domingo, 25 de febrero de 2001

Funeral

- ¡Eilif, Eilif! – las lágrimas bañan las mejillas de la kender, mientras entra en la cueva gritando, despertando al hombretón, que está tendido con una pierna enyesada.

          
- ¿Qué pasa? Dioses, Cristal, cálmate y cuéntame, ¿qué ocurre?.


- Es Vardaz, Eilif... Lo he visto en el camino del norte... ¡Lo han cegado, Eilif! ¡Lo han cegado y lo han expulsado como a un perro! No pude acercarme porque lo vigilaban unos hombres armados y...


El hombretón permanece callado. De su cara ha huido la sangre, los músculos de su mandíbula se marcan tirantes a ambos lados de su cara mientras su cerebro intenta asimilar la idea.


“Vardaz... ¿cegado? ¿cegado? ¿por qué? ¿quién? Habría muerto antes de ser hecho prisionero, ¿cómo ha podido ocurrir? Un momento... ¿el camino del norte?”


- Cristal... te voy a arrancar la piel a tiras si se te ha ocurrido bromear con algo así, ¿cómo has podido ver a Vardaz en el camino del norte si estamos al oeste de la ciudad?


Increíblemente la kender golpea el rostro del asombrado Eilif, a ese golpe siguen otros. El hombretón se da cuenta del error cometido y de que lo que le dice es cierto, alguien ha capturado al gigantesco minotauro y lo ha cegado. Cae de rodillas, la kender se abraza a él, desecha en un mar de lágrimas.


- Eres un estúpido, Eilif ¿Cómo puedes pensar que bromearía con algo así? Tú no lo has visto, tú no lo has visto... se tambaleaba en el camino, caía una y otra vez... ¡Ay, Vardaz! El fuerte Vardaz, ay, ay... ojalá nunca hubiera visto esto, ojalá hubiera perdido yo mis ojos... ¿qué haremos ahora, Eilif? tenemos que ir a buscarlo, pero yo sola no puedo traerlo, y tu pierna...


- Perdóname, pequeña... lo siento mucho, no quise decirte eso... ¿pero como puede ser? ¿quién podría haber capturado a nuestro amigo? ¿mi pierna? ¡al Abismo con mi pierna! Tráeme la cizalla, estoy bien, romperemos la masa y buscaremos a nuestro amigo.



                                             /-------------/


- ¡Vardaz! Estoy aquí, hemos venido a buscarte...


El minotauro levanta la poderosa cabeza, su rostro, bañado por la sangre y las lágrimas se colma de algo parecido al miedo.


- ¡No! ¡Retroceded, es una trampa!


A ambos lados del camino aparecen hombres armados. Y tras ellos una figura a caballo.


- Eilif, Eilif... no has aprendido nada en estos últimos años... sigues siendo el mismo estúpido, la ruina de tus amigos. ¿Has visto al hombre toro? Discúlpale, ahora él no puede verte a ti.


Eilif se gira, se sabe perdido. Veinte hombres los rodean, algunos armados con ballestas. ¿Y ahora?. Se acerca al minotauro, es todo verdad. Dos cortes de cruel acero han reventado los globos oculares, ni siquiera se han vendado las heridas, que aún supuran sangre. El minotauro mantiene la cabeza erguida, sus manos se abren y cierran de forma espasmódica.


- Malditos sean los dioses...


- Maldita sea tu estupidez, humano – repone el minotauro, con voz cansada -. ¿No te dijo nada que emprendiera el camino del norte? ¿creíste que me había perdido? Intentaba alejar a ese malnacido de la cueva. ¿Cómo está tu pierna?


- Bien, yo... ¿mi pierna? ¿mi pierna?. ¿Cómo te han podido hacer esto? ¿qué ha ocurrido?


- Bueno, parece que ese miserable no tiene honor pero sí buena memoria. Aún recuerda cuando deshicimos su pequeño negocio de especulación durante la Guerra de la Lanza. Me encontraron en el mercado, colocaron algo en la comida que me dieron y cuando me desperté estaba en el palacete de ese miser ... ¡aaaggghhhh!


Un virote de acero, procedente de una ballesta se ha clavado en la rodilla del gigantesco hombre toro.


- ¡Malnacido! ¡miserable! ¿por qué no te enfrentas a mí? ¡yo deshice tus negocios hace años! ¡carga con tu maldito caballo si eres un hombre!.


- Ja, ja, ja... ¿por qué, hijo de un ogro y una bruja? ¿no te gusta más así? A mí sí.


El hombre hace una seña, otro de los ballesteros dispara. El hombre toro cae de espaldas, en su hombro destaca el penacho negro de otra saeta. El cuerpo del minotauro se retuerce de dolor.


- Sarrrgasssss...


El humano cae de rodillas. Deja caer la inmensa espada que empuña. La kender solloza abrazada al inmenso pecho del minotauro. Los hombres se acercan al grupo.


- Veo que has comprendido, ahora nosotros...


Eilif se ha puesto en pie con la velocidad de un relámpago. Toma su espada y con un giro de su arma decapita al primer mercenario a su alcance. Sus ojos han virado completamente hacia el rojo, han perdido cualquier rastro de blanco. De su boca, llena de espuma, solo salen inconexos rugidos de rabia, pura como el hielo y destructora como el fuego.


Locura.


Con la precisión de un mortífero ballet el gigante se mueve entre sus enemigos. Su descomunal espada abre un sendero de destrucción entre él y su objetivo, el hombre montado a caballo. Los ballesteros intentan disparar, pero se encuentran inmersos en el grupo y sus disparos solo rozan al hombretón, clavándose en sus compañeros. Una espada corta busca su vientre, resbalando sobre la cota de malla. Un giro rápido, un grito y el pomo de su espada revienta una cabeza pobremente protegida por un capacete de cuero. Dos piqueros se lanzan sobre él. Una rodilla a tierra, un giro bajo los astiles de las lanzas y un salto hacia arriba, la espada hiende un cráneo desde la barbilla, una mano enfundada en un guantelete de malla de acero destroza una mandíbula. Caen cabezas, miembros. Se tajan pechos, vientres. Tras él suena el lúgubre lamento de una vara jupak. Por fin alcanza al jinete, un golpe descomunal con la parte plana de la espada tumba al caballo de costado. Se abalanza sobre el jinete y lo deja sin sentido de un golpe. Cuatro esbirros huyen por el camino de la playa, el hombre toma su arco.


- Uno – La voz no es inteligible, el gruñido apagado de una bestia.


- Dos – Masculla entre dientes, apenas comprensible.


- Tres – Una voz ronca, dura, primitiva.


- Cuatro – Se pone en pie, de nuevo humano.




/-----------/




El hombre despierta inmerso en una pesadilla de dolor particular. No ve por uno de sus ojos, el pómulo de ese lado está astillado, cada fragmento de hueo se clava en su carne como un alfiler al rojo.


- ¿Conoces la ley minotaura, demonio? Ojo por ojo, diente por diente.


El minotauro espera junto a un brasero donde hay varios hierros calentándose al rojo. El hombre se sacude en los brazos del hombretón, presa del más puro pánico, los ojos desorbitados por el terror más absoluto.


- Llévate a la kender de aquí, hermano. No quiero que vea esto.




/----------------/




- Sabes lo que debes hacer, hermano. Déjame solo con Cristal, ve a la ciudad a comprar lo que necesitas.


- Vardaz...


- ¡Ve ahora!


- Sí, hermano.






- ¿Qué quieres decir, Vardaz?


El minotauro se gira hacia la pequeña. La poderosa cabeza se inclina hacia ella, manchada por la sangre que ha brotado de sus ahora vacías cuencas. Es una figura espantosa, pero adopta una expresión de inmensa ternura. Su voz adquiere unos matices que olvidó en la infancia, junto a una madre y unos hermanos perdidos en Mithas, al otro lado del mar Sangriento.


- No puedo seguir así, mi pequeña. No veo a mis enemigos. Mi rodilla derecha está destrozada. No puedo andar, no puedo pelear. ¿Qué queda para mí ahora?


- Pero... pero... ¿qué estás diciendo? No... no...


- No lo entiendes, Cristal. Somos criaturas distintas, culturas distintas. No llores, no quiero llevarme como ultimo recuerdo el sonido de tus sollozos. Nos conocemos desde hace mucho, juntos hemos recorrido todo Ansalon.


La kender hace esfuerzos terribles para aguantar las lágrimas. Se levanta corriendo y se lanza contra el hombre toro. Lo abraza. Lucha contra su pena y consigue esbozar una sonrisa, anegada en lágrimas.


- Vardaz... Yo seré tus ojos, déjame llevarte a casa, a Esperanza. Allí son todos amigos, cuidaran de ti...


- Oh, mi niña. Sigues sin comprenderlo. Nadie va cuidar de mí ahora, como nunca nadie lo hizo antes... casi nadie. No sabría como dejar a alguien atenderme, y no quiero aprender ahora. Acabaré con todo ahora, junto a mis amigos. Mejor hoy, que aún conservo mi fuerza, que no dentro de unos años, amargado por dentro y corrompido por fuera. Prométeme una cosa, pequeña.


- Dime.


- Prométeme que olvidarás todo lo que has visto hoy. Olvida al Vardaz vencido y cegado. Recuerda nuestros viajes, recuerda la puesta del sol en Esperanza, las travesías por el mar, el Cristalmir... ¿recuerdas cuando fuimos a Sancrist y visitamos el interior del Monte Noimporta?


- Jah, jah... sí, los gnomos inven.... oh, Vardaz....


Con una ternura infinita el minotauro calla, meciendo con su inmenso corpachón a la kender. En la dorada arena de la playa, frente al mar Sangriento, se mezclan las lágrimas de una kender y un minotauro.



Eilif vuelve dos horas más tarde. La kender, totalmente extenuada, duerme en la playa, arropada por la capa del hombre toro. Ha improvisado una almadía con una barca de pescador, ha levantado una pira sobre ella, derramando aceites sobre las maderas.


- ¿Crees que él me perdonará, hermano?


- Ese dios tuyo no tiene nada que reprocharte, eres el orgullo de los tuyos. A lo largo de Ansalon tu nombre es sinónimo de honor. Vardaz... por favor. Esto no es necesario.


- Eilif, creí que tú mejor que nadie comprendería esto. No puedo seguir viviendo estando disminuido. Prefiero morir aquí por tu mano que atrapado por una vejez enferma y decrépita. Es el mejor favor que podrías hacerme. ¿Quién mejor que aquel que ha sido mi hermano durante tanto tiempo? Yo lo haría por ti.


- De acuerdo.


- Una cosa más. No despiertes a la pequeña hasta que esté colocado en la pira. Se lo he explicado todo, pero no quiero que vea lo que viene.






/--------/



Años más tarde, un bardo de la ciudad de Kern contaba una historia por todo Ansalon. En su historia él mismo salía de un bosque cercano a su ciudad natal y descubría una pira inmensa donde ardían los cadáveres de dos decenas de hombres. Recortados contra el fuego se alzaban dos figuras formidables, un humano y un minotauro de enormes proporciones. Ambas en pie, con las piernas abiertas, el minotauro mirando hacia el mar, hacia Mithas, el humano con una espada gigantesca tomada con ambas manos y equilibrada sobre su cabeza. Tras unos instantes de inmovilidad el humano asiente, voltea su arma sobre la cabeza, y decapita al minotauro de un solo golpe.


Porta el cadáver hasta una barca en la que se alza una pira, lo deposita allí y empuja la barca hacia el mar. Vuelve a la playa, donde arde un brasero, llama a una tercera figura, tal vez una niña y le señala la barca, esta le abraza y asiente. El guerrero toma un arco compuesto enorme, enciende una flecha y desde una distancia imposible dispara. Oye el grito desgarrado de dos almas. ¡Tu recuerdo vivirá para siempre conmigo!. La flecha encendida traza un arco de fuego en el ocaso y alcanza la almadía, que estalla en una llamarada de gloria.


Eso es lo que cuenta habitualmente, pero cuando ha bebido y la noche muere para dar paso al alba lo cuenta todo. Que creyó ver, en la niebla del ocaso, como la imagen translúcida de un gigantesco cóndor encerraba entre sus alas contra su seno la barca en llamas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario