viernes, 11 de enero de 2002

La oscuridad es mi destino


 

            Bella, orgullosa, fiera, monta su caballo como uno de los legendarios centauros de los que habla la leyenda. Es joven, muy joven, y la rebeldía que la anima, la furia que arde en su corazón, se contagia al semental bayo que monta, lanzándolo a una loca carrera sobre las arenas de oro que golpea el mar enfurecido.

 

            Entre las olas, al otro extremo de la playa, distingue un cuerpo que yace inerte, boca abajo, expulsado de su seno por el mar.

 

            Llega junto a él para encontrar el cuerpo se diría que sin vida de un hombre, de un hombre de grandes dimensiones. Viste extrañas ropas, pero no encuentra a su alrededor el más mínimo indicio de cómo ha llegado hasta allí. Lo gira para ver su cara y un grito escapa de su garganta. Cae de espaldas y, a tientas, busca la protección de su montura. Cuando le ha dado la vuelta al desconocido ha contemplado el rostro más hermoso que ha visto, un rostro de una perfección tal que al revelarse ha oscurecido la luz del día. Las arenas han perdido su color, el viento y el mar, humillados, parecen calmarse ante la belleza del desconocido, que balbucea unas palabras. La muchacha sabe que no han sido pronunciadas en su idioma, pero la voz del hombre, ¿del hombre?, ha acudido directamente a su pecho, como pasó siempre entre los de su raza, cuyas palabras hablan al corazón antes que al cerebro.

 

            - Para siempre... oscuridad para siempre...

 

            El hombre mantiene una mano cerrada sobre su pecho, la diestra, cerrada, se apoya sobre su corazón como aprisionando algo más valioso que su propia vida, intentando quizá cerrar la herida que lo condena a no morir en esta tierra.

 

            Con esfuerzo la muchacha consigue subir al extranjero  a  su caballo y lo lleva a la cabaña sobre el acantilado donde a menudo se esconde de sus padres, la cabaña que sus padres han acondicionado para que su hija encuentre un lugar de calma cuando su temperamento estalla.

 

            Allí, sobre la única cama, deposita al desconocido. Enciende el fuego en el hogar para caldear el refugio. Prepara una comida que reconforte los cuerpos fríos. Sobrecogida aún por su terrible belleza, con una ternura infinita, despoja al hombre de sus ropas, limpia las heridas que la furia del mar ha abierto, lava la sal que cuartea la piel morena. Cuando termina, dejando al extraño dormido sobre la cama, sale a cuidar su caballo. Mientras tanto el desconocido vaga sumido en su delirio...

 

            Vaga por un mundo maravilloso, donde la belleza impregna cada hoja, cada rama, cada gota de rocío. Donde las gentes cantan para recibir la llegada de la luna, donde cantan una canción a cada estrella, a cada bendición de los dioses.

 

            Y mientras sueña canta, y su canto se alza potente, maravilloso, excesivo para un mundo ahora disminuido. Su voz hace que la chica vuelva, y arrobada, escuche el canto del tendido.

 

            Un mundo de gentes fuertes, hermosas, terribles. De gentes orgullosas, capaces de la más excelsa obra, y del delito más ignominioso. Gentes a las que los primeros de la raza de la muchacha llamaron dioses.

 

            Y mientras canta la joven ve su canto, y en él a las gentes que describe.

 

            Vaga también por un mundo tenebroso, de dolor y hierro. Un mundo en guerra. De bestias amamantadas con sangre y sufrimiento, crecidas en la pena y la ruina. De máquinas que siembran la muerte a manos de gentes crueles. Un enemigo atroz, despiadado.

 

            Y ella ve al negro enemigo en todo su poder cuando el mundo era joven, y su corazón teme, se achica.

 

            Pero el canto se alza, y habla de nuevas esperanzas, de una nueva primavera. Habla de la fuerza de los hombres jóvenes, de la maravilla del nuevo pueblo. Canta al acero libre, a las trompetas que llaman a la mañana y los estandartes que llamean bajo un sol nuevo.

 

            Y, maravillada, ve los anhelos de libertad, la ilusión por el mañana que representa su propio pueblo, el pueblo que pelea por encontrar una luz que no pueda ser oscurecida, y su corazón se expande.

 

            Mientras en el exterior la tormenta redobla su furia, aún en la duermevela propia de los de su raza, canta sobre el orgullo del padre, canta sobre la valentía del hermano. Canta sobre las obras que se hacen con el corazón. Como la capacidad del más hábil aprisiona una belleza que hace daño mirar. Como una mente sin parangón recrea la obra de los dioses.

 

            Y la adolescente se estremece cuando ve las joyas que guardan la beatitud de los días de antaño, su corazón no puede absorber tanta belleza, una belleza que duele.

 

            Canta sobre como se alza una nueva estrella. Lleva a la muchacha a las tierras  donde la muerte ha sido desterrada, le muestra la desnuda y espantosa belleza de las montañas que vigilan. El puerto blanco donde la hermosa gente canta y baila, donde los barcos cisne duermen.

 

            Y la  joven se tambalea, lleva sus manos al pecho, la fuerza del cantor la ha llevado a un mundo que los ojos mortales no pueden ver. La maravilla de lo que está viendo hace brotar lágrimas de sus ojos.

 

            El extraño ha vuelto a la vida, pero poseído por el poder de su propia canción continúa, ciego a todo lo que le rodea. Llorando, tomando la mano de la desconocida, la lleva en las alas de su voz a la ciudad de mil lámparas, la ciudad sobre una colina. Ve bailar a las gentes. Ve la montaña eterna, donde mora el Rey Mayor. Acobardado, golpeado por el juramento incumplido, vuelve la vista atrás. Retrocede. Usando todo el vigor que arde en su canción retrocede en el tiempo, atrás, atrás. Canta el tiempo en que era un prometedor retoño de una raza orgullosa, sin mácula. Su voz narra cuando los suyos crecían en número y belleza sin haber conocido la oscuridad. Y la joven vuela con él, retrocede a tiempos en los que ningún hombre mortal había caminado todavía, a tiempos anteriores al sol y la luna. Ningún corazón mortal puede asimilar la beatitud de todo lo que está viendo.

 

            Y por la magia y el poder del mayor cantor que jamás ha existido llegan al montículo verde donde se elevan los Dos Árboles de oro y plata. Ven a la doncella de las lágrimas recoger el rocío de oro. Ven llegar al cazador de plata, como deposita sus argentinas armas junto al primer árbol y se tiende junto a él, admirando la belleza de las hojas verde y plata. Y, con una explosión de júbilo, con una voz llena de matices en la que resuenan los coros de mil ángeles, el cantor recrea la gloriosa luz mezclada de oro y plata de los dos árboles.

 

            El corazón de la joven, que ha tocado la felicidad más absoluta, que ha tomado con ambas manos la beatitud de la tierra en los días sin mácula, estalla.

 

            La nota discordante de su corazón al fallar hace que el cantor vuelva a la realidad. Ve en sus brazos al joven retoño de los hombres yacer sin vida. Tras unos breves instantes de felicidad recuerda entonces cual es su destino, todo lo que toca resulta contaminado, muerto... oscuro, a su alrededor todo es oscuro. Sumido en una melancolía infinita sale de la cabaña y, bajo la tormenta, se acerca al acantilado. Busca de nuevo el consuelo que nunca le ha ofrecido el mar.

 

            La oscuridad sempiterna es mi destino...

 

         

 

 

                                                                                    Jose, 11 de enero de 2002.

jueves, 29 de noviembre de 2001

Sturm


                “ ¡Al diablo con la Medida! ¿Dónde nos ha llevado? No ha suscitado sino escisiones, recelos  e intrigas. Incluso nuestra propia gente prefiere tratar con los ejércitos enemigos antes que tratar con nosotros. ¡La Medida ha fracasado!”

 

                ¿Yo he pronunciado esas palabras? Sí... hace solo dos días, pero parece toda una vida. La Medida no ha superado la prueba del tiempo, o quizá somos nosotros, que no nos hemos mostrado a la altura de los que de nosotros se esperaba.

 

                ¿Por qué adopté yo una actitud diferente? Adiviné la respuesta al oír a Flint, el buen Flint... Fue a causa del enano, del kender, del mago, del semielfo... Ellos me han enseñado a ver el mundo a través de otros ojos, almendrados unos, redondos los otros,  incluso pupilas con forma de relojes  de  arena. Los caballeros como Derek solo ven el mundo en blanco y negro, mientras que yo he podido ver el mundo en su maravilloso y terrible colorido, en todos los matices del gris.

 

                Miedo... tengo miedo. Entre todos esos colores se agazapa el de la desesperación, el de la vergüenza. ¿Fallaré al final?. ¿Temblará mi mano? ¿Verá mi espalda el enemigo?. Ahh... ha pasado una noche más, llega el nuevo día. No huí ayer. No fallaré hoy.

 

                Vencido. Hemos vencido. Si es que a esto se le puede llamar victoria. Hemos rechazado oleada tras oleada de las fuerzas de la Oscuridad, pero la mitad de los caballeros han muerto. Me duele todo el cuerpo, no puedo descansar, no puedo pensar. Me mantengo en pie por puro reflejo, mi cabeza va estallar.

 

                “... sin saber que su aparente firmeza borraba de las mentes de los jóvenes caballeros los terribles recuerdos del día. Aquellos que, en el patio, trasladaban los cadáveres de amigos  y compañeros pensando que quizá mañana alguien haría lo mismo con ellos, oían las pisadas de su  comandante y veían aliviarse sus temores.”

 

                Míralos, contempla como recogen los cadáveres de los caídos, conscientes de sus deberes para con la Orden. Son jóvenes, apenas ingresados en la hermandad, pero en su interior son auténticos Caballeros. En ellos se plasman los valores eternos de Solamnia. No tienen dudas, saben que mientras sea defendida por hombres de fe la Torre del Sumo Sacerdote no caerá jamás. Y ha sido su coraje, su fe en lo que representan nuestras banderas lo que ha contenido la marea oscura. Y mientras tanto yo perezco sumido en mis miedos, en mis dudas. No merezco combatir en sus filas.

 

                Tasslehoff. Dormido como un tronco en medio de tanto desastre... Vaya, me ha venido bien encontrarlo, no recuerdo cuando fue la última vez que pude permitirme una sonrisa. Flint. Inconmovible como la roca de la que están hechos los enanos. Profundamente pesimista, pero aún así sigue combatiendo. Laurana. Un faro de luz en un océano de oscuridad; aunque temo que tu luz se apague mañana, amiga mía. No creo que resistamos mucho más. Si llegan refuerzos de Palanthas lo harán para encontrarse con un ejército conquistador.

 

                De nuevo se alza el sol. No huí ayer. No fallaré hoy. ¿Qué es eso? ¿El enemigo se retira? ¿Se trata de una estratagema para obligarnos a salir a campo abierto? Tanto da, somos tan pocos que no podríamos perseguir ni a una manada de orcos. Oh, dioses... Tasslehof  confirma mis peores temores, se acercan los dragones.

 

                Laurana... jamás te ví tan hermosa. Aseguras ser capaz de manejar el Orbe que se oculta en la Torre. Adelante, amiga, que Paladine te acompañe. Adios, Flint, Tass, Laurana, amigos. Adiós, Tanis, hermano. Adiós a todos.

 

Ya no hay dudas.

 

Ya no hay miedos.

 

Mi honor es mi vida.

 

 

sábado, 24 de noviembre de 2001

Estaba sola



Los muertos caminan en un palacio de salas infinitas.


- ¿Quién es esa mujer? Quién la de rubios cabellos, la de ojos ardientes, la de risa rápida y cólera fácil. La que camina como una reina, la de porte felino, la que amó a un Señor de hombres mortales.


- Estaba sola, sobre el Sirión.


Los muertos caminan, y preguntan quien es esa mujer ante quien el mismo Mandos rinde homenaje.


Estaba sola, en el puente sobre el Sirion.



* * *


Qué grandes esperanzas se habían puesto en aquel día. Los más hermosos, los más fuertes frutos que jamás dieron elfos, enanos y hombres se unieron en uno solo para expulsar al negro enemigo del mundo. Arco, Hacha y Espada que desterrarían para siempre el mal de la Tierra, rescatando las joyas que guardaban la beatitud de los tiempos de antaño, restaurando la belleza original que en la Gran Canción estaba prevista. En otra parte se cuenta qué fue de la gran alianza que se llamó Unión de Maedhros, y como la esperanza se tornó en pena, y como aún habrían de pasar muchos años antes de que el Maldito fuera expulsado. Pero pocas gentes hablan del destino de la rosa más bella, de la espina más aguzada que dio al mundo la sangre de Dor-lómin.


Una nueva cosecha florecía en Hitlum, custodiada por el Señor, Húrin. En el duro noroeste los hombres crecían en número, y felices esperaban el momento de la venganza y recuperación del señorío de Dor-lómin. Pero no todo era felicidad, pues una mujer penaba en silencio, purgando su dolor en las fronteras, manteniendo a orcos, wargos y otras bestias lejos del objeto de su amor, que no era otro que su pariente Húrin. Ambos habían crecido juntos bajo la mirada de la noble Hareth, y en esos años el corazón de la joven se prendó del Señor. Pero las leyes de los hombres no permitían casamientos entre primos, y además Húrin se ató a Morwen, de la casa de Bëor.


Tristes fueron los primeros años de la juventud de la noble mujer. Comprendiendo lo imposible de su amor, cautivada por la serena majestad de Morwen, vistió ropas de hombre, tomo el arco y el acero y partió a las fronteras. Pronto su arrojo suicida le dio un nombre en el norte, la Espina de Hitlum. Durante los meses de primavera y verano su corazón se aligeraba en el frenesí de la batalla, en la caza de grupos de incursores orcos, limpiando los bosques de las inmundas criaturas del norte. Pero cuando el invierno llamaba a las puertas y el tiempo de guerra tocaba a su fin, su corazón languidecía, y era la única sombra en las alegres salas de la casa de Hador.


Llegó rápido el verano del año 473, cuando llegó a su madurez la tercera generación de las gentes de Hador. Y ese año partieron para derribar al Oscuro junto a elfos y enanos. La mujer consiguió unirse a la guardia del Señor, y juntos partieron a la guerra ese malhadado año. Cuanto dolor, cuantas lágrimas vertidas. Pues por la traición de los hombres y la malicia de Morgoth la esperada victoria se tornó amarga derrota.


Se dice que gracias a las hazañas de la casa de Hador las compañías de Gondolin consiguieron retroceder y mantener encendida la llama de la esperanza. Se dice que sin su valor jamás se habría alzado una nueva estrella. Últimos entre todos, cuando todo se había perdido, resistieron dos guerreros.


- ¡Huye, prima! Todo se ha perdido. Vuelve a casa y protege a los míos.


- ¡Señor!


- ¡Vuelve, te digo!


- No volveré corriendo a Hitlum, primo. Ningún orco vio jamás la espalda de nadie de la casa de Hador Lórindol.


- Huye, te lo pido. Mi mujer, mi hijo... Prima, te lo ruego, por el amor que me tienes, que mi familia viva para ver otro día.


Entonces, a través de los caminos secretos que en el marjal de Serech los elfos habían enseñado a los hombres corrió la doncella guerrera, consciente de que siempre, Húrin, supo.


Con los ojos anegados en lágrimas la mujer llegó al puente sobre el Sirion, y allí se giró para enfrentarse a su destino. A la carrera, a lomos de wargos, una infinidad de orcos se abalanzaba sobre ella para saquear Hitlum.


Tranquila, serena como la muerte que llega anunciada, se apostó sobre el puente. Disparó las últimas flechas que le quedaban, siete. Y con cada flecha llegó a sus oídos un grito lejano, ¡ya se hará de nuevo el día!. Vaciado el carcaj, estrelló el arco en el rostro de un jefe orco, lanzándolo sobre el río; tomó su espada y el escudo del norte y defendió el puente. Oleada tras oleada de orcos se abalanzaron sobre ella. Y ella, la Espina de Hitlum, la más bella rosa de la dorada casa de Hador, resistió una y otra vez. Múltiples heridas cortaban su piel, pero ningún orco pudo decir que pisó el otro extremo del puente. Llegó un momento en que las bestias de Morgoth, intimidadas por la habilidad de la mujer, se negaron a avanzar, y entonces un capitán de Angband, un balrog, caminó sobre el puente. No hubo nadie para cantar el duelo entre la dama y el balrog, pero ¿acaso es menor la hazaña porque no la canten los poetas?. Sangrante por mil heridas, próxima a desfallecer, la mujer empuñó su espada con ambas manos y se abalanzó sobre el capitán de Angband. Superada la espada del demonio, superado el látigo de llamas, la Espina saltó sobre el balrog, clavando su acero en el negro corazón del demonio, que gritando cayó al Sirion.


Muere la tarde, y las fuerzas de Angband se reagrupan en torno al puente. Felices nuevas les han traído del norte, cuentan que el señor de los cabezas amarillas ha caído prisionero, y enardecidos por tal noticia cargan de nuevo. La dama yace arrodillada en el puente, apoyada sobre su espada; un brazo, abrasado por la negra sangre del balrog cuelga inútil a su costado. Ya no le quedan fuerzas, sus piernas están quemadas por el látigo del balrog, su piel está abierta en infinidad de heridas, su sangre baña las maderas del puente. Pero es una mujer del norte, una de la estirpe de los padres de los hombres. Y se pone de nuevo en pie, clamando a los cielos en desafío.


Llega la noche, las primeras filas de los orcos la alcanzan, alza su espada.


Del occidente llega una tormenta, presagio de las innumerables lágrimas que se verterán en los días venideros. El enfado de Ossë estalla en las costas. El viento aúlla con la furia del Cazador. Los cielos se oscurecen con la pena del Rey Supremo. Y la ira de Ulmo desborda el Sirion, ningún orco pisará Hitlum esa noche.


* * *


Se abren las puertas de las mansiones de los muertos, y despacio, altiva, orgullosa, entra una mujer, una doncella guerrera. A su lado camina el Señor de las Aguas.


Les espera una figura imponente, Námo, el Juez Mayor, el señor de Mandos. Se inclina ante la recién llegada.


- Señora, os ruego que me acompañéis.


Era la Espina de Hitlum, la rosa más bella de la casa de Hador, y murió defendiendo el puente.


Estaba sola, sobre el Sirion.





Jose, 24 de noviembre de 2001

lunes, 5 de noviembre de 2001

Buscarte


Más de cincuenta años... más de cincuenta años en los que he venido a buscarte, siempre en las mismas fechas, siempre la noche de difuntos. He mantenido siempre ese recuerdo vivo en mi corazón, vivo y en secreto. ¿Quién iba a creerme?


Lo hice jugando, como el niño al que su madre ha prohibido saltar una valla, que sabe que más allá no hay nada que merezca la pena, pero que aún así salta el cercado, un poco riéndose de sí mismo y a hurtadillas. Fui a Finisterre, y en el momento que el libro llamaba la hora-entre-horas, cuando se ponía el sol en el cabo que los antiguos celtas llamaron del fin del mundo - ¿de este mundo? -, di tres vueltas en torno al montículo del faro, siguiendo la dirección del sol entonces moribundo. Un brillante destello de luz me cegó, de repente la tierra se tornó agua y el mar tierra, y allí estabas tú, acorralada contra la orilla y rodeada por unos seres horribles, deformes.


¿Cómo pude equivocarme tanto? Todavía sonrío al recordar como tomé uno de los palos que había en aquella extraña playa y creyendo defenderte me abalancé sobre aquellas criaturas, cayendo en el foso que habías disimulado ante ti para capturar a aquellas bestias. Para hacerlo más humillante perdí el sentido al golpearme la cabeza contra una roca. No ví lo que más tarde tuve ocasión de ver tantas veces, el terrible espectáculo que era tu bello cuerpo cubierto de anillas de acero, sosteniendo una cimitarra en cada mano, avanzando, castigando, llevando el miedo y la muerte a tus enemigos. Lo que sí pude ver fue la cólera en tus ojos al sacarme del foso. Me gritabas en tu idioma, aquella lengua que yo aún no conocía, completamente encolerizada, tanto que me devolviste al foso de un tremendo puñetazo. ¡Nunca antes me había golpeado una mujer de esa forma! Ni un hombre, ya puestos. Mi vida hasta ese día había transcurrido con la feliz inconsciencia de un adolescente nacido en el seno de una familia rica.


Una familia rica... nunca había estado solo, nunca había pasado hambre, frío, el miedo a lo que pueda deparar el mañana... hasta que llegué a tu lado. Y pese a ello contigo pasé los seis mejores años de mi vida. Seis años en los que recorrimos tu mundo, tu salvaje, cruel, glorioso y maravilloso mundo. Años en los que conocí la mordedura del frío, del hambre, del acero de un enemigo. Años de entrenamiento y viajes. Años de gloria. De amor.


De amor. He estado casado en este mundo, dos veces. He querido a mis dos esposas y a cada uno de mis hijos. Pero ¿cómo comparar el sencillo color rojo con el rubor de la rosa?. Así como en tu mundo todo era más brillante, más puro, más terrible, así fue la diferencia entre el amor que he tenido en esta tierra y el amor que sentí por ti.


Nos separaron, en una hora-entre-horas en tu mundo nos separaron, y antes de partir, antes de que el mar se hiciera tierra y la tierra mar juramos volver a encontrarnos, buscar de nuevo el puente entre los mundos. Y te he buscado, amor mío, durante cincuenta largos años. Durante los primeros años busqué el puente aquí, en Finisterre, sin resultado, cada noche de difuntos, cada noche de Samhein. Siempre sorprendido por el amanecer completamente aterido de frío, muerto de pena. He recorrido el mundo buscando puntos donde encontrar el puente, inútilmente.


Estos últimos años he vuelto al principio, a este “fin del mundo”, a buscarte. Pero para serte sincero, con más temor que esperanza. El paso entre los mundos también afecta al tiempo, amor mío. Cuando crucé el puente de vuelta me encontré con que solo habían pasado unos meses en mi mundo. Seis años de gloria, de alegrías y tristezas, por unos meses grises, anodinos. Tengo miedo de encontrar el puente tendido y encontrarte al otro lado, esperando al que junto a ti antaño amó y combatió. Regresar para ver la desilusión y la pena en tu cara cuando descubras a un anciano inútil que a duras penas puede ya dar tres vueltas en torno a una colina sin caer extenuado, no al guerrero de otros tiempos.


El corazón me dice que está será la ultima vez, amada. Me faltan las fuerzas, y lo que tu me enseñaste que es peor, la voluntad de luchar.


Ya cae el sol, ya es hora...



Jose, 5 de noviembre de 2001

martes, 23 de octubre de 2001

Matanza

- No bebas de esa forma, muchacho, reventarás como una vaca enferma.

 

El que habla es un humano alto, fornido, con una larga y lacia cabellera en la que la plata derrota al ébano. Su cara, bronceada por la intemperie, está arrugada como la de un anciano, pero detalles como la fuerza de sus manos, la apostura de su aspecto desmienten esa idea de vejez. Sus ojos son negros, ligeramente rasgados, montados sobre unos pómulos altos que le dan el aire de un ave rapaz.

 

- Estoy muerto, maestro... cinco lunas... conozco ya esas malditas montañas mejor que mi propia cama...

 

El joven jadea sentado en la orilla, dejando que la fría agua del Crystalmir tonifique los doloridos músculos de sus piernas. El muchacho, agotado, sonríe a su maestro con la inocencia propia de los cachorros. Pero este cachorro de humano es diferente, la altura desmesurada, los anchos hombros, los rasgos toscos y gruesos herencia de un padre semiogro lo separan de las crías de su edad.

 

Durante cinco lunas han marchado entre las montañas Khalkist, solos y sin comida, alimentándose solo de las escasas hierbas y criaturas que crecen en tan agreste entorno. Todo forma parte del adiestramiento del muchacho, educación que empezó años atrás, cuando una turba enloquecida mató a los padres del muchacho. Desde entonces el llamado maestro, viejo amigo del padre del joven Eilif, ha entrenado al retoño en las artes de la supervivencia, en el manejo de las armas, ha sido también el profesor que no ha podido tener por ser un mestizo.

 

Al caer la noche encienden un fuego en el exterior de la cabaña para preparar la cena, quedan pocos días del verano, y tal vez haya pocos lugares más hermosos que la ribera del Crystalmir para disfrutar de una cena al aire libre. Ambos comen con ganas, pues es la primera comida elaborada que toman en cinco lunas. Terminada la cena, ambos reposan en el exterior, extenuados, complaciéndose el mayor en elaborar figuras con el humo producto de la hierba para pipa.

 

- Contad una historia, maestro. Una de esas fantasiosas historias que os gusta relatar.

 

El viejo medita entre nubes de humo, sintiendo el ardiente paso del alcohol por su garganta.

 

“Fantasiosas... ah, Eilya, si tu supieras... eres tan joven y confiado que te niegas a creer lo que te contado mil veces, lo que te dicen tu ojos. Ignoras el pacto que tenía con tu padre, ignoras lo que te espera...”

 

- ¿Habéis estado casado, maestro? ¿Habéis tenido hijos? Parecéis mayor y sin embargo...

 

“¿Casado?... ¿hijos?”

 

- ¿Mayor? ¡mayor! Chiquillo insolente... Está bien, tendrás tu historia...

 

La voz del viejo se llena de matices, adquiriendo la riqueza de tonos necesaria para narrar como se debe una bella historia. Permanece recostado en “su” árbol, bajo las estrellas.

 

“Te hablaré de una raza especial, Eilya, de una raza de gentes de muchas razas. Vivieron hace mucho tiempo, mucho, mucho tiempo. Vivieron antes del Cataclismo, cuando Istar era fuerte y el Príncipe de los Sacerdotes un líder temido en Ansalon, cuando los Caballeros de Solamnia recorrían el continente impartiendo justicia, cuando el Emperador de Ergoth era una figura respetada.

 

“Eran, de nombre, súbditos de Istar. Vivian lejos al sur de la gran ciudad. Tan lejos que las carretas cargadas a rebosar de pieles y carnes ahumadas para la gran urbe tardaban setenta y cinco días en llegar de su hermosa tierra a Istar.

 

“Ahhh... su tierra. Era hermosa, hermosa a los ojos de aquellas gentes. Inmensas llanuras en las que el viento podía soplar durante semanas hasta despellejar una bestia caída en los campos, planicies por las que un hombre podía cabalgar durante días y no encontrar a un semejante. Había montañas que arañaban los cielos, montañas que nunca había hollado el pie de un ser vivo, quizá solo los dioses. Ríos de frías corrientes y lagos de aguas tan limpias que en los amaneceres un hombre podía ver todos los colores del mundo reflejadas en ellas.

 

“Y las gentes... No verás nunca gentes como aquellas gentes... La tierra, además de hermosa era dura, muy dura. Nunca toleró a los débiles, a los indecisos, extirpándolos de su seno. Y así surgió una estirpe de hombres orgullosos, indomables, los jinetes pastores del sur. De todas las razas, de todos los pueblos libres, pues los que huían de la injusticia y la opresión de los poderosos en Ansalon podían esperar refugio en aquella tierra libre de señores y siervos. El flujo de recién llegados era incesante, ya que las injusticias eran muchas. Y eran bienvenidos, pues aquellas gentes acostumbraban a vivir solas, aisladas, siendo muy pocos los matrimonios y menos aún los nacimientos.

 

“Contra lo que podía parecer no eran gentes toscas, rudos pastores envueltos en pieles de animales salvajes como decían los petimetres en Istar. Había algunos verdaderos clérigos y magos entre ellos, huidos de conflictos en las grandes ciudades. Y los druidas eternos, que siempre ocuparon aquella zona del continente. En las contadas agrupaciones que había en la tierra había pequeños templos, sencillos anfiteatros, menudas bibliotecas. Pero sobre todas las artes amaban la música. La melancolía de aquel país impregnaba la música que sonaba siempre, en todas partes donde hubiera uno de los miembros del pueblo. Ninguna ceremonia más alegre, ninguna música más gozosa, que la del bautizo con el que se celebraba la llegada de una nueva vida. No oirás una música más triste, más cercana al corazón de los hombres que la que despedía a los que nos… los dejaban.

 

“Pero en el lejano norte los Señores de Istar libraban guerras. En su locura intentaron exterminar a los ogros y sojuzgar otros pueblos, y para ello levantaron legiones, temibles ejércitos. Las invencibles legiones de Istar eran caras de mantener, y ese mantenimiento exigía más y más oro. Las codiciosas miradas de los Señores, esquilmadas otras provincias se volvieron hacia el sur. Y pidieron más y más. Y cada vez más les fue entregado. Los rebaños disminuyeron, las quejas contra el mal gobierno aumentaban. Y llegó la peor afrenta que se podía infligir a aquellas gentes, la esclavitud. Los que no podían cubrir las cuotas pedidas desde el norte fueron enrolados a la fuerza en la milicia, y no volvían a ser vistos.

 

Un tremendo ronquido interrumpe al anciano. El joven Eilif, extenuado, se ha quedado dormido recostado contra “su” árbol. El viejo se incorpora sonriendo. Niños, piensa. Y hace un gesto que en su tiempo hizo muchas veces, cubre al joven dormido con una manta. Pero perdido en su historia no ve la negra cabellera de Eilif, en sus ojos la mata de pelo, más rebelde, más corta, femenina, es roja como el fuego. Dejando las lágrimas fluir por sus mejillas entra en la casa volviendo con un extraño instrumento, rara mezcla de sacos y tubos. Perdido aún en sus pensamientos, pisando una tierra que no existe ya más que en su memoria se dirige a la orilla del Crystalmir, sentándose allí y soplando hasta inflar uno de los sacos que componen el instrumento. Lo aloja bajo su brazo, y presionándolo suavemente obtiene un triste lamento, un llanto de despedida capaz de romper el corazón más embrutecido

 

“Una mujer, niños. Sí, Eilya, estuve casado, con la más maravillosa de las mujeres. Y tuve hijos, los mejores que pueden nacer de la unión de un hombre y una mujer. Mis bellos hijos. Ella fue uno de los líderes del levantamiento cuando la situación se hizo intolerable. Mis retoños, dos fuertes pastores y una jinete tan rápida como el viento recorrieron la tierra portando la flecha ensangrentada que había de llamar a la rebelión.

 

“Nos alzamos en armas, fuertes, orgullosos, con la determinación del que se sabe asistido por la razón. Y nos negamos a pagar las nuevas tasas, reclamando las tarifas de antaño. Por unos meses pareció que el Príncipe de los Sacerdotes atendía nuestro llamado, pues mandó a uno de sus ministros para negociar una solución. Pero no fue la llegada de aquél la de un religioso entre sus feligreses sino la de un lobo entre el rebaño. Aquel hombre llegó acompañado de una legión. Pretendía imponer unas tasas que eran el triple de las antiguas, unas tasas que condenaban al hambre a nuestros ancianos y nuestros escasos niños. Pretendía enrolar en las legiones a uno de cada cinco de nuestros jóvenes. Pretendía... esclavitud.

 

“Nos alzamos. Quemamos campos de trigo por nacer, recogimos el ganado y lo llevamos a las montañas y nos dispusimos a resistir. Nosotros, que nunca fuimos más de dos mil guerreros montados, nos alzamos contra toda una legión de Istar. Y la vencimos. Vino una legión más, y después otras dos, y fueron rechazadas por la fuerza de nuestros brazos, de los jinetes pastores del sur y la dureza de nuestra querida tierra, hollada por pies extraños. Pero la nuestra era una lucha perdida, siempre fuimos pocos y de Istar parecía llegar un río de hombres y acero. Cada nueva victoria era casi una derrota, pues cada vez éramos menos. En la última batalla perdí a mis dos hijos varones, mis chiquillos...

 

El lamento del instrumento del viejo sigue llenando el aire. Las montañas, el lago, las lunas lloran el destino de los jinetes del sur.

 

“Y llegó por fin nuestra némesis, el estandarte de nuestra derrota. Las banderas de la maligna sexta legión, ¡malditos sean en el Abismo! El Príncipe nos mandaba a los “héroes” de las guerras contra los ogros, a los que sojuzgaron cien pueblos libres bañándolos en sangre. Entrenados por los Caballeros de Solamnia, no había en Ansalon una fuerza capaz de resistir su bestial empuje.

 

“Y peleamos. Durante ocho meses de pesadilla combatimos a demonios que torturaban ancianos, violaban mujeres y mataban niños. Apenas quedábamos mil jinetes para enfrentar la tormenta que rompía desde el norte. Ocho meses en los que llegamos a un punto sin salida. Demasiado pocos para desalojar de la tierra a la legión. Los suficientes para impedir que ocuparan las montañas.

 

“De nuevo llegó aquel ministro. Con palabras suaves, con promesas de paz. Juraba por los dioses, nos entregaba el perdón y el cariño del Príncipe de los Sacerdotes. Decía haber sido engañado por señores codiciosos. Venid, nos dijo. Venid y hablaremos y todo será perdonado. Y fuimos. Setecientos cincuenta hombres y mujeres, la rosa más bella, la de más aguzadas espinas que nuestra tierra ofreció de su seno. Desarmados ante los compromisarios de Istar, pues se nos dijo, y así lo parecía, que la sexta legión había sido retirada para ser juzgada por sus crímenes en Istar.

 

El lamento calla. Las montañas, el lago, las lunas ven como solloza el viejo.

 

“Ay. Ay de los hermosos jinetes del sur. Ay de la tierra y sus gentes. Tan confiados en la nobleza de sus propios actos, tan rectos que no podían imaginar lo que se les venía encima.

 

“Nos rodearon en nuestra propia tierra. Ocultos por poderosos encantamientos se alzaron los ejércitos de Istar, los malditos demonios de la sexta legión, que acompañan al Príncipe en el Abismo. Estábamos desarmados, inermes. Y aún así peleamos, siempre disciplinados formamos un círculo y peleamos. Palmo a palmo. Con los pies, las manos, los dientes. Cada vez en un círculo más pequeño. Con las armas que arrebatamos al enemigo. Y allí murieron todos, asesinados uno a uno. Todos menos yo. Perdido el conocimiento me dieron por muerto. Pero estoy destinado a no morir en esta tierra. A no morir y enterrar a los míos. Nunca volví a casarme, nunca volví a tener hijos...

 

“Mi mujer... mis niños...

 

 

 

 

 

23 de octubre de 2001.

martes, 9 de octubre de 2001

Carta

A Dunbar Mastersmate, líder de los Túnicas Blancas de Ansalón.


Saludos, viejo amigo. Espero que cuando recibas estos legajos tanto tú como los tuyos os encontréis perfectamente. Recompensa al pequeño mensajero que te hará llegar, espero, esta carta; aunque no dudo que para él conocer personalmente al adalid de los túnicas blancas será toda una recompensa.


Aún no he encontrado aquello que vine a buscar amigo mío, sigo caminando hacia el sur para hallarlo. Sé que no consideras digna de confianza a aquella mujer, la vistani, que me habló del portal, pero hasta ahora todas sus indicaciones han sido correctas.


Me extiendo y olvido el propósito de esta carta. Hace dos días, en plena tormenta, harto de raciones frias y de pieles aún más frías me acerqué a una rica hostería. Esta estaba ricamente decorada, tapices, cuadros, pesadas cortinas tapaban cada pulgada de las paredes. Juzga cual sería mi sorpresa al encontrar sobre la chimenea, en un tapiz, ¡los símbolos de los Caballeros de Solamnia!. Un martín pescador coronado sosteniendo una espada en cuya hoja se hallaba grabada una rosa. El posadero, un coleccionista de cintura casi tan grande como la tuya... perdoname, pero pasas demasiado tiempo en esa torre y muy poco en el mar... Te decía, el posadero me contó que había encontrado ese tapiz en un baúl que compró a una noble familia venida a menos de la costa. Me mostró tal baúl, y en él encontré muchas cosas, anillos, pergaminos, mapas, un colgante con el colmillo de jabalí de Kiri-Jolith... que me permitieron desentrañar una curiosa historia. Los papeles eran copias de copias de copias, por lo que mostraban algunos errores de bulto, pero aún así...


Piensa en los últimos días de la guerra de los dragones en Vingaard. Huma ha traído la dragonlance, y con ella la esperanza a las fuerzas de la luz. De repente, en el horizonte aparecen las fuerzas de Ergoth. ¿Cómo llegaron hasta allí sin ser estorbados por las fuerzas de la Reina?.


Según estos papeles, parece ser que al norte custodiando la vía a Ergoth, se hallaba un templo-fortaleza consagrado a Kiri-Jolith. Asediados...


“Asediados, llevamos ya dos semanas encerrados, rechazando ataque tras ataque de las fuerzas de la oscuridad. No hay posibilidad de retirada teniendo al ejercito que asedia Vingaard a nuestra espalda. ¿Será el nuestro un sacrificio inútil? Custodiamos el paso a Ergoth, pero el emperador permanece encerrado en su torre de marfil, rechazando ayudarnos en este conflicto que nos acabará a todos. Ah... hermano, ojala estuvieras aquí para guiarme de nuevo, a ti y no a mí correspondia el mando de esta fortaleza. Temo no ser lo suficientemente fuerte en mi fe para ser el Comandante de este puesto. Que mi señor Kiri-Jolith me ayude.”


... parece ser que no pasaban de cincuenta caballeros y otros tantos escuderos, todos consagrados al dios de la batalla justa. En cuanto a los jóvenes escuderos...


“¡Escudero! Madre, crewo que moriré antes de llegar a ser investido. Nuestro nombre desaparecerá aquí, en el templo de nuestro señor, sin haber alcanzado de nuevo la dignidad de caballero y sin haber limpiado nuestro nombre. Día tras día esas bestias se lanzan contra las murallas. Han sufrido innumerables pérdidas, pero eso no parece importarles, mientras que para nosotros cada caído representa una pérdida terrible, una oportunidad menos para sobrevivir. Que Paladine nos asista, ahí vienen de nuevo.”


... al amanecer del octavo día ya eran demasiado pocos para guarnecer todo el perímetro de la muralla, recurriendo a ardides para...


“Ardides, hasta aquí hemos llegado. Hoy ya no hemos podido defender toda la muralla, he ordenado colocar muñecos con armaduras en el muro oeste. Todos se giran a mí esperando un mínimo de esperanza, de fuerza, como si fuese el mismo Kiri-Jolith encarnado, que mi señor me perdone la blasfemia. Ya ves, mi amor, como están las cosas. Me alegro de haberte enviado con tu familia a Ergoth. Si hemos de caer, primero lo hará Solamnia, última de todas caerá Ergoth y su cobarde emperador. Hablale de mí a nuestro hijo por nacer, amor mío, cuentale que su padre cayó en una fortaleza en el Norte. Cuentale que era el Maestro de Armas de los Caballeros de la Espada.”


... parece ser que un dragon de bronce, su enlace con Ergoth, les aviso de que una dura alternativa se les ofrecía...


“Alternativa, ha llamado a eso alternativa. Retirarnos a Ergoth, salvando la vida, o permanecer aquí, defendiendo el templo para que el ejercito de la Reina no impida el paso a las fuerzas de Ergoth. Sé muy bien lo que tú harías, hermano. Convocaré una Asamblea de Caballeros, pero conozco de antemano la elección. A fin de cuentas, somos Caballeros de Solamnia.”


... conocedor de las escasas posibilidades de supervivencia, de las esperanzas que los jóvenes escuderos habían depositado en la Hermandad, el Comandante decidió otorgarles a todos ellos el estatus de Caballero...


“¡Caballero! Madre, seré investido. El Comandante nos lo ha comunicado esta tarde, mañana me contaré en las filas de los Caballeros. Madre, señora, nuestro nombre de nuevo está limpio, mañana nuestra familia volverá a ser lo que fue, Caballeros de Solamnia.”


... y reunidos en Asamblea, todos...


“Todos esperan mi voto, que como Maestre de Armas debe ser el primero. ¿Cómo podría votar otra cosa? Amada, perdoname, pero con mi decisión te convierto en viuda, y huérfano antes de nacer a nuestro hijo. Pero no puedo, no podemos, tomar otra decisión. Aquí, en el centro del templo, nuestro señor observa nuestro corazón. Somos, ante todo, Caballeros de Solamnia.”


... y fue en el amanecer, cuando los jóvenes recien investidos salian del templo, que las fuerzas de la oscuridad, innumerables, se abatieron sobre los últimos defensores de la fortaleza, escalando las murallas...


“Han escalado las murallas, no hay forma de resistir, debemos retirarnos al templo. Que se toque a retirada.”


“Hemos perdido las murallas. ¿Dónde esta el Comandante? ¿qué hacemos? Suena el toque de retirada, ¿dónde? ¿al templo?”


“Nos han rechazado de las murallas. ¿Al templo? Sí, el templo debe ser defendido a toda costa.”


... y se retiraron al templo, donde pasaron la noche mientras el enemigo saqueaba la fortaleza. Convocada de nuevo la Asamblea, decidieron por unanimidad morir defendiendo el altar de Kiri-Jolith. Formarían un círculo en torno al espacio sagrado, franqueando las puertas al enemigo. Cuando el mayor número de estos hubiese penetrado en el edificio, cuando todo se hubiese perdido, los últimos tres defensores derribarían los tres pilares sostén del templo, símbolo del Triunvirato, impidiendo así la profanación del altar.


El enjambre enemigo derribó las puertas, los Caballeros combatieron durante toda la mañana, y finalmente, antes de que el primer pie enemigo hollara el altar...


“Hermano...”


“Madre...”


“Amada...”


... derribaron el templo sobre ellos y sus enemigos.


“¡Mi honor es mi vida!”




Esto es lo que he podido desentrañar ¿adivinar?, ¿inventar?, de las cosas que encontré en la caja. Difícilmente podría decirte como llegaron hasta aquí, pero tengo mis propias ideas.


Cuídate, viejo amigo, que Solinari siempre alumbre tus pasos.


Siempre con los tuyos,


Eilif Aglar.