miércoles, 19 de noviembre de 2003

Nace un canto


 

- ¿Y ahora, hermano? Decide tú, yo ya no puedo más. Todas las decisiones que tomo nos conducen a la ruina. Estoy tan cansado...

 

El interpelado deja de contemplar el mar, desvía su atención de esa música que lo ha maravillado desde niño,  abandonando la eterna melodía que siempre se dibuja en sus labios. Mira ahora a su hermano, a la ruina física en que ahora se ha convertido. No puede menos que compararlo con el orgulloso jinete que una vez soñó con conducir a todos los pueblos libres contra el Morgoth. Ahora es solo una sombra de dolor, una caricatura apenas del que había nacido para reinar sobre los Noldor. Aún en pie, es cierto, pero encorvado sobre el pecho, donde su única mano acuna el silmaril que, rebelado, quema su carne.

 

Cruzan sus miradas. El mayor, que aúna lo que de bueno y cabal había en el padre. El segundo de los hijos, el más parecido en modos y capacidad a la perdida Nerdanel.

 

- ¿Cómo llegamos a esto? Por más de quinientos años del sol peleamos en estas tierras para cumplir el juramento de padre, nuestro juramento. Hemos hecho lo que hemos podido, Eru es testigo. Hemos matado a orcos y bestias del Enemigo. Por Taniquetil, hasta hemos matado gentes de nuestra propia raza. Y hombres. Y enanos. Hemos traicionado y hemos robado. Por más que nos hemos esforzado nunca conseguimos nada. La única espada de los noldor que irió al Morgoth la empuñó Fingolfin. La única joya que recuperamos la obtuvo una elfa silvana. Y un hombre mortal.

 

-         Tú mismo lo has dicho. Llegamos hasta aquí por la traición, el robo y el asesinato. Ahora tenemos los silmarils. ¿Y qué? Las joyas saben que nuestras manos están manchadas y queman nuestra carne. Ahora que cumplimos el juramento nada hay en esta tierra ya para los hijos de Fëanor. Nada. Y más allá tampoco.

 

Un escalofrío recorre la espalda de Maglor al oír tanta amargura en la voz de su hermano. Vuelve su mirada al mar, buscando consuelo. Poderoso como es para el canto, puede a veces vislumbrar los retazos de la Gran Canción que en el murmullo de mar quedaron. Más aún cuando ahora, en sus oídos, el mar llora el destino de los hijos de Fëanor. Y el vello de su cuerpo se eriza cuando oye, cuando ve, cuando siente el destino de su hermano, y el suyo propio.

 

-         ¿Volveremos a vernos, hermano? – se alza de nuevo, teñida de dolor y pena, la voz del mayor -. ¿Nos encontraremos en Mandos? ¿Veremos a padre?

 

-         No creo que la sangre que ensucia nuestra alma pueda lavarse antes del fin, hermano – responde, conteniendo a duras penas las lágrimas -, si es que ha de haberlo. Recuerda la voz del Hado: “y encontraréis escasa piedad, aunque todos los que habéis asesinado rueguen por vosotros”. No, creo que ni siquiera entonces.

 

Calla, sacudido por los sollozos. Se cubre la cabeza con la capucha, busca el consuelo del mar. Recuerda el destino que ha entrevisto, se pregunta si hay salvación, si no para él, para su hermano. Se da cuenta de que su hermano ya no está junto a él. Comienza a incorporarse, rugiendo su nombre. Y cae. Gritando en agonía rueda por la playa de fina arena hasta alcanzar el mar. Ha visto alzarse la columna de llamas que ha acabado con el, excepto por sí mismo, último de su estirpe; siente como se quema la carne, se encoge, se marchita... y como finalmente el alma, liberada, parte. Adios, hermano.

 

Solo, como nunca lo ha estado, el príncipe noldo llora. No lamenta la muerte del que ha partido, si no la separación que, sabe, será larga, larga incluso para un elfo. Se incorpora despacio y comienza a caminar, sus pasos se dirigen al sur. Camina siguiendo la línea de la costa, y al pasar un promontorio divisa, sentado en la arena de una pequeña cala, a un individuo solitario. Le basta con verlo para percibir su increíble poder, un poder conocido desde antiguo, que volvió a sentir poco antes, cuando la flota de barcos-cisne trajo el ejército de Valinor. Descansa el vala, sentado, el agua acariciando los poderosos miembros, la mirada vuelta hacia el oeste. Se acerca el elfo, inclinándose ante el más valiente entre los suyos.

 

-         -Mi señor.

 

La dorada cabeza gira, los ojos se clavan en el elfo, centellean brevemente en disgusto.

 

-         No aprendiste esos modos en Valinor, Makalaurë, nunca te inclinaste para entrar en mis salones en Valmar. ¿Dónde vas, elfo?

 

-         Lo ignoro, mi señor. Al sur, lejos, creo. Solo quiero alejarme de la tumba de mi hermano.

 

-         Tu hermano, muerto. Lo lamento.

 

Ambos permanecen en silencio unos instantes, la mirada perdida en el horizonte.

 

-         Lo lamento, aunque no puedo decir que me sorprenda. Antes de zarpar... Bueno, conocía su destino, al menos algunos de los posibles. Y los tuyos. ¿Sabes qué te espera más allá de esta playa?

 

-        -  Lo sé.

 

-         Y aún así sigues caminando – suspira-. Mi esposa esperaba que volvieras con la flota. Añora tu canto, ¿sabes?

 

- Si estuviera en mi mano cambiar tu destino lo haría – continua el vala, ante el silencio del elfo -. Pero no puedo torcer el juicio del Heraldo. Lamento la pérdida de tanta belleza, de las canciones que aún están por venir.

 

-         Mi señor. El silmaril quema mi mano, mancillada. Ya hemos cumplido el juramento, podemos disponer de ellos. Tomadlo, mi señor, llevadlo a Valinor, entregadlo a la bella Nessa, que adorne su frente. Que la belleza de la obra de mi padre vuelva al Reino Bendito, ahora que una joya está en los cielos y la otra se ha perdido en la tierra.

 

Duda el vala. Contempla el silmaril, la ultima joya de Fëanor, que brilla con una luz ahora perdida. Vuelve a ver la luz de los Árboles, recuerda a Nessa bailando bajo la luz mezclada de Telperion y Laurelin, impulsada por el canto de Maglor. Sería tan fácil tomar el silmaril que le ofrece el noldo. El pecado de orgullo del padre lavado por el hijo. Pero no es ese el juicio del Heraldo ni, por ende, del Rey Mayor. Lamenta la pérdida de tanta belleza, siente un conato de rebeldía que pasa rápido, como siempre en él. Así se ha cantado, y así será, las joyas del elfo no volverán a brillar hasta el final. Niega con la poderosa cabeza, suavemente, como si temiese dañar con ello al elfo. Se encoge este, como si hubiese recibido un golpe. Su último intento para burlar su destino, fallido. Sabe lo que tiene ante él, la joya parece arder en su mano con mayor intensidad, quemando la carne. Con un grito en el que se mezclan la rabia y la pena arroja lejos de sí la joya, lanzándola al mar.

 

-         Descanse en el fondo del mar. Queda ahora más allá del alcance de los hijos de Ilúvatar, o aún de mis hermanos. Pero sé que volveré a verlo. Y que entonces volveré a verte, Makalaurë, y que mi esposa volverá a bailar al son de tu canto, que entonces alcanzará la belleza de las obras de tu padre.

 

-         -¿Me dais esperanza, señor?

 

-         Amarga, en todo caso. Caras pagarás esas canciones, me temo, como dijo el Rey Mayor. Un pago que se me antoja excesivo. Sabes que tu destino no es Mandos, que expiarás tu pena en esta tierra.

 

-         -Lo sé.

 

-         Y aún así, repito, sigues caminando. Nunca llegué a entender el propósito de Ilúvatar con respecto a sus hijos, mi papel en la Gran Canción era otro. Pero saludo tu valor, elfo.

 

El sonido de un millar de cuernos de plata, a lo lejos, interrumpe al vala, que se pone en pie. Apoya la diestra, hercúlea, sobre un hombro del noldo.

 

- Debo dejarte, la flota se apresta y el Heraldo llama a embarcar  a los que deben volver al Reino Bendito.

 

-         -Adios, señor, llevad mis respetos a la señora Nessa.

 

-         Su bendición te acompaña, elfo. Y la mía, en lo que valga. Volveremos a encontrarnos, Makalaurë.

 

-         -Volveremos a encontrarnos.

 

Parte el vala, mientras el elfo contempla como en la distancia las blancas velas de la flota teleri se dirigen al oeste hasta que la última nave-cisne se pierde en el horizonte. Reanuda su camino entonces, siempre hacia el sur, la mano derecha, herida, sobre el pecho. Camina, comienza lo que sabe que será un sendero prácticamente infinito, lleno de dolor y recuerdos. Y mientras camina canta, vuelca su memoria a la música. El mar,  fascinado por las palabras del cantor, se une en reverencia a la voz del elfo. El viento, sojuzgado por la belleza de la música, corea las palabras de este. Y así, mientras verso a verso el Noldolantë nace a este mundo, el más poderoso bardo que jamás cruzaría las tierras mortales desaparece de los cantos.

 

 

 

 

Esplugues del Llobregat, 19 de noviembre de 2003.

 

 

viernes, 5 de septiembre de 2003

Aikanár

Mandos, la Casa de los Muertos. Por sus salas infinitas pasean los elfos caídos, aquellos que, inmortales, sucumbieron por la espada, por tormento, por pena. Pero hay algunos que no deambulan por las mansiones sin fin. Entre ellos hay uno que permanece sentado, perdido en el sueño lúcido de los elfos. Tan grande era su dolor que se cuenta que el propio Mandos, apiadado, lo condujo un tiempo a los jardines de Nienna, su hermana. Las lágrimas de la Señora de la Compasión, su melancólica compañía, limpiaron el alma del noldo, haciendo brillar de nuevo la que fuera la afilada llama de los Noldor. Aún el elfo continúa sentado en Mandos, pero ahora aguarda con anhelo. Sueña, recuerda, y a veces sus labios musitan una sola palabra.


* * *


- ¡Aguantad! Aún no, aún no...

Un centenar de elfos noldorin esperan el arrollador empuje de una horda de orcos en las estribaciones septentrionales de Dorthonion, lejos de los bosques que ahora ocupan los hombres. Sorprendidos al despuntar el día, la compañía se ha trabado en combate sin esperarlo con un fuerte contingente orco.

- ¡Ahora!

Cien arcos cantan y las primeras filas de los orcos se desintegran. Pero son muchos, demasiados, y las siguientes filas pisotean los cuerpos aún palpitantes de sus camaradas a la caza del odiado enemigo.

- ¡Abandonad los arcos! ¡Desenvainad! ¡Fila doble!

Con la rapidez de los soldados fuertemente disciplinados los elfos forman instantáneamente una fila doble de espadachines contra los que se estrella la negra ola orca. Son tropa escogida, una compañía de los Guardias del Sirion. La primera luz que vieron sus ojos fue la de los Árboles en Valinor, y esa luz les imprime una fuerza que no puede doblegar ningún orco surgido de las profundidades de Angband. Pero el primer sonido que escucharon sus oídos fue el rumor del agua sobre las playas de perlas de Eldamar, y por ello, de entre los Noldor consagrados a Aulë, prefirieron ellos a Ulmo, señor del Piélago. Desde que llegaron a Beleriand se consagraron a la defensa del Sirion, amado por el rey del mar. Pero en esta mañana de sangre se diría que la oscuridad barrerá a la luz, pues los esbirros del norte multiplican varias veces el número de los elfos. Solo la fuerza de la masa los obliga a retroceder palmo a palmo, muerto a muerto. Hasta que Aegnor da la orden que todos saben previa a la derrota.

- ¡En círculo, hermanos! ¡Formad en círculo! ¡Angrod, clava el estandarte!

- ¿Caeremos aquí, hermano? – pregunta el más joven de los hijos varones de Finarfin, Angrod – No temo a la caída, pero ¿debe ser así? Sin bardos que canten nuestra historia, sin...

- ¡No! – una llamarada de furia estalla en los ojos de Aegnor, su frente parece adornada por una brillante joya - ¡Mayor es nuestro destino! ¡Fuerza y valor, amigos míos! No caeremos en esta mañana ¡Noldor, Sirion!

Los orcos vacilan, la simple fuerza del número no basta ante aquellos que han cruzado el Hielo, que han visto los rostros de los Poderes. Llegan bestias de guerra, llegan Capitanes de Angband. Lo que era una simple escaramuza se torna batalla. Carga tras carga se da contra el anillo de hierro de los Noldor. Carga tras carga el anillo se reduce, se hace más pequeño... pero no cede.

- ¡Hermano, mira al norte!

Angrod, el portaestandarte, señala a septentrión. Aegnor palidece. Una poderosa columna de polvo se alza en la asfixiante Anfauglight. Y al verla la llama de Aegnor vacila, pues nada bueno para un noldo puede llegar, a través de la polvorienta llanura, del tenebroso norte.

“Se desplaza rápido, probablemente sean jinetes de wargos. Aquí acaba todo, entonces. No habrá canciones, hermano. Ningún bardo cantará tu risa, tu apostura. Finrod, Orodreth, Galadriel, hermanos, no nos olvidéis. No deshonraremos la sangre de Finarfin.”

- ¡Hermanos! Ya veis lo que llega del norte, parece que el crepúsculo llegará antes hoy. No esperaremos a ser arrollados por esos refuerzos. No seremos cazados uno a uno. No seremos esclavos en las minas del Morgoth. A mi orden, punta de lanza y hacia el norte. Esta noche se hablará de nosotros en Angband con miedo y respeto. Si he de partir, no puedo elegir mejor compañía, amigos míos. ¡Volveremos a reunirnos en Mandos!

Un grito se alza de las gargantas de los elfos. ¡Te veré en Mandos, hermano!

Los Noldor forman una cuña que se hunde profundamente en las sorprendidas filas enemigas, dejando un río de muertos a sus espaldas. Tal es su ímpetu, su fuerza, que está a punto de romper el cerco que los rodea. Pero, como no puede ser de otra forma, la lanza élfica pierde fuerzas y se detiene. Sin ordenes, instintivamente, forman de nuevo un círculo bajo la marea negra que los asedia. Todo parece perdido.

Pero un sonido, puro como la plata, se alza en el desolado norte. Como un dardo de luz penetra en la noche del griterío orco y la disipa. Centenares de voces que cantan un himno de guerra que habla de esperanzas nuevas, de fuerzas jóvenes que el Oscuro no podrá torcer.

- ¡Atani! ¡Son atani! Resistid aún, hermanos, son las doradas gentes de Hador.

La tormenta, el empuje de los hombres, se abate sobre los sorprendidos orcos. Cantando, cantando siempre. Cantan mientras desbaratan el ejército orco, mientras los Campeones entre los hombres retan y matan a los Capitanes de Angband, mientras persiguen y aniquilan a la masa en retirada.

- ¿Nunca has visto un ejército de hombres, elfo?

La que habla es una jinete, bella como el crepúsculo, morena como dorados son sus compañeros. Con alegre desparpajo se dirige al asombrado Aegnor, que apoyado sobre su espada contempla como los jinetes mortales barren al enemigo hasta el horizonte.

- ¿Quién sois, señora? Llegáis con la fuerza del viento del oeste, que dispersa ante sí la oscuridad. ¿No me diréis vuestro nombre?

La mujer ríe. Es para el elfo un sonido nuevo, contiene la pureza de la plata, recuerda a Telperion. Y el sonido de su risa, como un dardo, se clava en el corazón del elfo. Aún no está herido de muerte, pero ha abierto el camino a futuras saetas.

- Se cuenta que los elfos conocen el nombre de todo lo que crece bajo el cielo – dice la mujer mientras hace caracolear su caballo ante el sonriente noldo –. Adivínalo, elfo.

Angrod llega corriendo para informar a su hermano, pero se detiene ante la escena que observa.

- ¡Aegnor! He reunido a los guardias, yo...

- Aegnor... el Guardián del Sirion – la mujer ha detenido su caballo, mira fijamente al elfo -. Parece que los orcos iban hoy de caza mayor.

- Señora, estoy en desventaja y soy vuestro deudo. Conocéis el nombre que me da mi gente y habéis salvado mi vida. ¿Quién sois?

- Andreth, elfo... Aegnor. Andreth, hija de Boromir, señor de Ladros, de las gentes de Béor.

- Mis guardias y yo mismo os debemos la vida, Andreth de Ladros. ¿No aceptaréis, vos y los que os siguen, la hospitalidad de la fortaleza de Tol Sirion? – la mujer permanece en silencio, observándolo. Ha encontrado algo en los ojos del elfo, que ha adoptado un tono falsamente indignado - ¿Acaso se han endurecido los corazones de los hombres desde que los encontró mi noble hermano? Bëor aceptó la hospitalidad del Desbastador de Cavernas, ¿no la aceptará una de los suyos de su pobre hermano?

De nuevo suena en el norte la risa de la mujer.

- No comando estas compañías, Aegnor de los Noldor. Nos desviamos de nuestro camino cuando nos avisaron de lo que ocurría nuestros exploradores, pero se nos espera en los salones de mi padre, en Ladros. Nuestros caminos se separan aquí, a lo que parece.

- Quizá volvamos a encontrarnos.

- Quizá.


* * *



“¿Qué cosa nueva son estos Hombres? Finrod fue el primero en encontrarlos y dice aún no entenderlos. Débiles y grotescos, de mano torpe, se ha dicho en la Torre que son. Estúpida ignorancia o viles mentiras, artimañas sin duda del Enemigo. En la mañana en Dorthonion he podido contemplar vuestra fuerza, vuestra belleza. ¿Qué son los Hombres? ¿Quién eres, Andreth?”

“¿Qué luz brilla en los ojos de los eldar? ¿Habrá alguno entre los Sabios capaz de explicarlo? Nunca antes los había visto, salvo algún fugaz mensajero avistado en la casa de mi padre. Tan fuertes y bellos; destinados a vivir para siempre, dicen. ¿Qué brilla en sus ojos? ¿Acaso esa luz brilla en los ojos de todos los elfos? ¿Qué es esa llama en tus ojos, Aegnor?”



* * *


Sus vidas se separan durante un tiempo. Aegnor comanda los elfos que guarnecen el paso del Sirion, los guardianes del río, su vida es la guerra contra el norte. Andreth ha vuelto con los suyos, su mente se vuelca hacia la búsqueda del conocimiento. Pero ambos padecen del mismo mal, la melancolía se ha adueñado de sus vidas.

Aegnor descuida familia y amigos. Es Angrod quien se hace cargo de la Torre de la Guardia sobre Tol Sirion, ante los silencios de su hermano. Finalmente, Finrod Felagund acude al norte. La ribera del Sirion es testigo del encuentro de los hijos de Finarfin.

- ¿Qué ocurre, hermano? Hasta Nargothrond han llegado los rumores. Se dice que abandonas tus obligaciones, que descuidas la defensa. Entre todos los miembros de nuestra familia el más cercano a los pensamientos del Señor del Piélago eras tú. Por amor al mar te consagraste al Sirion, tan caro a Ulmo. ¿Y ahora, Aegnor?

- No soy un perjuro, hermano... Sigo aquí...

- Me habían dicho que te habías convertido en una sombra de lo que antes fuiste, y por lo que veo no me engañaron. ¿Dónde están tu fuerza, tu risa? ¿Dónde la llama que antes te iluminaba? ¡Despierta, hermano!

- Mi llama cabalgó al este.

Los ojos de Aegnor vagan por la orilla, bañada de oro y plata en el ocaso. Las aguas del Sirion acarician las riberas, donde el viento canta una canción eterna entre los juncos, uniendo en un solo lugar la magia de tres Poderes. ¿Cuántas veces antes se alzó la voz de Aegnor en la noche, saludando la imagen de la luna sobre el río? Hace meses que el Sirion no oye el canto de su defensor, la alabanza de sus aguas, el orgullo por su poderoso caudal, la envidia de su curso que llega al Gran Mar. Pero ahora al canto del Gran Río se suma la voz del Felagund, poderosa, llena de matices. El Señor de las Cavernas entona una canción de pena por un amigo perdido. En la voz de Finrod hay una magia extraña, combinación de fortaleza y belleza, aprendida junto a los Valar en el tiempo antes del sol y la luna, cuando los dos Árboles bañaban el Reino Bendito con su luz. Esa magia penetra en el corazón de Aegnor, curando, reforzando. Y ante el Felagund la llama de los ojos de Aegnor renace. Quizá no con la fuerza de antaño, pero ahora es más bella, tiene una profundidad que antes no poseía. Su voz, llena de nuevo, se alza en la noche.

- ¿Recuerdas la Profecía del Norte, cuando abandonamos Aman? ¿Cuando Mandos nos cerraba el Reino Bendecido? Al final sentí sus ojos fijos en mí, cuando habló de nuestro fin antes de que llegase “la raza más joven”.

-Oscuras eran las palabras del Hado, y no puedes pretender que se dirigiera a ti en exclusiva. La raza más joven ha llegado y no obstante la fuerza de los Noldor es mayor que nunca.

- La mía no lo es, hermano. Tú has vivido con hombres mortales. Has visto como se agostaban, su prematuro final.

Es ahora Finrod el que se pierde en sus pensamientos. Se ve a sí mismo cargando contra el enemigo junto a Bëor de los Hombres. Cantando rodeado de mortales. Y finalmente se ve junto al lecho de muerte de Bëor.

- Solo cuarenta y cuatro años, hermano. Tan solo cuarenta y cuatro años del sol estuvo Bëor de los Hombres a mi servicio. No puedes imaginar lo que significa ver a alguien amado en un lecho, agotado, con las fuerzas de un niño. Por mucho que esa sea su naturaleza es duro, muy duro. Extraño don el de los hombres mortales, si don es. ¿Por qué esa preocupación?

-Hay una mujer...

- ¿Una mujer mortal? Hermano...

- Escucha. ¿Qué sentiste la primera vez que encontraste a los hombres?

Finrod calla mientras prosiguen su paseo. De nuevo se sumerge en sus recuerdos. La espesura en Ered Luin, al norte de Ossiriand. Las voces jóvenes que cantaban en torno a una hoguera. Sus propios sentimientos le asaltan como le asaltaron entonces.

-Lo sabes muy bien. Amé a los hombres desde el primer momento en que los vi. Pero amé a los hombres como amé la luz cuando mis ojos se abrieron por vez primera, como he amado las obras más bellas de Eru. Hermano, los años de los mortales pasan pronto. Pronto se apagan, se marchitan, y su belleza deja esta tierra para ir a un lugar que no conocemos.

- Puedes entender lo que siento, entonces. ¿Será menor la belleza por ser breve en el tiempo?

- ¿Y después? ¿Los largos años sin ella? ¿Y los años en los que ella se agoste? ¿Será ese el recuerdo que atesores? ¿Mantendrás para siempre el recuerdo de su lecho de muerte?

- Al final...

- No se nos ha revelado como será el final, si ha de haberlo. ¿Se impondrá el Morgoth definitivamente? ¿Se levantará la prohibición de volver al oeste? No sabemos cuál es el destino de los hombres más allá de la muerte, solo que no nos encontraremos en Mandos. Es posible que no volváis a veros. Dispondrás de toda la eternidad para recordar sus últimas horas. Piensa en ello, hermano.




* * *


Las estaciones se suceden. Aegnor ha recuperado el mando de los Guardianes del Sirion, aunque ahora, desesperado, busca la muerte en la batalla contra el Morgoth. Como el renombre de Aegnor aumenta el de Andreth, sabia entre los hombres, tal es su fama que el propio Finrod llega a conocerla y apreciarla durante los largos encuentros que mantiene con ella en ocasiones. Saelind, corazón sabio, la llama el Felagund, por no nombrar a aquella que tanto ha perturbado a su hermano. Alcanzan ambos tal grado de melancolía que por fin, contra su propio consejo, accede Finrod a reunirlos.

Un encuentro se ha dispuesto en la Laguna del Crepúsculo. Esperan ambos que allí, en un lugar santificado por Melian la Maia, puedan encontrar una salida. Cabalga hacia allí Aegnor, llega con la salida de la luna para encontrar un pequeño campamento y en él a la mujer mortal que nubla su pensamiento desde hace años. Caen uno en los brazos del otro.

Junto a las aguas del Aeluin se encuentran, por fin, ambos, y hasta el destino parece detenerse ante la que parece la primera unión entre los hijos de Ilúvatar. Pero algo los contiene, y, con un sollozo, el destino pasa de largo. Muy poco tiempo hace desde que elfos y hombres se han encontrado en el norte, donde Melian y los Noldor han llevado en cierta manera el brillo de los Árboles. Demasiado fuerte es ese brillo en los ojos de los primeros nacidos que llegaron a verlos, y los hombres aún no han alcanzado la dimensión que alcanzarán en años venideros. Dos generaciones de hombres habrán de sucederse todavía antes de que surjan los más bellos entre los hijos de Ilúvatar.

Ellos aún lo ignoran y, abrazados, se dirigen a la orilla de la laguna. Allí, sobre la superficie de plata, ve Aegnor la imagen que lo acompañará durante años incontables en Mandos. Enredada en el cabello de Andreth brilla resplandeciente , haciendo que el Valacirca, la hoz de estrellas que Varda Kementári echó a rodar en desafío al Morgoth, sea una diadema coronando los cabellos de Andreth.

¿Qué hacer? Demasiado bien comprende Aegnor el abismo que los separa. Tiempo de guerra, en el que los elfos difícilmente toman pareja, pues aunque la fuerza de los hijos de Ilúvatar cerca Angband los más esclarecidos entre ellos saben que poco menos que imposible es la victoria contra el Vala de Hierro. Enturbiada su llama para siempre, desgarrado entre su amor por la mujer y la lealtad a los suyos, sabiendo que para protegerla debe separarse de ella, rompe el abrazo Aegnor. Pronuncia palabras que en un mundo sin el Oscuro habrían sido sabias, pero que en Arda maculada se clavan como puñales en los corazones de ambos. Se separan apenados, culpando ambos al Morgoth de su doliente destino. Dos pares de labios susurran unas palabras al despedirse.

Estel, amor mío.


* * *


Los años siguen su paso. Aegnor ha vuelto a la guerra para, cumpliendo su voto al Sirion, buscar la liberación que solo una espada puede darle. Con más fuerza que nunca defiende sus amadas orillas, buscando siempre las ocasiones de mayor peligro. Desde el encuentro con Andreth su llama ha cambiado, ahora es roja como la sangre y fría como la ira que ha ocupado su alma, ahora que esa es la única emoción que puede permitirse. Ya no ilumina a los suyos, apenas alcanza para mantener un mínimo de calor en su interior. Golpea a las criaturas del Morgoth, poniendo en cada golpe toda su fuerza, que a su pesar no le alcanza para disminuir el abismo que le separa de Andreth. Ella ha vuelto a Ladros. Se integra en el grupo de los Sabios, y entre sus conocimientos busca el olvido de su destino. Cuanto más aprende, más se convence de que fue el Morgoth el culpable de las diferencias de Elfos y Atani y tanto más aumentan su rabia y su desesperación.


* * * (1)


Invierno en Angband, un invierno que no acabará, salvo una breve primavera, hasta que se alce una nueva estrella. El pueblo de Bëor, derrotado como todos los pueblos libres tras la batalla de la Llama Súbita, perdido el señor Bregolas, sin noticias del señor Barahir, se hacina en campamentos camino de Hitlum, arrojados del señorío de Dorthonion. Andreth se afana entre los heridos, prodiga palabras de consuelo e intenta mitigar la pena de su gente por los caídos, aunque su propia pena la embarga, pues aunque no ha recibido noticias del frente oriental presagia lo peor.

En una mañana de lluvia una pareja de elfos alcanza a los refugiados de Ladros. Preguntan por la hija del señor Boromir, dicen ser portadores de noticias del Felagund. Son conducidos a un bosquecillo cercano, donde ha acudido la señora buscando hierbas que puedan sanar a su pueblo.

Encuentran a Andreth recostada contra una vieja haya, cuya corteza, cuarteada por el paso de muchos inviernos, parece abrazar a la mujer, cercana a la ancianidad según el tiempo de los hombres.

- ¿Sois Andreth de Ladros, la que llaman Saelind? – pregunta con voz dulce uno de los elfos, una elfa silvana, la hermosa cara cruzada por varios surcos de sangre coagulada y recogido contra el pecho un brazo entablillado.

La anciana levanta su vista hacia los elfos, todo su cuerpo parece estremecerse cuando distingue el bulto que porta el compañero de la elfa, un noldo. En su diestra, envuelta en un paño de seda atado con una cinta negra, vislumbra el puño de la espada de Aegnor.

- Ay, ay. El viento del Norte apagó tu llama, amado mío. ¿Estabais vosotros allí, lo visteis caer? ¿Cómo pudo ser así? ¿Cómo, si otros lograron salvarse?

El elfo, con una pierna rígida que le obliga a avanzar renqueante, se inclina con dificultad ante la mujer, entregándole con ambas manos el fardo que porta. Lo toma la mujer, deshace los nudos que forman la cinta negra, extrae la espada. La abraza mientras contempla su envoltorio, la bandera azul y verde de los Guardias del Sirion, que por la magia que aquellos trajeron de Valinor parece cambiar de tonalidad ante los ojos de los reunidos, como cambia el color de las aguas del río. En un margen destacan las siete estrellas del Valacirca, siete perlas de Alqualondë, agregadas por Aegnor años atrás.

- La brillante llama de los Noldor cayó en el norte, señora, como todos los Guardias del Sirion, cumpliendo el juramento de que mientras ellos vivieran ninguna bestia del Enemigo mancillaría las orillas del Gran Río – dice la elfa sentándose con dificultades junto a la mujer.

- Y mientras vivieron los Guardias, ninguno llegó hasta el río - añade la voz grave del elfo -. No bastaron orcos, ni licántropos ni otras bestias. Tuvieron que llegar balrogs, tuvo que llegar el Urolókë. Aegnor vio que aunque la Torre de la Guardia lograra salvarse el Gran Río sería contaminado por esa abominación. Los Guardias reclamaron para sí el honor de defender el Paso del Sirion enviándonos a los demás a la Torre con el señor Orodreth. En el Paso cayeron todos, señora. Último de todos quedó Aegnor Aikanár, desafiando al dragón y los demonios de fuego. Qué pasó después, ni elfo ni hombre mortal pudieron verlo.

Las lágrimas de la mujer empapan la bandera de los defensores del Gran Río. Sus manos acarician el pomo de la espada

- Antes de bajar al Paso nos hizo llamar, señora, para que nos lleváramos la bandera y su espada. Buscad a Andreth de Ladros, nos dijo, hija de Boromir de Dorthonion. Entregadle lo último que me queda, ahora que todo parece perdido y el Enemigo marcha sobre el Sirion. Que no sé qué me espera más allá de Mandos, pero que no habrá nada más allá si no es junto a ella.

Callan los tres durante unos minutos, meditando, recordando cada uno los momentos que vivieron junto a Aegnor Aikanár, honrando su memoria. Levanta la vista finalmente la anciana, siguen las lágrimas rodando por sus mejillas, pero ahora un trasunto de la antigua llama de Aegnor parece alzarse en su frente. Dulcemente vuelve a hablar la anciana.

- ¿Y mi señor Finrod? ¿Cayó como tantos otros en el norte?

- No, señora. Mientras Aegnor defendía el Paso el señor Felagund combatía más al oeste, cerca del marjal de Serech. Fue allí cercado, y allí habría caído, pero el valor de las gentes de vuestra casa logró salvarlo, y pudo volver al sur, aunque con fuertes pérdidas. Fue vuestro propio sobrino Barahir, creo, el que acudió con los jinetes de Dorthonion.

- Poco antes de estas aciagas jornadas el señor Finrod visitó Ladros, y allí temí que se hubiera despedido para siempre. Pero sus palabras me reconfortaron.

El fulgor en la frente de la mujer parece crecer, ambos elfos se inclinan ante la anciana, como quien se halla de repente ante alguien de gran sabiduría. No fue para ella la primera unión de hombres y elfos, pero fue ella el primer mortal en ver la luz de los Árboles a través de los ojos de un ser amado. Y es ahora, serena al fin, cuando la llama de Aegnor vuelve a iluminar el norte.

- Pronto acabaran mis años, pero como me dijo el señor Felagund, allá donde vaya encontraré una luz. Y allí esperaré a Aikanár de los Noldor, y a su sabio hermano. Allí os esperaré a vosotros, que nos habéis ayudado. Estel, amigos míos.

- Estel, señora.




Lejos, muy lejos en el tiempo y la distancia, un noldo aguarda en unas habitaciones sin fin. Sueña, recuerda, y a veces sus labios musitan una sola palabra.

Estel.




Barcelona-Esplugues del Llobregat, 5 de septiembre de 2003

martes, 5 de agosto de 2003

Un sueño

   ¿Sueñan los guerreros con la guerra? Este no lo hace. El vástago más fuerte de una antigua raza, de no haber sido por la violencia de su entorno quizá habría encaminado sus energías hacia otros campos. Orfebre, bardo, marino, en cualquier campo habría destacado su capacidad. Pero estos son tiempos de guerra, y el guerrero sueña.

 

            Estoy en un bosque. No, salgo de un bosque, entro en un claro donde hay un poblado. Visto las ropas verdes y pardas propias de un cazador. Estoy contento, sonriente. El día ha sido fructífero. Y la noche... la noche será aún mejor. La sonrisa se torna risa, inicio una tonada. ¿A qué esas risas? Nada hay de alegre ahora en su vida ¿A qué esas ropas? Es un guerrero, uno capturado, empero.

 

            Reposa sobre mis hombros  un venado, ya sangrado y eviscerado. En mi diestra, un carcaj y el arco largo que ha guiado al venado a mi espalda.Incluso en sueños el guerrero se rebela, ¡mi arma es la espada!. Cruzo la débil empalizada que más que proteger el pueblo impide que huyan las gallinas y los cerdos. Conforme atravieso el poblado los lugareños me saludan, sonríen a mi paso. Me felicitan por la caza, pronuncian mi nombre con el calor que brinda la amistad. El guerrero rebulle sobre el duro suelo, qué nombre es ese que todos pronuncian... y que no es el suyo. No conoce a esos hombres, a esas mujeres.

 

            Me acerco a una cabaña. Se alza junto a un río, donde corre el agua que necesito para mi curtiduría. ¿Mi curtiduría? Dejo allí el venado, junto a otras pieles en distintos estados de tratamiento. Me dirijo a la casa, sonriendo aún más si es posible, anticipando lo que me espera. De la puerta entreabierta surge una voz, la voz de una mujer que canta una canción, un antiguo canto que vino con los hombres desde más allá de las montañas. ¡Esa voz! Oh, por los poderes, esa voz. ¿Quién eres? Pero sé quien eres, aunque no pueda recordar tu cara. Eres una como yo, con la que soy más yo mismo, más grande, mejor.

 

            En la penumbra del interior, un saludo apenas musitado, una caricia, un beso. Una carcajada que se aparta de mí. Haz tu trabajo, hombre. Haz tu trabajo y no vuelvas a mí hasta que te hayas despojado de los olores del animal... y del tuyo propio, apestas. Salgo sonriendo de la casa, meneando la cabeza. Un momento, no he distinguido su cara en la penumbra. Tanto da, volveré cuando haya acabado con el venado y me haya bañado. En la curtiduría despellejo al animal, tiendo su piel en un soporte, comienzo a raspar el interior, despojándolo de los restos de sangre y carne que podrían echar a perder el fino cuero que obtendré de este magnífico animal. Trabajo rápido, mis manos se mueven con la facilidad del que conoce su trabajo. Pero yo soy un guerrero, no un artesano. Mi suerte es la de las armas, por más que ahora haya de verme prisionero y me esperen las minas en el norte. ¿Y quien es ella?

 

            Contento. No puedo sentirme más contento. La sensación del trabajo bien hecho, el cansancio físico de esta mañana y el frío del baño en el río me han dejado como nunca. No creo que sea posible sentirme mejor. Un sueño, solo puede ser un sueño. Tengo hambre, tengo frío. Estoy lleno de cortes y rozaduras y las cadenas se me están clavando en muñecas y tobillos. Pero es tan hermoso. De ser cierto sería tan hermoso...

 

            ¡Espera! ¿Qué es eso? ¿Qué es ese hedor que trae el viento? Este viento, que presagia una tormenta. Una amenaza, un reto y la fuerza que retirará todos los velos. Mi arco... Un sueño, es un sueño. No huelo nada más que esta manada de orcos. Una amenaza sin duda. ¿Un reto? Uno muy pequeño, si estuviese en la plenitud de mis fuerzas y tuviera mi espada. Mi espada...

 

            Humo. Columnas de humo se alzan en el bosque, allí donde se estrecha el desfiladero. Mis vecinos, mis amigos, vienen a mí. Me rodean y me piden, me suplican. Pronuncian de nuevo ese nombre que no es el mío. Soy un cazador, solo un cazador, ¿qué quieren de mí? Dicen que el peligro se acerca, que debemos huir, que debemos enfrentarlo, que nada podemos hacer. Gritos, oigo gritos. Estas malditas bestias gritan, beben, pelean. Me arrojan cuchillos, se complacen en mi tortura.

 

            Estalla la tormenta. Toda el agua que cae es incapaz de apagar ese incendio que parece estar cada vez más cerca de la aldea. Nos hemos dispuesto a la defensa, algunos han huido río abajo. No sé qué es lo que se acerca, se diría que un ariete inmenso derriba e incendia a su paso los árboles del bosque. He dispuesto ante mí mis flechas, mi amor se ha atrincherado en la casa, mi alma está tranquila. Ven, muerte, si muerte has de ser. Mío es mi destino. Sí. Tranquilo. Mañana será otro día de dolor y torturas, pero ahora estoy en paz. Que esta lluvia que cae limpie mi cuerpo y mi alma.

 

            La tierra tiembla, el bosque grita en agonía, los cielos parecen abrirse en la tormenta. ¡Ah! He aquí nuestro enemigo. Por todos los poderes, ¿qué es eso? ¿qué bestia diabólica, qué máquina infernal se alza sobre la empalizada? Miedo, tu nombre es Miedo. Miedo cuando derribas la empalizada. Cuando mis flechas rebotan contra tu piel, áspera coraza que no puedo penetrar. Miedo cuando tu boca se abre y un torrente de fuego acaba con mi casa, mi mujer, mi vida. Miedo cuando te giras, apenas molesto por mis saetas, cuando mis gritos llaman tu atención y tus ojos se clavan en los míos. Sí, Miedo, cuando hablas. FELIZ ENCUENTRO, DE NUEVO. ¿TUYO ES TU DESTINO, HOMBRE? MÍO. MÏO ES TU DESTINO Y EL DE LOS TUYOS.

 

            Sobre mí, el enemigo está sobre mí. Me golpea, me amenaza. ¡Basta! ¡No más humillaciones, no más castigos! Reúno mis fuerzas, vuelvo al combate, soy un guerrero, no volveré a ser prisionero. Ataco al orco más cercano. Si consigo desarmarlo moriré con la espada en la mano. Yo elegiré mi destino.

 

Esplugues del Llobregat, 5 de agosto de 2003

lunes, 25 de noviembre de 2002

Brigitte


Sentado en una playa negra un hombre joven, de unos treinta años, permanece absorto en sí mismo. Una y otra vez toma un puñado de la gruesa arena volcánica y la tamiza, dejándola caer entre el cedazo que forman sus dedos, amontonando las piedrecillas, también negras, que quedan en su palma. El cielo gris, se diría que aquí eternamente encapotado, vuelve a amenazar tormenta. A su izquierda, desde el mar, decenas de gaviotas buscan la protección de la costa más allá de un escabroso acantilado. Acantilado que queda disminuido por la imponente masa del volcán Snaefell, que aún difuminado por la bruma domina el paisaje.


Inmediatamente tras las gaviotas llegan las primeras gotas de lluvia. Caen gruesas, muy espaciadas, apenas tímidos heraldos de la violenta tempestad que se acerca. Protegido por grises prendas impermeables el hombre no atiende el aviso de las gotas, permanece sentado en silencio, ajeno a su entorno, limpiando de piedras una arena tan negra como las nubes de tormenta que se enseñorean de los cielos. En algún momento, mientras él permanece perdido en sus pensamientos, su cuerpo decide cambiar la posición que ha mantenido durante tanto tiempo y echa los brazos hacia atrás, se reclina apoyándose sobre los codos, dejando caer la cabeza y ofreciendo su rostro, barbado de más de una semana, a la lluvia. Sus lágrimas se mezclan con las gotas que caen sobre sus mejillas.


A su espalda cruza la playa una mujer que ha sobrepasado los cincuenta años, fuerte en su madurez, completamente vestida de negro. Su voz dulce, peleando con un inglés deficiente, llama al hombre.


- Albert, vuelve a la casa. La tormenta será muy fuerte.

El llamado Albert se incorpora, limpiando con una mano manchada de arena el agua, mezcla de lluvia y lágrimas, que le surca el rostro. Pasa un brazo sobre los hombros de la mujer, que enlaza su cintura con el gesto protector de una madre. Minutos más tarde, la tormenta se disputa con el Snaefelljokull el dominio de la costa.


El comedor de la casa, una pequeña fonda, acoge cinco mesas de distintos tamaños; la más grande, cercana al hogar, no podría albergar a más de media docena de comensales. La decoración, espartana en su austeridad, consiste en aparejos de pesca colgados en la pared, algunos recortes de periódico enmarcados y, en una de las paredes, multitud de fotografías, casi todas firmadas por un nombre femenino. Albert y la mujer están sentados en una mesa pequeña, junto a una ventana contra la que repica la tormenta recién llegada. Han despachado una sopa de pescado que ha devuelto el calor a sus cuerpos. Mientras la mujer se levanta para buscar algo de vino en la despensa, un gigante pelirrojo, ligeramente encorvado por el paso de los años, deposita con fuertes manos de pescador un plato con trozos de queso y tomates y una bandeja con salmón, mantequilla y pan casero. Albert musita apenas un “gracias, Bojji”, que el anciano acoge ampliando un poco más su eterna sonrisa y palmeando con un ritmo lento y triste la espalda del joven. Llega la mujer con el vino, que sirve, y una de las fotos que ha tomado de la pared. Un pescador de aspecto recio que sostiene, sonriente, un enorme salmón mientras las que podrían ser su esposa e hijas le observan divertidos.


- Le gustaba mucho venir – dice con su inglés titubeante, que se acelera a medida que habla -, tu sabes. Venía con amigos de la universidad. Muchas veces sola, con sus dibujos, sus papeles y su cámara de fotos. Estaba con nosotros un fin de semana... ¿Te dijo que a veces nos ayudó aquí?


Con un sorbo de vino, sin apenas probar bocado, Albert asiente en silencio.


- Sus padres estaban tan orgullosos de ella. Se han trasladado a Husavik, tu sabes, al norte del país. Tienen allí parientes, amigos. Intentan olvidar... pero será difícil. Su otra hija les atiende. Nils, el mayor, sigue en la capital, es guía turístico, tu sabes.


- Me gustaría mucho conocerles, Erla – contesta en voz baja Albert, tomando de la mano a la mujer.


- Yo sé que a ellos les gustaría también...


Erla parece a punto de echarse a llorar. Librándose de la mano de Albert le golpea en el hombro con el puño cerrado.


- Come, hombre, estás muy delgado. Mi Bojji se enfadará si no comes. Bojji se enfadaba cuando Brigitte no comía...


Albert se obliga a tomar algunos trozos de salmón y el excelente pan, dejando a un lado la mantequilla que como buen mediterráneo nunca llegó a apreciar. Deja a Erla llorar en silencio, abrazada a la fotografía. Al ver llorar a la mujer, Bojji, el anciano gigante, se acerca solícito, protector. Arrastra sin dificultad una de las sólidas sillas de madera maciza hasta la mesa y abraza a Erla con uno de sus fuertes brazos. Su mano derecha, ancha, firme, encallecida, se apoya en el hombro del joven. Fija sus ojos azul celeste en los del joven, oscuros. Su sonrisa inmutable se defiende apenas en el rostro triste mientras habla con ese inglés que se negó siempre a dominar.


- Brigitte hija para Erla, Albert. Hija para mí.


- Lo sé, Bojji, ella también os apreciaba mucho. Me lo dijo muchas veces.






Al día le quedan apenas cuarenta minutos de vida, Brigitte atraviesa apresurada la muchedumbre que abarrota el Portal de l’Àngel. Se dirige a uno de esos lugares que le hicieron preferir esa ciudad a otras para hacer su curso de postgrado. Con su eterna sonrisa interior comienza el mantra que siempre entona al desembocar en la plaza de la Catedral. Mi mesa, mi mesa, mi mesa... Y esa sonrisa se asoma al exterior cuando cruzando la plaza comprueba que su mesa está libre. Está en la terraza que se extiende ante las puertas del hotel Colón, justo enfrente de la catedral. Tiene media hora, lo ha consultado en la prensa, antes de que llegue el momento que le lleva de cuando en cuando a esa terraza en concreto, solo a esa mesa. Mata el tiempo sacando de la bolsa que siempre le acompaña unos lápices y se dispone a retocar un dibujo que saca de una carpeta. Es un paisaje duro, una playa dominada por un volcán. Pequeña, hacia un lado y hacia abajo, atrayendo la atención del dibujo se ve la figura de un hombre sentado. Brigitte comprueba la hora y mira hacia el frente, hacia la catedral. Y entonces sucede, cuando el día de otoño se pierde definitivamente la catedral brilla como no puede hacerlo bajo un sol de agosto, gárgolas, santos y toda la imaginería que adorna la fachada brillan como cuando fueron acabadas por los maestros artesanos hace cientos de años. Todo el edificio parece cobrar vida, mientras a sus pies algunos turistas sorprendidos disparan inútilmente sus flashes. Decenas de focos se han encendido, bañando la catedral con un irreal dorado. La sonrisa de Brigitte se acentúa, mientras sus bellos ojos claros recorren una vez más las figuras iluminadas. Quizá llegará unos minutos tarde a su cita, pero la culpa es de Albert. No debió enseñarle este sitio...


Vencido ya el día Albert atraviesa el casco antiguo de Barcelona, donde se encuentra el estudio con el que colabora, a paso firme. Entra en uno de estos bares que han proliferado como setas por todas partes, llevando un pretendido espíritu celta hasta lugares que desconocían aquellas gentes. Llega demasiado temprano, pero le gusta llegar con anticipación a sus citas, perderse un rato con sus cosas antes del encuentro, charlar con los camareros ya conocidos por tantas visitas. Pide una Guinness y desestimando la barra donde una camarera nueva resiste los embates del borracho de siempre se acerca a una mesa. Deja vagar su mirada por el local, al que ha acudido porque en esas tardes un grupo de emigrados toca música tradicional celta, un poco a lo que salga. Un violín tocado por una hermosísima irlandesa, un guitarrista de orígenes inciertos y un inglés entrado en años y perjudicado por el paso de estos que hace algo de percusión. Siempre se les une alguien más, una pareja de chicos con una mandolina y una flauta, un irlandés con pinta de matemático. Albert conoce, por haberla leído allí mismo en infinidad de ocasiones, toda la historia de los clanes de Escocia que adorna las paredes, así que desdeñando las aventuras de los McGregor y la perfidia de los McDonell se concentra en su último trabajo. Es fotógrafo, especializado en viajes y algo de naturaleza, aunque incidentalmente, y es que hay que comer y pagar el alquiler, ha hecho algún trabajo de moda y publicidad. Tiene entre manos un book sobre deportes de aventura en la Vall d’Aran, encargado por una revista especializada. Lía un cigarrillo mientras apura su cerveza y consulta algunas notas técnicas. Tipos de filtro, condiciones climáticas...


... y unos nudillos propinan un golpe seco sobre la mesa, sobresaltándolo.


- Despierta, hombre – sonríe Brigitte –. Vamos al fondo, aquí hay mucho ruido y quiero hablar contigo.


Albert se levanta, la besa y le contesta con sorna.


- “Tenemos que hablar”, qué poco me gusta esa frase...


Poco a poco se ha ido llenando el bar, formando círculos de sillas en torno a los músicos. La pareja avanza hacia el fondo, donde un pequeño reservado aísla cuatro mesas del bullicio reinante.


- La plaza es mía – dice Brigitte, radiantes los ojos de orgullo.


- ¿Ya es seguro?


- Me ha llegado un correo electrónico avisándome. Dentro de unos días me llegará una carta certificada de la universidad de Reykiavik con el nombramiento confirmado – sus largos dedos juguetean con una sortija de plata en el anular de su mano izquierda-. Esperarán a que acabe mi postgrado en Barcelona, pero después debo incorporarme inmediatamente. Septiembre del año próximo...


Albert toma la mano del anillo. Se siente bien, está contento. Brigitte y él acaban de pasar otra piedra miliar de su vida en común. Otra batalla ganada.


- En el Museo de Historia Natural, como siempre quisiste.


- Exacto – una risa corta, satisfecha -. Coordinaré el montaje de un módulo sobre las aves autóctonas de mi país, que formará parte de una exposición permanente en el Museo. Tendré que hacer algún trabajo previo con mis compañeros de equipo, un biólogo y un geólogo. Estamos tanteando a un ornitólogo...


- ¿Cuándo irás a Islandia?


- Aprovecharé la próxima visita a mis padres, ahora en octubre. Diez, quince días... no creo que pueda volver a Islandia hasta el verano. Tengo que sacarme de encima el postgrado.


- Si acabas en julio podríamos ir un par de semanas, supongo que podría encontrar el tiempo.


- Podré pulir algunos detalles previos. Y tendríamos que buscar algún lugar para vivir, en casa de mis padres estaríamos un poco estrechos... ¿Estás seguro de querer acompañarme?


Albert sonríe, se inclina sobre el espacio que los separa. La pareja se besa; es un beso largo, cómplice... e interrumpido por una voz masculina.


- Déjalo respirar Brigitte. ¿No había ninguna mesa más apartada aún? Casi no os encontramos.


Ante ellos se alza una pareja, sonriente ella, burlón él. Ambos rozan los treinta años. Vestidos de manera informal, gotas de lluvia resbalan por sus cabellos, largos y negros, de ala de cuervo el de ella, con alguna veta de plata el de él. Ella, Graciela, una argentina afincada en Barcelona desde hace tres años, nieta de un anarquista catalán exiliado que encontró en Buenos Aires algo aún más hermoso que la utopía libertaria. Él, Marc, amigo de Albert desde que este recaló en la ciudad siete años atrás, procedente de medio mundo. Habla Graciela, con el dulce dejo argentino.


- ¿Cómo les va, pareja?


Brigitte y Albert se levantan, tras repartir besos y apretones de manos ambas parejas se sientan. Comienza Brigitte, impaciente por dar las nuevas noticias.


- ¿Recordáis lo que os comenté del Museo de Reykiavik? Me han dado la plaza. Si todo va bien Albert y yo viajaremos a Islandia en septiembre del año próximo... para una temporada larga.


- Vaya... habrá que celebrarlo, ¿no?


- Sí, hace tiempo que Xavier no nos ve la cara. Vayamos a lo suyo a cenar, allí nos contaréis las nuevas noticias.





Las primeras gotas de lluvia empiezan a caer sobre la península de Snaefellness. Rápidamente Brigitte pliega el trípode sobre el que sostenía su cámara y corre hacia el coche, un enorme todoterreno con la puerta de atrás abierta de par en par. Le espera un sonriente Albert, que tras colocar un punto de lectura entre las páginas de las Eddas le arroja una toalla y se hace cargo de la cámara.


- No digas “te lo dije” – le espeta Brigitte.


- Bueno – sonríe él, limpiando con un paño suave la lente de la cámara -. No lo diré, pero...


- Sí, sí... era de suponer que empezaría a llover, pero aún pude aprovechar una hora y media de sol, creo que serán unas buenas fotos.


Ambos se encuentran en la parte de atrás del todoterreno, de la que han extraído el asiento trasero, convirtiéndolo en una especie de furgoneta. Brigitte se seca el pelo enérgicamente, intentando que el movimiento la haga entrar en calor. Comienza a tiritar. Los brazos de Albert, protectores, cálidos, se estrechan en torno a ella.


- Te vas a enfriar, volvamos a Hellnar – le susurra al oído -. Erla nos dará algo caliente.


Albert arranca el coche y se encamina a la posada de Erla y Bojji, recorriendo un atajo que cree haber encontrado, una vieja carretera llena de baches. Brigitte recorre todo el dial del aparato de radio buscando infructuosamente algo de música decente. Tras darse por vencida se pelea unos instantes con un pequeño aparato que le permite conectar un reproductor de discos compactos portátil al equipo del coche, ignorando los comentarios sarcásticos de Albert. Lo consigue finalmente y mientras reclina el asiento la voz rota del cantante se alza para clamar su creencia en el amor que le fue dado, en la esperanza que podría salvarlo, en la fe que un día podría elevarlo sobre las malas tierras. Echa la cabeza hacia atrás, apoya el brazo izquierdo sobre el hombro de Albert, jugueteando con el lóbulo de su oreja, con su cabello.


- Sí, creo que serán unas buenas fotos... Me gustaría estar en la costa sur, junto a Vik. Allí hay una zona de acantilados llamada Dyorlahey... Tiene una de las colonias más numerosas que existen de puffins... No te rías. Adoro a esa ave...

Sonriendo, le da un tirón de la oreja y se da la vuelta sobre el asiento. Se hace un ovillo mirando por la ventana.


- Solo es ese aspecto tan solemne, Brigitte. Y ese enorme pico naranja. Me recuerda a un pingüino disfrazado de Groucho Marx, solo le faltan las gafas...


- Bobo... Hay una historia sobre esas aves. Y una tormenta terrible que hubo en esta zona hace muchos años.


- Cuéntamela. Y se la pasaremos a Marc cuando volvamos a Barcelona, quizá nos ganemos otra cena...


Mientras el todoterreno devora kilómetros por la carretera llena de baches y la lluvia sigue cayendo, mientras los altavoces del coche afirman seguir creyendo en la tierra prometida Brigitte desgrana su historia. De cuando en cuando Albert deja de pelear contra el cambio de marchas, el volante y el mundo en general y se gira brevemente para observarla. No nota las sacudidas del todoterreno mientras él se maldice para sus adentros, “bravo, Albert, tú, tus atajos y tu sentido de la orientación”. Brigitte, con las piernas recogidas, enfundadas en unos tejanos de un azul desvaído. Brigitte, abrazada a sí misma, buscando en la tormenta exterior las palabras del cuento que narra en su excelente castellano. Por enésima vez Albert se maravilla de tenerla a su lado, bendice el arranque que la hizo ir a buscarla a la universidad.


Llegan al pueblo – Hellnar, willkommin – cuando el cantante susurra que hay cosas que solo pueden encontrarse en la oscuridad que hay en las afueras del pueblo, cosas por las que hay que pagar. Es posible, piensa. Pero algunas cosas son tan valiosas que se hace imposible pensar en un precio apropiado. O da miedo pensarlo.


Se besan en la entrada.


- ¿Qué habrá preparado Bojji?






Brigitte dibuja. Se ha sentado en una mesa cercana a la entrada de uno de sus bares favoritos, en pleno Raval barcelonés, equidistante entre la facultad de letras y el piso que comparte con otras dos estudiantes extranjeras, otra islandesa y una alemana. Enamorada del bar desde que lo encontró por casualidad camino de otro local lleva tiempo queriendo pintar la entrada. El local tiene una entrada de dos alturas, que da a una de esas estrechas y coloristas calles del antiguo barrio chino. Su idea es pintar esa puerta, enorme, de dos hojas de madera, como una ventana a la calle, esbozando, borrosas, las figuras de la gente y los coches pasando raudos ante ella. Afanosos. Absortos y aislados en sus vidas.


Resopla, liberando sus hermosos ojos azules del rubio flequillo, pajizo, que ha caído sobre ellos. No acaba de verlo claro, o, mejor, lo tiene muy claro pero aún no sabe cómo explicar lo que siente, cómo plasmar en el papel lo que quiere. Y mientras se debate con la idea sus manos, de largos y finos dedos, vuelan sobre papel tras papel, esbozando una ventana abierta a una calle. Su esbelto cuello se inclina hacia delante mientras dibuja, se tuerce hacia la izquierda mientras piensa, se tensa cuando, frustrada, echa la cabeza hacia atrás. Y no es consciente de que todos estos movimientos están fascinando al joven que se sienta tres mesas más atrás. Que siguen fascinándolo, mejor, pues ya es la tercera vez que la encuentra en el bar. El joven, Albert, tiene este local entre los cuatro o cinco en los que acostumbra a almorzar y, últimamente, esperar que aparezca esa mujer, esa joven, que ha visto dibujar, escribir...


Con un golpe Brigitte cierra la carpeta donde guarda sus dibujos, se echa al hombro una bolsa de deporte, y se desliza con gracia entre las apretadas sillas y mesas con las que Albert se golpea regularmente, como preso en un laberinto. Alcanza la barra y deposita junto a una enorme estatua que roza el techo y nunca ha acabado de comprender unas monedas musitando un adiós a la dueña del local.


Albert apura su café con leche, observando aún la puerta por la que Brigitte se ha ido, olvidado ya el periódico deportivo donde su equipo preferido desgrana sus miserias. Se da cuenta de que la muchacha se ha dejado en el suelo, apoyada contra la pared, la típica carpeta azul de los estudiantes de la Universidad de Barcelona. Toma su taza, el portafolios donde lleva unas fotos que debe revisar, el panfleto al que llama periódico, una mochila de lona que lleva como el caracol su concha y tropezando entre las mesas, arrastrando con las correas de la bolsa un par de sillas, alcanza la mesa donde estaba sentada Brigitte. Duda, echa una mirada de reojo a la dueña, que le sonríe, y completamente rojo – de perdidos al río, piensa – se sienta. Toma del suelo la carpeta azul y la deja junto a sus cosas. Y, con lo que espera que sea un tono de voz normal, pide otro café con leche. Si algo tiene un buen fotógrafo es paciencia para esperar el momento oportuno... momento que a veces no llega, le susurra una molesta voz interior.


Unos minutos más tarde aparece Brigitte, con la respiración entrecortada y las mejillas encendidas. Se sorprende de ver a alguien sentado a su mesa, no encuentra la carpeta a primera vista donde esperaba encontrarla. Mira a la propietaria, que ensancha su sonrisa y se desentiende de la situación. Se dirige a Albert.


- Perdona... Me dejé aquí una carpeta. ¿La has visto?


- ¿Una carpeta azul? – Albert esboza una media sonrisa, afable, contagiosa.


- ¡Sí! De la universidad... Me la he dejado... Siempre voy corriendo y...


Los ojos, mírala a los ojos, no los pierdas de vista. Los ojos son un anzuelo, un reclamo, un puente entre dos personas. Y tiene unos ojos preciosos, además.


- Hablas muy bien castellano – dice, devolviéndole la carpeta.

- Bueno, me falta mucho... ahora mismo iba a clases. Llego tarde, tú sabes.


Es injusto, no he perdido de vista sus ojos. Se indigna, ¿la va a perder ahora?. Quizá una andanada de humor...


- ¡Ey! He guardado tu carpeta, cuidado de que no le pasara nada. Este es un barrio peligroso para las carpetas, ¿sabes?. Creo que al menos me merezco un café. Quizá en otro momento, cuando no tengas clase.


Brigitte ríe. Toma una servilleta y empieza a apuntar un número de teléfono. Bueno... ¿quién sabe? Parece simpático, tiene cierto atractivo. Su rostro recupera la picardía de la niña que fue, sonrisa traviesa, ojos risueños. Tacha el número y escribe una sucesión de números y letras que entrega a Albert.


L-X-V. 18 – 19:30. Aula 3c.


- Pero... esto no es un teléfono... es...


Brigitte ya está en la puerta, justo donde se dibujará a si misma meses más tarde, recordando ese día.


- El que algo quiere algo le cuesta... ¿no decís así?


- ¿Además dominas el refranero? Estoy impresionado...


La risa de la joven permanece en la puerta cuando ella ya se ha ido. Tras la barra la dueña coloca una cinta de tela entre las aventuras de Lucas Corso e Irene Adler y pone agua a hervir, le apetece un té. ¿Cuántas veces ha visto una escena parecida? Adora su trabajo.





Brigitte y Albert, Graciela y Marc cenan en un restaurante del barrio gótico. En pequeñas mesas de mármol y hierro forjado, compartiendo una fondue, despiden a Brigitte, que vuelve a Islandia.


- ¿Cuánto tiempo estarás?


- Diez días, dos semanas como mucho.


- ¿Pero esto tiene algo que ver con lo del museo? – pregunta Marc, buscando el trozo de pan que ha perdido en la fondue.


- Quizá, si todo sale bien. El doctor Arnalsonn, un ornitólogo de prestigio internacional, ha aceptado colaborar en el proyecto si esta primera observación sale bien. Es un genio, lleva siglos estudiando las especies de la isla. Iremos tres días a Heymaey, la mayor de las islas Westmmaneyjar. Sería genial sumarlo al proyecto.


- ¿Un ornitólogo? ¿Más puffins?


Graciela inicia la broma compartida sobre esos pájaros, que en realidad todos adoran. Resulta difícil no quererlos si Brigitte los quiere, tanta pasión pone en sus ideas. Mientras habla, con su largo tenedor hace que Marc vuelva a perder su trozo de pan.


- ¿Qué os pasa a todos con los pobres puffins?


- Tranquila, no tenemos nada en contra de ese pingüino travestido – ríe Marc ante la furibunda mirada de Brigitte y la carcajada de Albert -. De hecho hoy vamos a cenar gracias a ese bicho, me publican el cuento que escribí con aquella leyenda que me contaste.


- ¡Genial! Tenemos que celebrarlo.


- En cuanto vuelvas. ¿Dos semanas, dijiste?


- Sí, dos largas y solitarias semanas – se lamenta Albert, haciéndose la víctima.


- No te preocupes Brigitte, cuidaremos de Albert.


- Sí, lo sacaré por ahí, alcohol, mujeres... Podría invitarte a la exposición de Richard Avendon.


- Hombre, gracias, generoso. Un detalle por tu parte el invitarme a una exposición gratuita.


- Yo soy así, un caballero. ¿Pero se puede saber qué le pasa a este pan?


- ¡Por los puffins!


Los cuatro amigos brindan.




Peleando contra el viento Brigitte y el doctor Arnalsson se acercan a una avioneta, arrastrando bolsas llenas de equipo. Goran, el piloto, corre a ayudarlos.


- ¿Es seguro volar con este viento? – pregunta el doctor, entregando una mochila al piloto.


- Tranquilos, he volado en peores condiciones. Brigitte, tu bolsa. No se preocupe, el servicio metereológico dice que solo el borde de la tormenta afectará a las Westmmaneyjar. Además solo serán quince minutos de vuelo, antes de que se den cuenta estaremos en Heyamey. Mi madre está deseando volver a verte, Brigitte.




Tras asistir a un concierto con Graciela y Marc, Albert vuelve a casa, preguntándose de nuevo qué tipo de pruebas hay que pasar para ser taxista en esta ciudad. Despojándose de cazadora y botas se acerca al televisor; acostumbra a encenderlo cuando llega tarde a casa tras salir de fiesta. Siempre le han fascinado esos publirreportajes, por llamarlos de alguna forma civilizada, que se pueden ver a esas horas. Esos cuchillos que tienen la utilísima virtud de cortar clavos, esos electrodos que pueden muscularte de la noche a la mañana mientras vegetas en el sofá – un símbolo de estos tiempos, dijo Brigitte la primera vez que lo vio -, esos inverosímiles aparatos de gimnasia que trabajan desde las uñas de los pies hasta las raíces del cabello. Mientras Chuck Norris jura y perjura que ha obtenido su musculatura ejercitándose en una máquina que parece diseñada por un descendiente del marqués de Sade se dirige a la cocina para prepararse un bocadillo. Cuando vuelve al pequeño salón un destello de luz, intermitente, llama su atención. Un tres rojo, digital, parpadeante, le reclama desde el contestador. ¿Tres mensajes? ¿A estas horas? Otra broma de Marc, seguramente. Pulsa el botón de rebobinado. ¿Por qué, de repente, estás tan tenso, Albert?


“...”


Primer mensaje, vacío.


“Albert...”


Segundo mensaje, una voz madura, femenina, que dispara una retahíla de palabras en islandés. Demasiado rápido, no entiende nada salvo su propio nombre al principio. Pero capta el tono. ¿Qué ha pasado, Dios mío? Se arrodilla junto al aparato mientras a su espalda el televisor sigue mintiendo. El último mensaje, una voz joven, en inglés. ¿Brigitte? ¿Qué ocurre?


“Albert. Soy Karla, la... la hermana de Brigitte. Hemos intentado localizarte antes, pero solo hemos encontrado tu contestador. Querría hablar contigo directamente, no sé como decirte esto, odio dejarte un mensaje así pero debo atender a mis padres. Verás, Albert, es Brigitte...”





Dos de la mañana, Graciela y Marc entran en un último local, se despidieron de Albert tras el concierto. Encuentran, previsiblemente, a unos amigos. Saludos, besos, risas. ¿Qué tal el concierto? Cuanto tiempo, cuéntame... Piden sus copas, comienza la charla. El reloj, con el curso de las manecillas invertido, hiere con saña a los reunidos obedeciendo la leyenda que lo adorna “omnes vulnerant, postuma necat”.


Una musiquilla, amortiguada, llega a los oídos de Graciela. Es el móvil de Marc, olvidado en el bolsillo interior de la americana, sepultada bajo una montaña de chaquetas y jerséis. Siempre igual, piensa, algún día será algo importante. Llama la atención de Marc, que rescata el aparato. ¿Albert? ¿A estas horas? Habrá olvidado algo, seguramente. Comienza a contestar riendo, usando una vieja broma, pero la risa se borra de sus labios cuando es interrumpido y oye la voz de su amigo. Su mandíbula se endurece, sus ojos, reducidos a dos rendijas, buscan instintivamente una salida. Sale a empujones del bar, arrolla a un grupo que ha elegido ese preciso momento para entrar. En el interior, Graciela recoge la ropa de abrigo de los dos, paga las copas, se despide de los amigos. Es una superviviente, huérfana desde muy niña, trotamundos incansable a su pesar. Está acostumbrada a vivir su vida en términos de amenaza-no amenaza, y ha presentido el peligro de esa llamada. Cuando sale a la calle encuentra a Marc acuclillado junto a la puerta, mirando fijamente al móvil, colocado en el torno que forma su mano derecha, dispuesto a descabezar al mensajero portador de malas nuevas. Se agacha a su lado, reclama su atención. ¿Qué pasó, Marc? Al mirarla este la luz del bar ilumina su cara, sus lágrimas. La voz normalmente firme se quiebra.


- Graciela, es Brigitte...





A pesar de la dura tormenta está siendo una buena noche en la fonda, piensa Bojji. Hay alojadas dos parejas de Reykiavik que pasarán una semana en la península de Snaefellness y una familia inglesa o irlandesa, no recuerda bien, que estará tres días. El comedor está lleno, y el sonido de las conversaciones y las risas llegan hasta la cocina, donde está atareado con los platos. Silba una melodía de pescadores mientras acaba de ordenar una bandeja y...


- ¡Bojjiiiiii!


Y el vello de sus brazos se eriza, sus todavía poderosos músculos se tensan cuando oye el lamento de pena de la mujer por la que un día abandonó la mar. Con un gemido abandona la cocina y vuela al comedor, donde Erla, las manos sobre las mejillas que empiezan a bañar las lágrimas, mira fijamente al pequeño televisor que reposa en una esquina. En tres zancadas el anciano titán alcanza a su mujer escudándola con su brazo izquierdo, el derecho presto a enfrentarse a una amenaza que sus ojos claros no encuentran. Erla abraza al gigante, se oculta en su pecho. ¿Qué ocurre, Erla, qué tienes? La mujer toma la poderosa cabeza, la enfrenta al televisor. El televisor que, hipócrita, lamenta la pérdida de tres vidas en el accidente de una avioneta antes de vomitar una serie de anuncios comerciales.


- Bojji, Bojji... es Brigitte.


El rugido de un león herido sacude la fonda.




En el puerto de Heyamey una joven, rondando los dieciocho, comparte una tarde con una mujer mayor, enlutada. Es la madre del piloto de la avioneta, una amiga de infancia de la madre de la joven.


- Nuestro Goran conocía como la palma de su mano los alrededores. No entendemos qué pasó, la compañía aseguradora está investigando. A veces era un poco temerario, pero estaba acostumbrado a volar en condiciones aún peores.


La joven asiente. Unas profundas sombras bajo sus ojos hablan de las horas que la pena ha robado al sueño. Toma la mano de la mujer sobre la mesa. Esta continúa su explicación, que la joven no ha pedido pero que cree necesaria, con voz monocorde.


- Hacía más de diez años que hacía el trayecto desde Bakki. Solo eran quince minutos de vuelo, nada más quince minutos. Mucho más rápido que el viejo ferry desde Thorslashofn. No entendemos qué pasó. Tuvo que ser una avería. Había viento fuerte, pero eso no fue problema en otras ocasiones. Mala suerte, Karla, mala suerte. El doctor era ya viejo, pero nuestro Goran, tu hermana... Tan jóvenes, tan fuertes...


Las dos mujeres lloran en silencio.





Una tarde soleada en el puerto de Husavik. La mayor parte de los barcos está fuera, faenando. Los pocos que permanecen bamboleándose en el puerto son objeto de reparaciones y maldiciones por parte de sus dueños. Un poco aparte, como distanciándose de sus primos menos favorecidos, un hermoso velero reposa mientras una horda de turistas penetra en su interior. Avistamiento de ballenas, reza un cartel junto a la pasarela que da al barco. Albert, barbado, profundas ojeras, cansado, se acerca hasta la borda.


- Buenas tardes. ¿Es usted Sven, el patrón?


- Sí, soy yo. Ya hemos cubierto todas las plazas, señor – contesta en buen inglés el llamado Sven. Alto, fornido, con un enorme mostacho rubio dominando una cara curtida por el mar -. Mañana...


- Me han dicho que usted podría darme la dirección de Steffan Sidgusson, un patrón retirado. Creo que vive cerca de aquí.


El gesto del hombre cambia, se torna duro, hosco. Evalúa el aspecto de Albert y decide que no le gusta.


- Steffan fue mi patrón antes de retirarse. La familia está pasando un mal trago y no voy a dejar que cualquiera vaya a molestarlos. Largo, fuera de aquí.


Cansado, Albert se pasa una mano por la cara. No tiene fuerzas para una discusión.


- Soy... era un amigo de... de su hija.


Sven reevalúa al joven. El tono de voz, ese leve acento. Ahora se da cuenta de su aspecto general. Agotado, vestido con descuido. ¿No decían que el novio era...?


- No eres inglés, ¿verdad? Tú eres el español, el novio de la hija mayor. Todos hemos sentido mucho lo ocurrido. Steffan es una institución aquí. Siento lo de antes, no queremos que nadie les moleste, hemos echado a algunos periodistas... Bueno... Viven en el número seis de Hafnagarta. Baja esas escaleras y estarás en la calle, es la calle principal. Viven en una casa con un tejado rojo de dos aguas, detrás de la iglesia. Si vas andando no tardarás más de diez minutos. Te acompañaría, pero mi barco...


- Gracias.


- Saluda al viejo Steffan de mi parte.


- Claro.


Despidiéndose con un apretón de manos Albert desciende por unas escaleras de madera que le llevan a la calle principal. Con las manos en los bolsillos avanza a paso lento por Hafnagarta. Teme el encuentro con la familia de Brigitte, sabe que será una nueva oportunidad para que el dolor, egoísta, se adueñe de la escena. Alcanza la pequeña iglesia, extrañamente coronada por un motivo celta, la cruz y el círculo. Divisa ya la casa familiar, con el estómago encogido se acerca poco a poco a la entrada. En el jardín puede ver que las semillas de rosal que Brigitte trajo de Barcelona se defienden valientemente en el duro clima del norte, enraizadas con fuerza en la fértil y negra tierra volcánica. Encuentra el pequeño cobertizo abierto donde la familia guarda sus bicicletas, aún permanece ahí la de Brigitte, roja y verde, con la rozadura de la caída que tuvo en la excursión que hicieron al volcán. Albert permanece paralizado frente al cobertizo, capturado por la bicicleta que le lleva a días mejores.


- Hello, can I help you?


Esa voz… ¡Brigitte! Albert se gira rápidamente, el corazón en un puño. Brigitte... No. No es Brigitte, demasiado joven, más alta y delgada. De ser ella habría corrido a abrazarlo, a besarlo. Y esa joven permanece ante él, intrigada. Aturdido, comienza a hablar en castellano.


- Yo... yo soy... tú debes ser Karla.




Jose, 25 de noviembre de 2002  

domingo, 25 de agosto de 2002

Nazgul

“Tal vez no lo creáis, pero yo fui un hombre como vos. No un rey, desde luego, aunque pude reinar y por mis venas corre... corría sangre real. Pero os superé sin duda como conductor de hombres, y después de vuestra estúpida captura me temo que sin duda mi capacidad de raciocinio es también mayor.”

“¿Cómo? Ya veo, os preguntáis porqué no soy entonces el primero entre los míos. Bueno, aunque soy ducho en las artes de la hechicería desde luego no alcanzo la capacidad de mi inmediato superior. Aunque debo admitir que poseo ciertos talentos menores en ese campo. Pero si mi rango no es más elevado, si soy el último de los míos, se debe a que mi Señor me encuentra un tanto díscolo. Demasiado independiente para ser un siervo, me dice.

“Ah... el anillo. Sí, solo soy la sombra de un hombre, el anillo que porto en el anular de mi mano derecha es la fuente de mi poder. Multiplica la fuerza de un cuerpo que ya en vida fue fuerte y desarrolla la capacidad mágica de una mente, perdonad la inmodestia, que en su día fue brillante.

“¿Mi rostro? Queréis ver mi rostro. Me sorprende que aún seáis capaz de ver algo, de hecho ya deberíais estar muerto; no he encontrado a nadie tan resistente a la tortura como vos. Creo que os merecéis ese pequeño capricho, teniendo en cuenta vuestro destino. Normalmente mi rostro no es visible, pero vos os encontráis ya a un paso de la muerte. Con la ayuda de mis pequeñas capacidades... Aunque os lo advierto, tal vez lo que veáis no sea de vuestro agrado. Muy bien, señor, miradme.”

“¿Sorprendido? ¿Por qué? Creo que la sorpresa se debe a lo que veis en mi rostro. Sí, fui un hombre de Gondor, pertenezco a la orgullosa estirpe de los hombres de Numenor, a la hermosa Tierra de la Estrella. Sí, sí, lo sé, guardamos un gran parecido, ¿acaso no somos ramas de una misma familia? Probablemente vuestro bisabuelo y yo fuésemos cercanos parientes y caminásemos juntos por las doradas arenas de Dol Amroth.

“Serví como capitán, como consejero militar, para los hombres de Fargand, vecinos del lejano Harad, enviado allí para contrarrestar el poder de esta nación. Eran un gran pueblo, los fargandrim. Ahhh... hermosa tierra, señor. Hermosa tierra y hermosas gentes... tomad, tomad unos sorbos de agua... así... bien... muy bien...

“¿Os extraña mi comportamiento? ¿Piedad? Yo soy el que soy. Si queréis que os diga la verdad, una vez me vi en vuestra situación, fui torturado hasta casi la muerte por los haradrim, aunque para mi vergüenza os diré que mi comportamiento no fue tan ejemplar como el vuestro, mis verdugos oyeron mis gritos de dolor, a diferencia de los vuestros. Admiro vuestra capacidad de resistencia, así como vuestro valor al aceptar el desafío de mi señor. ¿De verdad pensasteis que seria una lucha limpia? Bueno, puedo deciros que yo no participé de la emboscada, aunque merecéis vuestro destino al ser tan estúpido como para haber aceptado el reto y dejar sin liderazgo a vuestro pueblo.

“Conduje a la victoria a los fargandrim en cinco campañas durante siete años. Haradrim, Aurigas, corsarios, todos los enemigos de Fargand cayeron ante el nuevo ejercito y su conductor. ¿Sabíais que fue mía la táctica que derrotó por primera vez a la agrupación de Nûmakil? ¿Y la idea de las lanzas dobles para frenar los jinetes catafractos? Permitidme esta pequeña vanagloria, mi señor, pues son mis últimos recuerdos felices de mis años en la Luz y no tengo muchas oportunidades de comentarlos. ¿Os extraña mi obediencia al Ojo? Soy un hombre leal, señor. Como leal soldado de Gondor partí a la guerra. Como leal capitán general conduje al ejercito de Gondor. Como leal consejero formé las legiones de Fargand. Como leal general cabalgué a la cabeza de mis tropas en todas las campañas. Como leal súbdito respeté a mis nuevos señores. ¿Y qué obtuve a cambio?. Mi muy noble rey de Gondor me envió al extranjero, envidioso de mi capacidad militar y mi popularidad en la milicia. Mis legiones fargandrim me abandonaron en nuestra primera y única derrota campal a manos de los crueles haradrim. Mi nueva reina me utilizó como peón para conquistar tronos para sus hijos menores... y mi nuevo rey... mi nuevo rey tras mi captura por los haradrim abandonó a mis hijas a la chusma que, enloquecida, me culpaba de la entrada de Harad en Fargand. Mis hijas tenían dieciséis y doce años, y fueron entregadas a la turba asesina... mis hermosas hijas...

“Me casé en Fargand con una dama de compañía de la reina. Fui feliz en aquella época, y el destino me bendijo con dos hijas maravillosas. Por ellas, por su seguridad futura amplié los límites de Fargand hasta extremos más allá de los permitidos por vuestro noble antepasado. El rey, agradecido, me elevó sobre los nobles de su pueblo, y ahí comenzaron todas mis desgracias. Nobles envidiosos, un heredero celoso, potencias extranjeras, hasta Osgiliath me volvió la espalda y ordenó a mi guardia volver a casa, a vuestra casa.”

“¿Qué? Perdonad, pero revivo esta historia cada noche desde hace trescientos años, es un placer tener un oyente atento como vos. ¿Qué decís? ¿Queréis más agua? ¿Por qué no volví? ¿Y por qué volver? ¿Qué había para mí en Gondor? ¿Alguien podría devolverme a mis hijas? ¿Qué habría de darme a mí la Luz? Nada... pero el Señor Oscuro sí me ayudó. Me liberó de mis captores y me entregó esta joya. Con su poder sané de mis heridas y volví a Fargand, para encontrarme con que los piadosos seguidores de vuestra Luz habían entregado a las dos flores más bellas de la tierra a una chusma sedienta de sangre, al ultraje, la tortura y la muerte más vil. Pude enterarme de que mi mujer, que rápidamente había olvidado la muerte de sus hijas y la pérdida de su esposo, era entonces duquesa. Mi mujer, el norte de mi vida, par del reino... Gracias al anillo me enteré de más cosas, como por ejemplo que el heredero de Fargand y mi muy estimado Rey de Gondor llevaban años complotando contra el rey a mis espaldas, difundiendo mentiras sobre mi persona y entregando mis planes de batalla a Harad.

“¿Mi esposa? No, no la maté. Reté y maté en duelo al pretencioso petimetre que era el príncipe, a ella le marqué la cara como falsaria de una forma que no es posible borrar, dos cortes aquí, bajo los ojos, que hacen que la cara muestre un eterno llanto. A continuación entregué mis servicios a Harad y no quedó un hombre, mujer o niño en la capital de Fargand para contar mi historia... o para recordar el ultraje cometido contra dos inocentes.”

“Echo de menos algunas cosas, la luz del amanecer, el sonido del mar... a fin de cuentas nací en el Lebennin. No he vuelto a oír la risa de una criatura desde la ultima vez que vi a mis niñas. Pero soy un hombre leal, señor. Elegí un caudillo, el único que me ayudó en mi momento de mayor necesidad, y seré fiel a él hasta el final... Sí, hasta el final que por fuerza deberá ser amargo. Pero entregué mi lealtad como un día la entregué a la Torre, y si mi nuevo señor no me falla yo no le fallaré a él. A veces... a veces desearía esa traición. Desearía que este señor, duro, cruel, me traicionara. Volver, por unos instantes, a tomar el estandarte del Árbol Blanco y combatir a la luz del sol...

- Matadme, os lo ruego, no estoy seguro de poder seguir aguantando la tortura. Sabéis que el Capitán de los Nazgul quiere convertirme en algo como vos. Sabéis quien soy y cómo he conducido mi vida. Dadme el descanso... Aún guardáis un resto de amor por nuestra tierra. En un tiempo fuisteis el primer capitán de Gondor. Por todo lo que una vez fuisteis, liberadme de vuestro destino. Queréis volver a ser un soldado de Gondor... liberad a su rey.

“¿Qué estás haciendo? Apártate de esa escoria gondoriana, el Ojo quiere su alma, no lo estorbes.”

“Atrás, Capitán. Este hombre no merece tal fin”

“Nunca serás nada entre los nuestros. Arrodíllate ante el Ojo, obedece a tu Señor y espera el castigo por tu insolencia.”

“Adiós, Señor de Gondor.”

- Adiós, Capitán de Gondor.

¡¿ Qué has hecho?! ¡Destruiré tanta desobediencia!

“Soy vuestro eterno servidor.”




Jose, 25 de agosto de 2002