay problema, cabo, continúe.


Ensucio la venia respondiendo a su desangelado saludo. Qué vergüenza, nunca habríamos permitido a alguien así entre nosotros. Supongo que por eso nos depuraron. Y por eso mis cazadores de montaña siguen allí, en mis montañas, en una frontera tan lejana como inútil. Controlando a vecinos indistinguibles de nosotros mismos. Donde no molesten, donde no puedan ser “contaminados por los desafectos”. Suficientemente lejos como para que cuando les lleguen los rumores de lo que aquí ocurre ya sea demasiado tarde.


¿Cómo llegamos a esto? ¿Cómo dejamos que los hombres grises nos dominaran? Quizá porque están por todas partes, porque casi todos nosotros tenemos un hombrecillo gris dentro. Y que Dios nos guarde de los puros de color. Porque rojos y azules nos anulamos entre gritos de traición. Y los verdes, dubitativos, oscilantes entre unos y otros, tan fáciles de captar por los grises. Y resulta tan sencillo alimentar a ese hombrecillo gris interno. Pequeñas concesiones. Pequeñas debilidades. Pequeños hurtos, trampas, vergüenzas. Es solo una cuestión de tiempo, de pequeños pasos que llevan a grandes traiciones. Es tan fácil justificarlas. Dios, Pueblo, Patria. Memeces. Pasto para hombrecillos grises, argumentos universales para borrar los colores. Pero quiero una casa más grande, un coche más rápido, ropa más cara, mejorar mi estatus. Y digo pequeñas mentiras, hago pequeños robos, defraudo a pequeña escala. Y mi tolerancia aumenta con cada falta. Cada vez la mentira es más sangrante, el robo es mayor, el fraude más escandaloso. Y ya soy un hombre gris.


Están en todas partes. Han ido creciendo en tiempos de crisis. Medrando, copando los resortes del poder. Y los que están debajo observan y aprenden, en el mejor de los casos, desanimados, olvidan sus colores, en el peor copian el gris de sus superiores. Se denuncia al amigo, al hermano, al padre. Y los más salvajes entre ellos, las bestias, matan, violan, torturan.


Por fin en casa, en esta casa que no reconozco como propia, tan lejos de mis montañas. Una cena rápida. Cambio de ropa, algo más deportivo, pero igualmente elegante, el estatus es un arma, al menos en ciertos ambientes. Esta noche se reúne mi célula, por fin daremos algunos pasos. Hoy veremos qué puede aportar cada uno. Yo puedo aportar mi experiencia militar. Conseguir acceso a algunos lugares donde se pueden encontrar viejos amigos atrapados por esta locura. Amistades, conexiones, puentes entre diversas capas.




Qué amarga la derrota. Y más cuando no se debe a tu falta de fuerza, de habilidad, de inteligencia. O frente a un enemigo superior. No, triste derrota, debida a un enemigo tan antiguo como el hombre. Judas, Efialtes… No faltan ejemplos. ¿Por qué nos ha vendido? ¿Cuáles han sido sus treinta monedas de plata? ¿Serán suficientes para olvidar la imagen de sus compañeros en el potro? Porque han recompensado su traición trayéndolo a los sótanos de este maldito estadio para ver qué ha hecho. Cómo las bestias han quebrado a sus compañeros que han perdido hasta el ánimo para escupirle a la cara, en esa cara patricia, de rasgos tan nobles que hacían imposible imaginar la traición en su alma. Si sabe lo que le conviene ahora será un miembro fiel del nuevo régimen. Porque si una voz, un atisbo de color, escapa de esta antesala del infierno y llega hasta las montañas… Qué más puedo pedir ahora, con el cuerpo desecho, cuando las bestias me liberan de las cadenas y me arrastran sobre mis piernas rotas para someterme a otra sesión interminable de preguntas, que esperar que una voz de lo que aquí ocurre llegue pronto a mis montañas. Que bajen mis cazadores y se unan a la gente que aún resiste al gris, que limpien todo esto y que de nuevo brillen los colores. Pero para mi es ya tarde. Pronto habré muerto… O me habré vuelto gris.



Madrid-Esplugues del Llobregat, 17 de mayo de 2004

miércoles, 11 de febrero de 2004

Partimos



Partimos. Porque llegó el que había sido cantado, el que porta consigo la luz de antaño y la esperanza futura. Llegó cuando ya no se le esperaba, cuando creíamos que para siempre estaríamos separados de nuestros parientes de más allá del mar. Porque rogó por Elfos y Hombres, una sola raza bajo la pesada bota del Morgoth.


Partimos. El Maestro Artesano ha bendecido nuestras armas, el Rey Supremo nuestra empresa. El Juez Mayor nos da su venia y levanta la Prohibición. Tulkas conduce, Eonwë comanda. En la costa blanca de perlas los Flautistas aprestan sus naves, que nos llevarán más allá del Gran Mar. Nuestros dorados primos forman sus ordenadas compañías. Nuestra gente, enardecida por el destino de nuestros hermanos, vacía Tirion sobre Túna.


Partimos. Porque hace ya demasiado tiempo que partieron nuestros parientes, nuestras gentes, arrastrados por mentiras y verdades que preferimos olvidar. Porque aquellos que se separaron de nosotros en el Gran Viaje no pueden permanecer sojuzgados por el Enemigo. Porque el Marinero nos ha hablado de la belleza y la fuerza de los hombres mortales, de su promesa de gloria futura, y ansiamos correr en su ayuda. Porque también el Maestro Artesano, a quien amamos, teme por la suerte de sus hijos.


Partimos. Porque hemos conocido en nuestra propia carne las mentiras del Enemigo, conocemos sus mañas, y nos resultan odiosas. Porque somos los Noldor, capaces, fieros, arrogantes bajo la égida del Rey Mayor. Tomamos para nosotros la tarea de derrotar a los ejércitos del Enemigo, a sus bestias e ingenios de guerra. No tememos a orco, balrog o dragón; donde una criatura clame por la luz, acudiremos.


Parto. En busca de mi hija, de mis sobrinos, de mis parientes nacidos en Beleriand. De aquellos que aún viven pues el Marinero me ha hablado del destino de mis hijos... Volveremos a encontrarnos, hijos míos, sea en Mandos o en Valinor, pero a la Montaña Blanca pongo por testigo de que pronto seréis vengados. Dice también el Marinero que siete heridas grabó mi hermano en la cara del Morgoth antes de morir. ¿Seremos nosotros menos? Si es voluntad de Eru, si así ha sido cantado, lo que Fingolfin empezó lo acabaremos nosotros.


Mira, noldo, la bahía de perlas, cuajada de velas blancas, de níveos cisnes que nos llevarán más allá del mar. Mira como las Compañías Doradas atraviesan el Calacirya, descendiendo hasta las playas. Allí nuestras propias compañías me esperan, aguardan a su capitán, a su rey. Bajo los estandartes blancos el ejército de Valinor parte, tras miles de años, a la guerra.


Aguantad aún, hermanos. Aguanta, hija mía. Ya partimos.



Esplugues del Llobregat, 11 de febrero de 2004

miércoles, 19 de noviembre de 2003

Nace un canto


 

- ¿Y ahora, hermano? Decide tú, yo ya no puedo más. Todas las decisiones que tomo nos conducen a la ruina. Estoy tan cansado...

 

El interpelado deja de contemplar el mar, desvía su atención de esa música que lo ha maravillado desde niño,  abandonando la eterna melodía que siempre se dibuja en sus labios. Mira ahora a su hermano, a la ruina física en que ahora se ha convertido. No puede menos que compararlo con el orgulloso jinete que una vez soñó con conducir a todos los pueblos libres contra el Morgoth. Ahora es solo una sombra de dolor, una caricatura apenas del que había nacido para reinar sobre los Noldor. Aún en pie, es cierto, pero encorvado sobre el pecho, donde su única mano acuna el silmaril que, rebelado, quema su carne.

 

Cruzan sus miradas. El mayor, que aúna lo que de bueno y cabal había en el padre. El segundo de los hijos, el más parecido en modos y capacidad a la perdida Nerdanel.

 

- ¿Cómo llegamos a esto? Por más de quinientos años del sol peleamos en estas tierras para cumplir el juramento de padre, nuestro juramento. Hemos hecho lo que hemos podido, Eru es testigo. Hemos matado a orcos y bestias del Enemigo. Por Taniquetil, hasta hemos matado gentes de nuestra propia raza. Y hombres. Y enanos. Hemos traicionado y hemos robado. Por más que nos hemos esforzado nunca conseguimos nada. La única espada de los noldor que irió al Morgoth la empuñó Fingolfin. La única joya que recuperamos la obtuvo una elfa silvana. Y un hombre mortal.

 

-         Tú mismo lo has dicho. Llegamos hasta aquí por la traición, el robo y el asesinato. Ahora tenemos los silmarils. ¿Y qué? Las joyas saben que nuestras manos están manchadas y queman nuestra carne. Ahora que cumplimos el juramento nada hay en esta tierra ya para los hijos de Fëanor. Nada. Y más allá tampoco.

 

Un escalofrío recorre la espalda de Maglor al oír tanta amargura en la voz de su hermano. Vuelve su mirada al mar, buscando consuelo. Poderoso como es para el canto, puede a veces vislumbrar los retazos de la Gran Canción que en el murmullo de mar quedaron. Más aún cuando ahora, en sus oídos, el mar llora el destino de los hijos de Fëanor. Y el vello de su cuerpo se eriza cuando oye, cuando ve, cuando siente el destino de su hermano, y el suyo propio.

 

-         ¿Volveremos a vernos, hermano? – se alza de nuevo, teñida de dolor y pena, la voz del mayor -. ¿Nos encontraremos en Mandos? ¿Veremos a padre?

 

-         No creo que la sangre que ensucia nuestra alma pueda lavarse antes del fin, hermano – responde, conteniendo a duras penas las lágrimas -, si es que ha de haberlo. Recuerda la voz del Hado: “y encontraréis escasa piedad, aunque todos los que habéis asesinado rueguen por vosotros”. No, creo que ni siquiera entonces.

 

Calla, sacudido por los sollozos. Se cubre la cabeza con la capucha, busca el consuelo del mar. Recuerda el destino que ha entrevisto, se pregunta si hay salvación, si no para él, para su hermano. Se da cuenta de que su hermano ya no está junto a él. Comienza a incorporarse, rugiendo su nombre. Y cae. Gritando en agonía rueda por la playa de fina arena hasta alcanzar el mar. Ha visto alzarse la columna de llamas que ha acabado con el, excepto por sí mismo, último de su estirpe; siente como se quema la carne, se encoge, se marchita... y como finalmente el alma, liberada, parte. Adios, hermano.

 

Solo, como nunca lo ha estado, el príncipe noldo llora. No lamenta la muerte del que ha partido, si no la separación que, sabe, será larga, larga incluso para un elfo. Se incorpora despacio y comienza a caminar, sus pasos se dirigen al sur. Camina siguiendo la línea de la costa, y al pasar un promontorio divisa, sentado en la arena de una pequeña cala, a un individuo solitario. Le basta con verlo para percibir su increíble poder, un poder conocido desde antiguo, que volvió a sentir poco antes, cuando la flota de barcos-cisne trajo el ejército de Valinor. Descansa el vala, sentado, el agua acariciando los poderosos miembros, la mirada vuelta hacia el oeste. Se acerca el elfo, inclinándose ante el más valiente entre los suyos.

 

-         -Mi señor.

 

La dorada cabeza gira, los ojos se clavan en el elfo, centellean brevemente en disgusto.

 

-         No aprendiste esos modos en Valinor, Makalaurë, nunca te inclinaste para entrar en mis salones en Valmar. ¿Dónde vas, elfo?

 

-         Lo ignoro, mi señor. Al sur, lejos, creo. Solo quiero alejarme de la tumba de mi hermano.

 

-         Tu hermano, muerto. Lo lamento.

 

Ambos permanecen en silencio unos instantes, la mirada perdida en el horizonte.

 

-         Lo lamento, aunque no puedo decir que me sorprenda. Antes de zarpar... Bueno, conocía su destino, al menos algunos de los posibles. Y los tuyos. ¿Sabes qué te espera más allá de esta playa?

 

-        -  Lo sé.

 

-         Y aún así sigues caminando – suspira-. Mi esposa esperaba que volvieras con la flota. Añora tu canto, ¿sabes?

 

- Si estuviera en mi mano cambiar tu destino lo haría – continua el vala, ante el silencio del elfo -. Pero no puedo torcer el juicio del Heraldo. Lamento la pérdida de tanta belleza, de las canciones que aún están por venir.

 

-         Mi señor. El silmaril quema mi mano, mancillada. Ya hemos cumplido el juramento, podemos disponer de ellos. Tomadlo, mi señor, llevadlo a Valinor, entregadlo a la bella Nessa, que adorne su frente. Que la belleza de la obra de mi padre vuelva al Reino Bendito, ahora que una joya está en los cielos y la otra se ha perdido en la tierra.

 

Duda el vala. Contempla el silmaril, la ultima joya de Fëanor, que brilla con una luz ahora perdida. Vuelve a ver la luz de los Árboles, recuerda a Nessa bailando bajo la luz mezclada de Telperion y Laurelin, impulsada por el canto de Maglor. Sería tan fácil tomar el silmaril que le ofrece el noldo. El pecado de orgullo del padre lavado por el hijo. Pero no es ese el juicio del Heraldo ni, por ende, del Rey Mayor. Lamenta la pérdida de tanta belleza, siente un conato de rebeldía que pasa rápido, como siempre en él. Así se ha cantado, y así será, las joyas del elfo no volverán a brillar hasta el final. Niega con la poderosa cabeza, suavemente, como si temiese dañar con ello al elfo. Se encoge este, como si hubiese recibido un golpe. Su último intento para burlar su destino, fallido. Sabe lo que tiene ante él, la joya parece arder en su mano con mayor intensidad, quemando la carne. Con un grito en el que se mezclan la rabia y la pena arroja lejos de sí la joya, lanzándola al mar.

 

-         Descanse en el fondo del mar. Queda ahora más allá del alcance de los hijos de Ilúvatar, o aún de mis hermanos. Pero sé que volveré a verlo. Y que entonces volveré a verte, Makalaurë, y que mi esposa volverá a bailar al son de tu canto, que entonces alcanzará la belleza de las obras de tu padre.

 

-         -¿Me dais esperanza, señor?

 

-         Amarga, en todo caso. Caras pagarás esas canciones, me temo, como dijo el Rey Mayor. Un pago que se me antoja excesivo. Sabes que tu destino no es Mandos, que expiarás tu pena en esta tierra.

 

-         -Lo sé.

 

-         Y aún así, repito, sigues caminando. Nunca llegué a entender el propósito de Ilúvatar con respecto a sus hijos, mi papel en la Gran Canción era otro. Pero saludo tu valor, elfo.

 

El sonido de un millar de cuernos de plata, a lo lejos, interrumpe al vala, que se pone en pie. Apoya la diestra, hercúlea, sobre un hombro del noldo.

 

- Debo dejarte, la flota se apresta y el Heraldo llama a embarcar  a los que deben volver al Reino Bendito.

 

-         -Adios, señor, llevad mis respetos a la señora Nessa.

 

-         Su bendición te acompaña, elfo. Y la mía, en lo que valga. Volveremos a encontrarnos, Makalaurë.

 

-         -Volveremos a encontrarnos.

 

Parte el vala, mientras el elfo contempla como en la distancia las blancas velas de la flota teleri se dirigen al oeste hasta que la última nave-cisne se pierde en el horizonte. Reanuda su camino entonces, siempre hacia el sur, la mano derecha, herida, sobre el pecho. Camina, comienza lo que sabe que será un sendero prácticamente infinito, lleno de dolor y recuerdos. Y mientras camina canta, vuelca su memoria a la música. El mar,  fascinado por las palabras del cantor, se une en reverencia a la voz del elfo. El viento, sojuzgado por la belleza de la música, corea las palabras de este. Y así, mientras verso a verso el Noldolantë nace a este mundo, el más poderoso bardo que jamás cruzaría las tierras mortales desaparece de los cantos.

 

 

 

 

Esplugues del Llobregat, 19 de noviembre de 2003.

 

 

viernes, 5 de septiembre de 2003

Aikanár

Mandos, la Casa de los Muertos. Por sus salas infinitas pasean los elfos caídos, aquellos que, inmortales, sucumbieron por la espada, por tormento, por pena. Pero hay algunos que no deambulan por las mansiones sin fin. Entre ellos hay uno que permanece sentado, perdido en el sueño lúcido de los elfos. Tan grande era su dolor que se cuenta que el propio Mandos, apiadado, lo condujo un tiempo a los jardines de Nienna, su hermana. Las lágrimas de la Señora de la Compasión, su melancólica compañía, limpiaron el alma del noldo, haciendo brillar de nuevo la que fuera la afilada llama de los Noldor. Aún el elfo continúa sentado en Mandos, pero ahora aguarda con anhelo. Sueña, recuerda, y a veces sus labios musitan una sola palabra.


* * *


- ¡Aguantad! Aún no, aún no...

Un centenar de elfos noldorin esperan el arrollador empuje de una horda de orcos en las estribaciones septentrionales de Dorthonion, lejos de los bosques que ahora ocupan los hombres. Sorprendidos al despuntar el día, la compañía se ha trabado en combate sin esperarlo con un fuerte contingente orco.

- ¡Ahora!

Cien arcos cantan y las primeras filas de los orcos se desintegran. Pero son muchos, demasiados, y las siguientes filas pisotean los cuerpos aún palpitantes de sus camaradas a la caza del odiado enemigo.

- ¡Abandonad los arcos! ¡Desenvainad! ¡Fila doble!

Con la rapidez de los soldados fuertemente disciplinados los elfos forman instantáneamente una fila doble de espadachines contra los que se estrella la negra ola orca. Son tropa escogida, una compañía de los Guardias del Sirion. La primera luz que vieron sus ojos fue la de los Árboles en Valinor, y esa luz les imprime una fuerza que no puede doblegar ningún orco surgido de las profundidades de Angband. Pero el primer sonido que escucharon sus oídos fue el rumor del agua sobre las playas de perlas de Eldamar, y por ello, de entre los Noldor consagrados a Aulë, prefirieron ellos a Ulmo, señor del Piélago. Desde que llegaron a Beleriand se consagraron a la defensa del Sirion, amado por el rey del mar. Pero en esta mañana de sangre se diría que la oscuridad barrerá a la luz, pues los esbirros del norte multiplican varias veces el número de los elfos. Solo la fuerza de la masa los obliga a retroceder palmo a palmo, muerto a muerto. Hasta que Aegnor da la orden que todos saben previa a la derrota.

- ¡En círculo, hermanos! ¡Formad en círculo! ¡Angrod, clava el estandarte!

- ¿Caeremos aquí, hermano? – pregunta el más joven de los hijos varones de Finarfin, Angrod – No temo a la caída, pero ¿debe ser así? Sin bardos que canten nuestra historia, sin...

- ¡No! – una llamarada de furia estalla en los ojos de Aegnor, su frente parece adornada por una brillante joya - ¡Mayor es nuestro destino! ¡Fuerza y valor, amigos míos! No caeremos en esta mañana ¡Noldor, Sirion!

Los orcos vacilan, la simple fuerza del número no basta ante aquellos que han cruzado el Hielo, que han visto los rostros de los Poderes. Llegan bestias de guerra, llegan Capitanes de Angband. Lo que era una simple escaramuza se torna batalla. Carga tras carga se da contra el anillo de hierro de los Noldor. Carga tras carga el anillo se reduce, se hace más pequeño... pero no cede.

- ¡Hermano, mira al norte!

Angrod, el portaestandarte, señala a septentrión. Aegnor palidece. Una poderosa columna de polvo se alza en la asfixiante Anfauglight. Y al verla la llama de Aegnor vacila, pues nada bueno para un noldo puede llegar, a través de la polvorienta llanura, del tenebroso norte.

“Se desplaza rápido, probablemente sean jinetes de wargos. Aquí acaba todo, entonces. No habrá canciones, hermano. Ningún bardo cantará tu risa, tu apostura. Finrod, Orodreth, Galadriel, hermanos, no nos olvidéis. No deshonraremos la sangre de Finarfin.”

- ¡Hermanos! Ya veis lo que llega del norte, parece que el crepúsculo llegará antes hoy. No esperaremos a ser arrollados por esos refuerzos. No seremos cazados uno a uno. No seremos esclavos en las minas del Morgoth. A mi orden, punta de lanza y hacia el norte. Esta noche se hablará de nosotros en Angband con miedo y respeto. Si he de partir, no puedo elegir mejor compañía, amigos míos. ¡Volveremos a reunirnos en Mandos!

Un grito se alza de las gargantas de los elfos. ¡Te veré en Mandos, hermano!

Los Noldor forman una cuña que se hunde profundamente en las sorprendidas filas enemigas, dejando un río de muertos a sus espaldas. Tal es su ímpetu, su fuerza, que está a punto de romper el cerco que los rodea. Pero, como no puede ser de otra forma, la lanza élfica pierde fuerzas y se detiene. Sin ordenes, instintivamente, forman de nuevo un círculo bajo la marea negra que los asedia. Todo parece perdido.

Pero un sonido, puro como la plata, se alza en el desolado norte. Como un dardo de luz penetra en la noche del griterío orco y la disipa. Centenares de voces que cantan un himno de guerra que habla de esperanzas nuevas, de fuerzas jóvenes que el Oscuro no podrá torcer.

- ¡Atani! ¡Son atani! Resistid aún, hermanos, son las doradas gentes de Hador.

La tormenta, el empuje de los hombres, se abate sobre los sorprendidos orcos. Cantando, cantando siempre. Cantan mientras desbaratan el ejército orco, mientras los Campeones entre los hombres retan y matan a los Capitanes de Angband, mientras persiguen y aniquilan a la masa en retirada.

- ¿Nunca has visto un ejército de hombres, elfo?

La que habla es una jinete, bella como el crepúsculo, morena como dorados son sus compañeros. Con alegre desparpajo se dirige al asombrado Aegnor, que apoyado sobre su espada contempla como los jinetes mortales barren al enemigo hasta el horizonte.

- ¿Quién sois, señora? Llegáis con la fuerza del viento del oeste, que dispersa ante sí la oscuridad. ¿No me diréis vuestro nombre?

La mujer ríe. Es para el elfo un sonido nuevo, contiene la pureza de la plata, recuerda a Telperion. Y el sonido de su risa, como un dardo, se clava en el corazón del elfo. Aún no está herido de muerte, pero ha abierto el camino a futuras saetas.

- Se cuenta que los elfos conocen el nombre de todo lo que crece bajo el cielo – dice la mujer mientras hace caracolear su caballo ante el sonriente noldo –. Adivínalo, elfo.

Angrod llega corriendo para informar a su hermano, pero se detiene ante la escena que observa.

- ¡Aegnor! He reunido a los guardias, yo...

- Aegnor... el Guardián del Sirion – la mujer ha detenido su caballo, mira fijamente al elfo -. Parece que los orcos iban hoy de caza mayor.

- Señora, estoy en desventaja y soy vuestro deudo. Conocéis el nombre que me da mi gente y habéis salvado mi vida. ¿Quién sois?

- Andreth, elfo... Aegnor. Andreth, hija de Boromir, señor de Ladros, de las gentes de Béor.

- Mis guardias y yo mismo os debemos la vida, Andreth de Ladros. ¿No aceptaréis, vos y los que os siguen, la hospitalidad de la fortaleza de Tol Sirion? – la mujer permanece en silencio, observándolo. Ha encontrado algo en los ojos del elfo, que ha adoptado un tono falsamente indignado - ¿Acaso se han endurecido los corazones de los hombres desde que los encontró mi noble hermano? Bëor aceptó la hospitalidad del Desbastador de Cavernas, ¿no la aceptará una de los suyos de su pobre hermano?

De nuevo suena en el norte la risa de la mujer.

- No comando estas compañías, Aegnor de los Noldor. Nos desviamos de nuestro camino cuando nos avisaron de lo que ocurría nuestros exploradores, pero se nos espera en los salones de mi padre, en Ladros. Nuestros caminos se separan aquí, a lo que parece.

- Quizá volvamos a encontrarnos.

- Quizá.


* * *



“¿Qué cosa nueva son estos Hombres? Finrod fue el primero en encontrarlos y dice aún no entenderlos. Débiles y grotescos, de mano torpe, se ha dicho en la Torre que son. Estúpida ignorancia o viles mentiras, artimañas sin duda del Enemigo. En la mañana en Dorthonion he podido contemplar vuestra fuerza, vuestra belleza. ¿Qué son los Hombres? ¿Quién eres, Andreth?”

“¿Qué luz brilla en los ojos de los eldar? ¿Habrá alguno entre los Sabios capaz de explicarlo? Nunca antes los había visto, salvo algún fugaz mensajero avistado en la casa de mi padre. Tan fuertes y bellos; destinados a vivir para siempre, dicen. ¿Qué brilla en sus ojos? ¿Acaso esa luz brilla en los ojos de todos los elfos? ¿Qué es esa llama en tus ojos, Aegnor?”



* * *


Sus vidas se separan durante un tiempo. Aegnor comanda los elfos que guarnecen el paso del Sirion, los guardianes del río, su vida es la guerra contra el norte. Andreth ha vuelto con los suyos, su mente se vuelca hacia la búsqueda del conocimiento. Pero ambos padecen del mismo mal, la melancolía se ha adueñado de sus vidas.

Aegnor descuida familia y amigos. Es Angrod quien se hace cargo de la Torre de la Guardia sobre Tol Sirion, ante los silencios de su hermano. Finalmente, Finrod Felagund acude al norte. La ribera del Sirion es testigo del encuentro de los hijos de Finarfin.

- ¿Qué ocurre, hermano? Hasta Nargothrond han llegado los rumores. Se dice que abandonas tus obligaciones, que descuidas la defensa. Entre todos los miembros de nuestra familia el más cercano a los pensamientos del Señor del Piélago eras tú. Por amor al mar te consagraste al Sirion, tan caro a Ulmo. ¿Y ahora, Aegnor?

- No soy un perjuro, hermano... Sigo aquí...

- Me habían dicho que te habías convertido en una sombra de lo que antes fuiste, y por lo que veo no me engañaron. ¿Dónde están tu fuerza, tu risa? ¿Dónde la llama que antes te iluminaba? ¡Despierta, hermano!

- Mi llama cabalgó al este.

Los ojos de Aegnor vagan por la orilla, bañada de oro y plata en el ocaso. Las aguas del Sirion acarician las riberas, donde el viento canta una canción eterna entre los juncos, uniendo en un solo lugar la magia de tres Poderes. ¿Cuántas veces antes se alzó la voz de Aegnor en la noche, saludando la imagen de la luna sobre el río? Hace meses que el Sirion no oye el canto de su defensor, la alabanza de sus aguas, el orgullo por su poderoso caudal, la envidia de su curso que llega al Gran Mar. Pero ahora al canto del Gran Río se suma la voz del Felagund, poderosa, llena de matices. El Señor de las Cavernas entona una canción de pena por un amigo perdido. En la voz de Finrod hay una magia extraña, combinación de fortaleza y belleza, aprendida junto a los Valar en el tiempo antes del sol y la luna, cuando los dos Árboles bañaban el Reino Bendito con su luz. Esa magia penetra en el corazón de Aegnor, curando, reforzando. Y ante el Felagund la llama de los ojos de Aegnor renace. Quizá no con la fuerza de antaño, pero ahora es más bella, tiene una profundidad que antes no poseía. Su voz, llena de nuevo, se alza en la noche.

- ¿Recuerdas la Profecía del Norte, cuando abandonamos Aman? ¿Cuando Mandos nos cerraba el Reino Bendecido? Al final sentí sus ojos fijos en mí, cuando habló de nuestro fin antes de que llegase “la raza más joven”.

-Oscuras eran las palabras del Hado, y no puedes pretender que se dirigiera a ti en exclusiva. La raza más joven ha llegado y no obstante la fuerza de los Noldor es mayor que nunca.

- La mía no lo es, hermano. Tú has vivido con hombres mortales. Has visto como se agostaban, su prematuro final.

Es ahora Finrod el que se pierde en sus pensamientos. Se ve a sí mismo cargando contra el enemigo junto a Bëor de los Hombres. Cantando rodeado de mortales. Y finalmente se ve junto al lecho de muerte de Bëor.

- Solo cuarenta y cuatro años, hermano. Tan solo cuarenta y cuatro años del sol estuvo Bëor de los Hombres a mi servicio. No puedes imaginar lo que significa ver a alguien amado en un lecho, agotado, con las fuerzas de un niño. Por mucho que esa sea su naturaleza es duro, muy duro. Extraño don el de los hombres mortales, si don es. ¿Por qué esa preocupación?

-Hay una mujer...

- ¿Una mujer mortal? Hermano...

- Escucha. ¿Qué sentiste la primera vez que encontraste a los hombres?

Finrod calla mientras prosiguen su paseo. De nuevo se sumerge en sus recuerdos. La espesura en Ered Luin, al norte de Ossiriand. Las voces jóvenes que cantaban en torno a una hoguera. Sus propios sentimientos le asaltan como le asaltaron entonces.

-Lo sabes muy bien. Amé a los hombres desde el primer momento en que los vi. Pero amé a los hombres como amé la luz cuando mis ojos se abrieron por vez primera, como he amado las obras más bellas de Eru. Hermano, los años de los mortales pasan pronto. Pronto se apagan, se marchitan, y su belleza deja esta tierra para ir a un lugar que no conocemos.

- Puedes entender lo que siento, entonces. ¿Será menor la belleza por ser breve en el tiempo?

- ¿Y después? ¿Los largos años sin ella? ¿Y los años en los que ella se agoste? ¿Será ese el recuerdo que atesores? ¿Mantendrás para siempre el recuerdo de su lecho de muerte?

- Al final...

- No se nos ha revelado como será el final, si ha de haberlo. ¿Se impondrá el Morgoth definitivamente? ¿Se levantará la prohibición de volver al oeste? No sabemos cuál es el destino de los hombres más allá de la muerte, solo que no nos encontraremos en Mandos. Es posible que no volváis a veros. Dispondrás de toda la eternidad para recordar sus últimas horas. Piensa en ello, hermano.




* * *


Las estaciones se suceden. Aegnor ha recuperado el mando de los Guardianes del Sirion, aunque ahora, desesperado, busca la muerte en la batalla contra el Morgoth. Como el renombre de Aegnor aumenta el de Andreth, sabia entre los hombres, tal es su fama que el propio Finrod llega a conocerla y apreciarla durante los largos encuentros que mantiene con ella en ocasiones. Saelind, corazón sabio, la llama el Felagund, por no nombrar a aquella que tanto ha perturbado a su hermano. Alcanzan ambos tal grado de melancolía que por fin, contra su propio consejo, accede Finrod a reunirlos.

Un encuentro se ha dispuesto en la Laguna del Crepúsculo. Esperan ambos que allí, en un lugar santificado por Melian la Maia, puedan encontrar una salida. Cabalga hacia allí Aegnor, llega con la salida de la luna para encontrar un pequeño campamento y en él a la mujer mortal que nubla su pensamiento desde hace años. Caen uno en los brazos del otro.

Junto a las aguas del Aeluin se encuentran, por fin, ambos, y hasta el destino parece detenerse ante la que parece la primera unión entre los hijos de Ilúvatar. Pero algo los contiene, y, con un sollozo, el destino pasa de largo. Muy poco tiempo hace desde que elfos y hombres se han encontrado en el norte, donde Melian y los Noldor han llevado en cierta manera el brillo de los Árboles. Demasiado fuerte es ese brillo en los ojos de los primeros nacidos que llegaron a verlos, y los hombres aún no han alcanzado la dimensión que alcanzarán en años venideros. Dos generaciones de hombres habrán de sucederse todavía antes de que surjan los más bellos entre los hijos de Ilúvatar.

Ellos aún lo ignoran y, abrazados, se dirigen a la orilla de la laguna. Allí, sobre la superficie de plata, ve Aegnor la imagen que lo acompañará durante años incontables en Mandos. Enredada en el cabello de Andreth brilla resplandeciente , haciendo que el Valacirca, la hoz de estrellas que Varda Kementári echó a rodar en desafío al Morgoth, sea una diadema coronando los cabellos de Andreth.

¿Qué hacer? Demasiado bien comprende Aegnor el abismo que los separa. Tiempo de guerra, en el que los elfos difícilmente toman pareja, pues aunque la fuerza de los hijos de Ilúvatar cerca Angband los más esclarecidos entre ellos saben que poco menos que imposible es la victoria contra el Vala de Hierro. Enturbiada su llama para siempre, desgarrado entre su amor por la mujer y la lealtad a los suyos, sabiendo que para protegerla debe separarse de ella, rompe el abrazo Aegnor. Pronuncia palabras que en un mundo sin el Oscuro habrían sido sabias, pero que en Arda maculada se clavan como puñales en los corazones de ambos. Se separan apenados, culpando ambos al Morgoth de su doliente destino. Dos pares de labios susurran unas palabras al despedirse.

Estel, amor mío.


* * *


Los años siguen su paso. Aegnor ha vuelto a la guerra para, cumpliendo su voto al Sirion, buscar la liberación que solo una espada puede darle. Con más fuerza que nunca defiende sus amadas orillas, buscando siempre las ocasiones de mayor peligro. Desde el encuentro con Andreth su llama ha cambiado, ahora es roja como la sangre y fría como la ira que ha ocupado su alma, ahora que esa es la única emoción que puede permitirse. Ya no ilumina a los suyos, apenas alcanza para mantener un mínimo de calor en su interior. Golpea a las criaturas del Morgoth, poniendo en cada golpe toda su fuerza, que a su pesar no le alcanza para disminuir el abismo que le separa de Andreth. Ella ha vuelto a Ladros. Se integra en el grupo de los Sabios, y entre sus conocimientos busca el olvido de su destino. Cuanto más aprende, más se convence de que fue el Morgoth el culpable de las diferencias de Elfos y Atani y tanto más aumentan su rabia y su desesperación.


* * * (1)


Invierno en Angband, un invierno que no acabará, salvo una breve primavera, hasta que se alce una nueva estrella. El pueblo de Bëor, derrotado como todos los pueblos libres tras la batalla de la Llama Súbita, perdido el señor Bregolas, sin noticias del señor Barahir, se hacina en campamentos camino de Hitlum, arrojados del señorío de Dorthonion. Andreth se afana entre los heridos, prodiga palabras de consuelo e intenta mitigar la pena de su gente por los caídos, aunque su propia pena la embarga, pues aunque no ha recibido noticias del frente oriental presagia lo peor.

En una mañana de lluvia una pareja de elfos alcanza a los refugiados de Ladros. Preguntan por la hija del señor Boromir, dicen ser portadores de noticias del Felagund. Son conducidos a un bosquecillo cercano, donde ha acudido la señora buscando hierbas que puedan sanar a su pueblo.

Encuentran a Andreth recostada contra una vieja haya, cuya corteza, cuarteada por el paso de muchos inviernos, parece abrazar a la mujer, cercana a la ancianidad según el tiempo de los hombres.

- ¿Sois Andreth de Ladros, la que llaman Saelind? – pregunta con voz dulce uno de los elfos, una elfa silvana, la hermosa cara cruzada por varios surcos de sangre coagulada y recogido contra el pecho un brazo entablillado.

La anciana levanta su vista hacia los elfos, todo su cuerpo parece estremecerse cuando distingue el bulto que porta el compañero de la elfa, un noldo. En su diestra, envuelta en un paño de seda atado con una cinta negra, vislumbra el puño de la espada de Aegnor.

- Ay, ay. El viento del Norte apagó tu llama, amado mío. ¿Estabais vosotros allí, lo visteis caer? ¿Cómo pudo ser así? ¿Cómo, si otros lograron salvarse?

El elfo, con una pierna rígida que le obliga a avanzar renqueante, se inclina con dificultad ante la mujer, entregándole con ambas manos el fardo que porta. Lo toma la mujer, deshace los nudos que forman la cinta negra, extrae la espada. La abraza mientras contempla su envoltorio, la bandera azul y verde de los Guardias del Sirion, que por la magia que aquellos trajeron de Valinor parece cambiar de tonalidad ante los ojos de los reunidos, como cambia el color de las aguas del río. En un margen destacan las siete estrellas del Valacirca, siete perlas de Alqualondë, agregadas por Aegnor años atrás.

- La brillante llama de los Noldor cayó en el norte, señora, como todos los Guardias del Sirion, cumpliendo el juramento de que mientras ellos vivieran ninguna bestia del Enemigo mancillaría las orillas del Gran Río – dice la elfa sentándose con dificultades junto a la mujer.

- Y mientras vivieron los Guardias, ninguno llegó hasta el río - añade la voz grave del elfo -. No bastaron orcos, ni licántropos ni otras bestias. Tuvieron que llegar balrogs, tuvo que llegar el Urolókë. Aegnor vio que aunque la Torre de la Guardia lograra salvarse el Gran Río sería contaminado por esa abominación. Los Guardias reclamaron para sí el honor de defender el Paso del Sirion enviándonos a los demás a la Torre con el señor Orodreth. En el Paso cayeron todos, señora. Último de todos quedó Aegnor Aikanár, desafiando al dragón y los demonios de fuego. Qué pasó después, ni elfo ni hombre mortal pudieron verlo.

Las lágrimas de la mujer empapan la bandera de los defensores del Gran Río. Sus manos acarician el pomo de la espada

- Antes de bajar al Paso nos hizo llamar, señora, para que nos lleváramos la bandera y su espada. Buscad a Andreth de Ladros, nos dijo, hija de Boromir de Dorthonion. Entregadle lo último que me queda, ahora que todo parece perdido y el Enemigo marcha sobre el Sirion. Que no sé qué me espera más allá de Mandos, pero que no habrá nada más allá si no es junto a ella.

Callan los tres durante unos minutos, meditando, recordando cada uno los momentos que vivieron junto a Aegnor Aikanár, honrando su memoria. Levanta la vista finalmente la anciana, siguen las lágrimas rodando por sus mejillas, pero ahora un trasunto de la antigua llama de Aegnor parece alzarse en su frente. Dulcemente vuelve a hablar la anciana.

- ¿Y mi señor Finrod? ¿Cayó como tantos otros en el norte?

- No, señora. Mientras Aegnor defendía el Paso el señor Felagund combatía más al oeste, cerca del marjal de Serech. Fue allí cercado, y allí habría caído, pero el valor de las gentes de vuestra casa logró salvarlo, y pudo volver al sur, aunque con fuertes pérdidas. Fue vuestro propio sobrino Barahir, creo, el que acudió con los jinetes de Dorthonion.

- Poco antes de estas aciagas jornadas el señor Finrod visitó Ladros, y allí temí que se hubiera despedido para siempre. Pero sus palabras me reconfortaron.

El fulgor en la frente de la mujer parece crecer, ambos elfos se inclinan ante la anciana, como quien se halla de repente ante alguien de gran sabiduría. No fue para ella la primera unión de hombres y elfos, pero fue ella el primer mortal en ver la luz de los Árboles a través de los ojos de un ser amado. Y es ahora, serena al fin, cuando la llama de Aegnor vuelve a iluminar el norte.

- Pronto acabaran mis años, pero como me dijo el señor Felagund, allá donde vaya encontraré una luz. Y allí esperaré a Aikanár de los Noldor, y a su sabio hermano. Allí os esperaré a vosotros, que nos habéis ayudado. Estel, amigos míos.

- Estel, señora.




Lejos, muy lejos en el tiempo y la distancia, un noldo aguarda en unas habitaciones sin fin. Sueña, recuerda, y a veces sus labios musitan una sola palabra.

Estel.




Barcelona-Esplugues del Llobregat, 5 de septiembre de 2003