jueves, 3 de mayo de 2001

Hacha

Avanzan pesadamente, sucios, heridos, en el atardecer, cargados con sus pertrechos y los de los compañeros caídos. Marchan apresurados pues una fuerte tormenta amenaza con descargar desde el occidente. Murmullan entre ellos, presas del dolor, el cansancio y sobretodo, un temor reverente.

 

            - No olvidaré jamás ese hacha. Se alzaba y caía, se alzaba y caía, mortal siempre. No sé cuantos de los nuestros quedaron allí.

 

            - A mí me lo vas a decir – contesta un compañero, la cabeza vendada  con una tela ensangrentada -. Me golpeó de revés con esa maligna arma. Perdí el sentido y casi perezco aplastado por el peso de los muertos.

 

            - Ha sido una pesadilla. No comprendo como un solo hombre pudo presentar tanta resistencia... retrocedimos en siete ocasiones... y en las siete ocasiones los mandos nos obligaron a volver a cargar con látigos y porras... una pesadilla...

 

            - Yo vi como un grupo, aterrorizado ante ese hacha letal, retrocedía arrollando a los mandos... dicen que los Grandes Jefes los mataron a todos.

 

            - ¡Setenta! Setenta cuerpos se contaron entre nuestros muertos.

 

            El caminante que marcha a la cabeza, cabizbajo, herido en un brazo que porta en cabestrillo, la tez cenicienta, murmura para sí mismo.

 

            - Maldita sea su sombra... Perdí toda mi escuadra. No creo que en toda mi vida vuelva a ver tal montaña de brazos y cabezas cercenados.

 

            Una figura terrible se acerca a ellos. Empuña un látigo con el que golpea las maltrechas filas.

 

            - ¡Malditos gusanos! ¡Apresuraos! Hemos de reunir nuestras fuerzas para descargar nuestro puño mañana sobre los enemigos desbandados.

 

            Las filas se estremecen y continúan con su caminar cansino. El líder del grupo sigue su marcha impertérrito, siempre mascullando para su embozo.

 

            - ¿Desbandados? Y un cuerno. Yo estaba en la primera oleada y vi perfectamente como esos cerdos formaban un cuadro para proteger la huida de sus aliados, los Malditos, más allá del marjal de Serech.

 

            Uno de ellos, tal vez valiente, tal vez simplemente inconsciente, se atreve a alzar la voz y seguir la conversación. Tras la batalla de ese día incluso uno de los Jefes está cansado.

 

            - ¿Qué fue de él? ¿Lo matasteis? ¿lo hicisteis prisionero?

 

            - Cayó prisionero. La octava oleada consiguió aplastarlo bajo una montaña de muertos. Cuando ya no tuvo sitio para maniobrar con su hacha le lanzamos redes y pudimos atraparlo. ¡Siete oleadas, que el Señor encadene su alma! Lanzamos contra esa colina siete cargas y consiguió deshacerlas todas. Gritaba como un poseso mientras su arma segaba nuestras filas como se siega el trigo. No olvidaré nunca ese grito de guerra.

 

            -¿Cómo era?

 

            - No hablo la lengua de los Malditos, pero sonaba algo así como aree entulva.

 

            Aurë entuluva. Gritaba aurë entuluva.

 

            Sus compañeros lo miran con desconfianza. Se diría que tan solo el prístino sonido de esas palabras hiere sus oídos.

 

            - ¿Cómo lo sabes?

 

            - Serví como guardia tres años en las minas de hierro, y aprendí algo de su idioma. Los Malditos cantaban algo así mientras cavaban y extraían el mineral.

 

            - ¿Y qué significa eso?

 

            La tormenta ha atrapado al grupo, un trueno acalla la respuesta. Las nubes se extienden hasta donde alcanza la vista, como una bandada de titánicas aves enlutadas. La lluvia que llega del Occidente se vierte sobre la tierra, intentando limpiar la sangre, sanar la tierra. Las gotas que caen son las primeras de las innumerables lágrimas que se verterán en los próximos días.

 

 

 

            En el año 473 desde el alzamiento de la barca del sol se rompió definitivamente el sitio de Angband en la quinta batalla por Beleriand, la Nirnaeth Arnoediad, las Lágrimas Innumerables. La última arma en caer fue el hacha de guerra del señor de Dor-lómin, Húrin de la casa de Hador Cabellos Dorados, que fue llamado Thalion, el inquebrantable, por su firmeza ante el Señor Oscuro. La Narn de los hijos de Húrin cuenta que su resistencia infranqueable, su valor indomable, permitió que se retiraran del campo las fuerzas de Gondolin para volver a combatir en otra jornada y que antes de caer prisionero siete veces se alzó su voz sobre los marjales de Serech. “Aurë entuluva!”, “¡Ya se hará de nuevo el día!”.

 

 

 

                                                                                                Jose, 3 de mayo de 2001.

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