sábado, 10 de marzo de 2001

Esperanza


            - Así, hermanos. Así brillaba Rána la Errante la primera vez que se alzó por encima del horizonte, hace ya tantos años, cuando mi señor Fingolfin hizo sonar las trompetas de plata al pisar por primera vez Beleriand.

 

            Un noldo pronuncia estas palabras mientras enciende una hoguera. Dirige un grupo de elfos y hombres que descasan próximos a la desembocadura del Sirion. Son un grupo triste, herido, exiliados de Gondolin, de Doriath, de Hitlum, de Dor-Lómin. Han instalado un campamento, y bajo la luz de la luna llena sanan sus heridas, recientes a causa de su encuentro con un grupo de orcos que llevaba esclavos al norte. Un hombre, uno de la Casa de Bëor, es el que habla ahora.    

 

- Así brillaba también la noche que por vez primera se alzó Gil Estel, la Estrella de la Esperanza. Miradla en el horizonte... ¿pero qué esperanza queda ahora para Elfos u Hombres? Llevamos ya un mes buscando a los hijos de la señora Elwing. Dicen que los malditos hijos de Fëanor los guardan como rehenes, para obtener la Joya de Beren.

 

El grupo, enviado por el Carpintero de Barcos, busca noticias sobre el paradero de los hijos de Eärendil y Elwing, perdidos durante el feroz ataque de los hijos de Fëanor a las desembocaduras del Sirion.

 

- Siempre queda un lugar para la esperanza, amigo mío – aduce otro de los hombres, un anciano de cabellos tan rubios que parecen blancos, de la dorada Casa de Hador-. ¿No es una ironía que mis ojos, cegados por la crueldad de los hombres cetrinos, sean capaces de ver mejor la esperanza que los tuyos?.

 

- Dicen que para llegar a la luz hay que pasar primero por las tinieblas, anciano – le sonríe una hermosa elfa silvana-. Quizá sea ahora, cuando todos parecemos movernos en tinieblas, que veas mejor que ninguno de nosotros la llama de la esperanza.

 

Mientras la elfa pronuncia estas palabras se acomoda junto a ella su compañero, un noldo de largos y oscuros cabellos.

 

- En mi memoria la luna llena trae el recuerdo de la noche en que te di el nombre que ahora llevas, Celebriel. Rana en todo su esplendor debería ser tiempo de esperanzas, de nuevas empresas.

 

- ¿Nuevas empresas? – pregunta la voz amarga de otro elfo, un joven falathrim -. ¿Qué nuevas empresas pueden acometer ya los elfos? Nargothrond y Gondolin mancilladas, los Puertos derribados... Hemos caído tan bajo que ya no necesitamos al Oscuro para derrotarnos a nosotros mismos. Ahora nos atacamos entre nosotros, por vez primera derramamos sangre de elfos en vez de orcos...

 

- No por vez primera – responde el anterior, recordando un tiempo lejano que siempre ha intentado olvidar, ocultando su cabeza bajo su capucha -, ya antes el nombre de Noldor se cubrió de vergüenza... fue en Valinor donde por primera vez mi espada se tintó de sangre elfa...

 

- ¿Tú, Eilif? – salta un asombrado elfo de Doriath – no puedo creer que tú participases de la Matanza de Hermanos. ¿Has entrado en Menegroth con las manos manchadas de sangre Teleri?

 

- No, amigo mío, entonces yo estaba en Alqualondë con mi señora Galadriel. Nos sorprendió allí el ataque de los seguidores de Fëanor... asaltaron el puerto, robaron los barcos-cisne... y la sangre Teleri bañó las playas de perlas. Mi señora decidió allí oponerse a Fëanor y allí combatimos hasta que el Espíritu de Fuego decidió que ya tenía suficientes barcos. Creo que fue allí donde los Noldor malogramos nuestras esperanzas, desde entonces cada empresa que hemos emprendido nos ha llevado al desastre, cada nueva ilusión ha sido vana...

 

- Ya ves, anciano – el de la casa de Beor toma de nuevo la palabra – Los elfos matan elfos, enanos y hombres, los hombres matamos elfos y nos matamos entre nosotros. Los enanos se apartaron de la lucha desde las Lágrimas Innumerables. ¿Qué pueblo queda ya entre las gentes libres que pueda oponerse al oscuro sin estar mancillado? Te repito que no hay esperanza alguna, todos caeremos bajo el mazo del Oscuro, solo es una cuestión de tiempo.

 

- La esperanza última viene del mar.

 

- ¿Qué?

 

- Fueron las palabras que el padre de Eärendil pronunció ante el señor Turgón – contesta un refugiado de Gondolin -. Quizá aún nos apoye el Señor del Mar, aunque es bien cierto que año tras año mi señor envió barcos a las tierras imperecederas, y todos se perdieron en el piélago.

 

- ¡Los Valar! – se burla el falathrim -. ¿Dónde estaba Ulmo cuando los orcos arrasaron Brithombar y Eglarest? Se dice que el Señor del Mar protegía las costas... las mismas costas que ahora ensucian las pezuñas de los orcos. Los poderosos cercaron las tierras que no mueren contra los Noldor, y por su culpa ninguna ayuda llegará del Oeste.

 

- Calla, muchacho – responde el viejo –, pues de muchacho me parece tu voz y de niño tus comentarios. Después de cada noche llega el día, así es y así será de nuevo. Tal vez no en nuestro tiempo, pero mientras haya quien mantenga la esperanza y desafíe al Oscuro es posible que se haga de nuevo el día. ¿No resiste aún el Carpintero de Barcos? ¿No hay todavía entre Hombres, Elfos y Enanos quien combate al Enemigo?

 

- Escuchad a este hombre - continua Celebriel -. Es ciego, pero ve mejor que todos nosotros. Dormid ahora, quizá el nuevo día nos traiga nuevas fuerzas.

 

Arrullados por el sonido del mar cercano, el grupo duerme.

 

 

 

 

 

 

Cuando la primera luz del amanecer baña las costas de Beleriand el anciano se despierta gritando, sobresaltando a los centinelas.

 

            - ¿Qué te ocurre, anciano, qué tienes?

 

            - ¿No lo notáis, señora?

 

            Sus rostros se tienden al oeste. Sus  ojos,  ciegos unos,  otros claros, se dirigen al poniente como atraídos por una fuerza irresistible.

 

            - ¿Qué te ocurre, Celebriel, qué tienes?

 

            - ¿No lo notas, Eilif? No puedo creer que no sientas esa fuerza, ese poder... no notaba algo así desde que golpeamos las puertas de Angband...

 

            El resto del campamento se reúne en torno a la pareja.

 

            - Yo también lo noto, señora – dice el viejo ciego -. Un poder descomunal, una fuerza  capaz de derribar montañas, un...

 

            - ¿Qué estáis diciendo? ¿El Enemigo aquí? Eso es imposible, espera... ¿Un gran gusano de Angband? ¡Formad un círculo! Apagad los fuegos, hermanos, y preparaos para todo.

 

            - No, Eilif – en el bello rostro de la elfa brilla una sonrisa -. Ese poder no es maligno. Es un poder desmesurado, como dice nuestro amigo, pero no es enemigo de las tres razas.

 

            La faz del noldo palidece, mira hacia la espesura, como si quisiera penetrarla para llegar a la playa que se extiende más allá.

 

            - Yo... yo también noto ese poder... no es posible... ¡no es posible!

 

            El elfo desaparece corriendo entre la espesura. El resto del grupo, frenado por los heridos y el hombre ciego, marcha a una velocidad más lenta. Cuando llegan a la playa la risa de Eilif llena el aire.

 

            - ¡Mira, amor mío! ¡Mirad amigos! Quien ha visto una vez esos barcos no los olvidará jamás, y quien ha vivido entre sus bravos tripulantes amará el mar por siempre. Mirad, elfos y hombres, mirad al que porta el estandarte del Rey Mayor en la proa del primer barco. ¡Ya llegó la esperanza!

 

            A su espalda, los primeros rayos del sol juegan complacidos con las blancas velas de la flota de los barcos-cisne Teleri.

 

 

 

                                                                                                Jose, 10 de marzo de 2001.

Esperanza


            - Así, hermanos. Así brillaba Rána la Errante la primera vez que se alzó por encima del horizonte, hace ya tantos años, cuando mi señor Fingolfin hizo sonar las trompetas de plata al pisar por primera vez Beleriand.

 

            Un noldo pronuncia estas palabras mientras enciende una hoguera. Dirige un grupo de elfos y hombres que descasan próximos a la desembocadura del Sirion. Son un grupo triste, herido, exiliados de Gondolin, de Doriath, de Hitlum, de Dor-Lómin. Han instalado un campamento, y bajo la luz de la luna llena sanan sus heridas, recientes a causa de su encuentro con un grupo de orcos que llevaba esclavos al norte. Un hombre, uno de la Casa de Bëor, es el que habla ahora.    

 

- Así brillaba también la noche que por vez primera se alzó Gil Estel, la Estrella de la Esperanza. Miradla en el horizonte... ¿pero qué esperanza queda ahora para Elfos u Hombres? Llevamos ya un mes buscando a los hijos de la señora Elwing. Dicen que los malditos hijos de Fëanor los guardan como rehenes, para obtener la Joya de Beren.

 

El grupo, enviado por el Carpintero de Barcos, busca noticias sobre el paradero de los hijos de Eärendil y Elwing, perdidos durante el feroz ataque de los hijos de Fëanor a las desembocaduras del Sirion.

 

- Siempre queda un lugar para la esperanza, amigo mío – aduce otro de los hombres, un anciano de cabellos tan rubios que parecen blancos, de la dorada Casa de Hador-. ¿No es una ironía que mis ojos, cegados por la crueldad de los hombres cetrinos, sean capaces de ver mejor la esperanza que los tuyos?.

 

- Dicen que para llegar a la luz hay que pasar primero por las tinieblas, anciano – le sonríe una hermosa elfa silvana-. Quizá sea ahora, cuando todos parecemos movernos en tinieblas, que veas mejor que ninguno de nosotros la llama de la esperanza.

 

Mientras la elfa pronuncia estas palabras se acomoda junto a ella su compañero, un noldo de largos y oscuros cabellos.

 

- En mi memoria la luna llena trae el recuerdo de la noche en que te di el nombre que ahora llevas, Celebriel. Rana en todo su esplendor debería ser tiempo de esperanzas, de nuevas empresas.

 

- ¿Nuevas empresas? – pregunta la voz amarga de otro elfo, un joven falathrim -. ¿Qué nuevas empresas pueden acometer ya los elfos? Nargothrond y Gondolin mancilladas, los Puertos derribados... Hemos caído tan bajo que ya no necesitamos al Oscuro para derrotarnos a nosotros mismos. Ahora nos atacamos entre nosotros, por vez primera derramamos sangre de elfos en vez de orcos...

 

- No por vez primera – responde el anterior, recordando un tiempo lejano que siempre ha intentado olvidar, ocultando su cabeza bajo su capucha -, ya antes el nombre de Noldor se cubrió de vergüenza... fue en Valinor donde por primera vez mi espada se tintó de sangre elfa...

 

- ¿Tú, Eilif? – salta un asombrado elfo de Doriath – no puedo creer que tú participases de la Matanza de Hermanos. ¿Has entrado en Menegroth con las manos manchadas de sangre Teleri?

 

- No, amigo mío, entonces yo estaba en Alqualondë con mi señora Galadriel. Nos sorprendió allí el ataque de los seguidores de Fëanor... asaltaron el puerto, robaron los barcos-cisne... y la sangre Teleri bañó las playas de perlas. Mi señora decidió allí oponerse a Fëanor y allí combatimos hasta que el Espíritu de Fuego decidió que ya tenía suficientes barcos. Creo que fue allí donde los Noldor malogramos nuestras esperanzas, desde entonces cada empresa que hemos emprendido nos ha llevado al desastre, cada nueva ilusión ha sido vana...

 

- Ya ves, anciano – el de la casa de Beor toma de nuevo la palabra – Los elfos matan elfos, enanos y hombres, los hombres matamos elfos y nos matamos entre nosotros. Los enanos se apartaron de la lucha desde las Lágrimas Innumerables. ¿Qué pueblo queda ya entre las gentes libres que pueda oponerse al oscuro sin estar mancillado? Te repito que no hay esperanza alguna, todos caeremos bajo el mazo del Oscuro, solo es una cuestión de tiempo.

 

- La esperanza última viene del mar.

 

- ¿Qué?

 

- Fueron las palabras que el padre de Eärendil pronunció ante el señor Turgón – contesta un refugiado de Gondolin -. Quizá aún nos apoye el Señor del Mar, aunque es bien cierto que año tras año mi señor envió barcos a las tierras imperecederas, y todos se perdieron en el piélago.

 

- ¡Los Valar! – se burla el falathrim -. ¿Dónde estaba Ulmo cuando los orcos arrasaron Brithombar y Eglarest? Se dice que el Señor del Mar protegía las costas... las mismas costas que ahora ensucian las pezuñas de los orcos. Los poderosos cercaron las tierras que no mueren contra los Noldor, y por su culpa ninguna ayuda llegará del Oeste.

 

- Calla, muchacho – responde el viejo –, pues de muchacho me parece tu voz y de niño tus comentarios. Después de cada noche llega el día, así es y así será de nuevo. Tal vez no en nuestro tiempo, pero mientras haya quien mantenga la esperanza y desafíe al Oscuro es posible que se haga de nuevo el día. ¿No resiste aún el Carpintero de Barcos? ¿No hay todavía entre Hombres, Elfos y Enanos quien combate al Enemigo?

 

- Escuchad a este hombre - continua Celebriel -. Es ciego, pero ve mejor que todos nosotros. Dormid ahora, quizá el nuevo día nos traiga nuevas fuerzas.

 

Arrullados por el sonido del mar cercano, el grupo duerme.

 

 

 

 

 

 

Cuando la primera luz del amanecer baña las costas de Beleriand el anciano se despierta gritando, sobresaltando a los centinelas.

 

            - ¿Qué te ocurre, anciano, qué tienes?

 

            - ¿No lo notáis, señora?

 

            Sus rostros se tienden al oeste. Sus  ojos,  ciegos unos,  otros claros, se dirigen al poniente como atraídos por una fuerza irresistible.

 

            - ¿Qué te ocurre, Celebriel, qué tienes?

 

            - ¿No lo notas, Eilif? No puedo creer que no sientas esa fuerza, ese poder... no notaba algo así desde que golpeamos las puertas de Angband...

 

            El resto del campamento se reúne en torno a la pareja.

 

            - Yo también lo noto, señora – dice el viejo ciego -. Un poder descomunal, una fuerza  capaz de derribar montañas, un...

 

            - ¿Qué estáis diciendo? ¿El Enemigo aquí? Eso es imposible, espera... ¿Un gran gusano de Angband? ¡Formad un círculo! Apagad los fuegos, hermanos, y preparaos para todo.

 

            - No, Eilif – en el bello rostro de la elfa brilla una sonrisa -. Ese poder no es maligno. Es un poder desmesurado, como dice nuestro amigo, pero no es enemigo de las tres razas.

 

            La faz del noldo palidece, mira hacia la espesura, como si quisiera penetrarla para llegar a la playa que se extiende más allá.

 

            - Yo... yo también noto ese poder... no es posible... ¡no es posible!

 

            El elfo desaparece corriendo entre la espesura. El resto del grupo, frenado por los heridos y el hombre ciego, marcha a una velocidad más lenta. Cuando llegan a la playa la risa de Eilif llena el aire.

 

            - ¡Mira, amor mío! ¡Mirad amigos! Quien ha visto una vez esos barcos no los olvidará jamás, y quien ha vivido entre sus bravos tripulantes amará el mar por siempre. Mirad, elfos y hombres, mirad al que porta el estandarte del Rey Mayor en la proa del primer barco. ¡Ya llegó la esperanza!

 

            A su espalda, los primeros rayos del sol juegan complacidos con las blancas velas de la flota de los barcos-cisne Teleri.

 

 

 

                                                                                                Jose, 10 de marzo de 2001.

lunes, 26 de febrero de 2001

Venganza


            - Había más gente, Eilif, al menos tres comerciantes más, dos de Kern y uno de Valkinord. Habían retomado los negocios de contrabando, pero esta vez a mayor escala, cubriendo la mitad del continente desde aquí hasta Palanthas. Se dice que también suministraban pertrechos a algunas organizaciones oscuras, pero no sé a cuales. Uno de ellos vio a Vardaz en el mercado y temieron que hubierais vuelto como mercenarios llamados por algún comerciante rival para desbaratar su tinglado. El resto ya lo sabes... Se dice que Bar-Vanion ha perdido no solamente la vista sino también la cordura, así que el resto del grupo se ha hecho cargo de sus negocios en toda la costa del mar Sangriento, se reúnen una o dos veces al mes en su palacete y lo organizan todo.

             Dos hombres conversan en una mesa apartada de una taberna de Kern, frente al mar Sangriento. El ruido del local garantiza una cierta privacidad. El que habla es un hombre pequeño, de tez oscura, tal vez herencia de algún antepasado ergothiano; de temperamento nervioso, su cabeza se alza a menudo para inspeccionar a los pobladores de la taberna hasta que, satisfecho por la indiferencia del local, vuelve la vista a su interlocutor. Este es un humano de proporciones desmesuradas, de cabello negro y facciones muy marcadas. Su mirada está completamente absorta en el relato de su interlocutor, aunque a ratos también vigila a los parroquianos del local. Y a diferencia de su acompañante se ha dado cuenta de que son discretamente vigilados.

             - ¿Estaba todo ese grupo presente?

             - Presente ¿cuándo?

             La cara del hombretón enrojece y con una rapidez que contradice su envergadura atrapa la mano del hombre que descansa sobre la mesa. Su presa es como un torno de carpintero.

             - Tu estúpida forma de buscar más información puede costarte la mano, ratero.

             - ¡De acuerdo! De acuerdo, suéltame. ¡Vas a hacer que todos se fijen en nosotros!

             - Vamos, contesta.

             - Soborné a uno de los nuevos mercenarios que custodian el palacete. Parece ser que no solo estaban presentes sino que la idea de cegar a Vardaz fue del extranjero, el de Valkinord.

             Permanecen unos instantes en silencio. El hombretón asimila la información suministrada por el ladronzuelo. Pero falta un detalle antes de decidirse por un curso de acción.

             - ¿Y Cristal?

             - Como me pediste la embarqué lejos, a Palanthas. Casualmente se encontraba en el puerto un compatriota hijo de una gran amiga de mi madre, verás...

             - Al grano, Kinon, ¿es de fiar?

             - Completamente. Una vez que ha recibido el pago ni un tifón le impedirá entregar su mercancía o su pasaje.

             - Bien. Estaba muy afectada por todo lo ocurrido. Durante el viaje a Palanthas se tranquilizará y si no consigue hundir el barco o que el capitán la arroje al mar cuando llegue ya estará en condiciones de viajar.

             - ¿De viajar?       

            - Sí, quiero que baje a Esp... ¿sabes que eres demasiado curioso? ¿has olvidado lo que te he dicho sobre tu mano?

             - Oh, bueno, es mi trabajo, por eso me pagas, ¿no?

           Ambos hombres sonríen, mirándose a los ojos y calibrando hasta qué punto pueden confiar en el otro. El más grande pasa un saquillo tintineante al otro.

            - Cierto, cierto. Aquí tienes tu dinero, y perdona lo de antes. En el pasado nunca nos fallaste, y tuviste varias oportunidades.

            - Digamos que procuro fidelizar a mis clientes. Si os hubiera vendido entonces no me habrías pagado ahora, ¿no?.

            - Buena filosofía comercial.

            - Un consejo gratis, Eilif. Vete de la ciudad y no vuelvas en unos meses, yo pienso hacerlo.

            - ¿Qué ocurre?

            - Alguien, creo que una mujer, ha estado preguntando por ti y Vardaz y... y lo que pasó. No sé quien es, se oculta muy bien... Y si es tan hábil como parece ya debe tener mi nombre, así que me voy, dentro de dos días saldrá un convoy rumbo a Kalaman y creo que deberías venir conmigo.

            - No, me iré dentro de unos días. Pero volveré.

 

                                                /--------/

 

            “Mañana será el día, Vardaz. Mañana bajaré a Kern y mataré a todos nuestros enemigos, no quedará nadie para decir que un día pudo poner sus manos sobre ti.

            “Estoy tan cansado... te echo de menos, hermano... echo de menos a Cristal... le dije a Kinon que la enviaba lejos para protegerla, pero en realidad la envié lejos porque ya no confío en mis fuerzas, no creo que sea capaz de sobrevivir al asalto del palacete de aquel malnacido.

            “Tampoco sé si quiero sobrevivir, estoy cansado de tantas luchas sin sentido, de tantas pérdidas inútiles. ¿Qué es lo que me pasa? Pierdo todo lo que toco, no me queda nada desde el día que murieron mis padres. ¿Y tú, dónde estás, Maestro? Solo me quedan tu espada y tu arco. Creo que incluso olvidé tus enseñanzas... He perdido todo lo demás, mis amigos de juventud muertos durante la Guerra de la Lanza... maldita guerra y malditos héroes. Que gran verdad es que la historia la escriben los vencedores... si nos hubiesen hecho caso... pero entregaron el mando a aquella maldita elfa, Laurana. Inexperta, completamente inexperta, su único mérito era ser hija del Orador. Y nuestra compañía abandonada en vanguardia, rodeados por los draconianos y exterminados, solo sobrevivimos el valiente Vardaz y yo... ¿y después?. Ariel y su hermana muertas en el ataque de la Señora del Dragón a Palanthas.  Ariel, tú...

            “Y Limia, como yo una superviviente nata... caiga quien caiga, aunque el que caiga sea un vulgar soldado... claro que en aquella época yo no era un vulgar soldado, ya llevaba tres años viviendo en Palanthas, enriquecido con el producto de mis viajes. Ahhh, entonces... entonces pude dedicarme a estudiar, a tocar, ¡a vivir, Dioses! Sin guerras, sin sangre, sin grandes tragedias, solo con las pequeñas cosas que adornan la vida de las gentes normales... pero yo nunca fui una persona normal, mi cabeza demasiado llena con las chifladuras del Maestro y mi sangre contaminada con la herencia de padre... ¡Padre!... te echo tanto de menos, a ti y a mamá... el Maestro decía que nunca conoció a dos personas que compartieran un solo corazón...  ¡por los dioses!”

            El filo de una espada larga sobre su cuello despierta a Eilif de sus ensoñaciones. Un caballero de Takhisis apoya su espada sobre su yugular mientras otro se mantiene expectante, la mano sobre la empuñadura de su arma. Y una figura encapuchada, una mujer probablemente, se acerca entre los árboles. El hombretón intenta incorporarse, la cara aún bañada por las lágrimas producto de los recuerdos.

            - ¡Por el Abismo que he de mataros a todos! Saca de ahí esa espada, Caballero.

            - ¿Prometéis que escuchareis a la señora y nos dejareis partir en paz? De no ser así me veré obligado a mataros, señor – la voz del caballero, como su cortesía, es fría como el hielo.

            - ¡Prometo que te mataré con tu propia espada si no la retiras inmediatamente!

            La figura encapuchada se acerca y se dirige al hombretón.

            - Te muestras muy poco razonable teniendo en cuenta tu posición... semiogro.

            El hombretón golpea con el antebrazo la espada apoyada en su cuello y se pone en pie de un salto. Los dos caballeros de Takhisis flanquean a la mujer.

            - Solo busco información, semiogro. Si me dices lo que quiero saber te dejaremos en paz.

            - ¿Y si no?       

            - Si no lo averiguaré de todos modos y te mataremos después. Estás solo y desarmado, a mi me acompañan dos caballeros experimentados y yo misma tengo mis propias... capacidades.

             - ¿Qué es lo que quieres?

             - Tú eres Eilif Aglar, un mercenario procedente de las Khalkist. Parece ser que tú y tus compañeros os metisteis en líos con una agrupación de poderosos mercaderes de Kern. De resultas Vardaz, un minotauro, resultó cegado y muerto... Me han dicho que tu celebraste el funeral del minotauro. Mi misión es saber quienes hicieron eso al minotauro.

             El guerrero permanece en silencio, sus ojos escudriñan la oscuridad de la capucha de su interlocutora sin encontrar nada más que una voz cálida con un acento sureño.

             - ¿No dices nada?

             - No tengo nada que decir.

             - Muy bien, será por las malas, entonces. ¡Capturadlo!

             Los dos caballeros se abalanzan sobre el guerrero, con las armas enfundadas, con el ánimo de capturarlo. Van completamente protegidos con su oscura armadura, casco, guanteletes, espinilleras y botas claveteadas, y tienen el mejor entrenamiento en lucha cuerpo a cuerpo que pueden ofrecer los paladines de la Reina Oscura. Pero su rival combatía ya antes de que ambos nacieran. Cuando se le acercan sus antagonistas permite que le cojan de los brazos para a continuación dejarse caer de espaldas, arrastrando a los dos caballeros que sobrecargados con la armadura y la fuerza del guerrero caen de bruces, el hombretón gira en la caída dislocando el hombro del caballero a su derecha, antes de que el otro consiga levantarse ha disparado sus rodillas contra la parte posterior del casco, dejando al caballero aturdido por la potencia del golpe, sangrando por oídos, nariz y boca. Al girarse se encuentra con una imagen extraordinaria, un cono de fuego surge de las manos entrelazadas de la mujer.

             El hombretón debería haber perecido en una pira, pero el fuego se disipa sin tocarlo al llegar a su pecho.

             - ¡Maldito seas, semiogro! ¿quién te protege?... un momento, ¿Mishakal? ¿cómo es posible? ¿a un semiogro?

             - No soy un semiogro, aunque supongo que para alguien como tú eso carece de importancia – la voz del guerrero destila una profunda amargura-. Ya que parece ser que eres una sacerdotisa te recomiendo que cuides de tu compañeros. Tu poder no puede alcanzarme y yo estoy hastiado de tanta lucha. Mañana combatiré por última vez.

             - Espera... ¿mañana? ¿en Kern?

             - Déjame en paz, te lo ruego.

            

                                                            /---------/

 

            Eilif lleva todo el día inspeccionando el palacete, combinándolo con los recuerdos que tiene de su anterior incursión al recinto, hace varios años.

             Toma su potente arco y desde las sombras derriba a los dos guardias de la puerta. Comienza a escalar la muralla exterior y accede al interior del recinto, dejándose  caer entre las sombras. Inspecciona el patio interior y se encamina hacia la puerta del palacio cuando una explosión lo derriba, dejándolo al borde de la inconsciencia, abrasándole la cara. Se levanta para ver como todo el recinto está en llamas, ardiendo con una llama extraña, azul y cobre, sobrenatural, que parece alimentarse de  la misma alma de las piedras. La última imagen que se graba en su cerebro es la de una silueta de mujer alzando sus brazos al cielo y danzando desnuda en medio de las llamas desatadas.

             Un cubo de agua sobre la cara lo saca de la oscuridad donde se había refugiado. Ante él la misma figura encapuchada del bosque, con un brazo en jarras y un cubo, ya vacío, en la otra mano.

             - Vaya, semiogro, volvemos a encontrarnos. Ahora no pareces tan lejos del alcance de mi poder. Podría matarte ahora mismo. Pero me parece que eso sería hacerte un favor. Creo que tienes bastante con tu pequeño infierno personal.

             Levanta la cabeza al oír los silbatos de la milicia que acude para apagar el incendio.

             - Creo que te dejaré en manos de la milicia local, necesitaré un chivo expiatorio. Adiós... Eilif.

  

                                                /-------------/

 

            Tres días más tarde, Eilif sale de la cárcel, le han entregado todas sus cosas y no es juzgado. Perplejo, sale a la calle.

             - ¡Padrino!

             - ¡Eilif!

             Un joven gigantesco y una kender corren hacia al guerrero. Este se agacha y toma a la kender en sus brazos, abraza al joven.

             - Por todos los dioses, Aglar. ¡Cristal! ¿Qué hacéis aquí?

             El llamado Aglar ríe mientras abraza al que en un tiempo ocupó el papel de padre para él. Ahora ya ha crecido, la sangre de ogro que corre por sus venas ha dado un tamaño descomunal a sus humanos miembros y ha acelerado su crecimiento.

             - Hace cuatro noches madre se despertó sobresaltada, supo que habías recibido  un tremendo ataque procedente de un clérigo y que no podía ponerse en contacto contigo. Contactó conmigo en Palanthas, donde me encontró Cristal, y Dunbar nos teleportó aquí. Unos cuantos sobornos y aquí estamos. ¿Qué hacemos ahora, padrino? ¿buscaremos a quien te ha hecho esto?

             - Buscaremos mi caballo y nos iremos de aquí, hijo. Tengo muchas cosas que agradecer a tu madre y necesito descansar una buena temporada – el guerrero ríe por primera vez desde la muerte de Vardaz, su compañero, su hermano-. Ahhh, Aglar,  volvemos a casa, ¡a casa!.

 

           

domingo, 25 de febrero de 2001

Funeral

- ¡Eilif, Eilif! – las lágrimas bañan las mejillas de la kender, mientras entra en la cueva gritando, despertando al hombretón, que está tendido con una pierna enyesada.

          
- ¿Qué pasa? Dioses, Cristal, cálmate y cuéntame, ¿qué ocurre?.


- Es Vardaz, Eilif... Lo he visto en el camino del norte... ¡Lo han cegado, Eilif! ¡Lo han cegado y lo han expulsado como a un perro! No pude acercarme porque lo vigilaban unos hombres armados y...


El hombretón permanece callado. De su cara ha huido la sangre, los músculos de su mandíbula se marcan tirantes a ambos lados de su cara mientras su cerebro intenta asimilar la idea.


“Vardaz... ¿cegado? ¿cegado? ¿por qué? ¿quién? Habría muerto antes de ser hecho prisionero, ¿cómo ha podido ocurrir? Un momento... ¿el camino del norte?”


- Cristal... te voy a arrancar la piel a tiras si se te ha ocurrido bromear con algo así, ¿cómo has podido ver a Vardaz en el camino del norte si estamos al oeste de la ciudad?


Increíblemente la kender golpea el rostro del asombrado Eilif, a ese golpe siguen otros. El hombretón se da cuenta del error cometido y de que lo que le dice es cierto, alguien ha capturado al gigantesco minotauro y lo ha cegado. Cae de rodillas, la kender se abraza a él, desecha en un mar de lágrimas.


- Eres un estúpido, Eilif ¿Cómo puedes pensar que bromearía con algo así? Tú no lo has visto, tú no lo has visto... se tambaleaba en el camino, caía una y otra vez... ¡Ay, Vardaz! El fuerte Vardaz, ay, ay... ojalá nunca hubiera visto esto, ojalá hubiera perdido yo mis ojos... ¿qué haremos ahora, Eilif? tenemos que ir a buscarlo, pero yo sola no puedo traerlo, y tu pierna...


- Perdóname, pequeña... lo siento mucho, no quise decirte eso... ¿pero como puede ser? ¿quién podría haber capturado a nuestro amigo? ¿mi pierna? ¡al Abismo con mi pierna! Tráeme la cizalla, estoy bien, romperemos la masa y buscaremos a nuestro amigo.



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- ¡Vardaz! Estoy aquí, hemos venido a buscarte...


El minotauro levanta la poderosa cabeza, su rostro, bañado por la sangre y las lágrimas se colma de algo parecido al miedo.


- ¡No! ¡Retroceded, es una trampa!


A ambos lados del camino aparecen hombres armados. Y tras ellos una figura a caballo.


- Eilif, Eilif... no has aprendido nada en estos últimos años... sigues siendo el mismo estúpido, la ruina de tus amigos. ¿Has visto al hombre toro? Discúlpale, ahora él no puede verte a ti.


Eilif se gira, se sabe perdido. Veinte hombres los rodean, algunos armados con ballestas. ¿Y ahora?. Se acerca al minotauro, es todo verdad. Dos cortes de cruel acero han reventado los globos oculares, ni siquiera se han vendado las heridas, que aún supuran sangre. El minotauro mantiene la cabeza erguida, sus manos se abren y cierran de forma espasmódica.


- Malditos sean los dioses...


- Maldita sea tu estupidez, humano – repone el minotauro, con voz cansada -. ¿No te dijo nada que emprendiera el camino del norte? ¿creíste que me había perdido? Intentaba alejar a ese malnacido de la cueva. ¿Cómo está tu pierna?


- Bien, yo... ¿mi pierna? ¿mi pierna?. ¿Cómo te han podido hacer esto? ¿qué ha ocurrido?


- Bueno, parece que ese miserable no tiene honor pero sí buena memoria. Aún recuerda cuando deshicimos su pequeño negocio de especulación durante la Guerra de la Lanza. Me encontraron en el mercado, colocaron algo en la comida que me dieron y cuando me desperté estaba en el palacete de ese miser ... ¡aaaggghhhh!


Un virote de acero, procedente de una ballesta se ha clavado en la rodilla del gigantesco hombre toro.


- ¡Malnacido! ¡miserable! ¿por qué no te enfrentas a mí? ¡yo deshice tus negocios hace años! ¡carga con tu maldito caballo si eres un hombre!.


- Ja, ja, ja... ¿por qué, hijo de un ogro y una bruja? ¿no te gusta más así? A mí sí.


El hombre hace una seña, otro de los ballesteros dispara. El hombre toro cae de espaldas, en su hombro destaca el penacho negro de otra saeta. El cuerpo del minotauro se retuerce de dolor.


- Sarrrgasssss...


El humano cae de rodillas. Deja caer la inmensa espada que empuña. La kender solloza abrazada al inmenso pecho del minotauro. Los hombres se acercan al grupo.


- Veo que has comprendido, ahora nosotros...


Eilif se ha puesto en pie con la velocidad de un relámpago. Toma su espada y con un giro de su arma decapita al primer mercenario a su alcance. Sus ojos han virado completamente hacia el rojo, han perdido cualquier rastro de blanco. De su boca, llena de espuma, solo salen inconexos rugidos de rabia, pura como el hielo y destructora como el fuego.


Locura.


Con la precisión de un mortífero ballet el gigante se mueve entre sus enemigos. Su descomunal espada abre un sendero de destrucción entre él y su objetivo, el hombre montado a caballo. Los ballesteros intentan disparar, pero se encuentran inmersos en el grupo y sus disparos solo rozan al hombretón, clavándose en sus compañeros. Una espada corta busca su vientre, resbalando sobre la cota de malla. Un giro rápido, un grito y el pomo de su espada revienta una cabeza pobremente protegida por un capacete de cuero. Dos piqueros se lanzan sobre él. Una rodilla a tierra, un giro bajo los astiles de las lanzas y un salto hacia arriba, la espada hiende un cráneo desde la barbilla, una mano enfundada en un guantelete de malla de acero destroza una mandíbula. Caen cabezas, miembros. Se tajan pechos, vientres. Tras él suena el lúgubre lamento de una vara jupak. Por fin alcanza al jinete, un golpe descomunal con la parte plana de la espada tumba al caballo de costado. Se abalanza sobre el jinete y lo deja sin sentido de un golpe. Cuatro esbirros huyen por el camino de la playa, el hombre toma su arco.


- Uno – La voz no es inteligible, el gruñido apagado de una bestia.


- Dos – Masculla entre dientes, apenas comprensible.


- Tres – Una voz ronca, dura, primitiva.


- Cuatro – Se pone en pie, de nuevo humano.




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El hombre despierta inmerso en una pesadilla de dolor particular. No ve por uno de sus ojos, el pómulo de ese lado está astillado, cada fragmento de hueo se clava en su carne como un alfiler al rojo.


- ¿Conoces la ley minotaura, demonio? Ojo por ojo, diente por diente.


El minotauro espera junto a un brasero donde hay varios hierros calentándose al rojo. El hombre se sacude en los brazos del hombretón, presa del más puro pánico, los ojos desorbitados por el terror más absoluto.


- Llévate a la kender de aquí, hermano. No quiero que vea esto.




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- Sabes lo que debes hacer, hermano. Déjame solo con Cristal, ve a la ciudad a comprar lo que necesitas.


- Vardaz...


- ¡Ve ahora!


- Sí, hermano.






- ¿Qué quieres decir, Vardaz?


El minotauro se gira hacia la pequeña. La poderosa cabeza se inclina hacia ella, manchada por la sangre que ha brotado de sus ahora vacías cuencas. Es una figura espantosa, pero adopta una expresión de inmensa ternura. Su voz adquiere unos matices que olvidó en la infancia, junto a una madre y unos hermanos perdidos en Mithas, al otro lado del mar Sangriento.


- No puedo seguir así, mi pequeña. No veo a mis enemigos. Mi rodilla derecha está destrozada. No puedo andar, no puedo pelear. ¿Qué queda para mí ahora?


- Pero... pero... ¿qué estás diciendo? No... no...


- No lo entiendes, Cristal. Somos criaturas distintas, culturas distintas. No llores, no quiero llevarme como ultimo recuerdo el sonido de tus sollozos. Nos conocemos desde hace mucho, juntos hemos recorrido todo Ansalon.


La kender hace esfuerzos terribles para aguantar las lágrimas. Se levanta corriendo y se lanza contra el hombre toro. Lo abraza. Lucha contra su pena y consigue esbozar una sonrisa, anegada en lágrimas.


- Vardaz... Yo seré tus ojos, déjame llevarte a casa, a Esperanza. Allí son todos amigos, cuidaran de ti...


- Oh, mi niña. Sigues sin comprenderlo. Nadie va cuidar de mí ahora, como nunca nadie lo hizo antes... casi nadie. No sabría como dejar a alguien atenderme, y no quiero aprender ahora. Acabaré con todo ahora, junto a mis amigos. Mejor hoy, que aún conservo mi fuerza, que no dentro de unos años, amargado por dentro y corrompido por fuera. Prométeme una cosa, pequeña.


- Dime.


- Prométeme que olvidarás todo lo que has visto hoy. Olvida al Vardaz vencido y cegado. Recuerda nuestros viajes, recuerda la puesta del sol en Esperanza, las travesías por el mar, el Cristalmir... ¿recuerdas cuando fuimos a Sancrist y visitamos el interior del Monte Noimporta?


- Jah, jah... sí, los gnomos inven.... oh, Vardaz....


Con una ternura infinita el minotauro calla, meciendo con su inmenso corpachón a la kender. En la dorada arena de la playa, frente al mar Sangriento, se mezclan las lágrimas de una kender y un minotauro.



Eilif vuelve dos horas más tarde. La kender, totalmente extenuada, duerme en la playa, arropada por la capa del hombre toro. Ha improvisado una almadía con una barca de pescador, ha levantado una pira sobre ella, derramando aceites sobre las maderas.


- ¿Crees que él me perdonará, hermano?


- Ese dios tuyo no tiene nada que reprocharte, eres el orgullo de los tuyos. A lo largo de Ansalon tu nombre es sinónimo de honor. Vardaz... por favor. Esto no es necesario.


- Eilif, creí que tú mejor que nadie comprendería esto. No puedo seguir viviendo estando disminuido. Prefiero morir aquí por tu mano que atrapado por una vejez enferma y decrépita. Es el mejor favor que podrías hacerme. ¿Quién mejor que aquel que ha sido mi hermano durante tanto tiempo? Yo lo haría por ti.


- De acuerdo.


- Una cosa más. No despiertes a la pequeña hasta que esté colocado en la pira. Se lo he explicado todo, pero no quiero que vea lo que viene.






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Años más tarde, un bardo de la ciudad de Kern contaba una historia por todo Ansalon. En su historia él mismo salía de un bosque cercano a su ciudad natal y descubría una pira inmensa donde ardían los cadáveres de dos decenas de hombres. Recortados contra el fuego se alzaban dos figuras formidables, un humano y un minotauro de enormes proporciones. Ambas en pie, con las piernas abiertas, el minotauro mirando hacia el mar, hacia Mithas, el humano con una espada gigantesca tomada con ambas manos y equilibrada sobre su cabeza. Tras unos instantes de inmovilidad el humano asiente, voltea su arma sobre la cabeza, y decapita al minotauro de un solo golpe.


Porta el cadáver hasta una barca en la que se alza una pira, lo deposita allí y empuja la barca hacia el mar. Vuelve a la playa, donde arde un brasero, llama a una tercera figura, tal vez una niña y le señala la barca, esta le abraza y asiente. El guerrero toma un arco compuesto enorme, enciende una flecha y desde una distancia imposible dispara. Oye el grito desgarrado de dos almas. ¡Tu recuerdo vivirá para siempre conmigo!. La flecha encendida traza un arco de fuego en el ocaso y alcanza la almadía, que estalla en una llamarada de gloria.


Eso es lo que cuenta habitualmente, pero cuando ha bebido y la noche muere para dar paso al alba lo cuenta todo. Que creyó ver, en la niebla del ocaso, como la imagen translúcida de un gigantesco cóndor encerraba entre sus alas contra su seno la barca en llamas.