viernes, 28 de septiembre de 2001

De vuelta

- ¡No! ¡No! Otra vez noooo...


El guerrero cae de rodillas sobre la helada superficie del glaciar, sus puños enfundados en pieles golpean una y otra vez el helado piso, arrancando agudas esquirlas de la maltratada superficie. Un muchacho, un hombre apenas, de rostro curtido por hielos y vientos apoya una mano sobre su hombro.


- Lo siento, Eilif, sé cuanto ansiabas cruzar ese portal... No me ha quedado más remedio que cerrarlo, comprende que ante todo me debo a los míos, si hubieses conseguido cruzar nada se habría interpuesto entre el glaciar y mi gente. Perdóname, volvamos a...


Con un grito preñado de la rabia más pura el hombretón proyecta su brazo hacia atrás, golpeando con el codo el vientre del joven. A ese golpe siguen otros, la tímida resistencia que el muchacho pretendió oponer ha desparecido ante la locura homicida del berserker que ha aparecido en los ojos del gigante. El joven se tambalea, sus pies, inseguros sobre los crampones que le permitían caminar sobre el hielo, dejan de sostenerlo y cae por un sumidero.


Horas más tarde, de nuevo dueño de sí mismo, un exhausto Eilif llega al poblado, portando en unas angarillas a un joven cuya vida se escapa por una fea fractura abierta en su pierna.


- Aquí está tu hijo, anciano – dice Eilif, con una voz colmada de amargura -. Durante un mes, mientras me preparaba para cruzar el portal me oíste hablar de mi necesidad de abandonar este lugar, de encontrar un sitio donde descansar lejos de aquí. Durante un mes has sabido que en caso de que consiguiera abrir el portal tu hijo lo cerraría antes de que yo pudiera cruzarlo. Dime qué me impide mataros a los dos ahora mismo. Dime porqué no debo provocar un derrumbe que borre para siempre este maldito pueblo de la faz de Krynn.


Tras un rápido y experto vistazo a la situación de su hijo, contra lo que podría esperarse el rostro del anciano refleja comprensión, aceptación. Diriase que nada de lo que ha ocurrido, incluida la tremenda ordalía sufrida por su hijo, le sorprende.


- Deja a mi hijo en el interior, Eilif. Pasa tú mismo y te hablaré de mis razones, sé libre después para juzgar el destino que merecemos.


Los tres hombres cruzan el umbral de la cabaña del anciano. Eilif, tomando una calabaza vaciada en cuyo interior se prepara una infusión se aposenta pensativo frente al hogar, mientras el anciano atiende las muchas heridas de su hijo y comienza a contar una historia, su historia y la de los suyos.


“Fue el abuelo de mi abuelo, hace ya más de 300 años, el que fundó por vez primera nuestro pueblo. Digo por vez primera porque dos veces antes de ahora hemos debido abandonar nuestra tierra ante el empuje del glaciar.


“Como te decía, fue el abuelo de mi abuelo el que huyendo con su familia y algunos amigos cercanos encontró estos valles, protegidos del mundo exterior por la extensión del hielo y caldeados por la energía desprendida por una extraña construcción, tal vez un templo, consagrado a labores que desconocemos, pero que albergaba un portal que dedujeron era capaz de cruzar el espacio entre mundos.


“Cuando un ser dotado de la fuerza interior necesaria cruza el portal este desaparece durante un tiempo. Entonces el glaciar, libre de trabas, avanza, y en menos de un año cubre nuestros campos. Al cabo de un tiempo el portal vuelve a abrirse, y el calor que este emana quiebra el glaciar y vuelve a revelar nuestros valles.


“En la memoria de mi familia los dos hombres que llegaron antes que tú con el propósito de pasar más allá eran seres malignos, despreciables, seguidores de creencias que no comprendemos. Pero tú llegaste para ayudarnos, lo hiciste incluso antes de llegar, pues aquella caravana que desbarataste buscaba apoderarse de nuestros secretos.


“¿Quién soy yo para impedir que cruzaras el portal? Quizá el destino quisiese que cruzaras esa puerta, quizá murieras en el intento de llegar hasta ella. Tal vez no tuvieras la fuerza suficiente como para abrirlo... Pero mi hijo es joven, impaciente, no pudo esperar los acontecimientos. ¿Puedes culparlo por intentar conservar las tierras de su familia?


El cuerpo, el rostro de Eilif se relaja conforme oye las palabras del anciano. Sentado ante el fuego, sorbiendo la amarga infusión, diriase que el calor que aquel desprende ha fundido la capa de amargura que helaba su corazón. Las aguas del deshielo fluyen por sus ojos. Alza su voz, sin apartar la mirada del fuego.


- ¿Y yo, anciano, qué hay de mí? ¿Pueden tus palabras explicar quien o qué soy? ¿Por qué mi rostro es distinto del tuyo? – El hombretón calla durante unos instantes-.


- ¿Anciano? – Continúa – te llamo anciano por las arrugas que surcan tu rostro, pues probablemente el número de mis años sea mayor que el tuyo, probablemente el doble, no lo sé con certeza. ¿Puedes tú explicarme porqué no envejezco? ¿Por qué la noche en que perdí a mi maestro mi cuerpo cambió, haciéndome más alto, más fuerte que los hombres normales? ¿Por qué la sangre de ogro que circula por mis venas hace que caiga una y otra vez? ¿Por qué debo permanecer en un mundo que rechaza a los que como yo son distintos?


Abre el jubón de cuero que cubre su torso, revelando un tatuaje en forma de lágrima sobre el pectoral izquierdo.


- Mira este tatuaje en mi pecho, anciano. Me fue impuesto por una mujer consagrada a Mishakal, la diosa que en el lugar de donde vengo trajo la curación a la tierra. Me protege a mí, que tengo las manos tintas en sangre inocente, que he perdido la cuenta de los seres de todas las razas que han desaparecido bajo el filo de esta espada. A mí, que he llevado hasta el borde de la muerte a tu único hijo...


“Tú hijo, que me ha impedido encontrar la ciudad de los mil nombres, la ciudad santa de la que me habló mi maestro y llamó Tanelorn. Un lugar donde las preguntas tienen respuestas, donde no debo explicar a cada paso lo anómalo de mi ascendencia, donde podré ocultar al berserker que vive en mi interior. ¿Puedes tú culparme por intentar encontrarla?


Permanecen ambos en silencio, observando los caprichosos dibujos formados por el fuego.


- Te he ofrecido la hospitalidad de mi casa, Eilif – habla el anciano-. No te culpo... ¿acaso intenté frenarte en tu búsqueda? No era tu destino encontrar esa ciudad en esta ocasión. ¿Qué harás ahora? Sabes que puedes permanecer con nosotros mientras lo desees...


La torturada frente del gigante se frunce, se debate entre el deseo de permanecer en paz en la ciudad y el deber que ha de ser cumplido.


- Tu tierra es muy hermosa, anciano. Me gusta tu pueblo y sus gentes, podría ser feliz aquí... al menos por un tiempo. Pero si he de permanecer en Krynn debo volver con los míos, mañana por la mañana me habré ido. Por favor, discúlpame ante tu hijo.






Al amanecer Eilif comienza el ascenso al cerro que domina la villa. Al llegar a la cima sus ojos vagan por el pueblo, por los campos sembrados, por los cercos donde pasta el ganado.


“Sí, podría ser feliz aquí. De no existir Esperanza, de no estar Aglar y su madre...”


Cabecea con fuerza, borrando de su mente tales pensamientos, buscando la tranquilidad de espíritu necesaria para usar el amuleto que sostiene en sus manos. Un velero, de cuyos costados surgen las níveas alas de un cisne, modelado en el más puro marfil que le pondrá en contacto con el más poderoso de los Túnicas Blancas de Ansalon, Dunbar Mastersmate.


“Dunbar, amigo mío, hermano. ¿Puedes oírme?”


En unos instantes, la voz de un adormilado Dunbar resuena en su cabeza.


“Por el abismo... ¿Eilif? Solinari me asista, ¿eres tú?. No esperaba volver a oírte...”


“Sí, soy yo... vuelvo a Ansalon. Todo ha sido inútil... ¿Qué debo hacer?”


“Separa las alas del barco, Eilif. Cuando así deshagas la figura esta te devolverá al lugar donde te fue entregada, mis aposentos aquí en Wayreth. Hablaremos a tu llegada.”


El guerrero se pone en pie. Con una delicadeza que desmiente su tamaño toma el blanco navío en sus grandes manos, separando las alas del velero. En unos instantes su figura se difumina... para aparecer en los aposentos del adalid de los Túnicas Blancas. Ambos se arrojan en los brazos del otro.


- ¡Eilif! Bienvenido a casa.


- Saludos, Dunbar. A casa...




Los dos amigos comparten una comida mientras Dunbar pone al hombretón al corriente de los últimos acontecimientos en Ansalon. La llegada de la Muerte Bella, el Cónclave, el Oscurecimiento...


- Necesitas volver a trabajar, Eilif – comenta el mago entre nubes de hierba para pipa-. Tengo una misión para ti. Necesitamos información de campo sobre esos llamados Caballeros de Cobre. Quiero que seas mis ojos allí. ¿Conservas las alas del barco? Mientras las tengas contigo podremos mantenernos en contacto. La paga habitual y cuando todo acabe te enviaré a – sonríe -... ese pueblo perdido en el sur.


- Me hará bien volver a concentrarme en algo. ¿Dónde me envías?


- No podré enviarte a ciegas, sin saber qué está ocurriendo allí. El centro de la acción parece ser Solace. ¿Te parece bien la posada delos Héroes de la Lanza? ¿El Último Hogar?


- No hay problema –contesta el guerrero tras unos instantes de vacilación-. Aunque combatí por la luz durante la Lanza, nunca formé parte del círculo más cercano a esos... héroes. Peleé en el ejercito del Áureo General, pero... Bueno, ha pasado mucho tiempo, no creo que nadie me recuerde. Curioso, siempre pensé que era un mal nombre para una posada, ominoso, el último hogar...


-Entonces adelante. Suerte, amigo mío, hermano. Que mi Señor ilumine tus pasos.


- Que él te bendiga, Dunbar. Hasta la vista.


Unas frases arcanas, unos enigmáticos gestos, y el macizo corpachón del guerrero desaparece con todo su equipo, para reaparecer junto al vallenwood que sostiene al Último Hogar.


- ¡ Por el Abismo! ¿Qué demonios...?





28 de septiembre del 2001





miércoles, 4 de julio de 2001

Tilion


            Sobre todas las cosas siempre amé la plata. Alcancé rango y honor en las huestes de mi señor Oromë como cazador. No había blanco demasiado lejano para mi arco de plata. Mis argentinas saetas derribaron a las bestias de cuerno y marfil del Enemigo antes de la llegada de los primeros nacidos.

 

            Pero aún vagando por los inmensos bosques de mi señor añoraba siempre la luz del Árbol de Plata. Cuando mi espíritu se cansaba de vagar por la Tierra Media volvía a los jardines de Estë la Gentil en Lórien, y allí, en los estanques llenos del rocío de Telperion mi mente se entregaba a sueños de plata.

 

            ¿Cómo llegó a ocurrir? ¿Cómo fue posible que Melkor matara el Árbol Blanco y yo siguiera vivo? ¿Por qué no estaba entonces allí para derribar al Enemigo con la mortal canción de mi arco? Aún con la última llama de mi espíritu habría impedido tal enormidad. Pero el Rey Mayor nos había convocado para celebrar la primera cosecha y todos, valar, maiar o eldar, nos reunimos en alabanza a Eru Iluvatar. Y no quedó nadie, nadie en el montículo verde para defender los árboles...

 

            Ah... aún recuerdo la ultima luz, la luz mezclada de los dos árboles. Pero no la recuerdo por ser la última o por ser la más bella, pues para mí no había luz más hermosa que la sola luz de Telperion. La recuerdo porque fue en ese preciso instante cuando te vi por primera vez, Arien, doncella, espíritu de fuego.

 

            Quizá fue por tu vista por lo que reaccioné tan tarde. Quizá fue por eso que no corrí a ayudar a mi señor. Mientras todos corrían, mientras mi señor hacía sonar su cuerno de plata, el Valaróma, para llamar a sus cazadores, mientras Tulkas gritaba de rabia en la no-luz de Ungoliant, yo no pude hacer otra cosa que correr a Lórien para refugiarme en los estanques de plata, para cobijarme en los últimos rayos de la plata más pura.

 

            Pero los árboles estaban muertos, la luz de oro y plata no volvería jamás, como no volvió la luz de las Grandes Lámparas. Quizá se podrían haber salvado de no mediar el noldo y sus mezquinas pretensiones, pero Melkor ya había corrompido su corazón, y en su locura se negó a ayudar al mundo. Ni todo el poder de Yavanna, ni toda la compasión de Nienna lograron salvar los árboles... pero consiguieron algo al final. Cuando todo parecía perdido, cuando Nienna vacilaba, cuando la voz de Yavanna se quebraba, Telperion dio al mundo una flor de plata, la flor más bella, la luz más radiante, la plata más pura que yo jamás había visto. Asimismo Laurelin dio un fruto dorado.

 

            Manwë consagró la flor y el fruto, las gentes de Aulë construyeron dos grandes naves que habían de portarlas, y todo ello lo entregaron a Varda para que las colocara en el cielo, entre sus estrellas. Pero las barcas debían tener dos capitanes. ¿Por qué, de entre todos los habitantes de Valinor, fuiste tú la elegida? Porque yo había de ser el capitán de la barca de la luna; el custodio, para siempre, de la última flor del Árbol de Plata. Y tú, la poderosa Arien, la llama de fuego, al conducir la barca del sol te situaste para siempre fuera de mi alcance.

 

            Me dices que te acompañe en nuestro vuelo a traves del Ilmen. Que ambos podemos recorrer juntos las estrellas. Y así en ocasiones ambos nos mostramos juntos a pleno día. Pero no serás mía. Y en el fuego de tu negativa mi llama se consume y apaga, me muestra disminuido, cada vez más pequeño. Y herido me oculto a los ojos de las criaturas de Arda, y vago perdido más allá del Mar Exterior. Pero es entonces en la oscuridad del abismo cuando recuerdo la gloria de los estanques de plata y vuelvo al Ilmen para revelar poco a poco en Arda todo mi poder.

 

            Y así será por siempre, hasta que llegue el fin y vuelva el Oscuro... y entonces, en la última batalla, en el final de los tiempos, podremos estar juntos.

 

 

 

                                                                                    Jose, 4 de julio de 2001.

domingo, 10 de junio de 2001

Hermano

- ¡Malditos! ¡malditos! ¡a mí, a mí! ¡a mí la Guardia! ¡han herido al Senescal!

Harsil, capitán de la Guardia del Rey, cubre con su cuerpo a su señor. Tiembla de ira mientras la sangre de Faramir, Senescal de Gondor, tiñe de rojo sus manos, mezclándose con la suya propia. Cabalgaban por las estribaciones de las Ephel Dúath, en visita de inspección de las nuevas torres de centinela levantadas en la cara este cuando una lluvia de flechas se abatió sobre la vanguardia de la comitiva, donde el joven Faramir conversaba con sus guardias.

Perdido entre la niebla, espada en mano, avanza Faramir, hijo de Denethor, Senescal de Gondor. No recuerda como ha llegado hasta aquí, solo sabe de su cansancio, de un agotamiento del alma y los sentidos que embota sus emociones. Dos años. Ya han pasado dos años desde que, a un precio terrible, el poder de Mordor se deshizo como un castillo de naipes. Dos años extenuantes que han minado sus fuerzas, su carácter. Solo en la tarea de reconstruir Gondor mientras el rey Elessar trabaja en el norte, levantando de la nada el reino de Arnor. Solo, pues Eowyn, su esposa, ha partido hace dos meses a su señorío de Ithilien, para descansar, para examinar en soledad sus propios sentimientos, ambivalentes, hacia las figuras del Rey y el Senescal de Gondor.

De nuevo en la mañana suenan los gritos del fiel Harsil, que agazapado sobre el cuerpo de Faramir ve como unas sombras se mueven en las cornisas cercanas, ¿asesinos a sueldo? ¿un comando haradrim? ¿restos del poder de Mordor?. De su caído caballo toma su cuerno de batalla y hace sonar unas notas, limpias, prístinas, que desde hace dos años en todo Gondor significan una petición desesperada de ayuda y un desafío.

“¿Qué ha sido eso? ¿un cuerno? La llamada de auxilio de Gondor... No... no puede ser... mi señor Elessar me dijo que colocaron el cuerno de Gondor junto al cadáver de mi hermano... mi hermano... mi querido hermano...”

La llamada del cuerno ha sido escuchada. Como un relámpago llega la guardia del Rey, que solo ve un montón de cuerpos caídos donde debía estar la vanguardia... junto al Senescal. Los semblantes se desencajan de rabia, las manos que aferran las espadas desenvainadas tiemblan de pura furia mientras el color de sus nudillos vira al blanco. El jinete que marcha a la cabeza, alto, de larga cabellera oscura, se coloca de pie sobre los estribos para mejor observar lo ocurrido y ve como se abalanzan sobre los caídos multitud de figuras vestidas de negro, quizá para rematar a los heridos, tal vez aún haya esperanza...

- ¡A muerte! ¡a muerte, hijos de Gondor! ¡que no quede un solo enemigo vivo para contar lo ocurrido en este día maldito!

Con la disciplina aprendida a lo largo de años de duro entrenamiento los guardias adoptan instintivamente una formación en cuña y se lanzan contra su enemigo, que está a punto de alcanzar los despojos de la vanguardia.

Una sola figura se alza en desafío entre los cadáveres, portando el uniforme negro y plata de capitán de la guardia del Rey. Hace sonar una vez más su cuerno.

- ¡A mí, Boromir! ¡a mí! ¡el Senescal aún vive!

“¿Boromir? Sí, Boromir, mi querido hermano... mi cabeza, estoy tan cansado... ¿dónde estás? ¿dónde está padre? ¿dónde están los gigantes que antaño guiaron Gondor?... yo solo soy un hombre, necesito de tu fuerza, de tu tesón... ¿de donde viene ese sonido? De nuevo oigo el sonido del cuerno de Gondor... Boromir... así sonaba tu cuerno la noche de junio que perdimos Ithilien, clamando a los dioses por una ayuda que no había de llegar. Tú y yo, combatiendo juntos, fuimos los últimos en abandonar la ribera sur. Salvaste mi vida, minutos después de que yo salvase la tuya. Creo que fue la última vez que te vi llorar, la última vez que te abandonaste, desconsolado, al abrazo de tu hermano, como cuando éramos niños...”

Los jinetes alcanzan a los caídos y los rebasan, como una ola furiosa se estrellan contra sus rivales, desintegrando sus filas, poniéndolos en fuga. El jinete a la cabeza, el llamado Boromir, envía en su caza a la mayor parte de las tropas, mientras él mismo, con diez guardias seleccionados retrocede hasta donde yacen los caídos. Harsil se lamenta.

- ¡Ay, ay! ¡ay de mí! ¿qué le diré a la señora Eowyn? ¿qué le diré al señor Elessar? Mira Boromir, una de las flechas se ha alojado en su vientre, otra le ha golpeado la cabeza de refilón, pero la herida es fea...

Faramir continúa avanzando entre la niebla, comienza a reconocer su entorno, aunque en un mundo oscuro, no bañado por la luz del sol. Se encuentra en un lugar semejante al Amon Hen, más allá de los saltos del Rauros, donde cayó su hermano. Alcanza el lugar del deceso y encuentra el túmulo que el rey Elessar ordenó levantar en su honor. A sus pies hay un ramo de flores amarillas, frescas, de una fragancia que le hace olvidar su cansancio y el dolor que le lacera la cabeza. Toma el ramo, y comienza a leer la inscripción que han dibujado dos manos, quizá las de dos hobbits.

Oye el ruido de los cascos de un jinete y se vuelve para mirarlo, la espada en la mano, en posición defensiva.

El jinete, completamente vestido de cuero negro, cabalga en uno de los grandes caballos de Rohan. Un yelmo ciñe su cabeza, una negra melena, ondeante al viento, cubre unos hombros anchos. En su diestra porta algo que hace que la cabeza de Faramir estalle, plena de furia. El jinete lleva el cuerno de Gondor.

- ¡Tú! ¿Cómo te atreves a reclamar para ti lo que en justicia pertenece al mayor de la casa de Denethor? ¿Dónde robaste ese cuerno? ¿Dónde encontraste el cadáver de mi hermano?

Ante él el guerrero permanece inmóvil, impenetrable su expresión tras el decorado yelmo. Desciende del caballo mientras comienza a extraer lentamente su espada. Dos ascuas al rojo brillan en los ojos de Faramir.

- Sea. Antes de matarte me dirás donde encontraste ese cuerno.

Su rival asiente mientras adopta una posición defensiva, siempre en silencio. Faramir se lanza sobre él.

Harsil y Boromir se afanan sobre el cuerpo del caído, los otros guardias atienden a sus compañeros heridos.

- Boromir, coge a dos hombres y talad algunos arbolillos jóvenes, hemos de llevar a los caídos al refugio de una de las torres. Montaremos unas angarillas, tal vez sobre ellas el Senescal sobreviva al viaje.

El combate se prolonga, el antagonista de Faramir parece conocer todos sus movimientos, desvía sus ataques sin dificultad, y lanza los suyos como lo haría un profesor de esgrima, probando, midiendo, buscando puntos débiles. De repente se lanza a fondo buscando las piernas de Faramir con la punta de su espada, este intenta una parada baja, movimiento que aprovecha el contrario para golpear su mano con la parte plana de su espada y desarmarlo. Le coloca la espada en el cuello.

- He sido vencido. Una última cosa te pido. Dime dónde encontraste el cuerno de Gondor. Dónde encontraste el cadáver de mi hermano.

El jinete ataviado de negro asiente, retrocediendo dos pasos. Envaina su espada mientras lentamente, con ambas manos retira de su cabeza el yelmo. Bajo él, enmarcado por una cabellera negra, aparece un rostro noble, orgulloso, y unos ojos grises tristes, solemnes, se clavan en Faramir.

- Este cuerno me fue entregado por mi padre al nacer... hermano.

La sangre ha huido del rostro de Faramir. De su boca abierta solo salen sonidos inarticulados, silabas que pretenden formar una pregunta. Está paralizado. Una sonrisa se dibuja en el rostro del mayor de los dos guerreros.

- No me mires así, no es culpa mía que nunca aprendieses a parar esa estocada, hermano, la Torre es testigo de que lo intenté. ¿No le vas a dar un abrazo a tu hermano mayor?

Faramir se abalanza sobre su hermano, la cara llena de lágrimas.

- Hermano, ¡estas vivo!. ¿Qué demonios haces en esta tierra oscura? Vuelve conmigo a Gondor.

Lentamente Boromir deshace el abrazo. Mira a su hermano a los ojos.

- No, hermano. Como te explicó Trancos caí junto al Rauros. No volveré a ver el amanecer desde lo alto de la Torre de la Guardia.

- ¿Entonces soy yo el que ha muerto?

- No. Estás vivo, pero muy débil. Tu cuerpo, herido, permanece en las montañas de la sombra, inconsciente y al borde de la muerte. Tu mente vagaba sin rumbo y por la gracia y el poder de algunos amigos te he encontrado aquí, en el Sendero de los Sueños. Sentí tu presencia en el Sendero, e hice sonar mi cuerno para que pudieras acercarte a mí. No sé como explicarte la existencia de este sendero. No tengo ni las palabras ni el conocimiento, pero estoy seguro de que la Estrella de la Tarde podría explicarte su existencia, me consta que a través de él ha hablado con sus mayores. Probablemente Padre tuviera noticias de él, también, quizá entre sus escritos...

- ¿Padre? ¿Está aquí también?

El mayor de los dos guerreros calla unos instantes, incómodo.

- En cierta forma también está aquí. Le hablé de tu llegada, pero no ha querido venir.

Los hombros de Faramir se encogen, golpeado por estas palabras. Boromir se da cuenta de su reacción y se apresura a explicarse.

- No, hermano. No es lo que temes. Padre sabe de lo ocurrido en Gondor. El tiempo no transcurre aquí igual para todos, y me temo que para él ha pasado en demasía. Pero aún sigue avergonzado por lo ocurrido en la Torre en los últimos días, y teme no ser digno de tu perdón.

- ¿Mi perdón? Y yo temía no ser digno de su recuerdo...

- Sabe que te considera el más grande de los senescales desde Mardil el Fiel. Eres el orgullo de los tuyos, hermanito, ¡Faramir, hijo de Denethor, Senescal de Gondor!.

Ambos pasean por la colina, sin rumbo, a veces hablando atropelladamente, interrumpiéndose el uno al otro como durante una infancia disfrutada hace mucho tiempo, otras veces se limitan a deambular en silencio, compartiendo el placer de la mutua compañía.

- ¿Sabes de todo lo ocurrido?

- Sí. El poder de Gand... de Olorin, ¡por mi diestra que nunca lograré acostumbrarme a ese nombre!, es grande, puede recorrer el Sendero a su antojo. Y poco después de su salida de Gondor vino a buscarme y me contó todo lo ocurrido. Me hizo ver lo que pasó... y lo que podía haber pasado...

- ¿Si hubieses tomado el Anillo?

- Sí... y no. Había varios futuros posibles. Podría haber un señor oscuro en Gondor, tal vez padre, tal vez yo. Una Dama Oscura... Ví un futuro en el que el propio Gandalf, al verlo todo perdido, reclamaba para sí el Anillo. Saruman. El propio y buen Frodo. El Ojo... tantos, lamentablemente..

- Lo vamos a perder, Harsil.

- Estamos a punto de llegar a la torre, allí podrán ocuparse de él mejor de lo que podemos hacerlo nosotros.

Los dos hermanos, en su paseo, han llegado hasta los verdes prados de Parth Galen, Faramir habla de su situación actual, del cansancio vital que le acosa en la tarea de reconstrucción de Gondor.

- ¿Puedo quedarme aquí una temporada, hermano? Aquí podría descansar, retomar fuerzas antes de volver a casa... y a Eowyn

- ¡Harsil! Está muy pálido, no creo que consiga llegar, ha perdido tanta sangre...

- Cabalga veloz como el viento hasta la torre, Boromir. Cabalga y pide en la enfermería todas las hojas de athelas que tengan, tal vez así consigamos detener la hemorragia. ¡Cabalga!

- Mi muerte era inevitable, hermano, pero no lo es la tuya. Si te abandonas, si dejas de pelear, morirás sin alcanzar las metas para las que estabas destinado. Como un hombre sabio dijo en una ocasión, “no lloramos la muerte de los que caen alcanzando su destino” – el guerrero ríe-. Es lamentable, pero tuve que morir para alcanzar algo de sabiduría... ¿y tú, que eres sabio, te refugias en la inconsciencia? Vuelve a casa, hermano. Aún no ha llegado el tiempo de que volvamos a encontrarnos. Vuelve a tu señorío de Ithilien. A hacer grande de nuevo a Gondor. Te esperan tu señor y tu esposa... y alguien más...

- ¿Qué quieres decir?

- No puedo decirte nada, hermano, pese a que no creo que recuerdes nada de tu estancia en el Sendero. Pero estando aquí veo cosas del futuro y del pasado, y a veces consigo vislumbrar a aquellos que más amé estando en la tierra... y en ella a la que en mi memoria fue la más grande de las ciudades mortales.

- Mira, Boromir, las athelas hacen su efecto. Su rostro se ha distendido, y de nuevo su respiración es normal.

Una bruma empieza a levantarse. Los dos hermanos, más parecidos ahora que nunca, se paran frente a frente. Las manos de Boromir se apoyan en los hombros de su hermano.

- Aquí se separan nuestros caminos de nuevo, Faramir, hasta el lejano día en que volvamos a encontrarnos – una sonrisa crece en el rostro del mayor de los hijos de Denethor –. Espero que para entonces hayas mejorado esa parada baja...

- ¡Adiós, Boromir! No te olvidaré nunca, hermano.

El mayor de los hijos de Denethor cuadra sus hombros, lleva su diestra al pecho, adoptando el saludo de los soldados de Gondor a sus jefes.

- ¡Salve, Faramir, Senescal de Gondor! Adiós... mi querido hermano.


* * * * *


Meses más tarde una multitud está reunida en la plaza ante la Torre Blanca. En la terraza superior, coronado y vestido de gala, habla el rey Elessar.

- ¡Ciudadanos! Hoy celebramos la llegada del que continua la línea de Mardil el Fiel, la línea de los Senescales de Gondor.

La dama de Rohan y Faramir avanzan hasta la balaustrada, alzando el niño para que sea visto por la multitud. Un heraldo, portador de la librea plata y negro de la guardia de Gondor, se dirige al pueblo.

- ¡Pueblo de Gondor! ¡Saludad al heredero de la Senescalía de Gondor! ¡Saludad al que llevará el nombre de Boromir, hijo de Faramir, hijo de Denethor! ¡Saludad a Boromir, hijo de Eowyn, sobrina de Theoden Rey!


Un guerrero permanece sentado sobre su caballo, en medio de una llanura infinita, en un ocaso eterno, mientras mira pensativo hacia el horizonte.

“Será un gigante entre los hombres, en su juventud el más grande de los guerreros, en su madurez el más sabio de los hombres de su tiempo. El puente que unirá con mano de hierro los reinados del rey Elessar y del joven Eldarion. De nuestros padres obtendrá la sabiduría de padre y la belleza de madre, la sangre de la tierra de la estrella. De los padres de Eowyn obtendrá la prestancia y el orgullo de los jinetes de caballos. Me enorgullece que porte mi nombre. Cuida de mi sobrino, querido hermano”.

Jose, 10 de junio de 2001.

domingo, 6 de mayo de 2001

La hechicera y el caballero


 

            - Era un bardo imposible, con sus más de dos metros de altura y aquella cara que parecía un mapa de los Señores de la Muerte.

 

            El narrador sabe que ha captado la curiosidad de sus oyentes. Disfrutando de la sensación de ser el centro de atención en la sala, cosa que normalmente solo ocurre debido a esa marca que le afea la cara, continua con su historia.

 

            - En aquella época había abandonado la espada, y se dedicaba a recorrer Ansalon de posada en posada y de feria en feria. Esta es la historia que contó en mi humilde establecimiento, y esta es la historia que voy a contaros.

 

            “Cuenta la leyenda que Lord Soth, el señor del alcázar de Dargaard, fue comisionado por Paladine para salvar a las razas de Krynn del Cataclismo, pero que este fue vencido por su propia debilidad y no impidió lo que debía ocurrir.

 

            “Pero este no fue el único intento de los dioses por salvar Krynn de la destrucción. Varias deidades lo intentaron, enviando cada una de ellas a uno de sus elegidos.

 

            “Kiri-Jolith, pese a acatar la voluntad de su padre, no estaba de acuerdo con la idea del Cataclismo. Opinaba que se debía permitir que los pobladores de Ansalon combatieran el mal que dominaba Istar, que todos los pueblos nobles, acaudillados por los caballeros de Solamniasin duda se alzarían contra el Príncipe de los Sacerdotes y su tiranía

 

            “No por primera vez, y no por última, Nuitari se rebeló contra su madre. No estaba dispuesto a consentir que la necedad de los hombres golpeara a los seguidores de aquello que más amaba, la magia. Había ardido de rabia durante las Batallas Perdidas, y lloró la pérdida de las torres. Y esta vez no permitiría que sus seguidores fueran perseguidos.

 

            “Kiri-Jolith se apareció en sueños a un joven caballero de la Espada, que servía en una remota guarnición de la costa norte de Sancrist, y que por ello aún no estaba contaminado por la perfidia y la corrupción que se había adueñado de los caballeros.

 

            “Nuitari se apareció en los sueños de una túnica negra, una hechicera que tuvo que huir de Palanthas, discípula del nigromante que se empaló en la verja de entrada de la Torre de esta ciudad.

 

            “El caballero de la Espada, Portham, abandonó su puesto en Sancrist, por lo que fue proscrito por los suyos, con el objetivo de llegar aIstar. Allí, escudado por la fuerza de su Dios, armado con la espada de su ira, avanzaría a sangre y fuego hasta el Príncipe de los Sacerdotes, y cuando su espada vengadora hubiera apenas rozado su piel, debería prepararse para inmolarse en sacrificio al dios de la batalla. El señor de la guerra esperaba que este gesto por parte de un paladín lo suficientemente santo como para entrar con tales intenciones en el Templo deIstar, y claramente respaldado por la fuerza del hijo del Dragón de Platino, bastaría para impresionar al adalid de los sacerdotes y obligarle a cambiar el rumbo de su política.

 

            “Nuitari no iba a ser tan sutil. Dotó de gran poder a su elegida, hasta el punto de sobrepasar al adalid de las túnicas negras en Ansalon, hasta el punto de sobrepasar al jefe del Cónclave, haciendo de ella la más poderosa de los hechiceros que jamás pisaron Krynn hasta la llegada del Amo del Pasado y el Presente. Mavia debía llegar hasta las puertas del templo, que ni todo el poder de Nuitari podría hacer que cruzase. Allí convocaría al Príncipe, eliminando por turno a todos los rivales que este pudiera lanzarle. Y una vez convocado retiraría los velos que separaban al Príncipe de la realidad, permitiendo a las gentes y a los verdaderos clérigos ver la impotencia y debilidad reales del presuntuoso humano que pretendía reclamar por el orgullo lo que Huma obtuvo por el sacrificio y la sangre. Y a continuación lo enviaría al Abismo para toda la eternidad, convertido en un mero peón de la Reina Oscura.

 

            “Portham avanzaba a buen paso, seguido por escuadrón de caballeros de Solamnia que tenía la orden de capturarlo, pues había abandonado su puesto sin permiso.

 

            “Mavia se teleportó a las cercanías de Istar, y allí se preparó durante un mes, memorizando la gran cantidad de hechizos de los que debería disponer.

 

            “Pero la Señora de los Dragones tenía planes propios para el Cataclismo. Y por mediación de algunos de los sacerdotes que habían sobrevivido a las persecuciones religiosas en Istar advirtió a los mandatarios de la urbe de lo que ocurría... presentando al paladín y a la hechicera como enviados de Takhisis para acabar con el Príncipe.

 

            “Ambos se detuvieron a siete días de Istar, para prepararse para la lucha.

 

            “Mavia fue la primera en ver al otro. La primera mañana oyó ruidos de acero cerca del lugar donde había plantado su tienda. Y vio aPortham en total comunión con su dios. Permanecía de pie. Tan solo vestía un taparrabos de piel, y en su reluciente por el sudor brazo derecho se destacaba tatuado un colmillo de jabalí, representación de Kiri-Jolith. En pie, desarmado, con las piernas ligeramente abiertas y los brazos estirados, rezaba en voz baja, apenas susurrando unas palabras. Abrió los ojos y comenzó una serie de movimientos suaves, fluidos, lentos al principio que fueron acelerándose poco a poco. Sin comprender nada al principio, Mavia se dio cuenta que el paladín llevaba a cabo un combate contra un enemigo invisible. Brazos y piernas, convertidos en broqueles de acero, desviaban jabalinas y flechas imaginarias. Manos y pies, tensos y endurecidos se clavaban en enemigos invisibles. Fintas y saltos sobre la posición esquivaban espadas y lanzas hostiles que solo existían en su imaginación. Pero era un Caballero de Solamnia, hostiles a la túnica que ella representaba, a toda la magia en general.  YMavia abandonó el campamento camino del suyo propio.

 

            “Portham la vio la primera tarde. Encontró huellas de que alguien había estado cerca de su campamento y las siguió, temeroso de que sus perseguidores lo hubieran encontrado. Y encontró a Mavia ante su tienda, sentada con las piernas cruzadas en el suelo ante su tienda, estudiando sus libros de hechizos. El joven caballero la observó durante horas, cautivado por la dedicación de la hechicera. Por los ojos claros que se cerraban cuando echaba la cabeza hacia atrás para memorizar un pasaje especialmente complicado. Por las manos de largos y delicados dedos que deslizaban tras sus orejas un mechón de pelo que, rebelde, tendía una bermeja cortina ante su lectura. Por los labios llenos que murmuraban extrañas palabras. Pero ella era una hechicera de la oscuridad, una túnica negra que representaba todo lo que era oscuro, todo lo que es enemigo de la luz. Y Portham volvió a su propio campamento.

 

            “Al día siguiente la hechicera volvió a oír ruidos. Y volvió a investigar el origen del sonido. Y vio de nuevo al caballero. De nuevo estaba entrenándose, pero esta vez portaba todo su equipo, en el pecho del pectoral el Martín Pescador, la Rosa y la Espada cantaban una canción de gloria. Empuñaba con ambas manos una poderosa espada. Y bailaba una mortífera danza mientras se ejercitaba en el combate. El primero entre todos los guerreros.

 

            “Esa tarde el caballero de nuevo vio huellas. Y sabiendo adonde conducían de nuevo las siguió hasta su destino. Aunque no podía saber de qué se trataba vio como la hechicera creaba un inmenso cono de silencio alrededor de su tienda. Y en el centro de ese cono la túnica negra desató su terrible poder. Levantó escudos mágicos que la protegerían de cualquier ataque. De sus manos surgieron potentes chorros de fuego que calcinaron amplias zonas de bosque, incendios que ella misma apagó invocando poderosas tormentas. La primera entre todos los hechiceros.

 

            “La tercera mañana Mavia volvió al campamento de Portham. Este estaba en pie, de nuevo ataviado con un sencillo taparrabos. Tras un largo intervalo de tiempo dobló una rodilla y se inclinó. En su morena cara, curtida por los salados vientos que bañan Sancrist, se dibujó una sonrisa. Y ante él apareció una figura terrible, un minotauro con cabeza de bisonte, un guerrero ataviado de blanco portando las armas que derrotarían al Príncipe de los Sacerdotes y salvarían el mundo. Un escudo redondo grabado con la Espada, un pectoral en cuyo frente se dibujaba un Martín Pescador sobre una Corona y una poderosa espada en cuya hoja brillaba la Rosa. Mavia contempla la escena y desespera, imposible acercarse a un paladín consagrado por su dios.

           

            “La tercera tarde, atrapado por su destino Portham volvió al campamento de Mavia. La contempló sentada en la posición del loto, sumergida en el éxtasis de la magia. De pronto echó la cabeza hacia atrás, dejando que una cascada de cabellos rojos cayera sobre su espalda. Sus pálidas facciones se relajaron completamente y en su cara se dibujó una sonrisa. Ante ella apareció una figura de inconmensurable poder, cubierta completamente por una túnica negra. Una mano macilenta se adelantó y entregó a Mavia un bastón de  magodel más negro ébano, coronado por ojo facetado hecho de obsidiana. El arma que debía correr los velos con los que se cubría el Príncipe de los Sacerdotes y salvar al mundo. Portham se retira, aquella que se ha convertido en el objeto de sus sueños se le ha revelado como una campeona del hijo de la Reina Oscura. ¿Cómo podría siquiera acercarse a ella?

 

            “Mavia pasa el cuarto día meditando sobre su situación. Piensa en los dones que sobre ella ha vertido Nuitari. Piensa en la responsabilidad que pesa sobre ella, pues Nuitari le ha explicado que el destino de la magia pende de un hilo. Pero todos sus pensamientos se ven obstaculizados por la imagen de un joven guerrero entregado a su arte con la misma fuerza que ella se ha entregado al suyo.

 

            “Durante el cuarto día Portham no puede concentrarse. Sabe que el destino de millones depende de sus actos. Sabe que su Señor, el dios de la buena lid, le ha otorgado una confianza que sobrepasa cualquier cosa que hubiera imaginado. Intenta centrarse en su deber, en lo que el honor demanda, pero le resulta imposible. Ante sus ojos baila siempre una melena pelirroja.

 

            “Ninguno de los dos duerme esa noche. Y ambos toman una decisión.

 

            “El quinto día es el del conocimiento. Ambos utilizan para sus abluciones zonas del río muy próximas. Temprano en la mañana ambos se encaminan a esas zonas completamente pertrechados. Y cuando la luz del sol baña la orilla del río por fin se ven frente a frente. Los poderes de ambos desafían la imaginación, por intercesión de su dios él, por la fuerza de la magia ella, ambos tienen la capacidad de ver lo que hay en el alma de cualquier ser humano. Pero simultáneamente, sin mediar una palabra, utilizan ese poder contra ellos mismos, con el objeto de ofrecerse completamente, sin fisuras, sin ambages, al otro. Y comienza un mudo dialogo diálogo que dura horas. Un dialogo que ambos comienzan igual y tras el cual ambos conocen completamente al otro.

 

            “Pasan juntos el sexto día, ahora siendo uno solo tras la noche pasada. Se han puesto en contacto con sus respectivas deidades... solo para decepcionar a ambas. Estas les comunican que, alertados por la Reina Oscura, los lacayos del Príncipe de los Sacerdotes lanzan contra ellos un golpe devastador. La temible sexta legión, de infausto recuerdo para los pueblos libres de Krynn, y un numeroso grupo de hechiceros renegados, la única arma mágica a disposición del Príncipe, pues los clérigos verdaderos se han retirado y Paladine se niega a atender las peticiones de los restantes. Los dioses les conceden ese día a ambos. Pero el séptimo día serán atacados y, si sobreviven, deberán frenar al Príncipe.

 

            “Llega el séptimo día. Ambos han pasado la noche en vela, preparándose para el combate, pues saben que de cada uno depende la vida del otro en la jornada que se avecina.

 

            “En la clara mañana, sobre una colina se alzan Mavia y Portham.  A sus pies se extiende la infame sexta legión y tras ellos los magos renegados. Mavia acumula hechizos de protección sobre Portham, y este, en total comunión con su dios, se lanza colina abajo. La incredulidad se extiende entre las primeras filas de legionarios, que ven como un hombre solo se abalanza sobre ellos. Pero cuando ese hombre choca contra las primeras líneas se dan cuenta de su error. La fuerza del caballero es la de una decena de hombres, ninguna espada puede vulnerar su guardia, su velocidad es la del rayo. Con la regularidad de un autómata Portham penetra en las filas de la legión, su vista busca a los oficiales y avanza hacia ellos, moviéndose entre los soldados como si atravesara un campo de trigo. Los hechiceros lanzan ataque tras ataque sobre la cima de la colina, donde Mavia resiste impertérrita. La hechicera permanece agazapada tras sus defensas hasta que nota como la intensidad del ataque de sus enemigos decae, y es entonces cuando pasa a la ofensiva.

           

            “Los legionarios, privados de parte de sus mandos y desbandadas por el pánico las primeras filas titubean. Los magos comienzan a flaquear, algunos caen, asediados por el poderoso ataque de Mavia.

 

            “Pero de la misma forma que estaba escrito que el caballero de Solamnia y la hechicera de negra túnica debían encontrarse, también estaba escrito que ninguna fuerza humana o divina podría impedir el Cataclismo. Sobre una colina cercana, montado sobre un gigantesco caballo negro, se yergue uno de los preferidos de la Reina Oscura en Ansalon. Un sacerdote de poder inconmensurable. Y es la mano de este sacerdote la que decide la batalla, pues aunque no puede participar directamente en el combate lanza un hechizo de ilusión sobre la hechicera que pelea sola en la cumbre de la colina.

 

            “A los ojos de Mavia un legionario se abalanza sobre Portham clavando profundamente una jabalina sobre su hombro derecho, el caballero se tambalea, mira hacia atrás unos instantes, para caer sepultado bajo una multitud de enemigos. Ajeno a todo esto Portham sigue combatiendo, segando fila tras fila de legionarios, tratando de alcanzar a los hechiceros. Pero oye a su espalda un grito de dolor, un rayo mágico ha superado las defensas de Mavia, que ha titubeado un solo instante al creer ver caer a Portham.

 

            “Ciego de ira Portham abandona el campo destrozando a todo aquel lo suficientemente loco como para interponerse en su camino. Cuando llega a la cima del montículo contempla a su amada. Vive todavía, pero el rayo ha afectado su brazo izquierdo quemándolo, y convirtiendo su mano derecha en un garfio de carne ennegrecida. Abajo, los enemigos de la pareja reagrupan sus fuerzas.

 

            “Portham... estás vivo - dice entre lágrimas la hechicera – Creí que te había perdido.

 

            “Mavia, Mavia... ¿cómo ha podido ocurrir? – la frente del caballero esta perlada de sudor, arrugas de preocupación fruncen su ceño - Son demasiados, cariño, y ahora no podremos protegernos de los ataques mágicos... todo se ha perdido...

 

            “Mira abajo, mi amor. Se reúnen para atacarnos de nuevo, reagrupan sus fuerzas.

 

            “Ambos saben que ha llegado el final. No podrán superar la coalición de magos y guerreros que se alza contra ellos. Se miran de nuevo como la mañana que se conocieron en el río. Y de nuevo ven el interior del otro. Ven una profunda tristeza por la próxima pérdida del ser amado... y la breve chispa de una última esperanza en la derrota. El primero en volver a hablar es el guerrero

 

“Déjame combatir hasta el final, Mavia, tal vez aún pueda vencerles. Si la legión se desbanda completamente podré alcanzar el grupo de los hechiceros. Si aun puedes protegerte a ti misma durante un tiempo yo...

 

            “¿Y qué será de nosotros después, Portham?

 

            “No lo sé, mi amor. Si vencemos aquí y nos retiramos ambos perderemos el favor de nuestros dioses. Tú habrás perdido tu magia y yo mi habilidad con las armas. Tal vez podamos empezar de nuevo, solos, sin dioses,  en algún sitio...

 

            “Claro, mi amor. Cuando todo esto acabe...

 

            “Cuando acabe todo esto...

 

            “Si mi poder falla, que Nuitari te bendiga, caballero... mi amor.

 

            “Si caigo en la batalla, que Kiri-Jolith te acompañe, señora... mi amada.

 

            “Una vez más se desata un infierno en la tierra. Los legionarios avanzan sobre la pareja, mientras los hechiceros lanzan sus ataques.Portham penetra en las filas de la legión... para ser rechazado poco a poco. Mavia gasta los últimos sortilegios acumulados en su bastón de mago en desviar los ataques mágicos. Pero la presión combinada de legionarios y magos renegados es excesiva. Portham retrocede cada vez más. Los hechizos de protección de Mavia son cada vez más débiles.

 

            “Una jabalina supera la defensa de Portham y se clava en su brazo derecho.

 

            “¡Portham!

 

            “Un proyectil mágico estalla cerca de Mavia, alcanzándola en las piernas.

 

            “¡Mavia!

 

            “El paladín se retira hasta su amada. - ¿Así ha de acabar todo ahora, mi amor?

 

            “Aun puedo romper mi bastón, Portham. Si estalla, lo devastará todo en varias millas a la redonda.

 

            “¿Y nosotros?

 

            “Las lágrimas bañan la cara de la hechicera. Sonríe, con los ojos clavados en el guerrero, que están anegados de lágrimas y comienza también a sonreír.

 

            “Nosotros emprenderemos una vida nueva...

 

            “Los dos solos...

 

            “Sin dioses...

 

            “Sin misiones...

 

            “Juntos..

 

            “Los legionarios avanzan sobre la pareja. Los hechiceros salmodian los últimos versículos de sus hechizos.

 

            “Mi amor...

 

            “Entonces la hechicera, rodeada por los brazos del guerrero, levanta su única mano libre, golpeando el bastón sobre el suelo, rompiéndolo en un golpe de retribución. Y las energías mágicas contenidas en él se liberan, golpeando la tierra como el puño de dos jóvenes dioses encolerizados.

           

            El narrador calla, el silencio cae en el local, hasta que uno de los pocos parroquianos que quedaba en la taberna se dirige al narrador, el dueño de la taberna.

 

- Caramba, William... estoy impresionado...

 

            - Sí... es la mejor historia que nos has contado nunca... exceptuando aquella de cuando asaltaste el castillo durante la Lanza y...

 

            - Cuéntame, William, ¿qué ocurrió con Portham y Mavia?

 

            La cara porcina del tabernero duda unos instantes.

 

            - El hombretón que la contó dijo que el destino final de esos dos no es conocido por los hombres mortales, pero que no quería creer queNuitari y Kiri-Jolith, dos dioses que recompensan la pericia en sus seguidores no se apiadasen de ellos. Cuando le pregunté me llevó fuera y me dijo...

 

            “Mira, William, la estrella de Kiri-Jolith, roja como el fuego en el horizonte. Y sabes que Nuitari está también en el cielo, aunque no podamos verla... al menos yo aún no puedo verla... ¿Sabes qué creo? Que Mavia y Portham fueron reclamados por sus dioses tras la explosión. Creo que Mavia sigue estudiando en esa luna oscura. Y creo que Portham se ejercita eternamente en el campamento del dios de la batalla. Pero cuatro veces al mes,  una cada semana, en su recorrido por el cielo Nuitari tapa la luz de la estrella de fuego. Y es entonces cuando los que se amaron hace tanto tiempo vuelven a estar juntos, por apenas unas horas.”

 

 

 

 

 

                                                                                   6 de mayo de 2001

jueves, 3 de mayo de 2001

Hacha

Avanzan pesadamente, sucios, heridos, en el atardecer, cargados con sus pertrechos y los de los compañeros caídos. Marchan apresurados pues una fuerte tormenta amenaza con descargar desde el occidente. Murmullan entre ellos, presas del dolor, el cansancio y sobretodo, un temor reverente.

 

            - No olvidaré jamás ese hacha. Se alzaba y caía, se alzaba y caía, mortal siempre. No sé cuantos de los nuestros quedaron allí.

 

            - A mí me lo vas a decir – contesta un compañero, la cabeza vendada  con una tela ensangrentada -. Me golpeó de revés con esa maligna arma. Perdí el sentido y casi perezco aplastado por el peso de los muertos.

 

            - Ha sido una pesadilla. No comprendo como un solo hombre pudo presentar tanta resistencia... retrocedimos en siete ocasiones... y en las siete ocasiones los mandos nos obligaron a volver a cargar con látigos y porras... una pesadilla...

 

            - Yo vi como un grupo, aterrorizado ante ese hacha letal, retrocedía arrollando a los mandos... dicen que los Grandes Jefes los mataron a todos.

 

            - ¡Setenta! Setenta cuerpos se contaron entre nuestros muertos.

 

            El caminante que marcha a la cabeza, cabizbajo, herido en un brazo que porta en cabestrillo, la tez cenicienta, murmura para sí mismo.

 

            - Maldita sea su sombra... Perdí toda mi escuadra. No creo que en toda mi vida vuelva a ver tal montaña de brazos y cabezas cercenados.

 

            Una figura terrible se acerca a ellos. Empuña un látigo con el que golpea las maltrechas filas.

 

            - ¡Malditos gusanos! ¡Apresuraos! Hemos de reunir nuestras fuerzas para descargar nuestro puño mañana sobre los enemigos desbandados.

 

            Las filas se estremecen y continúan con su caminar cansino. El líder del grupo sigue su marcha impertérrito, siempre mascullando para su embozo.

 

            - ¿Desbandados? Y un cuerno. Yo estaba en la primera oleada y vi perfectamente como esos cerdos formaban un cuadro para proteger la huida de sus aliados, los Malditos, más allá del marjal de Serech.

 

            Uno de ellos, tal vez valiente, tal vez simplemente inconsciente, se atreve a alzar la voz y seguir la conversación. Tras la batalla de ese día incluso uno de los Jefes está cansado.

 

            - ¿Qué fue de él? ¿Lo matasteis? ¿lo hicisteis prisionero?

 

            - Cayó prisionero. La octava oleada consiguió aplastarlo bajo una montaña de muertos. Cuando ya no tuvo sitio para maniobrar con su hacha le lanzamos redes y pudimos atraparlo. ¡Siete oleadas, que el Señor encadene su alma! Lanzamos contra esa colina siete cargas y consiguió deshacerlas todas. Gritaba como un poseso mientras su arma segaba nuestras filas como se siega el trigo. No olvidaré nunca ese grito de guerra.

 

            -¿Cómo era?

 

            - No hablo la lengua de los Malditos, pero sonaba algo así como aree entulva.

 

            - Aurë entuluva. Gritaba aurë entuluva.

 

            Sus compañeros lo miran con desconfianza. Se diría que tan solo el prístino sonido de esas palabras hiere sus oídos.

 

            - ¿Cómo lo sabes?

 

            - Serví como guardia tres años en las minas de hierro, y aprendí algo de su idioma. Los Malditos cantaban algo así mientras cavaban y extraían el mineral.

 

            - ¿Y qué significa eso?

 

            La tormenta ha atrapado al grupo, un trueno acalla la respuesta. Las nubes se extienden hasta donde alcanza la vista, como una bandada de titánicas aves enlutadas. La lluvia que llega del Occidente se vierte sobre la tierra, intentando limpiar la sangre, sanar la tierra. Las gotas que caen son las primeras de las innumerables lágrimas que se verterán en los próximos días.

 

 

 

            En el año 473 desde el alzamiento de la barca del sol se rompió definitivamente el sitio de Angband en la quinta batalla por Beleriand, la Nirnaeth Arnoediad, las Lágrimas Innumerables. La última arma en caer fue el hacha de guerra del señor de Dor-lómin, Húrin de la casa de Hador Cabellos Dorados, que fue llamado Thalion, el inquebrantable, por su firmeza ante el Señor Oscuro. La Narn de los hijos de Húrin cuenta que su resistencia infranqueable, su valor indomable, permitió que se retiraran del campo las fuerzas de Gondolin para volver a combatir en otra jornada y que antes de caer prisionero siete veces se alzó su voz sobre los marjales de Serech. “Aurë entuluva!”, “¡Ya se hará de nuevo el día!”.

 

 

 

                                                                                                Jose, 3 de mayo de 2001.