lunes, 16 de abril de 2001

Orgullo

 En una clara mañana de invierno un jinete de desmesuradas proporciones cabalga furioso sobre un enorme caballo de batalla. Su objetivo, los mandos de la agrupación de caballeros de Solamnia en la que se ha visto accidentalmente enrolado. Hace dos meses que como capitán mercenario de las tropas del joven señor de Borgaard cabalga junto a un grupo de caballeros de Solamnia e infantería aliada, y hace dos meses que su visión del mando choca frontalmente con la del comandante del grupo, un rígido ordenancista.

 

            - ¡Maldita sea! ¿Qué es lo que pretendéis? ¿os habéis vuelto loco?

 

            El líder de los caballeros mira con frialdad a su interlocutor.

 

            - Escucha, semiogroPor alguna razón que no alcanzo a comprender el señor de Borgaard alquiló tus servicios como mercenario. El señor de Borgaardforma parte de mi séquito de caballeros, por lo tanto estás bajo mis ordenes te guste o no. Ahora tú y tus hombres os colocareis en el ala izquierda del ataque y cargareis con el resto de los caballeros ¡te guste o no!.

 

            - Señor – una voz contenida a duras penas –, no habéis reconocido el tamaño de la fuerza de caballeros de Takhisis que guarnece ese paso. Es una locura cargar a ciegas, no conocemos si han establecido defensas, si hay magos o sacerdotes entre los defensores, ni siquiera sabemos si...

 

            - ¡Basta! ¡ocupa tu lugar junto a las tropas! Si desobedeces una orden directa serás tratado de acorde a lo que estipula el Código para la deserción en el campo de batalla... estés o no sujeto al Código.

 

            - Señor... sólo puedo dar gracias a los dioses por no ser caballero de Solamnia.

 

            Dicho esto el jinete gira sobre si mismo para ocupar su lugar junto a sus compañeros, en el ala izquierda del ataque. El jinete más cercano, su actual pagador, el señor de Borgaard, un caballero de apenas diecinueve años de edad recientemente admitido en la orden de caballería lo interroga.

 

            - ¿Te ha hecho caso?

 

            - ¡Malditos sean el Código y la Medida! – algunos caballeros, incómodos, se giran para observarlo con censura -. Insiste en una carga de caballería contra una posición de la que no sabe nada. Tal vez solo haya un ala de caballeros, tal vez un escudo completo. Por lo que sabemos podría estar el mismísimo dragón de todos los colores y ninguno – mira fijamente al joven, cuyo miedo es casi palpable; le sonríe- Que Kiri-Jolith te acompañe, muchacho. De poder verte tu padre estaría orgulloso de ti.

 

            Los caballeros adoptan la formación estándar de carga. Una hilera de caballeros ocupa las dos terceras partes centrales del ancho del paso con una separación de tres pies entre caballos. Tras ellos otra hilera de caballeros emergiendo entre las separaciones. La tercera parte restante está ocupada por auxiliares. Con esta alineación se forman tres filas más separadas por veinte pies.

 

            En la fría mañana suena un cuerno de guerra. Se alzan la Rosa, la Espada y el Martín Pescador de los Caballeros de Solamnia. Y cargan contra su enemigo.

 

            La carga se convierte en un desastre. Cuando han avanzado la mitad del camino los jinetes de las primeras filas observan como una hilera de cafres alza unas pesadas picas de defensa. En ese mismo momento los caballeros ven como tres mágicas bolas de fuego avanzan contra la primera línea. Pero las líneas están muy apretadas y no hay espacio para maniobrar. Los caballos, presas del pánico, se alzan de manos rompiendo la formación; y es entonces cuando las bolas de fuego estallan. Se alza el olor dulzón de la carne socarrada, el calor de la explosión seca los pulmones de los caballos y los jinetes más cercanos. Las miasmas del miedo se extienden entre los caballeros, casi todos noveles. Prácticamente toda la primera línea se ha visto afectada, mientras la segunda pugna por avanzar entre el amasijo de jinetes carbonizados y caballos enloquecidos. Solo los auxiliares por las bandas consiguen avanzar hasta la fila de cafres, hostilizándolos. Pero la carga ha fracasado. Los caballeros no consiguen alcanzar la línea y en la retaguardia un cuerno avisa de la situación. Retirada.

 

 

            Los supervivientes vuelven al galope. Eilif se dirige a Borgaard, su jefe directo.

 

            - Señor, hablad con el comandante. Ya habéis visto la carnicería producida. Hay magos y sacerdotes de Takhisis entre los defensores. No creo que haya mucho más de 100 soldados entre tropa y mandos, pero el uso de la magia les otorga una superioridad clara.

 

            - Eilif, ya me has visto intentarlo varias veces antes de llegar aquí, pero soy muy joven y no me hacen caso. Él es un caballero de la Corona, un veterano de la Guerra de la Lanza, y yo solo soy un recién admitido caballero de la Espada. No puedo hacer prevalecer mi opinión contra la suya.

 

            - Llevadme al consejo.

 

            En lo alto de la colina que se alza frente al paso el comandante de la fuerza solámnica discute con sus ayudantes. Frunce el ceño cuando ve llegar a Borgaardjunto a Eilif.

 

            - Señor, os pido que nos escuchéis antes de lanzar un nuevo ataque.

 

            - Vuestras insistentes objeciones al mando rayan la insubordinación, joven Borgaard. Solo por respeto a la memoria de vuestro padre .....

 

            - Escuchad a mi amigo, Señor. Como vos es un veterano de la Lanza, y su experiencia como guerrero se extiende a años atrás. Escucharle no os hará daño, señor.

 

            Los espesos bigotes del comandante tiemblan de ira contenida.

 

            - Muy bien Borgaard. Escucharé a vuestro mercenario. Pero volved a vuestro puesto. No quiero volver a veros. Mancháis vuestro linaje.

 

            El joven noble marcha colina abajo, hirviendo de rabia y vergüenza.

 

            - ¿Y bien, semiogro? La estimación que os profesan los Borgaard resulta extraña.

 

            - Cierto señor – contesta Eilif en un tono irónico, plantándose ante el adalid solámnico – tan extraña como la simiente de esa familia, hace mucho tiempo que no tengo ante mí a un caballero de la talla del viejo Tronco de Roble Borgaard

 

            - Di lo que tengas que decir... y vuelve a tu puesto. Sospecho que los caballeros retrocedieron al ver como huía ante el enemigo el ala izquierda.

 

            Ambos personajes apenas pueden contener su animadversión. Permanecen frente a frente, en posición de firmes, apenas a tres palmos de distancia, haciendo arder el aire entre ellos.

 

            - Os ruego, Señor, que desistáis del ataque hasta que no recibamos refuerzos. Tal vez algunos arcos largos serían de utilidad para hostilizar a sus magos y sacerdotes y ...

 

            - Vaya. Bonita promoción, de mercenario a estratega. Retírate inmediatamente.

 

            - Debo insistir, señor.

 

            - ¡He dicho que te retires!.

 

            - Señor, puesto que os obcecáis en el ataque solo me resta pediros una última cosa.

 

            - ¡Por la gracia de Paladine! Di lo que quieras y márchate inmediatamente de aquí.

 

            El hombretón calla unos instantes, con el objeto de atraer la atención de los caballeros presentes. Una vez seguro de que todos los reunidos le escuchan habla en voz alta y clara, con un matiz de desafío.

 

            - Puesto que ordenáis el ataque os pido que tengáis el valor de comandarlo.

 

            Dando media vuelta el hombretón se retira.

 

 

            De nuevo se forman las filas de los caballeros de Solamnia. Tal vez esta vez menos animosos, tal vez esas risas ahora intentan ocultar su miedo. Pero contemplan como toda la cúpula dirigente se ha colocado al frente, formando una cuña con su comandante en el vértice del ataque.

 

            De nuevo suena el cuerno de batalla, desafiando al enemigo. De nuevo se alzan los estandartes con las inmemoriales enseñas de Solamnia. Y comienza de nuevo la carga.

 

            Y se convierte en un nuevo desastre. De nuevo, al formar una fila los cafres y alzarse las picas, surgen tres bolas de fuego de las líneas de los caballeros deTakhisis. La primera bola impacta directamente sobre el caballo del comandante solámnico, el adalid de los caballeros muere gritando el lema de los caballeros. Las otras dos bolas desbaratan la primera fila, pero aún así los caballeros, enardecidos por la muerte de sus compañeros y su comandante avanzan sobre las defensas oscuras. Ya los auxiliares combaten contra los cafres cuando una tormenta mágica se abate sobre la vanguardia de los caballeros, los rayos invocados por los sacerdotes de la Reina Oscura siegan la mitad de la primera fila, y de nuevo el pánico se adueña de los caballeros. Otra vez suena el cuerno, llamando a los caballeros a la retirada.

 

 

 

            Los caballeros se reúnen en asamblea y eligen tres portavoces para dirigirse a sus mandos. Uno de ellos es Borgaard, que lleva consigo a Eilif.

 

            El nuevo comandante porta el brazo en cabestrillo y una venda tapa una fea quemadura en su frente.

 

            - Vaya, el capitán Eilif, ¿vienes a burlarte de nosotros? Tus advertencias se cumplieron... una lástima que no esté el comandante para escucharte. 

 

            - ¡Basta, señores! –exclama Borgaard -. No llegaremos a ningún sitio si continuamos así. Los paladines de la reina oscura mantienen ocupado el paso mientras nosotros discutimos a sus pies. Discutamos lo que tiene que decir Eilif.

 

Los caballeros al mando deciden escuchar al gigante, a fin de cuentas viene respaldado por una asamblea de caballeros. Discuten la estrategia planteada por el hombretón durante media hora.

 

- Bien, señores, propongo que la infantería ...

 

- ... pero usaran a sus clérigos para apagar el fuego...

 

- ... mejor así, si apagan el fuego no podrán atacarnos...

 

- ¡Los caballeros de Solamnia no se esconden!

 

Guedjin, los caballeros de Solamnia tal vez no se escondan, pero mueren tan fácilmente como cualquier ser humano.

 

 

 

Por tercera vez en el día el cuerno de batalla llama de nuevo a filas a los jóvenes caballeros de Solamnia. Esta vez ven en la cabeza a Eilif montado sobre su caballo, que caracolea víctima de la excitación.

 

- ¡Caballeros! En lo alto del paso los paladines de la Reina Oscura continúan siendo una amenaza para todo lo que significa libertad y compasión, para los ideales que defiende Solamnia. Dos cargas hemos dado ya y aún permanecen en sus puestos. Os digo que esta noche solo quedarán un puñado para llorar a sus compañeros. Escuchadme...

 

Algunos murmullos corren entre las filas.

 

“¿Quién es ese?”

 

“No lleva ninguno de los emblemas de la Orden. ¿Quién le ha dado el mando?”

 

“Dicen que es el capitán de las tropas de Borgaard, un veterano de la Lanza”

 

“No digas tonterías, sería un anciano”

 

“No seas más estúpido de lo que debes serlo, chico. Yo mismo participé en la Guerra de la Lanza.”

 

“Yo he peleado junto a él anteriormente. Pelea como un poseso, y en las dos cargas llegó hasta las filas de los caballeros oscuros.”

 

“Callad de una vez, mocosos. Está dando las instrucciones para la carga.”

           

            “¿La infantería? ¿qué está diciendo?”

 

 

            Faltan dos horas para que se oculte el sol. Se encienden multitud de hogueras en el campamento. Lo soldados de infantería se arremolinan en torno a ellas y encienden teas de madera verde, haces de paja. Llenan odres de aceites y mojan en alcohol pelotas de tela. Avanzan hacia las filas de los caballeros oscuros y antes de colocarse al alcance de los proyectiles de los magos arrojan ante sí su carga, que forma una barrera de espeso humo que impide la vista del enemigo.

 

Sin gritos, sin toques de cuerno, comienzan la carga los caballeros marchando al paso para no hacer demasiado ruido. Pero esta vez la carga es distinta, los caballeros, que se han desprendido de las albardas de los caballos y de partes de su armadura, son ahora más ligeros y no forman una línea compacta, sino que se encuentran mucho más espaciados, hay unos diez pies entre jinete y jinete.

 

            Cuando en las filas de la oscuridad se oye el estrépito de los cascos de la carga de los caballeros de Solamnia el comandante ordena a uno de los caballeros de la Calavera, los clérigos de la orden oscura,  que disperse la cortina de humo, a la vez que ordena a sus magos, los caballeros de la Espina, que dispongan sus hechizos para contener la marea de las filas del bien. Pero esta vez tienen menos tiempo, y los rayos mágicos y bolas de fuego lanzados a ciegas tienen menos efecto, pues la separación entre los jinetes hace que cuando uno de los proyectiles impacta no dañe a tantos caballeros, y además estos tienen más espacio para maniobrar.

 

            La cortina de humo se deshace bajo el viento invocado por los caballeros de la Calavera, pero se deshace solo para dar paso a la carga de los caballeros deSolamnia.

 

            Los caballeros de Takhisis no retroceden, pero comprenden que esta vez será la última, que pronto comparecerán ante su Señora para rendir cuentas. Ante ellos surge una marea de brillantes jinetes, en la primera fila avanzan el Martín Pescador, la Rosa y la Espada, y como un trueno suenan por fin el toque de carga de los caballeros y su grito, su razón de ser: “Est Sularis oth Mithas”, mi honor es mi vida. Los paladines de la oscuridad se miran entre ellos, pero no flaquean y gritan a su vez “¡sométete o muere!”.

 

            La brillante ola formada por los defensores del bien rompe contra la negra roca formada por los paladines de la oscuridad.

 

 

 

 

            Han caído todos los caballeros de Takhisis. Cuando vieron sus líneas quebradas formaron un cuadro y combatieron hasta el último hombre. Solo algunos cafres consiguieron escapar, para ser abatidos por los campesinos locales días más tarde. Al día siguiente, una vez despejado el paso, solo queda un pequeño túmulo para recordar a los caídos de ambos bandos... y los buitres.

 

sábado, 10 de marzo de 2001

Esperanza


            - Así, hermanos. Así brillaba Rána la Errante la primera vez que se alzó por encima del horizonte, hace ya tantos años, cuando mi señor Fingolfin hizo sonar las trompetas de plata al pisar por primera vez Beleriand.

 

            Un noldo pronuncia estas palabras mientras enciende una hoguera. Dirige un grupo de elfos y hombres que descasan próximos a la desembocadura del Sirion. Son un grupo triste, herido, exiliados de Gondolin, de Doriath, de Hitlum, de Dor-Lómin. Han instalado un campamento, y bajo la luz de la luna llena sanan sus heridas, recientes a causa de su encuentro con un grupo de orcos que llevaba esclavos al norte. Un hombre, uno de la Casa de Bëor, es el que habla ahora.    

 

- Así brillaba también la noche que por vez primera se alzó Gil Estel, la Estrella de la Esperanza. Miradla en el horizonte... ¿pero qué esperanza queda ahora para Elfos u Hombres? Llevamos ya un mes buscando a los hijos de la señora Elwing. Dicen que los malditos hijos de Fëanor los guardan como rehenes, para obtener la Joya de Beren.

 

El grupo, enviado por el Carpintero de Barcos, busca noticias sobre el paradero de los hijos de Eärendil y Elwing, perdidos durante el feroz ataque de los hijos de Fëanor a las desembocaduras del Sirion.

 

- Siempre queda un lugar para la esperanza, amigo mío – aduce otro de los hombres, un anciano de cabellos tan rubios que parecen blancos, de la dorada Casa de Hador-. ¿No es una ironía que mis ojos, cegados por la crueldad de los hombres cetrinos, sean capaces de ver mejor la esperanza que los tuyos?.

 

- Dicen que para llegar a la luz hay que pasar primero por las tinieblas, anciano – le sonríe una hermosa elfa silvana-. Quizá sea ahora, cuando todos parecemos movernos en tinieblas, que veas mejor que ninguno de nosotros la llama de la esperanza.

 

Mientras la elfa pronuncia estas palabras se acomoda junto a ella su compañero, un noldo de largos y oscuros cabellos.

 

- En mi memoria la luna llena trae el recuerdo de la noche en que te di el nombre que ahora llevas, Celebriel. Rana en todo su esplendor debería ser tiempo de esperanzas, de nuevas empresas.

 

- ¿Nuevas empresas? – pregunta la voz amarga de otro elfo, un joven falathrim -. ¿Qué nuevas empresas pueden acometer ya los elfos? Nargothrond y Gondolin mancilladas, los Puertos derribados... Hemos caído tan bajo que ya no necesitamos al Oscuro para derrotarnos a nosotros mismos. Ahora nos atacamos entre nosotros, por vez primera derramamos sangre de elfos en vez de orcos...

 

- No por vez primera – responde el anterior, recordando un tiempo lejano que siempre ha intentado olvidar, ocultando su cabeza bajo su capucha -, ya antes el nombre de Noldor se cubrió de vergüenza... fue en Valinor donde por primera vez mi espada se tintó de sangre elfa...

 

- ¿Tú, Eilif? – salta un asombrado elfo de Doriath – no puedo creer que tú participases de la Matanza de Hermanos. ¿Has entrado en Menegroth con las manos manchadas de sangre Teleri?

 

- No, amigo mío, entonces yo estaba en Alqualondë con mi señora Galadriel. Nos sorprendió allí el ataque de los seguidores de Fëanor... asaltaron el puerto, robaron los barcos-cisne... y la sangre Teleri bañó las playas de perlas. Mi señora decidió allí oponerse a Fëanor y allí combatimos hasta que el Espíritu de Fuego decidió que ya tenía suficientes barcos. Creo que fue allí donde los Noldor malogramos nuestras esperanzas, desde entonces cada empresa que hemos emprendido nos ha llevado al desastre, cada nueva ilusión ha sido vana...

 

- Ya ves, anciano – el de la casa de Beor toma de nuevo la palabra – Los elfos matan elfos, enanos y hombres, los hombres matamos elfos y nos matamos entre nosotros. Los enanos se apartaron de la lucha desde las Lágrimas Innumerables. ¿Qué pueblo queda ya entre las gentes libres que pueda oponerse al oscuro sin estar mancillado? Te repito que no hay esperanza alguna, todos caeremos bajo el mazo del Oscuro, solo es una cuestión de tiempo.

 

La esperanza última viene del mar.

 

- ¿Qué?

 

- Fueron las palabras que el padre de Eärendil pronunció ante el señor Turgón – contesta un refugiado de Gondolin -. Quizá aún nos apoye el Señor del Mar, aunque es bien cierto que año tras año mi señor envió barcos a las tierras imperecederas, y todos se perdieron en el piélago.

 

- ¡Los Valar! – se burla el falathrim -. ¿Dónde estaba Ulmo cuando los orcos arrasaron Brithombar y Eglarest? Se dice que el Señor del Mar protegía las costas... las mismas costas que ahora ensucian las pezuñas de los orcos. Los poderosos cercaron las tierras que no mueren contra los Noldor, y por su culpa ninguna ayuda llegará del Oeste.

 

- Calla, muchacho – responde el viejo –, pues de muchacho me parece tu voz y de niño tus comentarios. Después de cada noche llega el día, así es y así será de nuevo. Tal vez no en nuestro tiempo, pero mientras haya quien mantenga la esperanza y desafíe al Oscuro es posible que se haga de nuevo el día. ¿No resiste aún el Carpintero de Barcos? ¿No hay todavía entre Hombres, Elfos y Enanos quien combate al Enemigo?

 

- Escuchad a este hombre - continua Celebriel -. Es ciego, pero ve mejor que todos nosotros. Dormid ahora, quizá el nuevo día nos traiga nuevas fuerzas.

 

Arrullados por el sonido del mar cercano, el grupo duerme.

 

 

 

 

 

 

Cuando la primera luz del amanecer baña las costas de Beleriand el anciano se despierta gritando, sobresaltando a los centinelas.

 

            - ¿Qué te ocurre, anciano, qué tienes?

 

            - ¿No lo notáis, señora?

 

            Sus rostros se tienden al oeste. Sus  ojos,  ciegos unos,  otros claros, se dirigen al poniente como atraídos por una fuerza irresistible.

 

            - ¿Qué te ocurre, Celebriel, qué tienes?

 

            - ¿No lo notas, Eilif? No puedo creer que no sientas esa fuerza, ese poder... no notaba algo así desde que golpeamos las puertas de Angband...

 

            El resto del campamento se reúne en torno a la pareja.

 

            - Yo también lo noto, señora – dice el viejo ciego -. Un poder descomunal, una fuerza  capaz de derribar montañas, un...

 

            - ¿Qué estáis diciendo? ¿El Enemigo aquí? Eso es imposible, espera... ¿Un gran gusano de Angband? ¡Formad un círculo! Apagad los fuegos, hermanos, y preparaos para todo.

 

            - No, Eilif – en el bello rostro de la elfa brilla una sonrisa -. Ese poder no es maligno. Es un poder desmesurado, como dice nuestro amigo, pero no es enemigo de las tres razas.

 

            La faz del noldo palidece, mira hacia la espesura, como si quisiera penetrarla para llegar a la playa que se extiende más allá.

 

            - Yo... yo también noto ese poder... no es posible... ¡no es posible!

 

            El elfo desaparece corriendo entre la espesura. El resto del grupo, frenado por los heridos y el hombre ciego, marcha a una velocidad más lenta. Cuando llegan a la playa la risa de Eilif llena el aire.

 

            - ¡Mira, amor mío! ¡Mirad amigos! Quien ha visto una vez esos barcos no los olvidará jamás, y quien ha vivido entre sus bravos tripulantes amará el mar por siempre. Mirad, elfos y hombres, mirad al que porta el estandarte del Rey Mayor en la proa del primer barco. ¡Ya llegó la esperanza!

 

            A su espalda, los primeros rayos del sol juegan complacidos con las blancas velas de la flota de los barcos-cisne Teleri.

 

 

 

                                                                                                Jose, 10 de marzo de 2001.

Esperanza


            - Así, hermanos. Así brillaba Rána la Errante la primera vez que se alzó por encima del horizonte, hace ya tantos años, cuando mi señor Fingolfin hizo sonar las trompetas de plata al pisar por primera vez Beleriand.

 

            Un noldo pronuncia estas palabras mientras enciende una hoguera. Dirige un grupo de elfos y hombres que descasan próximos a la desembocadura del Sirion. Son un grupo triste, herido, exiliados de Gondolin, de Doriath, de Hitlum, de Dor-Lómin. Han instalado un campamento, y bajo la luz de la luna llena sanan sus heridas, recientes a causa de su encuentro con un grupo de orcos que llevaba esclavos al norte. Un hombre, uno de la Casa de Bëor, es el que habla ahora.    

 

- Así brillaba también la noche que por vez primera se alzó Gil Estel, la Estrella de la Esperanza. Miradla en el horizonte... ¿pero qué esperanza queda ahora para Elfos u Hombres? Llevamos ya un mes buscando a los hijos de la señora Elwing. Dicen que los malditos hijos de Fëanor los guardan como rehenes, para obtener la Joya de Beren.

 

El grupo, enviado por el Carpintero de Barcos, busca noticias sobre el paradero de los hijos de Eärendil y Elwing, perdidos durante el feroz ataque de los hijos de Fëanor a las desembocaduras del Sirion.

 

- Siempre queda un lugar para la esperanza, amigo mío – aduce otro de los hombres, un anciano de cabellos tan rubios que parecen blancos, de la dorada Casa de Hador-. ¿No es una ironía que mis ojos, cegados por la crueldad de los hombres cetrinos, sean capaces de ver mejor la esperanza que los tuyos?.

 

- Dicen que para llegar a la luz hay que pasar primero por las tinieblas, anciano – le sonríe una hermosa elfa silvana-. Quizá sea ahora, cuando todos parecemos movernos en tinieblas, que veas mejor que ninguno de nosotros la llama de la esperanza.

 

Mientras la elfa pronuncia estas palabras se acomoda junto a ella su compañero, un noldo de largos y oscuros cabellos.

 

- En mi memoria la luna llena trae el recuerdo de la noche en que te di el nombre que ahora llevas, Celebriel. Rana en todo su esplendor debería ser tiempo de esperanzas, de nuevas empresas.

 

- ¿Nuevas empresas? – pregunta la voz amarga de otro elfo, un joven falathrim -. ¿Qué nuevas empresas pueden acometer ya los elfos? Nargothrond y Gondolin mancilladas, los Puertos derribados... Hemos caído tan bajo que ya no necesitamos al Oscuro para derrotarnos a nosotros mismos. Ahora nos atacamos entre nosotros, por vez primera derramamos sangre de elfos en vez de orcos...

 

- No por vez primera – responde el anterior, recordando un tiempo lejano que siempre ha intentado olvidar, ocultando su cabeza bajo su capucha -, ya antes el nombre de Noldor se cubrió de vergüenza... fue en Valinor donde por primera vez mi espada se tintó de sangre elfa...

 

- ¿Tú, Eilif? – salta un asombrado elfo de Doriath – no puedo creer que tú participases de la Matanza de Hermanos. ¿Has entrado en Menegroth con las manos manchadas de sangre Teleri?

 

- No, amigo mío, entonces yo estaba en Alqualondë con mi señora Galadriel. Nos sorprendió allí el ataque de los seguidores de Fëanor... asaltaron el puerto, robaron los barcos-cisne... y la sangre Teleri bañó las playas de perlas. Mi señora decidió allí oponerse a Fëanor y allí combatimos hasta que el Espíritu de Fuego decidió que ya tenía suficientes barcos. Creo que fue allí donde los Noldor malogramos nuestras esperanzas, desde entonces cada empresa que hemos emprendido nos ha llevado al desastre, cada nueva ilusión ha sido vana...

 

- Ya ves, anciano – el de la casa de Beor toma de nuevo la palabra – Los elfos matan elfos, enanos y hombres, los hombres matamos elfos y nos matamos entre nosotros. Los enanos se apartaron de la lucha desde las Lágrimas Innumerables. ¿Qué pueblo queda ya entre las gentes libres que pueda oponerse al oscuro sin estar mancillado? Te repito que no hay esperanza alguna, todos caeremos bajo el mazo del Oscuro, solo es una cuestión de tiempo.

 

La esperanza última viene del mar.

 

- ¿Qué?

 

- Fueron las palabras que el padre de Eärendil pronunció ante el señor Turgón – contesta un refugiado de Gondolin -. Quizá aún nos apoye el Señor del Mar, aunque es bien cierto que año tras año mi señor envió barcos a las tierras imperecederas, y todos se perdieron en el piélago.

 

- ¡Los Valar! – se burla el falathrim -. ¿Dónde estaba Ulmo cuando los orcos arrasaron Brithombar y Eglarest? Se dice que el Señor del Mar protegía las costas... las mismas costas que ahora ensucian las pezuñas de los orcos. Los poderosos cercaron las tierras que no mueren contra los Noldor, y por su culpa ninguna ayuda llegará del Oeste.

 

- Calla, muchacho – responde el viejo –, pues de muchacho me parece tu voz y de niño tus comentarios. Después de cada noche llega el día, así es y así será de nuevo. Tal vez no en nuestro tiempo, pero mientras haya quien mantenga la esperanza y desafíe al Oscuro es posible que se haga de nuevo el día. ¿No resiste aún el Carpintero de Barcos? ¿No hay todavía entre Hombres, Elfos y Enanos quien combate al Enemigo?

 

- Escuchad a este hombre - continua Celebriel -. Es ciego, pero ve mejor que todos nosotros. Dormid ahora, quizá el nuevo día nos traiga nuevas fuerzas.

 

Arrullados por el sonido del mar cercano, el grupo duerme.

 

 

 

 

 

 

Cuando la primera luz del amanecer baña las costas de Beleriand el anciano se despierta gritando, sobresaltando a los centinelas.

 

            - ¿Qué te ocurre, anciano, qué tienes?

 

            - ¿No lo notáis, señora?

 

            Sus rostros se tienden al oeste. Sus  ojos,  ciegos unos,  otros claros, se dirigen al poniente como atraídos por una fuerza irresistible.

 

            - ¿Qué te ocurre, Celebriel, qué tienes?

 

            - ¿No lo notas, Eilif? No puedo creer que no sientas esa fuerza, ese poder... no notaba algo así desde que golpeamos las puertas de Angband...

 

            El resto del campamento se reúne en torno a la pareja.

 

            - Yo también lo noto, señora – dice el viejo ciego -. Un poder descomunal, una fuerza  capaz de derribar montañas, un...

 

            - ¿Qué estáis diciendo? ¿El Enemigo aquí? Eso es imposible, espera... ¿Un gran gusano de Angband? ¡Formad un círculo! Apagad los fuegos, hermanos, y preparaos para todo.

 

            - No, Eilif – en el bello rostro de la elfa brilla una sonrisa -. Ese poder no es maligno. Es un poder desmesurado, como dice nuestro amigo, pero no es enemigo de las tres razas.

 

            La faz del noldo palidece, mira hacia la espesura, como si quisiera penetrarla para llegar a la playa que se extiende más allá.

 

            - Yo... yo también noto ese poder... no es posible... ¡no es posible!

 

            El elfo desaparece corriendo entre la espesura. El resto del grupo, frenado por los heridos y el hombre ciego, marcha a una velocidad más lenta. Cuando llegan a la playa la risa de Eilif llena el aire.

 

            - ¡Mira, amor mío! ¡Mirad amigos! Quien ha visto una vez esos barcos no los olvidará jamás, y quien ha vivido entre sus bravos tripulantes amará el mar por siempre. Mirad, elfos y hombres, mirad al que porta el estandarte del Rey Mayor en la proa del primer barco. ¡Ya llegó la esperanza!

 

            A su espalda, los primeros rayos del sol juegan complacidos con las blancas velas de la flota de los barcos-cisne Teleri.

 

 

 

                                                                                                Jose, 10 de marzo de 2001.

lunes, 26 de febrero de 2001

Venganza


            - Había más gente, Eilif, al menos tres comerciantes más, dos de Kern y uno de Valkinord. Habían retomado los negocios de contrabando, pero esta vez a mayor escala, cubriendo la mitad del continente desde aquí hasta Palanthas. Se dice que también suministraban pertrechos a algunas organizaciones oscuras, pero no sé a cuales. Uno de ellos vio a Vardaz en el mercado y temieron que hubierais vuelto como mercenarios llamados por algún comerciante rival para desbaratar su tinglado. El resto ya lo sabes... Se dice que Bar-Vanion ha perdido no solamente la vista sino también la cordura, así que el resto del grupo se ha hecho cargo de sus negocios en toda la costa del mar Sangriento, se reúnen una o dos veces al mes en su palacete y lo organizan todo.

             Dos hombres conversan en una mesa apartada de una taberna de Kern, frente al mar Sangriento. El ruido del local garantiza una cierta privacidad. El que habla es un hombre pequeño, de tez oscura, tal vez herencia de algún antepasado ergothiano; de temperamento nervioso, su cabeza se alza a menudo para inspeccionar a los pobladores de la taberna hasta que, satisfecho por la indiferencia del local, vuelve la vista a su interlocutor. Este es un humano de proporciones desmesuradas, de cabello negro y facciones muy marcadas. Su mirada está completamente absorta en el relato de su interlocutor, aunque a ratos también vigila a los parroquianos del local. Y a diferencia de su acompañante se ha dado cuenta de que son discretamente vigilados.

             - ¿Estaba todo ese grupo presente?

             - Presente ¿cuándo?

             La cara del hombretón enrojece y con una rapidez que contradice su envergadura atrapa la mano del hombre que descansa sobre la mesa. Su presa es como un torno de carpintero.

             - Tu estúpida forma de buscar más información puede costarte la mano, ratero.

             - ¡De acuerdo! De acuerdo, suéltame. ¡Vas a hacer que todos se fijen en nosotros!

             - Vamos, contesta.

             - Soborné a uno de los nuevos mercenarios que custodian el palacete. Parece ser que no solo estaban presentes sino que la idea de cegar a Vardaz fue del extranjero, el de Valkinord.

             Permanecen unos instantes en silencio. El hombretón asimila la información suministrada por el ladronzuelo. Pero falta un detalle antes de decidirse por un curso de acción.

             - ¿Y Cristal?

             - Como me pediste la embarqué lejos, a Palanthas. Casualmente se encontraba en el puerto un compatriota hijo de una gran amiga de mi madre, verás...

             - Al grano, Kinon, ¿es de fiar?

             - Completamente. Una vez que ha recibido el pago ni un tifón le impedirá entregar su mercancía o su pasaje.

             - Bien. Estaba muy afectada por todo lo ocurrido. Durante el viaje a Palanthas se tranquilizará y si no consigue hundir el barco o que el capitán la arroje al mar cuando llegue ya estará en condiciones de viajar.

             - ¿De viajar?       

            - Sí, quiero que baje a Esp... ¿sabes que eres demasiado curioso? ¿has olvidado lo que te he dicho sobre tu mano?

             - Oh, bueno, es mi trabajo, por eso me pagas, ¿no?

           Ambos hombres sonríen, mirándose a los ojos y calibrando hasta qué punto pueden confiar en el otro. El más grande pasa un saquillo tintineante al otro.

            - Cierto, cierto. Aquí tienes tu dinero, y perdona lo de antes. En el pasado nunca nos fallaste, y tuviste varias oportunidades.

            - Digamos que procuro fidelizar a mis clientes. Si os hubiera vendido entonces no me habrías pagado ahora, ¿no?.

            - Buena filosofía comercial.

            - Un consejo gratis, Eilif. Vete de la ciudad y no vuelvas en unos meses, yo pienso hacerlo.

            - ¿Qué ocurre?

            - Alguien, creo que una mujer, ha estado preguntando por ti y Vardaz y... y lo que pasó. No sé quien es, se oculta muy bien... Y si es tan hábil como parece ya debe tener mi nombre, así que me voy, dentro de dos días saldrá un convoy rumbo a Kalaman y creo que deberías venir conmigo.

            - No, me iré dentro de unos días. Pero volveré.

 

                                                /--------/

 

            “Mañana será el día, Vardaz. Mañana bajaré a Kern y mataré a todos nuestros enemigos, no quedará nadie para decir que un día pudo poner sus manos sobre ti.

            “Estoy tan cansado... te echo de menos, hermano... echo de menos a Cristal... le dije a Kinon que la enviaba lejos para protegerla, pero en realidad la envié lejos porque ya no confío en mis fuerzas, no creo que sea capaz de sobrevivir al asalto del palacete de aquel malnacido.

            “Tampoco sé si quiero sobrevivir, estoy cansado de tantas luchas sin sentido, de tantas pérdidas inútiles. ¿Qué es lo que me pasa? Pierdo todo lo que toco, no me queda nada desde el día que murieron mis padres. ¿Y tú, dónde estás, Maestro? Solo me quedan tu espada y tu arco. Creo que incluso olvidé tus enseñanzas... He perdido todo lo demás, mis amigos de juventud muertos durante la Guerra de la Lanza... maldita guerra y malditos héroes. Que gran verdad es que la historia la escriben los vencedores... si nos hubiesen hecho caso... pero entregaron el mando a aquella maldita elfa, Laurana. Inexperta, completamente inexperta, su único mérito era ser hija del Orador. Y nuestra compañía abandonada en vanguardia, rodeados por los draconianos y exterminados, solo sobrevivimos el valiente Vardaz y yo... ¿y después?. Ariel y su hermana muertas en el ataque de la Señora del Dragón a Palanthas.  Ariel, tú...

            “Y Limia, como yo una superviviente nata... caiga quien caiga, aunque el que caiga sea un vulgar soldado... claro que en aquella época yo no era un vulgar soldado, ya llevaba tres años viviendo en Palanthas, enriquecido con el producto de mis viajes. Ahhh, entonces... entonces pude dedicarme a estudiar, a tocar, ¡a vivir, Dioses! Sin guerras, sin sangre, sin grandes tragedias, solo con las pequeñas cosas que adornan la vida de las gentes normales... pero yo nunca fui una persona normal, mi cabeza demasiado llena con las chifladuras del Maestro y mi sangre contaminada con la herencia de padre... ¡Padre!... te echo tanto de menos, a ti y a mamá... el Maestro decía que nunca conoció a dos personas que compartieran un solo corazón...  ¡por los dioses!”

            El filo de una espada larga sobre su cuello despierta a Eilif de sus ensoñaciones. Un caballero de Takhisis apoya su espada sobre su yugular mientras otro se mantiene expectante, la mano sobre la empuñadura de su arma. Y una figura encapuchada, una mujer probablemente, se acerca entre los árboles. El hombretón intenta incorporarse, la cara aún bañada por las lágrimas producto de los recuerdos.

            - ¡Por el Abismo que he de mataros a todos! Saca de ahí esa espada, Caballero.

            - ¿Prometéis que escuchareis a la señora y nos dejareis partir en paz? De no ser así me veré obligado a mataros, señor – la voz del caballero, como su cortesía, es fría como el hielo.

            - ¡Prometo que te mataré con tu propia espada si no la retiras inmediatamente!

            La figura encapuchada se acerca y se dirige al hombretón.

            - Te muestras muy poco razonable teniendo en cuenta tu posición... semiogro.

            El hombretón golpea con el antebrazo la espada apoyada en su cuello y se pone en pie de un salto. Los dos caballeros de Takhisis flanquean a la mujer.

            - Solo busco información, semiogro. Si me dices lo que quiero saber te dejaremos en paz.

            - ¿Y si no?       

            - Si no lo averiguaré de todos modos y te mataremos después. Estás solo y desarmado, a mi me acompañan dos caballeros experimentados y yo misma tengo mis propias... capacidades.

             - ¿Qué es lo que quieres?

             - Tú eres Eilif Aglar, un mercenario procedente de las Khalkist. Parece ser que tú y tus compañeros os metisteis en líos con una agrupación de poderosos mercaderes de Kern. De resultas Vardaz, un minotauro, resultó cegado y muerto... Me han dicho que tu celebraste el funeral del minotauro. Mi misión es saber quienes hicieron eso al minotauro.

             El guerrero permanece en silencio, sus ojos escudriñan la oscuridad de la capucha de su interlocutora sin encontrar nada más que una voz cálida con un acento sureño.

             - ¿No dices nada?

             - No tengo nada que decir.

             - Muy bien, será por las malas, entonces. ¡Capturadlo!

             Los dos caballeros se abalanzan sobre el guerrero, con las armas enfundadas, con el ánimo de capturarlo. Van completamente protegidos con su oscura armadura, casco, guanteletes, espinilleras y botas claveteadas, y tienen el mejor entrenamiento en lucha cuerpo a cuerpo que pueden ofrecer los paladines de la Reina Oscura. Pero su rival combatía ya antes de que ambos nacieran. Cuando se le acercan sus antagonistas permite que le cojan de los brazos para a continuación dejarse caer de espaldas, arrastrando a los dos caballeros que sobrecargados con la armadura y la fuerza del guerrero caen de bruces, el hombretón gira en la caída dislocando el hombro del caballero a su derecha, antes de que el otro consiga levantarse ha disparado sus rodillas contra la parte posterior del casco, dejando al caballero aturdido por la potencia del golpe, sangrando por oídos, nariz y boca. Al girarse se encuentra con una imagen extraordinaria, un cono de fuego surge de las manos entrelazadas de la mujer.

             El hombretón debería haber perecido en una pira, pero el fuego se disipa sin tocarlo al llegar a su pecho.

             - ¡Maldito seas, semiogro! ¿quién te protege?... un momento, ¿Mishakal? ¿cómo es posible? ¿a un semiogro?

             - No soy un semiogro, aunque supongo que para alguien como tú eso carece de importancia – la voz del guerrero destila una profunda amargura-. Ya que parece ser que eres una sacerdotisa te recomiendo que cuides de tu compañeros. Tu poder no puede alcanzarme y yo estoy hastiado de tanta lucha. Mañana combatiré por última vez.

             - Espera... ¿mañana? ¿en Kern?

             - Déjame en paz, te lo ruego.

            

                                                            /---------/

 

            Eilif lleva todo el día inspeccionando el palacete, combinándolo con los recuerdos que tiene de su anterior incursión al recinto, hace varios años.

             Toma su potente arco y desde las sombras derriba a los dos guardias de la puerta. Comienza a escalar la muralla exterior y accede al interior del recinto, dejándose  caer entre las sombras. Inspecciona el patio interior y se encamina hacia la puerta del palacio cuando una explosión lo derriba, dejándolo al borde de la inconsciencia, abrasándole la cara. Se levanta para ver como todo el recinto está en llamas, ardiendo con una llama extraña, azul y cobre, sobrenatural, que parece alimentarse de  la misma alma de las piedras. La última imagen que se graba en su cerebro es la de una silueta de mujer alzando sus brazos al cielo y danzando desnuda en medio de las llamas desatadas.

             Un cubo de agua sobre la cara lo saca de la oscuridad donde se había refugiado. Ante él la misma figura encapuchada del bosque, con un brazo en jarras y un cubo, ya vacío, en la otra mano.

             - Vaya, semiogro, volvemos a encontrarnos. Ahora no pareces tan lejos del alcance de mi poder. Podría matarte ahora mismo. Pero me parece que eso sería hacerte un favor. Creo que tienes bastante con tu pequeño infierno personal.

             Levanta la cabeza al oír los silbatos de la milicia que acude para apagar el incendio.

             - Creo que te dejaré en manos de la milicia local, necesitaré un chivo expiatorio. Adiós... Eilif.

  

                                                /-------------/

 

            Tres días más tarde, Eilif sale de la cárcel, le han entregado todas sus cosas y no es juzgado. Perplejo, sale a la calle.

             - ¡Padrino!

             - ¡Eilif!

             Un joven gigantesco y una kender corren hacia al guerrero. Este se agacha y toma a la kender en sus brazos, abraza al joven.

             - Por todos los dioses, Aglar. ¡Cristal! ¿Qué hacéis aquí?

             El llamado Aglar ríe mientras abraza al que en un tiempo ocupó el papel de padre para él. Ahora ya ha crecido, la sangre de ogro que corre por sus venas ha dado un tamaño descomunal a sus humanos miembros y ha acelerado su crecimiento.

             - Hace cuatro noches madre se despertó sobresaltada, supo que habías recibido  un tremendo ataque procedente de un clérigo y que no podía ponerse en contacto contigo. Contactó conmigo en Palanthas, donde me encontró Cristal, y Dunbar nos teleportó aquí. Unos cuantos sobornos y aquí estamos. ¿Qué hacemos ahora, padrino? ¿buscaremos a quien te ha hecho esto?

             - Buscaremos mi caballo y nos iremos de aquí, hijo. Tengo muchas cosas que agradecer a tu madre y necesito descansar una buena temporada – el guerrero ríe por primera vez desde la muerte de Vardaz, su compañero, su hermano-. Ahhh, Aglar,  volvemos a casa, ¡a casa!.