La primera vez que lo vi yacía boca abajo sobre una mugrienta mesa en una sucia taberna de Haven. Estaba completamente borracho, inconsciente, sólo en medio de un charco de alcohol, guiso y vómito. El largo y crespo pelo negro, apelmazado por la suciedad, cubría su cara de forma que en ese momento no pude ver sus rasgos. Parecía una presa fácil para los rateros, pero sorprendentemente conservaba su dinero y su petate, más tarde padre me diría que era porque ya lo habían visto en ese estado antes y que él mismo, cuando advertía que pronto perdería el conocimiento se colocaba unas nudilleras de acero que ya habían dado cuenta, en puros movimientos reflejos, de más de un ladronzuelo.
Harald, el tabernero, pidió a Padre que le ayudara a deshacerse de aquella “bestia”. No entendí a qué se refería hasta que mi padre y Khor, el capataz de nuestra granja, se acercaron a aquel hombre para llevárselo. Padre era un hombre fuerte, de seis pies de altura, y el buen Khor aún era más grande y robusto, pero ambos parecían alfeñiques al lado de aquel gigante dormido. Entre ambos lo levantaron cogiéndolo cada uno por un brazo, y fue entonces cuando vi su cara y comprendí a qué se refería el tabernero. Aquel hombre tenía una cara muy peculiar, sus rasgos parecían cincelados en piedra morena, la frente torturada, una nariz prominente y la boca gruesa hacían difícil olvidar su rostro y marcaban una diferencia, una distancia, con todos los que le rodeaban.
Padre llevó al gigante dormido a la granja en la carreta y lo encerró en el granero. Al día siguiente, acompañados de dos aparceros armados con picas, le despertamos. Seguía tan sucio como el día anterior, pero al menos ahora se sostenía sobre sus dos pies, rozaba los ocho pies de altura. Pude ver sus ojos esta vez. Estaban inyectados en sangre, pero pude ver que tenían un extraño tono azul. Más tarde, al aire libre, comprobaría que en realidad se encontraban entre el azul y el verde, pero que adoptaban la tonalidad de su alrededor. Esa mañana padre y él hablaron durante mucho tiempo. El hombretón parecía confundido, pero padre podía ser muy persuasivo. Años después el propio gigante me explicaría de qué habían hablado. Padre le hizo darse cuenta de su estado, de que llevaba meses bebiendo y provocando peleas. No sabía quien era ni de donde venía, pero el sabio Elistan le había dicho que era básicamente un hombre que había perdido ya la cuenta de las oportunidades perdidas durante su juventud, y que sería bueno ofrecerle una nueva oportunidad. Y la aceptó.
Durante toda la primavera y el verano trabajó como tres hombres en la granja. Recuperó su potencia física, el alcohol que había en su cuerpo se evaporó devolviéndole una insospechada agilidad que él creía ya enterrada. Volvió a ejercitarse con sus armas, tenía un arco compuesto gigantesco, que solo él podía encordar, con el que podía lanzar saetas de acero y duro tejo a una distancia y con una puntería increíbles. También tenía una inmensa espada de casi cinco pies de largo que en aquella época, cuando yo aún estaba creciendo, no podía levantar. Y nos sorprendió a todos cuando al volver una noche de Haven trajo una especie de viola que había comprado a unos nómadas. Aquellas inmensas manos suyas, capaces de desmigajar una dura manzana verde o doblar una barra de acero, acariciaban aquel instrumento arrancándole notas capaces de hacer brotar las lágrimas al duro Khor o hacer bailar a toda la granja a sus ordenes. Él fue quien me enseñó a usarla.
El verano fue la estación del conocimiento. El gigante reveló los modales de un verdadero caballero de Solamnia. Y los conocimientos de un sacerdote. Algunas noches sus discusiones con Elistan se prolongaron hasta el alba entre puñetazos sobre la mesa y abrazos emocionados. Hablaba poco de sí mismo, aunque le absorbían las historias de los demás, aún las que podían parecer más nimias.
Se marchó con el otoño, la estación que siempre asocié a las despedidas.
* * *
Volvió dos años más tarde. Llegó andando, sucio, apoyado sobre un inmenso cayado. Contó que había ganado una fortuna como mercenario durante el año posterior a su partida... y que la había dilapidado en el siguiente. Contó que cuando se dio cuenta de que volvía a perderse en el laberinto del alcohol cogió lo poco que le quedaba, aquellas armas de las que nunca se separaba, algo de dinero y comida, y volvió a la granja. Se quedó durante dos años. Dos años en los que volvió a trabajar como campesino. De tarde en tarde, cuando la sangre se le “espesaba”, como él decía, nos dejaba por unos días, a veces un par de meses. Invariablemente volvía risueño de esas aventuras, más delgado, con alguna cicatriz de más y siempre, siempre, con regalos para todos. Telas, brazaletes, juguetes, anillos... cuando volvía su petate parecía los saquillos de un kender y entregaba sus regalos con la misma despreocupación. Fue en esos dos años cuando llegué a conocerlo. Seguía siendo tan impenetrable como siempre, pero de vez en cuando se abría, sobretodo a Padre y a mí.
La noche de las estrellas caídas fue la única vez que me habló de sí mismo durante horas. Era un mestizo. Su padre había sido el producto de la violación de una campesina por parte de un ogro. Aquel niño creció hasta convertirse en un gigante que se estableció como cazador en las montañas Kalkhist junto a una túnica roja que no superó la Prueba, pues había un hombre al que amaba más que a la magia. Él fue el único fruto de aquel matrimonio, sus padres fueron asesinados por una turba enloquecida que acusaba a su madre de brujería y odiaba a su padre por ser un mestizo. Creció hasta los dieciocho años criado por un viejo loco que aseguraba no ser de ningún lugar de Krynn al que siempre llamó Maestro. El anciano lo adiestró en el uso de las armas, construyendo para él su arco y su espada. También le inculcó profundamente el amor por la búsqueda de conocimiento y por la música. Dejó a su maestro a los dieciocho años. La salvaje mezcla de sangres que bullía en su alma lo llevó a la búsqueda de aventuras. Volvió con su maestro a los veintiún años. No estaba orgulloso de todo lo que había hecho. Le asustaba una parte de su alma, una parte que le empujaba a la autodestrucción. Permaneció dos años más con el maestro. En esos dos años, hasta la desaparición de su querido maestro, aprendió a disciplinar su mente, una disciplina que sabía que difícilmente podría llegar a dominar, y encontró un objetivo, la búsqueda de una ciudad santa donde tendrían cura los males de su alma, la ciudad de la que decía venir el viejo loco que era su amado maestro, el que había ocupado el lugar de su padre.
Me habló de todos los sufrimientos que había visto entre las gentes de Ansalon a lo largo de sus viajes. Las guerras entre pueblos y razas. Y el mortal cansancio que le invadía al ver todo esto. Había combatido como mercenario. Había matado gentes de todas las razas, en todas había visto la misma estupidez, la misma codicia. Solo respetaba sin excepción a los alegres kenders de dedos ligeros; nunca, por sumido que estuviera en el odio y la bebida le hizo ningún mal a un hombrecillo de esa raza, creía que eran las únicas chispas de luz en un océano de oscuridad, que eran la única razón válida para justificar Krynn.
Al final de aquellos dos años se encontraba como enjaulado en la granja. Sabía que estaba a punto de estallar de nuevo, en otoño volvió a irse. En aquella ocasión no se despidió.
* * *
Durante los años posteriores no volvimos a verlo, se sumió en la vorágine de los prolegómenos de la Guerra de la Lanza. De tarde en tarde llegaban cartas y regalos a la granja, aunque cada vez más espaciados. Hablaba de sus viajes por Ansalon. Y recomendaba a Padre dejar la granja para partir hacia el sur. Hablaba de una pequeña aldea escondida en las montañas, una aldea construida con refugiados huidos de todo Ansalon. Pero Padre nunca quiso abandonar el producto de tantos años de esfuerzos.
* * *
La siguiente vez... fue poco después del final de la Guerra de la Lanza. La granja en invierno descansaba. Muchos de nuestros campesinos pasaban los meses de frío en el pueblo. Y una banda errante de draconianos, goblins y otros seres oscuros atacó la granja... aquella maldita noche murió Padre, defendiendo todo lo que era suyo. Y el buen Khor, bendito sea, que se abalanzó sobre las filas de los draconianos con su hacha de batalla para que pudiéramos escapar en la noche. Yo no lo conseguí, hijo mío. Aquellos seres se abalanzaron sobre mí y me llevaron ante su cabecilla. Mientras continuaba el saqueo y la destrucción de la granja el jefe ogro me tomó para sí...
Tras arrasar completamente la granja, aquella banda de asesinos y otros errantes derrotados en la Guerra de la Lanza que se les unieron, tomaron el rumbo de Neraka. Si no hubiese estado aturdida por los golpes y las privaciones me habría dado cuenta de que día tras día el número de malvados disminuía. Eilif estaba dando caza al grupo. Había llegado dos días tarde, ilusionado como un chiquillo como siempre que traía sus regalos, solo para encontrarse con la granja quemada y los cadáveres que empezaban a descomponerse de aquellos que lo habían acogido... menos una. Cuando no me encontró entre los cadáveres ni en el pueblo empezó a seguir las huellas de la banda. Mandó llamar a aquellos que habían combatido a su lado en la guerra, gentes tan extrañas como él mismo. Y dos semanas más tarde, de noche, atacó el campamento. Se desató un vendaval sobre la tropa oscura, mágicos rayos azules derribaron a los centinelas, saetas abatían a los goblins en medio del caos... y entró a degüello en el campamento, seguido de los suyos, entre ellos un minotauro aún más grande que él. No vi nada del combate que siguió, el cacique ogro me había dejado inconsciente de un golpe. Cuando recobré el conocimiento estaba recostada contra un árbol, Eilif y los suyos habían hecho una pira gigantesca con los cuerpos enemigos y sus pertrechos, y un poco apartados de ella y siguiendo el lamento de unos extraños instrumentos que sonaban como el gemido del viento en las montañas entonaban una triste canción que hablaba de derrotas, compañeros caídos y esperanzas futuras.
Eilif Aglar nos trajo aquí, a Esperanza, aquella pequeña aldea de la que habló a Padre. Somos un pueblo extraño, hijo mío. Los que aquí vivimos pertenecemos a todas las razas de Ansalon. Sabemos lo que significa el azote de la guerra sobre los pueblos. Todos hemos llegado traídos por Eilif Aglar y otros como él, como los que le acompañaron en el ataque a aquella banda asesina. Tal vez esta podría llegar a ser esa ciudad santa que busca, pero no lo creo. Sigue teniendo la misma apariencia de la primera vez que lo vi. Y sigue sin poder permanecer mucho tiempo en el mismo lugar.
Aglar, hijo mío, esa es la historia del hombre cuyo nombre llevas. La semilla que te engendró fue la de aquel cabecilla ogro, pero Eilif Aglar es el hombre que se convirtió en tu padre a lo largo de estos años, al menos mientras ha estado entre nosotros. Supongo que es el único capaz de entender esa tormenta que azota tu alma y parece dividirte en dos, te ha enseñado todo lo que ha podido sobre los que son como vosotros. Pronto cumplirás los dieciséis años, y ya eres más grande que cualquiera de tus jóvenes amigos. Eilif me dijo que pronto partirías... y ahora te vas. Dices que tienes que encontrarte a ti mismo y no puedes hacerlo dentro de los límites de nuestro pequeño pueblo... Cuídate mucho, Aglar, hijo mío, que Mishakal, mi señora, vele por ti.
Jose, 24 de febrero de 2001.

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