Los muertos caminan en un palacio de salas infinitas.
- ¿Quién es esa mujer? Quién la de rubios cabellos, la de ojos ardientes, la de risa rápida y cólera fácil. La que camina como una reina, la de porte felino, la que amó a un Señor de hombres mortales.
- Estaba sola, sobre el Sirión.
Los muertos caminan, y preguntan quien es esa mujer ante quien el mismo Mandos rinde homenaje.
Estaba sola, en el puente sobre el Sirion.
* * *
Qué grandes esperanzas se habían puesto en aquel día. Los más hermosos, los más fuertes frutos que jamás dieron elfos, enanos y hombres se unieron en uno solo para expulsar al negro enemigo del mundo. Arco, Hacha y Espada que desterrarían para siempre el mal de la Tierra, rescatando las joyas que guardaban la beatitud de los tiempos de antaño, restaurando la belleza original que en la Gran Canción estaba prevista. En otra parte se cuenta qué fue de la gran alianza que se llamó Unión de Maedhros, y como la esperanza se tornó en pena, y como aún habrían de pasar muchos años antes de que el Maldito fuera expulsado. Pero pocas gentes hablan del destino de la rosa más bella, de la espina más aguzada que dio al mundo la sangre de Dor-lómin.
Una nueva cosecha florecía en Hitlum, custodiada por el Señor, Húrin. En el duro noroeste los hombres crecían en número, y felices esperaban el momento de la venganza y recuperación del señorío de Dor-lómin. Pero no todo era felicidad, pues una mujer penaba en silencio, purgando su dolor en las fronteras, manteniendo a orcos, wargos y otras bestias lejos del objeto de su amor, que no era otro que su pariente Húrin. Ambos habían crecido juntos bajo la mirada de la noble Hareth, y en esos años el corazón de la joven se prendó del Señor. Pero las leyes de los hombres no permitían casamientos entre primos, y además Húrin se ató a Morwen, de la casa de Bëor.
Tristes fueron los primeros años de la juventud de la noble mujer. Comprendiendo lo imposible de su amor, cautivada por la serena majestad de Morwen, vistió ropas de hombre, tomo el arco y el acero y partió a las fronteras. Pronto su arrojo suicida le dio un nombre en el norte, la Espina de Hitlum. Durante los meses de primavera y verano su corazón se aligeraba en el frenesí de la batalla, en la caza de grupos de incursores orcos, limpiando los bosques de las inmundas criaturas del norte. Pero cuando el invierno llamaba a las puertas y el tiempo de guerra tocaba a su fin, su corazón languidecía, y era la única sombra en las alegres salas de la casa de Hador.
Llegó rápido el verano del año 473, cuando llegó a su madurez la tercera generación de las gentes de Hador. Y ese año partieron para derribar al Oscuro junto a elfos y enanos. La mujer consiguió unirse a la guardia del Señor, y juntos partieron a la guerra ese malhadado año. Cuanto dolor, cuantas lágrimas vertidas. Pues por la traición de los hombres y la malicia de Morgoth la esperada victoria se tornó amarga derrota.
Se dice que gracias a las hazañas de la casa de Hador las compañías de Gondolin consiguieron retroceder y mantener encendida la llama de la esperanza. Se dice que sin su valor jamás se habría alzado una nueva estrella. Últimos entre todos, cuando todo se había perdido, resistieron dos guerreros.
- ¡Huye, prima! Todo se ha perdido. Vuelve a casa y protege a los míos.
- ¡Señor!
- ¡Vuelve, te digo!
- No volveré corriendo a Hitlum, primo. Ningún orco vio jamás la espalda de nadie de la casa de Hador Lórindol.
- Huye, te lo pido. Mi mujer, mi hijo... Prima, te lo ruego, por el amor que me tienes, que mi familia viva para ver otro día.
Entonces, a través de los caminos secretos que en el marjal de Serech los elfos habían enseñado a los hombres corrió la doncella guerrera, consciente de que siempre, Húrin, supo.
Con los ojos anegados en lágrimas la mujer llegó al puente sobre el Sirion, y allí se giró para enfrentarse a su destino. A la carrera, a lomos de wargos, una infinidad de orcos se abalanzaba sobre ella para saquear Hitlum.
Tranquila, serena como la muerte que llega anunciada, se apostó sobre el puente. Disparó las últimas flechas que le quedaban, siete. Y con cada flecha llegó a sus oídos un grito lejano, ¡ya se hará de nuevo el día!. Vaciado el carcaj, estrelló el arco en el rostro de un jefe orco, lanzándolo sobre el río; tomó su espada y el escudo del norte y defendió el puente. Oleada tras oleada de orcos se abalanzaron sobre ella. Y ella, la Espina de Hitlum, la más bella rosa de la dorada casa de Hador, resistió una y otra vez. Múltiples heridas cortaban su piel, pero ningún orco pudo decir que pisó el otro extremo del puente. Llegó un momento en que las bestias de Morgoth, intimidadas por la habilidad de la mujer, se negaron a avanzar, y entonces un capitán de Angband, un balrog, caminó sobre el puente. No hubo nadie para cantar el duelo entre la dama y el balrog, pero ¿acaso es menor la hazaña porque no la canten los poetas?. Sangrante por mil heridas, próxima a desfallecer, la mujer empuñó su espada con ambas manos y se abalanzó sobre el capitán de Angband. Superada la espada del demonio, superado el látigo de llamas, la Espina saltó sobre el balrog, clavando su acero en el negro corazón del demonio, que gritando cayó al Sirion.
Muere la tarde, y las fuerzas de Angband se reagrupan en torno al puente. Felices nuevas les han traído del norte, cuentan que el señor de los cabezas amarillas ha caído prisionero, y enardecidos por tal noticia cargan de nuevo. La dama yace arrodillada en el puente, apoyada sobre su espada; un brazo, abrasado por la negra sangre del balrog cuelga inútil a su costado. Ya no le quedan fuerzas, sus piernas están quemadas por el látigo del balrog, su piel está abierta en infinidad de heridas, su sangre baña las maderas del puente. Pero es una mujer del norte, una de la estirpe de los padres de los hombres. Y se pone de nuevo en pie, clamando a los cielos en desafío.
Llega la noche, las primeras filas de los orcos la alcanzan, alza su espada.
Del occidente llega una tormenta, presagio de las innumerables lágrimas que se verterán en los días venideros. El enfado de Ossë estalla en las costas. El viento aúlla con la furia del Cazador. Los cielos se oscurecen con la pena del Rey Supremo. Y la ira de Ulmo desborda el Sirion, ningún orco pisará Hitlum esa noche.
* * *
Se abren las puertas de las mansiones de los muertos, y despacio, altiva, orgullosa, entra una mujer, una doncella guerrera. A su lado camina el Señor de las Aguas.
Les espera una figura imponente, Námo, el Juez Mayor, el señor de Mandos. Se inclina ante la recién llegada.
- Señora, os ruego que me acompañéis.
Era la Espina de Hitlum, la rosa más bella de la casa de Hador, y murió defendiendo el puente.
Estaba sola, sobre el Sirion.
Jose, 24 de noviembre de 2001

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