lunes, 19 de enero de 2015

Casi

Usted es el primero que la abre, joven. Le felicito. Muchos otros han venido antes que usted y han fracasado antes de llegar a la puerta. Las trampas mortales, los guardias, el laberinto… Ha conseguido usted superar todas las barreras, estoy impresionado. Tenga, tome un poco de agua, parece que ya le está subiendo la fiebre. Es usted uno entre un millón. Una lástima lo del mecanismo con la aguja envenenada en la cerradura de la puerta, ¿verdad? ¿cómo no se le ocurrió ponerse guantes gruesos? No me mire así, comprenderá que un hombre debe proteger sus riquezas.



Largo de aquí

Usted es el primero que la abre. Al menos desde dentro, claro. Deje esa cabeza ahí fuera, se lo ruego, si se empapan las alfombras se echarán a perder. Por favor, no me grite, me da igual quien sea. ¿Hijo de Poseidón? Claro, claro. Mucho más original que ser descendiente de Zeus, podría pensarse que el Olímpico se pasa todo el día... La espada, por favor, que los tapices no se limpian solos. Le repito que deje de gritar. Recoja su hilo y lárguese, al rey no le va a hacer ninguna gracia lo que ha hecho con su mascota.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Pero ya nada sería igual

Destino
Pero ya nada sería igual. Ni los viajes de fin de semana con Pirata sedado en el asiento de atrás. Ni las cenas en la casita de la playa, siempre con sus amigos, bebiendo y riendo. También es cierto que habría menos dolor. Y ya no habría gritos. Pero ya nada sería igual. Y no creo que pudiera acostumbrarme a la cárcel.



Mañana
Pero ya nada sería igual. Habría música, ¿te acuerdas? Música y risas y comida caliente y gente amable. Y nadie nos gritaría por ser distintos, ni estaríamos siempre ateridos de frío, ni esperando al siguiente golpe. Sí, todo sería distinto. No tendríamos que trabajar desde que sale el sol hasta que se pone, llenos de cortes y heridas que nunca llegan a cerrarse. Pero ella está enferma, y no podemos irnos sin mamá.

martes, 4 de noviembre de 2014

Demasiado

El muñeco fue el primero en cerrar los ojos. Exhausto, se dejó caer sobre el cajón como un peso muerto. Había sido un día agotador. Soldado. Chófer. Cocinero. Martillo. Comida para otro cocinero. Gigoló para una pepona a la que faltaban un ojo, una pierna y buena parte del relleno. Explorador o pirata o algo así, casi no recordaba nada del turno de tarde. Pero recordaba que había agua. O eso esperaba, que fuese agua. En algún espantoso momento, mordedor para los más jóvenes. En la tercera boca dejó de contar. Y en la quinta, de gritar. Dimito, fue su último pensamiento antes de quedarse dormido. Dimito.

miércoles, 11 de junio de 2014

Arcas de memoria

Como nos reímos entonces. A principios de 2014 recibimos una foto del Curiosity mostrando una luz brillante sobre una colina marciana. Desde lejos parecía una bengala apuntando al cielo. Que si obeliscos de Kubrick, que si una puerta abierta de una ciudad subterránea de hombrecillos verdes. Que risas. Un rayo cósmico había impactado sobre una de las cámaras del vehículo, nos dijeron, haciendo que apareciera ese punto brillante. Y nos lo creímos, claro. No vas a saber tú más que la NASA. El Curiosity no volvió a pasar por la zona hasta seis meses más tarde. Y entonces ya no hubo dudas. Un objeto emisor de luz. Y llevaba como mínimo seis meses haciéndolo. Que buenas baterías, oye.

Nos acercamos, por supuesto. No lo íbamos a dejar pasar. No recuerdo quien dijo que si la especie humana encontraba alguna vez un botón con la leyenda “No pulsar, destrucción del universo asegurada. VA EN SERIO”, lo pulsaría solo para ver qué pasa. Guiamos al Curiosity hasta el mismo objeto. Una especie de barra brillante, metálica, sobre un soporte circular. Daba lecturas fuera de escala en el DAN, pero el DAN era de fabricación rusa, y, claro, que qué podía esperarse. Las cámaras de riesgos del Curiosity encontraron media docena de placas metálicas cóncavas alrededor del objeto brillante. De tamaño ligeramente superior al del objeto, distribuidas uniformemente alrededor. Muescas en cada placa que sugerían que encajaban unas con otras hasta formar una especie de huevo alargado. Sí, blanco y en botella.

Debía ser algún tipo de sonda o de bengala. O estaba emitiendo información sobre Marte o estaba emitiendo una señal de auxilio. O era una especie de faro. O un cartel de “no pasar, cuidado con el perro”. Salvo por la inmensa cantidad de neutrones libres que había encontrado el DAN no se apreciaba ninguna otra emisión. La cámara para múltiples espectros no encontró nada más que señales en el espectro visible, constantes, sin ningún patrón apreciable. Así que asumimos que no se estaban emitiendo señales al exterior del planeta. Pero era como un pequeño faro que nos atraía. Aquí, aquí, estoy aquí. Tócame, tócame, qué podría salir mal. Así que condujimos al rover hasta casi tocarlo. Y, bueno, como no, usamos el ChemCam para saber de qué material estaba hecho. Por si no lo sabíais, el ChemCam usaba un pequeño láser infrarrojo para vaporizar rocas y analizar los gases resultantes. Sí, lo que estáis pensando. Disparamos un rayo láser contra un objeto alienígena emisor de una cantidad absurda de neutrones…

El láser tenía un pulso de cinco nanosegundos. Diez nanosegundos más tarde todos los dispositivos a bordo del vehículo quedaron cegados debido a una sobrecarga de todos los sistemas, el brillo emitido fue recibido incluso desde la Tierra. Y nos pusimos a temblar. Primero disparamos, luego pedimos perdón por el ruido. Así somos.

Pasaron unos meses, así que después del Primer Pánico, el más leve, nos dispusimos a enviar otra sonda a Marte. No hubo tiempo para mejorar los vehículos tipo Curiosity, así que enviamos dos, con el segundo rover reservado para grabar a distancia al primero. Para lo que sirvió… Seis meses entre pruebas y el viaje. Sí, seis meses, el tiempo entre el Primer Pánico y el Segundo. Entre que dejó de emitir el Curiosity y que dejó de emitir la Voyager 2. La Voyager 1 estaba más alejada, pero se ve que los Otros venían por otro lado.

Por casualidad la New Horizons iba por el mismo camino, los Otros seguían también el plano de la elíptica. Ya estaba a distancia de empezar a hacer mediciones sobre Plutón. Y así obtuvimos las primeras mediciones sobre los Otros. Seis objetos no identificados a velocidad endiablada y constante saliendo del cinturón de Kuiper con rumbo al centro del Sistema Solar. El más grande del tamaño de Ceres y los dos más pequeños del tamaño de Fobos y Deimos. Exactamente del mismo tamaño. Y la misma forma. Cuando los de relaciones públicas de la NASA publicaron los datos reseñando que el tamaño de dos de los objetos eran de exactamente el mismo tamaño que los satélites de Marte no pudieron dejar de añadir que en la mitología griega Fobos y Deimos eran los hijos del dios de la guerra que personifican el dolor y el terror. Muy poético todo. Hasta en la rueda de prensa no pudieron evitar comentar que Fobos y Deimos tienen un tamaño similar al del meteorito que acabó con los dinosaurios...Y de cabeza al Tercer Pánico.
Los Otros. Les dimos un montón de nombres distintos, dependiendo de la cultura en la que vivieras, lo expuesto que estuvieras a Hollywood, etc. Para los más religiosos fue demoledor. Había más cosas ahí fuera. Y no podían estar muy lejos, la Voyager 2 no se había silenciado por casualidad. Y si había sido casualidad, la New Horizons fue silenciada solo dos semanas más tarde, demasiado poco tiempo para ir del cinturón de Kuiper a la órbita de Plutón. ¿Qué hicimos además de darles nombre? Lo que hacemos mejor, evidentemente, matarnos entre nosotros. Durante los Pánicos murió gente por decenas de millones. Centenares, supongo. China, Rusia, Indonesia, la mayor parte de la humanidad se colocó bajo la ley marcial. India se colapsó. Y Pakistán aprovechó para hacer lo mismo. Y ya puestos, hicieron lo que se esperaba de ellos. En medio del caos comenzaron un intercambio con armas nucleares. En Occidente nos dedicamos a hacer cosas diversas, siempre nos gustó eso de la diversidad. El sector de los idiotas se dedicó a volar cosas. Aviones, trenes, puentes, presas, de todo. Un imbécil llegó a detonarse junto al bunker dedicado a la conservación de la diversidad botánica... Los pesimistas abandonaron sus puestos de trabajo, sus religiones, sus familias y buena parte de ellos sus vidas. Y los optimistas... Bueno, los optimistas comenzaron la carrera armamentística más salvaje de la historia. El Consejo de Seguridad de la ONU coordina los esfuerzos industriales de lo que queda en pie de Occidente, China y Rusia. No sabemos aún para qué vienen los Otros, pero nos van a encontrar armados hasta los dientes. Hasta hemos preparado drones “suicidas” del tamaño de transbordadores espaciales rellenos con explosivos nucleares. Va a ser divertido que los Otros no vengan a hacer limpieza, ¿adivinais lo que haremos después con tantas armas? Sin contar con una posible guerra interestelar ya esperamos una hambruna para 2016, acompañada de enfermedades varias, millones de cadáveres en descomposición no nos van a salir gratis. Eso y el invierno nuclear que nos han dejado hindúes y pakistaníes.

No puede faltar mucho para que todo se solucione de una manera u otra. Los seis objetos ya han cruzado el cinturón de asteroides, si siguen con su trayectoria actual cruzarán la órbita de la Tierra a una distancia de seis veces la de la Tierra a la Luna. Yo… Yo ni siquiera sé porqué me molesto en grabar todo esto. El gobierno dice que ya que no me he alistado al menos puedo colaborar en el proyecto de Arcas de la memoria, para que ocurra lo que ocurra, aunque sea lo peor, quede algo de nosotros detrás. Me parece absurdo, pero tampoco tengo nada mejor que hacer hasta que todo acabe. Si sobrevive alguien y caemos en la barbarie me pregunto cuánto tardaremos en reinventar el lector de DVDs...

miércoles, 16 de febrero de 2011

Escenas

Sabe el MSV como acabará todo esto, pero llegue o no la revolución de los dieciocho días a buen puerto los egipcios ya han dejado algunas imágenes para el recuerdo, como aquel joven que se enfrentó en solitario a una columna de tanques cerca de la plaza Tian'anmen. O las muchachas que dejaron sus claveles en los fusiles de los soldados un 25 de abril à sombra duma azinheira.

Faltaba ya poco para que Mubarak tirara la toalla cuando grupos de manifestantes en El Cairo se dirigieron hacia el palacio presidencial, protegido por unos tanques, algunos soldados y una alambrada. Siguiendo el manual clásico de control de vagos y maleantes los tanques tenían enfilada con sus cañones la avenida que llegaba al palacio, listos para dispersar a cañonazos a la multitud. Al llegar al vallado unas mujeres increparon a un coronel tanquista reprochandole que defendiera a un tirano contra el pueblo. El coronel - y a mi qué me cuenta, señora, yo soy un mandao - intentó contemporizar, afirmando que Mubarak ya estaba como mínimo en Sharm el-Sheikh, y eso si no había seguido corriendo. Cuando unos jóvenes comenzaron a sacudir la alambrada retrocedió a la carrera a su tanque. En Tian'anmen los soldados tiraron contra los manifestantes, provocando cientos de muertos. Aquí, a una, los tanques desviaron sus cañones...

Unos días antes, grupos - espontáneos, obviamente...- favorables al presidente Mubarak estaban hostigando a los manifestantes de la plaza Tahrir. El viernes, durante la oración, para prevenir otro de los ataques a pedradas que se estaban poniendo rápidamente de moda, los cristianos formaron una cadena humana alrededor de los orantes. Unas semanas antes, después de algunos ataques a coptos, grupos de musulmanes acudieron el domingo a las iglesias para proteger a sus vecinos. Luego que si la violencia sectaria y si la abuela fuma...

miércoles, 25 de agosto de 2010

Narn

El pequeño club de oficiales se ha convertido en un torbellino. Olvidados sobre una mesa yacen los periódicos, viejos de semanas, desbordados por la velocidad de la radio. Un ordenanza entra entonces con el correo, tan retrasado como los diarios y tan olvidado ahora como ellos. En otros tiempos los jóvenes oficiales se habrían apiñado en torno del portador de las noticias tan esperadas, del padre o la madre, la esposa, de todos los que se encuentran a un continente de distancia, tan cerca de la primera linea, sometidos a frecuentes bombardeos. Pero ahora la voz tonante del locutor del servicio internacional de la BBC reclama su atención en un boletín urgente. El día anterior, el siete de diciembre de 1941, Japón había atacado a la flota americana en las islas Hawái. Como consecuencia del juego de alianzas los Estados Unidos entrarían, ahora de pleno, junto al Reino Unido en la lucha contra las potencias del Eje.

Los jóvenes pilotos que operan en Sudáfrica se felicitan unos a otros, se abrazan, celebran la llegada de tan poderoso aliado en la hora más oscura. Pero tanta alegría no es compartida por todos. Mientras sus compañeros se arremolinan en torno al aparato de radio, uno de ellos ha rebuscado entre las cartas recién llegadas, hasta encontrar un grueso sobre. Ignorando las expresiones de alegría de sus compañeros, sale al exterior y busca un lugar tranquilo donde leer la carta. Despacio, elaborando un rito que años antes le enseñó su corresponsal, extrae de sus bolsillos tabaco y una pipa. La prepara lentamente, da algunas caladas, dibuja unos círculos de humo y abre la carta. Vencida su escasa paciencia, comienza a devorar sus líneas, párrafo tras párrafo, hoja tras hoja. Terminada la carta, vidriosos los ojos, comienza una relectura más sosegada, disfrutando ahora de los detalles de una historia tan terrible como bella.

Mira hacia al oeste, como es su costumbre cuando lee estas cartas. Ha dejado junto a él la misiva y una ráfaga de viento, de ese viento del oeste que desde pequeño ha sido para él como un presagio, se lleva la historia. Un camarada le alcanza la carta, no sin antes echar un vistazo.

- Despierta, pasmado. Perderás estos papeles…

Sin una palabra, presa aún de la emoción, el oficial toma las hojas que le tiende su compañero, que ve las lágrimas en su cara.

- ¿Te encuentras bien? ¿Malas noticias de casa?

- Malas noticias… En cierta forma, sí. Mi padre me informa de la muerte de un amigo muy querido.

- Lo siento mucho, Christopher.

Se retira el joven oficial tras haber dado el pésame. Cabecea pensando en su compañero, con fama de soñador, al que toman el pelo diciéndole que vive en las nubes, lo que no es necesariamente malo para un piloto. Piensa en la carta que apenas ha entrevisto, y se pregunta qué tipo de persona puede notificar la muerte de un amigo con un poema de varias páginas. ¿Y qué demonios es un Narn?

martes, 20 de julio de 2010

Treinta años más tarde




- No voy a servirte más, Susie. Vamos, ya es tarde, vuelve a casa.

- No pienso volver a casa. Ponme otra, pronto llegará mi madre... Viene a buscarme mi madre...

Maurice, el camarero, mira despacio a Susie. Hay quien opina que esa mirada lenta refleja lo torpe de su pensamiento. Otros, más benévolos, estiman que alguien de su tamaño está condenado a hacerlo todo despacio. Los que lo conocen de antiguo aseguran que se debe a la larga serie de golpes que recibió como defensa en la liga juvenil. Pero ninguno de ellos, benévolo o no, comenta nada cuando Maurice está presente. Aunque hace años que es tranquilo como un monje, resulta muy fácil recordar sus más de cien kilos en acción.

- Está bien, pequeña. Si viene a buscarte tu mamá, hasta te dejaré la botella.

Maurice saca su corpachón de detrás de la barra. Es lunes, anochece, y el bar está prácticamente vacío. Solo queda Susie intentando encontrar algo en el fondo de una botella, un camionero de paso cenando tranquilo y un turista despistado jugando con su cámara. Deja el lavavajillas en marcha y sale al frío exterior. Acerca algunas bolsas de basura al contenedor abriendo un sendero entre la nieve. Antes de volver a entrar fuma pausadamente un cigarrillo bajo el helado cielo de diciembre, disfrutando del silencio sin coches, del manto blanco que brilla bajo el neón del bar. Frunce el ceño, hay una frase que lleva un rato rondando su cabeza. Entra y se acerca al taburete que ocupa Susie. Inclina su torso sobre la barra con una agilidad que desmiente su tamaño y alcanza un botellín de agua, que destapa pensativo. Bebe despacio. De nuevo hay quien diría que necesita tiempo para organizar sus pensamientos. O que, más sabio que lo que otros puedan opinar, duda en entrar en un terreno que intuye escabroso.

- Dime, Susie. ¿Por qué viene a buscarte tu mamá?

Susie mira pensativamente al gigante buscando algún tipo de doblez, pero no la encuentra. Debe ser el único vecino que no sabe de sus discusiones con su marido. Que no es la primera vez que se va de casa. Abre la boca para empezar a hablar, pero no encuentra las palabras. Sus ojos la traicionan y empiezan a empañarse.

- Maurice... Mi madre viene para llevarme al aeropuerto.

- ¿Al aeropuerto? ¿Por qué?

- Porque... porque me voy, grandullón. Ya no queda nada para mí, aquí - deja el vaso y coloca su mano sobre la manaza del gigante -... No me lo tomes a mal. Queda gente que quiero, como tú, como mi madre. Pero tengo que irme.

- Pero... no lo entiendo ¿Por qué?

- Porque ya no es lo mismo, Maurice. Porque la gente cambia, tú has cambiado tanto desde el colegio... Pero tu cambiaste a mejor, te convertiste en el hombre que eres ahora. Yo he cambiado... y él también ha cambiado. Cuando empezó a trabajar en la ciudad, cambió. Ya no escribe, Moe. Él dejó de escribir, yo dejé de dibujar... No se puede hacer nada más cuando se trabajan diez horas diarias seis días a la semana.

- No lo... Yo... No lo entiendo... Ese enano vivía por tí, Susie...

- Vivía. Has dado en el clavo, Moe.

Levanta su vaso en un brindis amargo. Lo deja sobre la barra y juega con él cuando siente la manaza de Maurice rodeando su hombro. Los ojos que antes apenas se empañaban vierten ahora algunas lágrimas contra las que pelea con fuerzas escasas. Levanta sus ojos verdes para encontrar la mirada franca del gigante llena de pena. Demasiado para Susie, que llora ya abiertamente. Su mirada huye por el ventanal, sale al frío exterior, se frena entre la capa de nieve que cubre la salida.

- Hace tres años que no hacemos muñecos de nieve en el jardín de casa. ¿Recuerdas nuestros muñecos de nieve? Los primeros muñecos de diciembre siempre eran los mismos, uno suyo y uno mío. Y los manteníamos, de una forma u otra, hasta la primavera - Susie ríe y llora, colocando un nudo en la garganta del hombretón -. Antes todo era mágico, lleno de colores. Ahora todo es gris. Y yo no voy a vivir en un mundo gris. Mi mundo será de colores, o no será. Siempre tendré enormes peluches hechos de nieve en invierno en mi jardín, Moe. Siempre.

Fuera un coche hace sonar su bocina. Susie se seca rápido las lágrimas con el dorso de la mano derecha, recoge su bolso y rebusca en él, pero la mano de Maurice interrumpe su gesto.

- Es mi madre, Maurice - el gigantón asiente levemente, se inclina sobre Susie y la abraza, levantándola del suelo.

- Nunca perdonaré esto al enano, Susie.

- Bastante tiene ya, Moe. No le digas nada, por favor.

- Cuídate, pequeña.

Corriendo, abrazada al bolso para protegerse del frío, Susie entra en el coche de su madre, que la recibe en silencio. Y en silencio comienzan el trayecto al aeropuerto. El destino, al parecer queriendo dejar caer una última gota de hiel en sus labios, coloca en su camino la casa donde ha pasado los últimos años de su vida, desde que sus suegros emigraron a Florida. Cuando embocan la calle, a la luz de los reflectores del porche de la casa, puede ver a su marido afanándose en el césped nevado. Con una habilidad que creía perdida, está levantando dos figuras de nieve. Dos peluches enormes, un conejo y un tigre.

- Calvin...






Esplugues del Llobregat, 20 de julio de 2010.