Más de cincuenta años... más de cincuenta años en los que he venido a buscarte, siempre en las mismas fechas, siempre la noche de difuntos. He mantenido siempre ese recuerdo vivo en mi corazón, vivo y en secreto. ¿Quién iba a creerme?
Lo hice jugando, como el niño al que su madre ha prohibido saltar una valla, que sabe que más allá no hay nada que merezca la pena, pero que aún así salta el cercado, un poco riéndose de sí mismo y a hurtadillas. Fui a Finisterre, y en el momento que el libro llamaba la hora-entre-horas, cuando se ponía el sol en el cabo que los antiguos celtas llamaron del fin del mundo - ¿de este mundo? -, di tres vueltas en torno al montículo del faro, siguiendo la dirección del sol entonces moribundo. Un brillante destello de luz me cegó, de repente la tierra se tornó agua y el mar tierra, y allí estabas tú, acorralada contra la orilla y rodeada por unos seres horribles, deformes.
¿Cómo pude equivocarme tanto? Todavía sonrío al recordar como tomé uno de los palos que había en aquella extraña playa y creyendo defenderte me abalancé sobre aquellas criaturas, cayendo en el foso que habías disimulado ante ti para capturar a aquellas bestias. Para hacerlo más humillante perdí el sentido al golpearme la cabeza contra una roca. No ví lo que más tarde tuve ocasión de ver tantas veces, el terrible espectáculo que era tu bello cuerpo cubierto de anillas de acero, sosteniendo una cimitarra en cada mano, avanzando, castigando, llevando el miedo y la muerte a tus enemigos. Lo que sí pude ver fue la cólera en tus ojos al sacarme del foso. Me gritabas en tu idioma, aquella lengua que yo aún no conocía, completamente encolerizada, tanto que me devolviste al foso de un tremendo puñetazo. ¡Nunca antes me había golpeado una mujer de esa forma! Ni un hombre, ya puestos. Mi vida hasta ese día había transcurrido con la feliz inconsciencia de un adolescente nacido en el seno de una familia rica.
Una familia rica... nunca había estado solo, nunca había pasado hambre, frío, el miedo a lo que pueda deparar el mañana... hasta que llegué a tu lado. Y pese a ello contigo pasé los seis mejores años de mi vida. Seis años en los que recorrimos tu mundo, tu salvaje, cruel, glorioso y maravilloso mundo. Años en los que conocí la mordedura del frío, del hambre, del acero de un enemigo. Años de entrenamiento y viajes. Años de gloria. De amor.
De amor. He estado casado en este mundo, dos veces. He querido a mis dos esposas y a cada uno de mis hijos. Pero ¿cómo comparar el sencillo color rojo con el rubor de la rosa?. Así como en tu mundo todo era más brillante, más puro, más terrible, así fue la diferencia entre el amor que he tenido en esta tierra y el amor que sentí por ti.
Nos separaron, en una hora-entre-horas en tu mundo nos separaron, y antes de partir, antes de que el mar se hiciera tierra y la tierra mar juramos volver a encontrarnos, buscar de nuevo el puente entre los mundos. Y te he buscado, amor mío, durante cincuenta largos años. Durante los primeros años busqué el puente aquí, en Finisterre, sin resultado, cada noche de difuntos, cada noche de Samhein. Siempre sorprendido por el amanecer completamente aterido de frío, muerto de pena. He recorrido el mundo buscando puntos donde encontrar el puente, inútilmente.
Estos últimos años he vuelto al principio, a este “fin del mundo”, a buscarte. Pero para serte sincero, con más temor que esperanza. El paso entre los mundos también afecta al tiempo, amor mío. Cuando crucé el puente de vuelta me encontré con que solo habían pasado unos meses en mi mundo. Seis años de gloria, de alegrías y tristezas, por unos meses grises, anodinos. Tengo miedo de encontrar el puente tendido y encontrarte al otro lado, esperando al que junto a ti antaño amó y combatió. Regresar para ver la desilusión y la pena en tu cara cuando descubras a un anciano inútil que a duras penas puede ya dar tres vueltas en torno a una colina sin caer extenuado, no al guerrero de otros tiempos.
El corazón me dice que está será la ultima vez, amada. Me faltan las fuerzas, y lo que tu me enseñaste que es peor, la voluntad de luchar.
Ya cae el sol, ya es hora...
Jose, 5 de noviembre de 2001

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