viernes, 5 de junio de 2009

Nos quedamos


Como otros esa noche, un hombre corre por los pasillos de servicio del Real Alcázar de Madrid. Sus órdenes son alcanzar las caballerizas y divulgar la noticia, ha caído el último gigante de la casa de Habsburgo. Pronto empezará la cacería del hombre, y los suyos deben ser avisados de que una venganza que lleva años de gestación va a desatarse. Cojea levemente, recuerdo reciente de un guardia tudesco demasiado celoso de su deber.

- ¡Diego! ¿Qué…?

- Martín. Que pena encontrarte aquí.

Sí, que pena, piensa el primero. Ha conseguido salir del Alcázar con tan solo una herida leve, ha cruzado la multitud que llena la plaza de palacio sin llamar la atención a pesar de su cojera y llegado hasta el arco de la armería solo para encontrar al único soldado cuya vida debe respetar. Diego, joven miembro de la guardia española del Rey. Buenos amigos pese a los años que los separan, que hacen que Martín haya sido además un mentor para Diego.

- Sabes para qué he venido aquí.

- Sí.

- ¿Pretendes impedirlo?

- Sí.

- Hazte a un lado, Diego. Voy a entrar, voy a tomar tres caballos y voy a salir de esta maldita ciudad. No puedes hacer nada para impedirlo. Soy mayor que tú, mejor espada… y llevo dos pistolas. Nadie sabrá que me has dejado salir, palabra.

- Lo sabré yo, Martín.

- ¡Por Cristo, Diego! ¡Don Carlos debería estar encerrado en un hospital y su madre devuelta a Viena! No puedo creer que desperdicies tu vida por una criatura miser…

El más joven levanta la mano izquierda, impidiendo el delito de su amigo. Más joven, inexperto, sabe que no puede imponerse a su compañero, su mentor. Sus ojos tristes, extrañamente viejos en una cara lampiña, miran como disculpándose mientras poco a poco extrae su espada de la vaina.

- El Rey es el Rey, Martín, y no hay otro. Por desgracia, como dice mi tío. El ministro no era rey. Quizá habría sido mejor monarca, que el cielo me perdone, pero nunca lo sabremos, ¿verdad?

- ¡Tampoco lo es la reina madre! Enfunda esa espada, te lo ruego.

- Ve por otro camino. No te estorbaré. Pero no puedo franquearte el paso.

- Por última vez – resopla el mayor -. Voy a coger esos caballos, Diego, y no vas a poder impedirlo.

- No, no podré.

- Lo lamento, entonces.

- Yo también.

Se abalanzan el uno sobre el otro. Se cruzan los aceros en silencio, sin voces ni rencores, se diría una clase de esgrima. Pero llega pronto el desenlace que ambos esperaban. Una herida en un hombro hace que el más joven baje la guardia apenas un instante, el tiempo justo que necesita su rival para estrellarle la cazoleta de la espada en la cara. Aturdido, caída la espada, el más joven busca tanteando la falsa sensación de seguridad que le puede brindar el interior de la Caballeriza Real mientras intenta sacar la daga que lleva bajo la faja, a la espalda. Martín no va a darle tiempo a recuperarse, con un reniego vuelve a golpearle la cara, patea lejos la espada de Diego y le quita la daga. Viendo revolverse al muchacho, se lanza de nuevo contra él.

- ¡Estate quieto, joder! Qué cara te he dejado, Diego, qué le voy a decir a tu madre... ¿Cómo tienes el brazo? ¿Puedes cerrar el puño? - saca un pañuelo y lo presiona contra la herida -. Aprieta el trapo. ¡Aprieta el trapo, Cristo! ¿Estás contento? Tu honor tal vez te cueste un brazo, amén de unos dientes.

- Barato me sale. Ayudame a recostarme.

- Estúpido... Tengo que dejarte, Diego. Que te miren ese brazo. Ya.

- Y dónde vas a ir, Martín. Desde que el ministro cayó con fiebres Valenzuela y la reina ha estado preparando este momento. La ciudad está cerrada para tí y los tuyos. ¿Tienes a alguien? Quién vas a tener tú en la Corte, nunca te preocupaste por hacer amigos - rie al ver la cara de su oponente -. ¿Quién es el estúpido, Martín? Si mi causa estaba perdida, la tuya no lo está menos. No saldrás de la Corte por tus medios. Deja, dame el trapo.

- Diego, de verdad, he de irme. Lo siento mucho...

- No lo sientas, hice lo que tenía que hacer, igual que tú. Escucha. Ve al figón de la calle de la Sierpe, detrás de la plaza de la Cebada. Pregunta por el alférez Balboa. Y cuando te lleven a él, dale mi daga.

- ¿Balboa? ¿Tu tío? ¿El anterior capitán de la guardia española?

- ¡No! Si preguntas por el capitán no te ayudarán. El alférez Balboa, Martín, no lo olvides... Y la daga. Dale la daga y dile que vas de mi parte.

- Diego.

- ¡Vete! Ya llegan…




- ¡Alto en nombre del Rey!

Ese grito se repite una y otra vez en esa noche de septiembre de 1679. Al grito le suceden detonaciones de arcabuces, de pistolones. Más gritos y cruces de aceros. Ha muerto Juan José de Austria, primer ministro de su hermanastro Carlos II, para muchos la última esperanza de los Habsburgo españoles. Ha muerto, y como cada vez que muere un gigante, comienza la lucha por ocupar su lugar. La Reina Madre está dispuesta a hacerse pagar caros los tres años que ha vivido apartada del poder. Por todo Madrid esa noche, por toda la Monarquía cuando la noticia se extienda, en el nombre del rey pero por encargo de la reina madre se detiene a los que en vida del poderoso ministro fueron sus ojos y sus manos. A esos ojos y manos llevan esa noche el aviso Martin, correo al servicio del ministro, y otros como él.

Por casualidad o porque por una vez el diablo se pone de su parte encuentra la calle que Diego le indicó. Cojeando, embozado, calado el chapeo, cruza la puerta del figón. Inspecciona la sala que intentan con escaso éxito iluminar unas pocas bujías. Los escasos parroquianos, casi todos agolpados en una mesa donde el mal llamado libro real, la baraja, hace cambiar bolsas de dueño, finjen ostensiblemente ignorar su presencia, aunque se sabe escrutado. Se sienta en una mesa apartada, pide vino y acepta los restos de un potente guiso que le ofrece el patrón. No parece que la noticia de la caída del ministro haya llegado hasta ese lugar. Ataca su cena mientras piensa como preguntar por el alférez Balboa, como le dijo Diego. Diego. Más tarde pensará en él, ahora no es el momento. Por sus mañas el dueño del figón es un veterano retirado, sin duda. Lo mismo podría decirse de algunos de los jugadores de cartas, si no de todos. No han dejado de vigilarlo en ningún momento. De vigilarlo y de atender una mesa al fondo de la taberna. De tanto en tanto alguno de los jugadores hace una pausa en el juego y se acerca al anciano que ocupa la mesa. Tan mal iluminada como el resto del local, apenas deja entrever los cabellos canos de su único ocupante. Y el movimiento reiterado de su brazo. Está vaciando, a conciencia, una damajuana de vino. La segunda, de hecho, desde que él está en el local.

Termina su cena Martín y llama la atención del figonero. Se masajea la pierna herida, mientras se acerca éste. Primero le paga generosamente, para engrasar su voluntad; después comienza su búsqueda, con pocas esperanzas.

- Disculpe vuesa merced, busco al... al alférez Balboa. Al alférez, ¿me sigue? Me han enviado aquí y...

Le mira con ojos suspicaces el figonero.

- Alférez Balboa no conozco, caballero. Ha unos años hubo un Balboa capitán de guardias españoles...

- No, no. Me han enviado por el alférez Balboa. Don Diego, su sobrino, el guardia. ¿Puede ayudarme? Me pongo en sus manos, estoy herido. ¿Puede ayudarme o debo irme?

Levanta una mano acostumbrada a dar órdenes, que le hace esperar. Con otro gesto dos de los jugadores se levantan y flanquean al anciano, otros dos se apostan junto a la puerta. Como si no hubiera pasado nada, el resto sigue la partida.

- Vaya al fondo, caballero. Allá está el alférez Balboa. Mucho cuidado con él, de unos días acá se la va un poco la cabeza, ¿me entiende? Los presentes son guardias veteranos. Sus guardias, sirvieron en su bandera. No verán con buenos ojos que altere al viejo.

- ¿Y vos?

- ¿Yo? - el tabernero hace una pausa antes de volverse a la barra -. Si molestáis al viejo os mato.

Sabiendose observado, sopesado, Diego se acerca a la mesa donde el anciano sigue bebiendo. Se presenta, pero el viejo parece ignorarle. Echando una mano a la espalda, decide mostrarle la daga que le entregó Diego. Antes de acabar el gesto ya está boca abajo en el suelo, una mano le retuerce el brazo a su espalda mientras otra le aplasta la cabeza contra el piso. Mientras caía ha oído el sonido de varios aceros desenfundándose. Ya estás aviado, Martín. Tarda diez padrenuestros en convencer al guardia que se ha sentado en sus lomos que no trae mala intención alguna. Más que sus razones, es la intervención del anciano al ver la daga que le han retirado, junto al resto de sus armas, la que libera al correo. Con solo un gesto de su mano, hace que le permitan sentarse frente a él. Guardias retirados, le dijo el tabernero. Sin duda. Gente de armas, que solo con un ademán mueven o son movidos. Gente de armas, que obedece o es obedecida sin dudas ni preguntas. Es la primera vez en todo el día que tiene miedo. Se sienta despacio frente al anciano, que sigue el filo de la daga con los dedos, se diría una caricia.

- Debería haberse quedado en el pecho de aquel oficial francés...

- ¿Señor?

- ¿Cómo está Diego? La guardia española se la tiene jurada al ministro desde la campaña de Portugal... Malos tiempos para mis guardias...

- El... el ministro ha muerto, señor - responde Martín, esquivando la pregunta sobre Diego. Aún bebido y anciano, su interlocutor destila una fuerza tranquila imposible de refutar. Duda si podría engañarlo.

- Ahhh... Buen chico, Diego. Buen chico...

- Señor, ¿debo volver a exponer mis razones? ¿podéis ayudarme?

- Sí... Sí, puedo. Aún me quedan amigos. ¿Decís que ha muerto el ministro? Mala cosa, mala cosa... No era tan bueno como el primer Juán, pero era un hombre grande... Doña Mariana no olvida. Y en Toledo habrá tenido tiempo para rumiar su venganza...

El anciano se voltea a uno de los veteranos que les acompañan. Este se dirige a uno de los armarios para traer recado de escribir. Garrapatea unas letras en un billete y se lo entrega al veterano, que parte a la carrera.

- Arreglado, espero, joven.

- No tan joven, señor.

- Esperad un poco y antes del amanecer estaréis fuera de la villa, si Dios quiere. Decís ser amigo de Diego. Muy apurado debía de estar para entregaros esta daga.

- Me la entregó como prueba de mi identidad, señor.

- No lo dudo, joven. Lo digo porque Diego sabe bien qué recuerdos me trae. Y el dolor que me causa.

Vuelve de nuevo a su bebida el anciano. Martín espera a que este reanude la conversación, pero el viejo se ha ensimismado en sus recuerdos. El otro veterano se levanta de la mesa, no sin antes dirigirle una intensa mirada. Si alteras al alférez, tendrás problemas, chico. La presencia de los veteranos le achica. A él, que ha recorrido media Europa y ha perdido ya la cuenta de los combates librados y los hombres muertos. Pero estos veteranos tienen algo que le hace volver atrás, muy atrás, cuando solo era un chiquillo y su madre le daba las primeras lecciones sobre la vida y cómo guiarse en ella. Desde que ha entrado dentro del círculo del anciano se siente como si hubiera retrocedido más de veinte años atrás, de nuevo rodeado de gigantes. Se le hace incómodo el silencio, busca el modo de interrumpirlo.

- Diego me habló de vos muchas veces, señor. Y cuando tuve el placer de visitar su casa, su madre también habló mucho de vos.

- Pobre Diego...

- ¿Pobre, señor? Diego es un digno guardia, nadie podría tenerle lástima.

- Sí, joven, pobre Diego. Tan recto, tan vigilante de su honor y sus maneras, se ha convertido a sus pocos años en una figura de otros tiempos. No sé si mejores, pero por Cristo que son distintos. Me da miedo lo que pueda pasarle cuando despierte y se de cuenta de qué época miserable le ha tocado vivir. Le pesa la herencia familiar, me temo. Y esta daga. Y su nombre.

- Su nombre, Diego. Me habló en alguna ocasión de su procedencia. Un camarada de armas vuestro, ¿no es cierto?

- ¿Un camarada? - el viejo rie tristemente -. Un camarada... Nunca, nunca un camarada. No por él, entendedme, si no por mí. Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que nunca estuve a la altura de aquel gigante... No era el hombre más honesto ni el más piadoso, ¿sabéis?, pero era un hombre valiente...

El viejo empieza a narrar su historia. Entre vasos de valdemorillo y algún sollozo ocasional desgrana algo que se sitúa entre la crónica y la leyenda. Martín se ve apresado por un relato triste, que avanza paso a paso hasta un desenlace inevitable.


- ¡Se van! ¡Los tudescos se van!

- ¿Lo alemanes también se van? Que huyan los italianos, pase, no sería la primera vez. ¿Pero los tudescos? ¿Y qué hace don Francisco?

- El portugués se va con ellos, caminito de Rocroi, tan ricamente.

- ¿El mariscal huye?

- Mozo, el señor mariscal don Francisco de Melo no huye. Comprendiendo que la discreción es la mejor parte del valor, parte hoy para volver a pelear mañana. O pasado. O al otro. Quizá se encuentre con su valor en Lisboa. O en Brasil, quien sabe.

- ¿Y qué vamos a hacer nosotros?

- Pues allá va la caballería gabacha. Cerrando la puerta. Me da a mí que esta fiesta no va a ser como la del año pasado en Honnecourt.

- Nos las van a dar todas por el mismo lado. Por todos los lados, de hecho.

En el norte de Francia, el capitan general de los tercios de Flandes don Francisco de Melo ha puesto cerco a la ciudad de Rocroi. Alertado de que un ejército francés a las órdenes del duque de Enghien se acerca para socorrer a la plaza, decide salirle al paso. Tras horas de hostilidades, Enghien consigue dividir el ejército imperial. Deshecha la caballería, los tercios italianos y alemanes salen del campo de batalla, abandonando a los tercios viejos en el campo.

- ¡Perro portugués hijo de un judio! ¿Dónde va? Ordene el asalto si no sabe más, todos contra el francés y que Dios provea. Pero esto...

- ¿Y ahora? - pregunta un joven mochilero, el mozo que antes preguntaba si el mariscal dejaba el campo.

- Y ahora, ¿qué?, muchacho.

- Estamos rodeados de gabachos, no podemos seguir a don Francisco con la infantería detrás y los caballos delante. ¿Qué vamos a hacer?

- Verás, zagal, esa elección es muy sencilla. Mira.

El pequeño grupo se gira hacia el centro del cuadro, donde flamean los retales que restan de la cruz borgoñona tras horas de batalla. El alférez Balboa, que oteaba las filas francesas, se vuelve hacia ellos.

- ¿Señores soldados?

- Señor alférez, este joven mochilero pregunta qué viene ahora. Son los pocos años, excelencia.

Sonríe cansado el alférez. Una broma vieja con mochileros y soldados nuevos, que los veteranos hacen una y otra vez. Buena para que los bisoños adquieran el espíritu del tercio. Nunca más necesaria que ahora, piensa.

- No me imagino qué le podéis haber contestado, señor soldado. ¿Nos rendimos? ¿Nos echamos a correr?

- ¡Señor alférez! - grita el soldado, simulando sentirse indignado, pues esa pregunta solo tiene una respuesta posible -. Esas preguntas...

Un grupo de oficiales vuelve de la reunión de mandos. Uno de ellos, el más viejo, asiente levemente al pasar junto al alférez. Este mira de frente al joven mochilero.

- Nos quedamos, naturalmente.


- Nos quedamos. ¿Y qué ibamos a hacer, salvo quedarnos? Entended la situación. Los jinetes gabachos nos evitaron y le dieron estopa a los tercios alemanes, que aguantaron lo que pudieron - el viejo hace figuras sobre la mesa. Migas de pan duro hacen escuadrones, mientras que churretes de grasa y vino vertido dibujan lineas en la mesa. A juzgar por la cantidad de cortes que tiene la madera, esta no debe ser su primera batalla, piensa Diego -. Los italianos se fueron de rositas...

- ¿Por las buenas?

- Nunca sabremos lo que pasó, hijo. Hay quien dice que el señor de Melo dió la orden de retirada general al perder a la caballería, para buscar a Beck y rehacer el ejército. Otros dicen que los italianos estaban enojados, pues de nuevo se nos dió el centro en primera linea, y por un quitame allá esas pajas se fueron. En todo caso el mariscal se fue y con él los italianos y los alemanes desbandados. Más tarde supe que Beck llegó esa misma tarde a Rocroi, me pregunto como le explicó de Melo que había abandonado a los tercios en el campo. Abandonados a su suerte, rodeados de enemigos. Cómo se lo explicó al Rey. Cuántas veces se explicó a sí mismo, si podía mirarse en un espejo, cómo pudo abandonar en el campo de batalla a sus mejores soldados.

- ¿Juan de Beck? ¿Era el comandante?

- No, no. Don Francisco de Melo era entoces el capitán general de los Tercios en Flandes. Pero no era un Alejandro, precisamente. Dicen que él mismo lo reconoció ante el rey en una ocasión, ya me diréis qué general teníamos...

El anciano hace una pausa para vaciar su pocillo de vino y pedir otra damajuana al tabernero. De nuevo parece perderse en sus pensamientos, pero recupera el hilo rápidamente.

- Beck era un subordinado, pero le salvó la papeleta en Honnecourt el año anterior, y probablemente se la habría vuelto a salvar entonces. No sé qué pretendía el mariscal, fijaos que con la que nos podía caer encima nos hizo formar como si estuvieramos en un desfile. Deberíamos haber formado escuadrones fuertes, presentando a los gabachos un frente inamovible. Pero lo hizo así. No sé qué paso por su cabeza, el caso es que...


Tras la marcha de las tropas italianas y alemanas los tercios reciben en solitario el castigo del ejército francés, ejército que multiplica varias veces su número. De los cinco cuadros formados inicialmente, tres se han deshecho, refugiandose en los dos que restan. Con los recién llegados adoptan espontaneamente una formación más acorde con sus prácticas, la de escuadras fuertes, ofreciendo al enemigo un frente mayor... y haciendo más daño. Aguantan cargas de caballería y asaltos de infantería. Impasibles resisten los impactos del puñado de piezas de artillería que les restan a los franceses.


-¿Os dáis cuenta de qué hombres formaban aquellos dos cuadros? Daos cuenta de la situación. La mayor parte del ejército, huido. Sin mandos en tres de los cinco escuadrones. ¿Cuántos quedábamos? ¿Tres mil? Quizá algunos más, quizá algunos menos. Cercados por todo el ejército gabacho, aún debían tener al menos quince mil hombres hábiles. Con caballería y un puñado de cañones. Y nos quedamos, naturalmente.

- Algo me había contado Diego, y algo más supe por mi cuenta, parte de mi familia andaba cerca en esos tiempos. Pero nunca entendí porqué Condé dió tregua a los tercios.

- Miradlo desde el punto de vista de Condé. De Enghien, de hecho, se le nombró príncipe de Condé a resultas de Rocroi. Tenia poco más de veinte años. Era un joven valeroso, cumplió como bueno en el propio campo, e inteligente, como demostró al hacer pasar su caballería por detrás de nuestros cuadros. Pensad en su frustración al ordenar carga tras carga contra aquellos dos escuadrones que no querían, que no sabían moverse y no le permitían darle la puntilla a de Melo. Sabía que Beck estaba cerca. Temía que le arrebataran la victoria en el último momento. Pensad que tres mil muertos de hambre, sin ver una paga desde hacia meses, combatiendo desde el amanecer, le cerraban el paso a todo su ejército. Y detrás se acercaba el señor de Beck con otros tres mil soldados, entre ellos otro tercio viejo, el de Ávila, y mil jinetes. Si de Melo hubiera cumplido su deber como los soldados que abandonó en el campo que distinta habría sido la historia. Y mi amo...

Calla de nuevo el anciano, y Diego no siente ganas de hablar, impresionado por la historia de este hombre. Es Íñigo de Balboa, capitán retirado de la guardia española del rey, pocos militares de su tiempo alcanzaron mayor distinción. Sabe que combatió por toda Europa, por tierra y por mar, y que rindió servicios secretos al rey. ¿A qué tipo de hombre puede un gigante como este llamar "amo"? ¿de qué tipo de hombres puede hablar con tanta admiración uno de los mejores soldados de su tiempo?


- El señor duque piensa que son condiciones generosas, mi señor.

Tras horas de combates, desorganizado tras las cargas el ejército francés, el duque de Enghien decide enviar parlamentarios a los restos del ejército español. Dos cuadros le separan de la victoria. Ahora podría perseguir a los restos del ejército de de Melo, deshacerlos completamente y enfrentarse a de Beck con una superioridad numérica abrumadora. Levantar el cerco de Rocroi. Avanzar hacia Flandes, el reconocimiento real... Y todo se ha ido al garete. El rey murió cinco días antes, y ahora ciñe la corona un niño de cinco años, Luis XIV, solo Dios sabe quien controla el poder, si la reina madre o el consejo de regencia. Y qué más da que no haya un rey para reconocer sus méritos. ¿Qué meritos? En este pueblo miserable de Rocroi todo se está yendo al garete por culpa de dos cuadros de desharrapados que se niegan a ser derrotados. No quiere ni pensar en lo que podría pasar si a esa chusma se le unen los refuerzos que trae Jean de Beck... No queda mucho entre la frontera y París, la mayor parte del ejército está combatiendo en España. Y aunque venciera, cómo podría dirigirse a Flandes si el ejército se ha deshecho contra los cuadros españoles. Tardará semanas en reorganizar sus tropas. Ha decidido pactar una tregua y envía a sus edecanes a cerrarla. Cuando los oficiales españoles oyen las condiciones...

- ¿Cómo? ¿Cómo a una plaza fuerte?

Viendo parlamentar a sus oficiales, desde las filas españolas se alza un murmullo. La voz rota de un joven grita.

- ¡Mucho cuidado, guzmanes! ¡Los tercios viejos no saben rendirse!


- ¿Os dáis cuenta? Contra todos los usos de la guerra, Condé nos ofrecía la posibilidad de salir del campo en orden, conservando las banderas y con las armas en la mano. Las condiciones que se le dan a una fortaleza que se rinde. Una fortaleza de piedra. Pero aquella era una fortaleza de carne, sangre y acero. Puesto que no podía sacarnos del campo por la fuerza, Condé buscó una salida pactada. Algunos oficiales se lo pensaron, pero el grito de aquel crío... Solo era un mochilero, hez del arroyo que se había sumado al tercio de Cartagena mintiendo sobre su edad... como yo mismo hice en su día. Pero aquel niño recordó a los oficiales que clase de tropa mandaban. Dispuestos a amotinarse en el mismo campo de batalla antes que aceptar la rendición. De todo había, evidentemente, que no siempre Iberia parió leones. Pero los soldados viejos...


En el cuadro formado por el tercio de Cartagena, lo que resta de la oficialidad parlamenta en torno al oficial de mayor grado que queda, un alférez. Lejos, la caballería francesa se reagrupa, lista para dar una nueva carga. Aún más lejos, pueden ver los esfuerzos franceses por reacondicionar las piezas de artillería que clavó la caballería española.

- Ya es tiempo, Íñigo, los bisoños aún aguantan, pero les falta fuelle. Solo queda una orden que puedas dar.

Rehuye la mirada el aludido. Es el último oficial del cuadro, el maestre le ha entregado el bastón de mando antes de morir ahogado en su propia sangre, la garganta destrozada por una posta francesa. Sostiene el mástil donde apenas unos retales de rojo y blanco recuerdan la cruz de san Andrés, hasta que los nudillos se le tornan blancos.

-Íñigo.

- Si doy esa orden os mato, capitán. Primero a vos y luego al tercio.

- Mejor aquí que roto en un hospital de veteranos o amargado en un presidio en África.

Se mira el alférez en los ojos claros del que siempre llamó capitán. Se ve joven, tan joven como el mochilero que embromó hace lo que parece otra vida, el mochilero que ha gritado el honor del tercio. A través de esos ojos jóvenes ve a Copons, flemático, parco en palabras como siempre. Mejor con la bandera, Diego, dijo un día. Puestos a morir, y morir, como dijo aquel, es un trámite, mejor hacerlo bien.

- Capitán. Yo...

- Sí, Íñigo - sonríe apenas el capitán -. Yo también.

Se separan ambos, cada cual a su sitio. Otea las filas francesas, listas ya para dar la enésima carga. Mejor con la bandera, Diego. Ordena al asustado tambor que inicie el redoble. Se aclara la garganta para dar su última orden al cuadro. Los veteranos, sabiendo lo que llega, comienzan a agitarse. Se persignan unos, escupen su rabia al suelo otros. Sonrien otros, con la sonrisa torcida del que sabe.

- ¡Bisoños, atrás!

Los soldados jóvenes retroceden. Se refugian, creen, junto al tambor y la bandera.

- ¡Señores veteranos!

Los soldados viejos se hierguen. Se atusan los bigotes llenos de polvo, se pasan las manos por las caras manchadas de pólvora y sangre. Enderezan los correajes, aprestan sus armas.

- ¡Adelante!


- Fué mi última orden en Rocroi. Era la última que podía dar un comandante de los tercios en el campo de batalla. Cuando todo estaba perdido, cuando la misión era imposible, los soldados viejos daban un paso al frente y ocupaban la primera linea. Y allí se batieron como buenos, contra los caballos y los infantes franceses. Contra un enemigo muy superior en número. Pero hasta la linea de veteranos se acabó rompiendo...

El anciano acaba perdiendo la compostura, incapaz de seguir hablando. Apoya los brazos sobre la mesa y la cabeza sobre los brazos. Se acerca el tabernero, se sienta junto al viejo y le pasa una brazo por la espalda. Ve la daga que descansa sobre la mesa y la señala con la vista mientras se dirige a Martín.

- Yo estaba allí, ¿sabéis? Apenas un marrajo que levantaba dos palmos del suelo. Era mochilero en el tercio viejo de Cartagena cuando se acabó todo.

El anciano llora abiertamente, sus hombros se sacuden con fuerza, mientras el tabernero, con una ternura infinita, intenta calmarlo.

- Don Íñigo era nuestro espejo. Para nosotros, los mochileros, era como la encarnación de Dios nuestro señor en la tierra. Había sido mochilero en el mismo tercio, y entonces era alférez. El alférez Balboa... Los caballos corazas consiguieron abrir una brecha, y allá se echó la escuadra personal de don Íñigo, un grupo de veteranos que servían a sus órdenes directamente.


Con un grito agónico, la muralla de carne que forma el tercio de Cartagena se rompe. La caballería francesa, en un esfuerzo suicida, ha conseguido abrir una brecha. Contra esa brecha se lanza la infantería, dispuesta a aprovechar un momento por el que han peleado durante toda la mañana.

- ¡Capitán! ¡Cerrad la linea o estamos perdidos!

Junto a la bandera, el alférez Balboa ha visto como se ha debiltiado la linea. Lanza contra la brecha a su escuadra personal, un puñado de veteranos curtidos. Entre gritos de ¡Santiago! se lanzan a cerrar la brecha, mientras la linea, como un dique en el que se ha abierto un pequeño agujero, duda. La infantería francesa se ha lanzado en masa, los veteranos devuelven multiplicado cada golpe que reciben.


- El alférez tenía fama de ser un hombre frío, ¿sabéis? nunca perdía la calma en combate. Lo habíamos visto imperturbable durante toda la jornada, incluso llegó a bromear conmigo mismo, no podéis imaginar lo orgulloso que me sentí cuando me dirigió la palabra. Pero en aquel instante se volvió loco. Un puñado de soldados franceses se coló por la brecha antes de que llegara la escuadra del alférez. Debía de ser gente experta, aún traían pistolones sin disparar, y los descargaron contra los veteranos que llegaban.

"Que gente aquella. Gente de hierro. Recibieron de lleno la descarga de los franceses, y aún así los que quedaron se arrojaron sobre ellos. Despues de haber peleado durante horas, despues de ver partir a sus aliados, sabiendose solos en medio de un mar de enemigos, se lanzaron sobre los franceses para cumplir con la última orden que recibirían antes de ir al cielo. O al infierno. Cerrar la linea.

"Pero era demasiado, incluso para ellos. Yo había conseguido situarme cerca del alférez. No tembló un solo músculo de su cara cuando se abríó la brecha, pero perdió el color de la cara cuando los franceses descerrajaron sus pistolas contra su escuadra. Cuando cayó el último veterano se volvió loco. Se abalanzó sobre los franceses maldiciendo a Dios y a Su madre. Yo me fuí tras él, cómo podía hacer otra cosa. Todos los mochileros nos habríamos dejado matar por él.

Duda un momento el tabernero, bebe los restos de vino que quedan directamente de la damajuana. Deja un momento al anciano, que, extenuado, parece haberse dormido. Toma la daga y, como Íñigo antes que él, acaricia el filo con la mano.

- Esta daga... Estaba tan fuera de sí que ni siquiera atinó a desenvainar su espada. Se arrojó contra el grupo francés que había cruzado la linea armado solo con esta daga. Degolló a un gabacho antes de que pudiera siquiera decir amén. Pero solo tenía ojos para el ofical gabacho, el que había matado al último veterano. Se fue para él con toda la rabia del mundo. El francés intentó enfrentarse a él con su estoque, pero don Íñigo, enloquecido, sencillamente lo ignoró. Se arrojó sobre él y lo apuñaló una y otra vez, hasta que la daga quedó trabada en el coselete. Fue entonces cuando un piquero francés le golpeó la cabeza con el astil de su pica, dejándolo sin sentido.

"Me arrojé sobre don Íñigo. Aún no sé porqué no me mató aquel soldado francés. Quizá estaba tan cansado como nosotros, cansado de ir de un lado a otro, matando, reconociendose en las caras de la gente que mataba. Quizá tuviera hijos, un hermano pequeño. No lo sé. Pero tuvo piedad de aquel crío sucio, manchado de sangre, que le gritaba en una lengua que no entendía, abrazado a lo que creía que era un cadáver.

"Recuperé la daga de don Íñigo, la guardé en mi saco. Cuando lo que quedaba del tercio aceptó las condiciones francesas, marché a su lado, le serví de cayado mientras cruzamos toda Francia, camino de Fuenterabía. Allí le devolví la daga y allí me aceptó como criado durante años.

Martín, emocionado, permanece en silencio. Sigue en silencio mientras el tabernero se levanta para traer una botella de aguardiente, que ambos comienzan a vaciar maquinalmente, siempre en silencio, hasta que se abre la puerta del figón para dejar paso a los veteranos que habían partido siguiendo las órdenes del anciano.

- Vamos, deprisa. La ciudad bulle de guardias, están por todas partes.

Martín intenta despedirse del anciano, pero el tabernero se lo impide con un gesto. Se ha quedado dormido, que no sea molestado. Toma una manta y se la pasa por los hombros. Martín esta cruzando la puerta cuando a su espalda oye la voz del figonero maldecir con toda su alma al día que llega.

Íñigo se ha sumido, exhausto, en un sueño profundo. Poco a poco se apagan los sonidos de la taberna. Esta tan cansado que no consigue interesarse por la suerte del amigo de Diego. Diego... Capitán... Oye un juramento a lo lejos, pero no le importa, está tan cansado, porta un cansancio en el alma que le pesa como una losa. Está tan, tan cansado. Tanto que diría que la fatiga mata el dolor eterno de sus articulaciones, los achaques que la edad y el servicio al Rey le han dejado en el cuerpo y el alma. El cansancio lo apaga todo. Todo. Benditos sean el cansancio y el silencio, entonces.

Pasa un instante. Una eternidad. Y oye un golpe. Duro, seco.

Otro golpe. Y otro enseguida. Es el sonido de un bastón de madera golpeando una piel tensa sobre un armazón. El golpe se hace redoble. Es un tambor. El tambor de infantería.

- Íñigo.

Alza la vista el anciano. Lo primero que distingue en la oscuridad son dos ojos duros, glaucos, animados ahora por un calor que pocos han visto.

- ¡Capitán! Yo...

Sonrie el llamado capitán, mientras el tambor continua impasible su redoble.

- Sí, Íñigo. Yo también.

Rodea la mesa, apoya su diestra sobre el hombro del viejo. El mero contacto disipa el frío que atenazaba sus huesos. El tambor hace que olvide sus achaques, sus dolores, se siente joven de nuevo. Con una sonrisa de incredulidad se pone en pie. La puerta del figón se abre de par en par, imposiblemente grande. Más allá del dintel, bajo un cielo gris sin horizontes, cree ver unas figuras. Entre ellas se alza el pendón con la cruz de San Andrés, la bandera de los tercios.

- Vamos, Íñigo. Ha pasado mucho tiempo - dice el capitán mientras Diego toma sus armas. Se ciñe el correaje con los doce apóstoles y la banda naranja de las tropas españolas -. Nuestros amigos esperan.

El tambor de infantería llama a sus hijos.



Esplugues del Llobregat, 5 de junio de 2009

jueves, 3 de mayo de 2007

El viaje


Para mis niñas


- ¡No, aún no! Que vaya Karla, a la cama. Yo soy mayor, puedo quedarme un rato más, siempre me quedo un rato más...

La pequeña Karla se ovilla en el regazo del gigante pelirrojo que la sostiene. Intentaba allí, mientras combatía el sueño, pasar desapercibida. Pero no ha podido escapar del ojo vigilante de su madre. Y además Brigitte la ha colocado en el centro de la atención del grupo. Sus padres, los amigos de sus padres, la buena Erla, todos fijan sus ojos en ella mientras sonríen. Pero los brazos de Bojji forman un círculo protector en torno suyo, apoya la rubia cabeza en el hueco del codo del maduro gigante.

- Ahhh, Brigitte, ¿dejarás que Karla se vaya sola? ¿Acaso dejarías sola a tu propia hermana? - truena la voz del coloso, mientras se pone en pie, protegiendo aún entre sus brazos a la chiquilla.

Brigitte ríe, Karla ríe, todos ríen menos el gran Bojji, que sigue simulando indignación. Todos reconocen la “voz de las Eddas”, la voz grave que Bojji imposta cuando se dispone a narrar una de sus historias. La voz que se llena de los matices que aprendió a domar de joven, a bordo de un cazador de ballenas.

- ¡Brigitte! ¡Vergüenza! Pero yo te digo que te acostarás ahora. ¡Lo quieras o no!

Lanza a la pequeña Karla sobre los brazos de un sonriente Steffan, uno de los amigos de la familia. Con una velocidad que desmiente a su tamaño y su edad se abalanza sobre la niña, que se retuerce entre sus brazos presa de la risa. Las manos de Bojji buscan sus cosquillas, Brigitte se desploma entre carcajadas.

- ¡Ah, desdichada! ¡Huye, huye! Pero no podrás escapar de mis manos. ¡Corre, corre, Bojji te sigue! - grita alzándose sobre la pequeña, señalando con gesto trágico la puerta de la fonda.

Riendo todavía Brigitte escapa, mientras Bojji se tambalea tras ella como un trasgo borracho. Salen uno tras otro al exterior, pero una vez fuera acelera el paso y captura rápidamente a la niña. Con la diestra la levanta del suelo, se la acerca al pecho.

- ¡Ya eres mía! Aún pasarán muchos años antes de que puedas escapar de mí, pequeña.

- No quiero irme a la cama, Bojji, aún es temprano – contesta entre pucheros la pequeña.

- Ah, mi niña, pero no siempre podemos hacer lo que queremos. ¿Quién cuidará de Karla esta noche, mientras yo no puedo hacerlo. Ella confía en dormir con su hermana. Con mi valquiria, mi Brunilda...

- Tú nos cuidarás, Bojji.

- Sí – una manaza curtida de mares revuelve mechones rubios, enreda los dedos entre el cabello -. Pero antes tenemos que hablar los mayores. Cosas grandes de gente grande. Cosas... Tú serás mi centinela en lo alto de la fortaleza, Erla os ha preparado la habitación del rayo de luna. La luna esta casi llena, mi niña. La claraboya ilumina la cama y…

- Bueno... ¡Pero nos contarás un cuento!

Juntos entran de nuevo en la fonda, al comedor donde arde el fuego y los amigos esperan. Resuena de nuevo la voz de las leyendas antiguas.

- ¡Ah, amigos míos! Tendremos que esperar un poco para nuestro cónclave. Porque la pequeña Brunilda ha ganado de este pobre viejo una prenda. ¿Y quien sería yo si no pagara lo perdido? ¡Vamos, Karla, Brigitte! ¡En pie, arriba, arriba! ¡Hasta donde acaba el castillo la luna está al alcance del brazo! ¡A la habitación de la claraboya!

Riendo, atropellándose la una a la otra, las niñas suben corriendo las escaleras que llevan a los dos pisos superiores de la fonda, donde están las habitaciones. En el segundo piso hay solo tres habitaciones, y una de ellas tiene una claraboya por la que en estas fechas la luna derrama su plata sobre una enorme cama, vieja, grande, cubierta por un dosel blanco.

- ¿Y cuál será hoy nuestra canción, mis niñas?

- ¡Una nueva! - casi grita Brigitte.

- Una historia de viajes – musita somnolienta Karla.

Medita unos instantes el gigante, mientras se tiende en la cama junto a las pequeñas. Su mirada vaga por la habitación. Demasiadas veces ha cantado a la luz de la luna, busca algo nuevo. Vuelve la vista a las pequeñas, que aguardan sonrientes. Expectantes. Teme la conversación que le espera abajo, esas razones, esos negocios que nunca ha entendido, que no comprende y que no quiere comprender. Solo ha entendido la caza en el mar. Y a Erla. Un hombre no precisa de más. Quizá tarde mucho en volver a ver a esas niñas que él, que no puede tener hijos, considera casi como suyas. Rápido para la emoción, sus ojos se empañan y aparta la vista. Su mirada descansa en un barquito de papel. Uno que las niñas hicieron hace unos días, y que Erla, como ha hecho con tantos otros recuerdos en toda la casa, ha dejado sobre una repisa.

- Mis pequeñas... - le traiciona de nuevo la idea de que puede tardar años en volver a verlas. La voz le tiembla apenas un instante. Las niñas creen que es un efecto más para comenzar la historia, se arrebujan en la cama, esperan. Se repone el gigante.

- Mis pequeñas, ¿recordáis las historias de los barcos dragón? ¿Aquellos barcos que zarpaban de los fiordos en el norte helado? Cada vez más lejos, haciendo con cada singladura más grande al mundo, burlando monstruos y peligros, llegando a las playas de perlas que guardan los elfos...

“Una vez zarpó un barco, del más oculto de los fiordos, un fiordo que se hallaba tan al norte que no aparece en las historias que nos han llegado de aquellos tiempos. No era uno de los poderosos barcos dragón, pero era un buque hermoso, de líneas esbeltas y rápidas. El más bello navío que construyeron las manos de los hombres del norte. Tan hermoso que no le pusieron nombre, recibiría su nombre cuando llegara a su destino. Tan bien construido estaba que casi no necesitaba tripulación. Tres personas se bastaban para gobernarlo, y solo tres lo tripularon. Dos mujeres, dos hermanas se adelantaron para surcar el mar en el navío, pero no dijeron sus motivos, lo declararían cuando llegaran a su destino. Eran estas mujeres las hijas del jefe del poblado, los retoños más bellos que jamás diera el norte al mundo, de ojos claros como la mañana y cabellos tan rubios como los mares de trigo que se mecen al viento en el sur.

Calla el bardo unos instantes, sabe cuando buscar una pausa, que aprovecha para ordenar sus ideas. Y para dejar a las dos pequeñas sumergirse en la descripción de las dos hermanas en las que se han reconocido. Rebullen las niñas en la pausa. Ríe bajito, satisfecha, Karla. Brigitte se abraza aún más a la almohada, los ojos brillantes. Se han visto tantas veces en los cuentos de Bojji, tantas veces dos hermanas protagonizan sus cantos que apenas pueden contenerse para saber algo más. Pero conocen las reglas, y saben que esa pausa es el privilegio del narrador. Pero también saben que, a veces, conviene entrar en la narración con una pregunta inteligente.

- ¿Bojji?

- ¿Pequeña?

- ¿Quien era el tercer tripulante?

- Ahhh, el tercer tripulante. El tercer tripulante... era un viejo capitán de barco. Un capitán de barcos dragón que hastiado de violencias se había retirado del mar. Pero un juramento lo mantenía junto a la costa, y cuando las dos hermanas anunciaron que embarcaban, él se adelantó a capitanear la nave. Cual era la naturaleza de su juramento, se sabría al llegar a su destino.

“Zarpó la nave del puerto, dejando atrás el fiordo. Navegaron durante semanas, durante meses. Islas llenas de tesoros ignoraron, pues los impulsaba la necesidad de llegar a su destino. Se enfrentaron al frío extremo, donde enormes osos blancos se enseñoreaban de las costas. Se enfrentaron a calores sin medida, donde los hombres negros levantan sus torres de marfil junto a las desembocaduras de los ríos. Se enfrentaron a los terrores de la noche... Pero debían llegar al final de su viaje.

Bojji se levanta de la cama, no le gusta donde le está llevando el cuento. Sabe que todos los cuentos están escritos, que solo esperan a que alguien les de forma y los traiga al mundo, donde deben ser cantados. Pero teme el final del cuento. Poco a poco se dirige a la puerta de la habitación.

- El embrujo de las sirenas no los desvió de su rumbo, de su destino, del final del viaje.

Ha alcanzado la puerta. La cruza apenas. Su silueta se recorta contra la débil luz del pasillo. Su voz vacila.

- A monstruos sin cuento se enfrentaron. Tocaron todas las costas, surcaron todos los mares. Tempestades que levantaban olas gigantescas, calmas que dejaban la superficie del mar como un espejo, todo los empujaba al final del viaje...

Se quiebra al fin la voz del hombre, no puede mantener la impostura de la voz. Habla ahora con su propia voz, las dos hermanas no pueden ver su cara, las lágrimas que asoman a los ojos del gigante.

- ... el final del viaje...

Calla, y comienza a entornar la puerta.

- Bojji – susurran las dos hermanas desde la cama que baña de plata la luna –, el final del viaje. ¿Qué ocurre al final del viaje? No has acabado el cuento.

Se apoya Bojji en la pared junto a la puerta, la cabeza hundida en el pecho. El final del viaje. No se atreve a asomarse de nuevo a la habitación, duda de poder mantener la entereza, y no quiere bajar al comedor, donde le espera una conversación que no quiere mantener. Los padres de las niñas han venido para despedirse, para comunicar a sus amigos que el padre ha recibido una oferta de una empresa inglesa. Quizá la acepten, aún no lo han decidido. Pero entonces deberán ir a Londres. Vivir allí. Lejos de casa.

- Bojji...

Apenas un susurro. Las niñas esperan. El final del cuento, el final del viaje. Se rebela. Quizá sus niñas se vayan, quizá no. Pero no importa el destino, importa el camino. Se gira, se sitúa en el marco de la puerta, los fuertes brazos se apoyan en la parte superior del marco. Recupera la voz, la fuerza, habla de nuevo el bardo.

- Este viaje, niñas, no acabará nunca. Este cuento no tiene final.



Esplugues, 3 de mayo de 2007.


sábado, 19 de agosto de 2006

Mácula


El anciano camina solo, siguiendo un ritmo rápido que desmiente su edad, sus piernas devoran milla tras milla, colina tras colina. Se sabe vigilado, ha visto a los espías, ha visto a los mensajeros. Y sonríe. Imagina el rostro del Señor al recibir las noticias. Solo, el hombre llega solo. Donde esperaba miles, uno solo; donde esperaba fuerzas jóvenes dispuestas a unirse a su causa, un anciano renuente.

Llega por fin al lugar acordado. Y su sonrisa se acentúa aún más. Una quebrada. Una quebrada larga y angosta, circundada por una cadena de colinas que pronto se convierten en montañas escarpadas. Que apropiado, piensa. Y que arrogante. ¿Tan estúpidos piensa que somos? ¿De verdad cree que habríamos penetrado en semejante ratonera sin pensarlo?

Como una torre, solo en el centro de la planicie que circundan los cerros, se alza el Señor que había afirmado ser su amigo. No, nunca su amigo. Un hermano mayor, más bien. Uno firme, dispuesto a encauzar a sus hermanos menores. Lo necesiten o no, lo quieran o no, a su pesar si es preciso. Lo mira y, como siempre, un temor reverencial lo recorre. Pero esta vez ese temor queda desplazado por la comprensión de lo que está viendo. Míralo, apenas puede contener su disgusto. ¿De verdad es tan poderoso como le han contado los habitantes del bosque, los que hablan con canciones? Un niño esperando a que se enfríe una torta de miel recién hecha es más capaz de controlar sus emociones. ¿No se da cuenta? ¿No le importa? ¿Cómo, cómo pudimos creerlo?

- Por fin llegas, mortal. Pero vienes solo. ¿Dónde están los tuyos?

El anciano lo mira con una sonrisa torcida. ¿Mortal? Hasta hace muy poco me llamaba por mi nombre, yo era su querido amigo.

- Perdona mis modos, querido amigo. Ha sido la sorpresa. Acordamos que vendrías aquí con los tuyos, todos juntos, para que yo pudiera enseñarles lo que sé, para derramar sobre tu pueblo los dones que solo yo puedo dar. Antes de que los demonios del Oeste acaben con vosotros como han acabado con tantos otros pueblos, lamentablemente.

- Sí. Yo con todos los míos. Todos juntos en esta ratonera, Annatar. Bello nombre, el tuyo. ¿Te gusta? Me han explicado qué significa. ¿Y Morgoth? El negro enemigo del mundo. Nada menos. Estoy impresionado.

El vala duda. ¿Cómo se atreve? Y palidece. ¿Quién le ha contado esto? Pero Morgoth... ¿Un noldo? ¿Tan lejos de Beleriand? ¿O quizás Oromë ha vuelto? ¿O...? No, por la llama eterna, no, no, no... Odiado, maldito mil veces, ¿Tulkas? Recela, retrocede unos pasos. Mira al anciano como si fuera el mismísimo vala disfrazado. Otea las montañas circundantes, teme. Y palidece, avergonzado, cuando oye la risa del mortal ante él.

- ¿Negro enemigo del mundo? ¡Mírate! No, estoy solo, he dispersado a los míos. Separados en pequeños grupos, llevan consigo la noticia de la sombra que se alza ante nosotros. Nunca podrás alcanzarnos a todos.

El anciano ríe y ríe. En su voz la risa de los hijos del sol en el amanecer de su raza, cuando las luminarias eran jóvenes y el mundo no había cambiado. Cuando ninguna sombra se había arrojado sobre ellos. Pero al ver desbaratados sus planes para someter a los hombres a su yugo y sumar a las suyas sus fuerzas se desata la rabia del Vala de Hierro.

- ¿Cómo te atreves, miserable gusano, miembro acabado de una raza torpe y desmañada? ¿Sabes ante quien te pavoneas en tu ignorancia? Yo soy Melkor Bauglir, el Señor de Arda, el más poderoso de los ainu de la Gran Canción, yo soy...

Y la risa del anciano se desata completamente. Los elfos de los bosques le habían hablado de un Señor terrible y oscuro, y ha encontrado una criatura miserable tan esclava de sus pasiones que parece a punto de explotar por la ira. Ríe el padre de los hombres en el albor de su raza. Una risa alegre, satisfecha, heraldo de lo que podría haber sido. Una risa que desata un recuerdo en el enfurecido ainu. En el último tema de la Gran Canción estaba demasiado ocupado con sus propios temas como para prestar atención al resto de la composición. Pero recuerda un momento hacia el final, cuando parecía imponerse, en el que una risa se alzaba pura, en solitario, haciendolo retroceder. Supuso entonces que era la risa del despreciado Tulkas. Pero esa nota...

- Sí. Quise usaros. Usar vuestra fuerza y vuestros dones innatos. Y me los habrías dado, criatura miserable, de buen grado. Pero los obtendré de todos modos. Por el tormento y el dolor si es necesario. Ven a mí, anciano.

“Adiós a todos, amigos míos, mis hermanos. Me habéis dado vuestra fuerza, demos ahora la medida de lo que valemos.”

El vala examina al anciano. La risa ha acabado, el rostro del mortal se ha vuelto serio. Se ha asustado como no podría ser de otro modo. Es el momento de la persuasión.

- Ven a mí, anciano. Ven a mí y vivirás, tú y los tuyos, para siempre. ¿No envidias la longevidad de los elfos? Júrame fidelidad y parte a reunir a los tuyos. Jura, amigo mío.

Lejos, muy lejos, sobre una montaña nevada de dimensiones imposibles, el señor de Arda teme. El destino pende de un hilo. Y, aunque prevee los males que acontecerán en adelante, su sangre hierve cuando de los hombres surge una nota única, pura, dorada como el sol joven.

No.

* * *

Los hombres no hablan de lo ocurrido en aquella quebrada. Golpeados por la ira del Morgoth allá donde se encontraran, disminuidos por la sombra que este arrojó sobre su destino, prefirieron olvidar lo que quedó atrás, buscando siempre una luz en el occidente. Nada se conoce del destino de aquel que habló por su raza ni de la maldición que pudo oponer a la del Enemigo. Pero se sabe que desde entonces este buscó con saña a la descendencia del anciano, buscando torcerla y, a ser posible, dominarla. Y que, al final de los tiempos, uno de la estirpe del anciano saldrá de entre las filas de los guerreros mortales para vengar la suerte de los suyos y el sufrimiento de los hombres. Qué pasará más allá, no se ha revelado, pero el Morgoth, el más poderoso de los Valar de la Gran Canción, teme el momento en que suene de nuevo la risa del anciano.




Esplugues del Llobregat, 19 de agosto de 2006.

martes, 6 de septiembre de 2005

Lecciones



-¡Mira, madre! ¡La Torre Blanca!


El pequeño muestra orgulloso su construcción, una pila de arena húmeda que solo en la imaginación de un niño o en el amor de su madre podría emular la Torre del Sol. Satisfecho de su obra se acerca a la orilla para limpiarse mientras, divertida, su madre observa la construcción de su retoño. Pero pronto su atención vuelve a su hijo, del que ha dejado de oír la voz. El niño permanece inmóvil sobre la arena mirando al mar, y al acercarse su madre señala al horizonte.


- ¿Qué es eso, madre?


Mira la mujer el mar. A lo lejos, ante la manita curiosa del pequeño formas como colinas se destacan sobre la superficie tranquila del mar.


- Ballenas, hijo mío. Son ballenas. Pero no deberían estar tan cerca de la costa, podrían…


En silencio, contra las protestas del pequeño, lo toma en sus fuertes brazos y lo lleva hacia el interior, donde el bosque limita la playa. Silenciosos, observan como los colosos se acercan temerariamente a la costa. La intensidad de sus miradas parece querer detener las gigantescas moles y devolverlas a mar abierto. Pero pronto, demasiado pronto, los inmensos cuerpos embarrancan uno tras otro en la playa. Con un rápido movimiento el pequeño se deshace del abrazo de su madre y se acerca a los corpachones varados. Su pequeña manita acaricia los inmensos flancos húmedos, su mirada se asoma al oscuro estanque que son los ojos negros de la bestia.


- ¿Va a entrar en la tierra? ¿Cómo va a moverse?


- No puede, hijo. Es como un pez, no puede caminar.


- ¿Y si no puede caminar, cómo va a volver al mar?


Duda la madre. En exponer a su pequeño a la idea de la muerte, tan joven. Pero la muerte nos llega a todos, piensa. Hay algo fatalista en el dúnadan, y dúnadan es ella. El fatalismo del que sabe que la vida es una pelea. Una que no puede ser ganada. Que no puede ser abandonada. Una en la que la improbable victoria tiene menos valor que el cómo te has desempeñado en la lucha.


- No va a volver, Estel.


- Pero…


- Mírala, hijo. Es demasiado grande, y la marea pronto empezará a retroceder. Ni con la marea viva habría agua suficiente para moverla. Pesa demasiado. Ni aunque tuviésemos aquí a Trueno podríamos devolverla al mar.


Los ojos del pequeño examinan la playa, las moles varadas. No es posible. Trueno es el más grande, en su mundo nada hay más fuerte que el gigantesco corcel. Si el poderoso semental no puede…


- ¡En la aldea! Allí hay bueyes, y muchos pescadores, todos juntos podrían salvarlas. Al menos a esta. Madre, vamos, por favor.


Se arrodilla la mujer junto al niño. La gente del poblado. La gente. La muerte. Una cosa es exponer a su pequeño a la idea de la muerte y otra muy distinta exponerlo a la codicia de los hombres. Mira al poblado donde descansa unos días y ve salir a los aldeanos, armados de pesadas hojas, empujando los carros donde cargaran la carne de la bestia, su aceite, las barbas… No esperaran a la muerte del coloso, como hormigas comenzarán a despedazarlo en vida. Ellos, que palidecerían ante la vista de un mûmak, osaran acercarse a un animal aún más grande que permanece inerme. Ellos, que carecen del valor de los antiguos cazadores del mar de Arnor, que desafiaban a estas bestias en su propio terreno, sobre botes tan frágiles como el valor de estos pescadores de ribera. No, tiempo habrá para que el pequeño sepa de la avaricia y conozca a los hombres pequeños. Tiempo habrá para el gris descarnado. Ahora es tiempo de leyendas y gigantes, tiempo para el color y la belleza, aunque ésta sea triste.


- ¡Mamá!


Sonríe triste la mujer. Muy apurado debe estar el pequeño para que use esa voz, en vez de la más formal “madre”. Pobre Estel. Hacia meses que no utilizaba esa palabra. Desde que, contrito, le explicó entre sollozos que Trueno había desaparecido tras soltar él su brida, intentando montarlo.


- No vuelven, Estel, porque no quieren volver.


- ¿Qué?


La voz de la madre se hace más grave, adquiere los delicados matices del que ha aprendido a narrar historias.


- ¿Cuál es el nombre de los conocidos como los Poderes de Arda, Estel?


- ¿Cómo? Son los Aratar, pero… ¡Mamá, las ballenas!


- Se dice que entre los Poderes, uno, el más poderoso, fue eliminado y quedaron ocho, los Aratar, los Poderes de Arda ¿Cuáles son los nombres de los Aratar?


Repite la pregunta en una fórmula que ya era vieja cuando se alzó Númenor. De un canto nacido antes que el sol y la luna. Pocas familias mantienen en estos días la antigua sabiduría en Gondor, pero la de Estel es una de ellas.


- Son Manwë y Varda, Ulmo, Yavanna y Aulë, Mandos, Nienna y Oromë - recita con su voz más grave el niño. Y como siempre que cuenta a los Aratar no puede evitar sumar uno, su vala favorito entre los gigantes de la antigüedad - ¡Y Tulkas Astaldo!


- ¿Por qué está solo Námo, señor de Mandos?


Duda Estel ante la pregunta, que no forma parte de la serie de preguntas que ayudan a recordar la tradición oral de los dúnedain. Pero aprendió a leer y escribir con las leyendas de las eras míticas, tal como las conocen las familias antiguas de Gondor.

- Porque es el Juez Mayor, y nada puede perturbar su juicio.


- ¿Está solo Oromë, señor de los bosques?


- No, su esposa es Vána siempre joven, la hermana de la señora Yavanna Kementári.


- ¿Por qué está solo Ulmo, señor del piélago?


Calla el niño, atento, su mente cautivada ya por la cadencia de las palabras de su madre.


- Antes de la caída de los Árboles, Estel, antes de que se alzaran el Sol y la Luna y los padres de los hombres caminaran en esta tierra, Ulmo acudió a Valinor junto a sus hermanos, pues era tiempo de fiesta. Durante toda una edad del mundo había vagado solo, lejos de las tierras benditas. Solo en las profundidades del mar, su hogar. Solo en los lagos en las montañas, que ama, y en las fuentes de los ríos, su deleite. Y la primera criatura que vio al llegar a las playas de conchas de los flautistas fue a la señora Nienna. Suya fue la primera voz que oyó durante toda una edad. Vio que la profundidad de su sabiduría rivalizaba con la de los abismos que el amaba. Vio sus modos tranquilos, serenos, como los lagos de montaña que creó en los principios del tiempo. Recordó sus palabras y su canto, hermosos como el rumor del Sirion al alcanzar el mar.


“Y Ulmo, el austero señor del mar cuyo poder rivalizaba con el de Manwë, que había caminado solo desde la Gran Canción y la creación del mundo, se prendó de la Señora de la Compasión. Y pensó en declarar su amor cuando la luz de los Árboles se mezclara en la fiesta de la Primera Cosecha.


“Pero le alcanzó lo que nadie había previsto. En el instante más bello, cuando la luz de Telperion y Laurelin combinados bañaba los rostros de los inmortales Ulmo se adelantó hacia Nienna, quiso tomar su mano. Y en ese mismo instante el Negro Enemigo del Mundo se precipitó con su lanza sobre los Árboles, marchitándolos y apagando su luz para siempre. Y atacando lo que era bello en el mundo atacó a Nienna, que deshizo sus propias fuerzas intentando salvar lo que el Morgoth quiso aniquilar.


“Has oído en nuestra casa como Yavanna y Nienna consiguieron salvar una fruta de oro de Laurelin y una flor de plata de Telperion, y como de ellos surgieron el Sol y la Luna para desesperación del Morgoth. Pero no oíste cómo Nienna quedó agotada, mortalmente herida, como resultado de estos trabajos y se apartó del mundo durante mucho tiempo. De nuevo quedó solo Ulmo, y de nuevo volvió al mar. Pero esta vez había perdido algo que hasta entonces no había conocido, algo que todo su poder no podía devolverle. Y esa pérdida hace que en ocasiones sea vencido por la melancolía. Entonces, en sus salones de Ulmonan, canta. Y su poderoso canto se extiende por el piélago y es tan triste, tan lleno de pesada nostalgia, que las ballenas se trastornan y éstas, desoladas por su señor, buscan el llegar a la señora Nienna por todos los medios, incluso cruzando las puertas de la muerte, para hablarle de la pena y el amor de Ulmo.


Se hace el silencio entre madre e hijo. Se han internado ambos en el bosque huyendo de la carnicería que los pescadores llevarán a la playa. Las lágrimas pugnan por bañar las mejillas del niño pero se mantiene sereno, sostenido ahora por la fuerza de los padres de los hombres. Porque la melancolía que vive en los corazones de los dúnedain lo ha alcanzado y ya no lo abandonará. A esa melancolía le acompaña la fuerza de los hijos de Númenor, hijos de los que combatieron junto a elfos y enanos en el norte del mundo, hijos de aquellos que en el albor de su raza dieron la espalda al más poderoso de los dioses. Hoy ha aprendido una lección. Ahora, sí, se cuenta entre los dúnedain.




Esplugues del Llobregat, 6 de septiembre de 2005