jueves, 13 de junio de 2002

Lorena


Mi juventud fue sólo una tenebrosa tormenta,

surcada aquí y allá por luminosos soles;

el rayo y la lluvia han causado tal estrago

que en mi jardín apenas quedan frutos rojos.


Las flores del mal, Ch. Baudelaire.




Llueve fuera, las gotas de lluvia repican contra el cristal de la ventana con un ritmo secreto, que tampoco entiendo. Estoy sentado en el borde de la cama, embargado por la melancolía que me asalta en estos plomizos y grises días de invierno. Rodeado de los juguetes que la niña tiene esparcidos por toda la habitación. Quizá, creo, me recuerdan algo, me llevan a otro tiempo quizá más feliz, no puedo asegurarlo.


La pequeña entra en la habitación, suavemente, sin hacer ruido, como si flotara sobre la moqueta. No me gustan los niños, me crispan los nervios, pero esta criatura dispersa las nubes que azotan mi alma, despierta en mí un sentimiento de ternura que creía olvidado, perdido entre una bruma tan gris como el día que se extiende más allá de la ventana.


No me habla, parece que me ignora deliberadamente. Se mueve con una gracia ultraterrena por la habitación, toma unos juguetes, desecha otros sin una pauta discernible, siguiendo los impulsos que le dicta la dulce inconsciencia infantil. Con una sonrisa epítome de inocencia se sienta en el suelo, dispersa las piezas de un Lego entre sus rechonchas piernecillas y comienza a construir una figura absurda, imposible, que me inquieta, me hace revolverme sobre la cama.


Me dispongo a llamarla, ¿Lorena? ¿Lucia?, pero antes de que emita un solo sonido, en el mismo momento que los impulsos de mi cerebro ordenan la formación de uno de esos nombres, ¿cuál?, la niña se gira y me mira con sus ojos azul claro, me seda, me desarma.


La figura que ha construido con el Lego parece disolverse cuando se levanta y corre hacia mí con una sonrisa de reconocimiento. Se sienta sobre mis rodillas. Me abraza. Una corriente de afecto se desborda entre los dos, creo que nadie me ha abrazado así jamás, quizá una madre que ya no recuerdo. Su abrazo en torno a mi pecho, que no abarca, me llena de serenidad, de dulzura; una brisa suave dispersa las pocas nubes que quedaban en mi cabeza, brilla de nuevo el sol. Un sentimiento tan fuerte no puede haberse creado de la nada, pero no puedo recordar haberla tenido antes en mis brazos, ni siquiera la conozco.


Deposita un beso en mi mejilla y baja de mi regazo, corriendo al armario de la habitación. ¿Por qué los niños son incapaces de moverse andando?. Poniéndose de puntillas alcanza la llave que cierra el armario y la gira en la cerradura. Intenta mover una caja de madera olorosa, decorada, pero es demasiado pesada para sus jóvenes fuerzas. Con una mirada azul sobre la blanca carne de su hombro me pide ayuda. Antes de poder pensarlo ya estoy a su lado, extrayendo la caja del ropero. Con una manita gordezuela me lleva de vuelta a la cama, se sienta en mis rodillas y abre la caja.


Fotos, álbumes de fotos es lo que hay en la caja. Entradas de cine, algunas flores secas, un trozo de corbata y otro de una tela fina azul, pases de embarque, políticos amarillentos en páginas de periódicos viejos, diarios, una Montblanc antigua. Una colección de recuerdos, aunque me asalta la impresión de que es una colección muerta, la caja es un ataúd para recuerdos que no quieren ser rememorados, que han sido deliberadamente desechados.


Con dificultades la niña extrae un álbum, pequeño, quizá para treinta y seis fotos. Lo coloca sobre sus rodillas y pasa las páginas, su manita me llama la atención sobre algunos detalles, me tapa otros, pero apenas le presto atención porque mi cabeza ha vuelto a llenarse de nubes.


Las fotos son de una cena de familia, si tuviera que apostar diría que de una cena de fin de año. Una familia numerosa, al completo, tal vez veinte personas. Sonríen, brindan, abrazos, besos. No sé si es mi temperamento melancólico, pero me da la impresión de que las risas no son sinceras, creo ver una tirantez allí donde debiera haber alegría, falsedad bajo una aparente felicidad. No he visto a la niña en ninguna foto, quizá se hicieron antes de su nacimiento, aunque algunas de las caras me son familiares. ¿Gente del barrio? No sé, no consigo centrar mi atención demasiado tiempo en ninguna de ellas, pero que creo que conozco a algunos.


La pequeña saca más álbumes de la caja, de la que me llega un fragante olor a lirios. Me gustan los lirios, dicen que es flor de cementerio, pero a mí me agradan. Más sonrisas huecas, vacías. Sonrisas en Barcelona, en Granada, en Viena. Ante una montaña de hielo, ante una extraña formación basáltica. Sonrisas falsas que disimulan un hastío vital insoportable, que ocultan el odio hacia el otro, la locura.


Más y más fotos, el dolor de mi cabeza comienza a ser insoportable, el aroma de los lirios me embriaga, me dispersa. ¡Espera! Esa foto en La Coruña. Una pareja que, creo, conozco, se abraza ante un edificio que se diría hecho de cristal. Pero en el cristal se refleja borroso el perfil de la niña, con los brazos alzados, como advirtiendo a, ¿sus padres?, de algún peligro que no pueden ver. Como intentando frenar lo que está por venir.


El vello de mis brazos se eriza, un escalofrío recorre mi columna vertebral. ¿Qué efecto es ese?. Sin perturbar a la pequeña, que sigue recorriendo el álbum con sus manitas, recupero fotos que ya hemos visto. Dios mío, ¿qué es esto?. La niña aparece en todas las fotos, siempre en un segundo plano, reflejada en un cristal, en la superficie del agua. Puedo atisbar su sombra, notar su presencia en estas fotos. Noto unas punzadas que atraviesan mis sienes, el pánico empieza a apoderarse de mí. Ella sigue perdida en su mundo de imágenes, siempre en silencio, pero aún irradiando una calma que lucha con el miedo que me atenaza. Empiezo a notar una sensación de rechazo, me avergüenza admitirlo, pero ese puente de ternura y comprensión que se había establecido entre los dos me amenaza. Espero que ella no se haya dado cuenta, odiaría que se separara de mí.


Quizá sí lo ha notado, poco a poco gira su cuerpecito y me mira profundamente a los ojos. Su mirada clara, azul, enmarcada de rizos amarillos, me paraliza, borra de un plumazo mis escasas fuerzas. Creo notar un atisbo de amenaza en su mirada, la rabieta de un niño que pierde su juguete, que cree cercana una regañina, tal vez haya notado mi miedo. Abandona mis ojos un instante, el tiempo justo para tomar una fotografía y mostrármela con una sonrisa torcida, sonrisa que no debería existir en la cara de ningún chiquillo. En la foto la pareja de la instantánea de La Coruña, los que creo son sus padres, están en una cama de matrimonio. Él duerme profundamente de espaldas a la cámara, no veo su rostro. Ella, sentada en el borde del lecho, peina una larguísima melena rubia con un gesto cansino, hastiado. Es bellísima, me parece. Pero es una belleza ajada, prematuramente marchitada por los zarpazos de la vida. Sobre la cabecera de la cama hay un espejo que refleja la escena, pero la imagen reflejada hace que un grito de pánico escape de mi garganta. La niña aparece en la foto con las manos colocadas en un ángulo imposible sobre la espalda del padre. Los extremos de sus deditos se hunden en la carne, dejando círculos cenicientos, secos, muertos, a su alrededor. Diabólico.


Me he convertido en un manojo de nervios, tembloroso como un flan, no me cabe duda de que la niña notará mi nerviosismo y huirá de mí. No quiero que se vaya. No. Por favor.


Cuando creo que voy a estallar en lágrimas de histerismo se abre de golpe la puerta, entrando a la carrera la madre de la niña, probablemente alertada por mi grito. Cuando entra se hace cargo rápidamente de la situación, respira hondo y su mirada vaga por la habitación, analizando, sopesando, encontrando un curso de acción. Con mano nerviosa recoge un rubio mechón rebelde tras una oreja y comienza a recoger la habitación. Se dirige a mí con una voz perturbada, llena de miedos y rencores ocultos, domada por los últimos restos de una voluntad antaño férrea, aunque se diría que está a punto de desmoronarse.


- No sabía que estabas aquí, ha sido toda una sorpresa. Vaya, todo este desorden, Lorena, esta habitación está hecha un desastre – continúa hablando sin parar, su voz domina la habitación inmovilizándome, aunque noto como desplaza mi miedo y comienza a suscitar un odio larvado que desconocía.


Es la mujer de la foto, sin duda, la madre de la niña. Lorena, se llama Lorena como la niña, lo sé. Ha cortado su hermosa cabellera, dejándola en una media melena. Parece haber pasado mucho tiempo desde la foto, las arrugas están muy marcadas, profundas ojeras de preocupación hablan de noches en vela dominadas por la pena. Lorena, hermoso nombre, muy apropiado.

La pequeña se gira, abandona las fotos al oír la voz de su madre y vuelve a abrazarme. De nuevo esa sensación sedante me calma, ¿de verdad he pasado tanto miedo?, ¿por qué, Dios mío?, ¿por qué?. Sus manitas recorren mi espalda y me calman, atenúan mi dolor de cabeza.


- No deberías haber venido, padre.


Dolor. Dolor en estado puro. Como nueve puñales sus deditos penetran la carne de mi espalda, se hunden entre mis costillas, me sumergen en una agonía brutal. Como nueve serpientes se deslizan bajo mi piel y suben hasta mi cabeza, estallan en mi cerebro, haciéndome conocer, ¿de nuevo?, los tormentos del infierno. Duele como no puede doler nada en este mundo, es un dolor que mata lo que de bueno queda en mí, que se alimenta de recuerdos hermosos y los defeca como miedos y odio. Con un salto, con un grito de dolor me pongo en pie, la niña cae al suelo y empieza a llorar, se diría que asustada, a pesar de la atrocidad que acaba de cometer. La madre se arroja sobre su hija, la toma en brazos mientras me patea hasta hacerme caer el suelo, diluvia una lluvia de golpes sobre mi cuerpo mientras aprieto mis manos contra mis sienes, intentando silenciar el dolor


Noto un sabor metálico en la boca, me duele la lengua, creo que me la he mordido. Estoy agotado, extenuado, no podría moverme aunque me fuera la vida en ello. No puedo enfocar bien la vista, tengo los ojos arrasados de lágrimas, pero busco los ojos de Lorena, la mayor, que se apoya sobre el marco de la puerta. De su mano izquierda un teléfono móvil cae al suelo, mientras su brazo derecho sostiene a la pequeña contra su pecho. No sé qué leo en su mirada. Miedo, pena, una pregunta elevada a dioses inexistentes. Pero sí que sé lo que veo en los pozos azul oscuro en que se han convertido los ojos de la niña. Odio.


Pasa el tiempo, sigo sin poder moverme. Mi respiración se ha normalizado, me doy cuenta que estoy empapado en sudor. La lengua ha empezado a hincharse. Ellas siguen ahí, no se han ido. La madre se ha dejado resbalar hasta el suelo, está sentada, desmadejada, meciéndose adelante y atrás, apoyada contra la puerta, siempre sujetando, protegiendo a su hija. Llora como un soldado viejo, dejando caer las lágrimas por sus mejillas, sin descomponer el gesto. Habla, pero no puedo oírla. Leo sus labios, solo repite una pregunta. ¿Por qué?


Ha entrado más gente en la pequeña habitación, me parece increíble que todos cojan en ella. Algunos visten uniformes de todos los colores. Una mujer mayor, flanqueada por dos chicos jóvenes, fuertes, se agacha junto a mí. Me habla suavemente, creo, sigo sin oír nada. Extrae una de esas jeringuillas modernas, semejantes a pistolas futuristas, de su bolsa blanca y me la aplica sobre el hombro.


Calma. Noto como mis cansados músculos se relajan, me inunda la paz. Los párpados me pesan, ya no siento esa bola de carne en que se ha convertido mi lengua. Casi no me duele la cabeza.


Oscuridad y olvido. Bienvenidos, benditos.


Te amo, Lorena.




Esplugues del Llobregat, 13 de junio de 2002.


viernes, 3 de mayo de 2002

Sueños, presagios...


- Un ejército enemigo se acerca a Minas Morgul. Irás a Osgiliath y reforzarás la guarnición. Permanecerás allí mientras sea necesario.


Se celebra un consejo en la Torre de Ecthelion, en Minas Tirith. Pronuncia estas palabras un hombre en el otoño de su vida, aunque su voz conserva la fuerza de antaño. Es Denethor, hijo de Ecthelion, Señor de Gondor y, según una antigua formula que ya pocos esperan ver cumplida, Senescal hasta la llegada del Rey. Dirige estas palabras a su primogénito, Boromir, Capitán General de Gondor.


- Pero Padre... Señor – la voz del hijo vacila, no acostumbra a contradecir las palabras del Senescal – Establecimos esa guarnición sólo para impedir el cruce de merodeadores. Las tropas de defensa podrían quedar fácilmente cercadas. Para una guarnición sería cosa fácil el retirarse, pero retirar todo un ejercito... solo podríamos retirarnos por un punto, el puente sobre el Anduin... quizá con pontones, o gabarras construidas expresamente podría llevarse a cabo una retirada ordenada... no creo que...


El Senescal se levanta lentamente de su alto sitial, serio el semblante. Pertenece a la antigua raza de la tierra de la Estrella, y su fuerza es grande... mayor que la de su heredero, que titubea.


- Señor... sería tan fácil cercar a ese ejercito... Padre, os lo ruego, siempre hemos combatido en inferioridad numérica, nuestra fuerza se basa en la disciplina y el combate en campo abierto, donde podemos maniobrar con facilidad y flanquear a esas bestias... De nada servirá nuestra pericia en una jungla de ruinas... Osgiliath está devastada y sus murallas caídas, no hay lugar para fortificar un ejercito, la defensa llevaría al desastre...


La fuerza de la personalidad de Denethor aplasta las razones de Boromir, su voz se apaga. Pero toma la palabra, levantándose también, su hermano Faramir, Capitán de Gondor, segundo hijo de Denethor y el más semejante al padre en poder, pues la sangre de Numenor corre con gran pureza por sus venas.


- Boromir dice la verdad, Padre. El número de nuestros adversarios crece con cada estación, mientras que nosotros somos menos de año en año. Sin duda perderemos hombres en esa acción y el Enemigo no notará más que la punzada de un mosquito. Permitid que la guarnición vuelva y reforcemos el Rammas Echor.


Se alza igualmente Imrahil, Señor de Dol Amroth, consejero del reino.


- Escuchad a vuestros hijos, Señor. Debilitareis la fuerza de Gondor en esa acción, mi deber...


La cara de Denethor enrojece, recupera fuerzas olvidadas, golpea la mesa con ambos puños y en su voz, matizada por la ira, estalla el poder de los herederos de Oesternesse.


- ¡Basta! ¡Vuestro deber! ¿Quién es en esta mesa el Señor de Gondor? ¡Hasta la llegada del Rey mi palabra es ley! ¡Sentaos!


Uno a uno mira a sus consejeros, que lentamente, doblegados por la fuerza interior del Senescal se sientan y callan. Denethor mira fijamente a su heredero. La fuerza de su pensamiento corre del padre al hijo.


“Irás a Osgiliath y combatirás allí... Tu verdadera misión es resistir cuanto puedas y destruir el puente al retirarte. No lo olvides, hijo mío, destruye el puente al retirarte.”


- El Consejo queda disuelto –nuevamente se alza la voz de Denethor -, marchaos.


Con un saludo marcial, todos los presentes se retiran, dejando al Senescal enfrascado en sus pensamientos, mirando por el ventanal que da al este... siempre al este.







Un enfurecido Faramir entra en las caballerizas reales, donde con la ayuda de Harsil, su lugarteniente, Boromir se enfunda su armadura y prepara su caballo.


- ¿Puedo saber qué es lo que pretendes?


Boromir, se gira lentamente, observa la figura de su hermano, que a grandes zancadas cruza el establo hasta llegar a su altura.


- ¿A qué te refieres, hermano?


- Déjanos solos, Harsil – el interpelado no se mueve lo más mínimo, una mirada avisa a Faramir que su tono es solo tolerado por ser quien es. Molesto, Faramir se gira hacia él -. ¿No me has oído? Se trata de un asunto de familia.


Un leve movimiento de la cabeza de Boromir y Harsil abandona el establo, molesto. No hay en él amor por el segundo hijo de Denethor.


- ¿Qué es lo que quieres? Pronto amanecerá y el ejército espera.


- Todos los miembros del ejército son voluntarios... pero no has permitido a los miembros de mi guardia alistarse, mientras que los tuyos están en primera línea.


- Hermano, sabes muy bien que las Sombras combaten donde combato yo.


- ¡Deja de jugar conmigo! Si tu guardia va contigo, ¿por qué no me acompaña la mía?


- Porque tú te quedas aquí, no irás a Osgiliath.


- ¿Qué? Padre no ha dicho nada de eso. ¿Quién crees que eres para disponer de mi persona?


- Soy el Capitán General de Gondor. En tiempo de guerra es mi privilegio ordenar todos los recursos de Gondor bajo la égida del Senescal. Y tú te quedas en la Torre, con Padre.


- Estás muy equivocado si piensas que me voy a quedar aquí mientras tú partes a la guerra.


- ¿De verdad? Harsil estará encantado de ponerte bajo custodia mientras nos vamos. Te lo digo por última vez, ¡no partirás!


La discusión prosigue durante varios minutos mientras el tono de los dos hermanos se eleva. Las voces se elevan, se fruncen los ceños. Se pronuncian agrias palabras, palabras que hieren como cuchillos.

Cómo explicarte que el final es tiempo de sueños y presagios. Que en estos días sin esperanza mis noches no han tenido descanso. Que se acerca la última batalla y que he visto como caías más allá de las puertas, frente a un campeón de Harad, sin que mi fuerza me valiera para evitarlo. Si has de caer, hermano, lo haremos juntos, defendiendo la ciudadela interior. Y si para ello he de encerrarte, lo haré.”


Faramir, enfurecido, sale del establo maldiciendo la tozudez de su hermano.


Cómo explicarte que desde que se alzó de nuevo la Sombra sobre el Monte del Destino mis noches se han llenado de pesadillas. Que se acerca la última batalla y he visto cómo caías más allá de las puertas, cómo tu cuerno clamaba por una ayuda que no habría de llegar, enfrentando al enemigo sin que pudiera ayudarte. Si por primera vez debo desobedecerte para impedir que mueras solo, hermano, lo haré. Si has de caer, caeremos en la ciudadela, juntos.”






Las compañías de Gondor forman antes del amanecer y marchan hacia la ciudad abandonada, la Ciudadela de las Estrellas, Osgiliath sobre el Anduin. Allí se unen a la guarnición que guarda el paso, pues Gondor nunca se ha resignado a la pérdida del hermoso señorío de Ithilien y Osgiliath es la puerta de entrada a ese paraíso arruinado. Despunta el alba cuando llegan a los puestos asignados, y allí esperan al enemigo que saben se acerca. Puede ser cuestión de días, pueden atacar inmediatamente. Quizá incluso pasen de largo, piensan los más optimistas, pues ¿quién conoce los designios del Enemigo? Quizá el señor Denethor, de quien dicen que en las noches en que se ven iluminadas las ventanas de sus aposentos vigila y combate al Ojo. Sobre la colina donde se alzaba la ahora destruida cúpula de las Estrellas, mudo recordatorio de la locura que azotó a los dúnedain del sur durante la Guerra Civil, Boromir establece su campamento y alza el estandarte de Gondor. No tarda en llegar al galope su ayudante, Harsil, enviado con su guardia personal, las Sombras, como exploradores.


- ¡Boromir! ¡Los Haradrim! Avanzan los Haradrim por la carretera de Minas Morgul. Les flanquean hombres del este, sin enseñas.


Hombres de Harad, piensa el Capitán. Si ahora nos envían a los Haradrim esta noche llegarán los orcos. Menuda retirada va a ser esta, por un solo punto, de noche, tras haber combatido todo el día y rodeados de orcos. Da las últimas órdenes para la defensa, envía una compañía de gastadores a preparar el derribo del puente y reunir todas las barcazas que sea posible, y con la amarga mezcla de fatalismo y esperanza del que sabe que la derrota final está cercana pero se empecina en esperar un milagro se pone su casco y parte al lugar que se ha reservado, la antigua puerta del Este. Allí forma una compañía de soldados vestidos de negro, Guardias de la Torre con licencia del Señor para combatir por Osgiliath. Tras ellos un grupo de arqueros venidos del Lebennin apresta sus largos arcos.


- ¡Las Sombras a caballo! – dispara una salva de órdenes, buscando en el mando disipar otros pensamientos, más oscuros-. Harsil, ocultaos tras ese silo, cargareis cuando se abra el thangail o si somos arrollados. Ardivol, reparte tus arqueros entre esos dos edificios, disparad cuando el enemigo se halle a sesenta pasos de nosotros o para hostilizar a sus arqueros. ¡Guardias, conmigo! ¡Thangail! ¡La primera fila de espadachines, la segunda de lanceros! El resto en reserva, ¡vamos!


Disciplinadamente, en silencio, el ejército de Gondor ocupa sus puestos. En todo el perímetro de la antigua ciudad los soldados se aprestan a la defensa, a su espalda grupos de zapadores preparan los puestos de retirada.


- ¡Ahí vienen!


Ese grito resuena en toda la ciudad, multitud de cuernos de guerra avisan de la dirección del ataque. Todas sin excepción, Osgiliath está acorralada contra el Anduin.


En los restos de la Puerta del Este los defensores permanecen en sus puestos. Ante ellos se extiende un mar de enemigos, una vociferante masa de sureños se pavonea ante los defensores. Estos, disciplinados, permanecen en silencio; ningún grito, ningún sonido escapa de sus filas. Se diría que son figuras de piedra, que son la nueva muralla de la Ciudadela de las Estrellas. Y entre un clamor de trompetas, con un griterío salvaje, la infantería de Harad carga.


- ¡Ardivol, siega sus filas!


Los arcos largos del Lebennin desintegran las primeras filas de los atacantes, pero la masa de sureños pisotea los cadáveres de sus compañeros caídos y continúa su enloquecido avance.


- ¡Desenvainad las espadas!


Apenas quince pasos separan la incontenible marea de los Haradrim del silencioso thangail de la Guardia.


- ¡Aprestad las lanzas! ¡Gondor!


Al unísono, con un movimiento ensayado cientos de veces, las largas lanzas de la Guardia se abaten para formar un rompeolas contra el que se abate la marea de los Haradrim. Un crujido espantoso, un alarido de muerte, se oye cuando estos perecen ensartados en las picas de fresno. Pero sobre ese sonido se alza la voz de la Guardia. ¡Gondor, Gondor!. Tras ese grito avanzan los espadachines de la Torre, segando las vidas de los desorientados Haradrim. Cuando sus filas, deshechas, emprenden la retirada, se alza de nuevo la voz de Boromir.


- ¡Lanzas arriba! ¡Guardias, dos columnas!


Como una máquina bien engrasada la muralla humana que forman los defensores se abre hacia atrás, formando dos columnas entre las que las Sombras, a caballo, se abaten sobre el enemigo en fuga. Profundamente penetran en sus filas, llevando el pánico y la muerte al ejército sureño. Pero nuevos refuerzos llegan desde los flancos y el frente, y la caballería, poco numerosa, vuelve a cubierto. Un jubiloso Harsil desciende de su caballo junto a Boromir.


- ¡Hecho, Boromir! Hoy hay más viudas en Harad..


- Nos superan con mucho en número, volverán en cuanto rehagan sus filas.


Durante todo el día se produce carga tras carga de los Haradrim. Durante todo el día las filas de los defensores resisten el asedio. Solo en un punto ceden las defensas, al norte de la ciudad, cerca del Anduin. Pero el abanderado, conduciendo a una parte de las reservas, golpea a la columna invasora emboscándola entre las calles en ruinas, ningún invasor volverá para contar que ha penetrado en la ciudad.






Cae la tarde sobre la arruinada Osgiliath, el enemigo ha hecho una pausa en sus ataques, momento que Boromir aprovecha para sustituir a las cansadas tropas del frente por otras frescas que han permanecido en reserva. Mientras se produce el relevo hace una ronda por el perímetro defensivo, impartiendo nuevas órdenes de cara a la lucha en la noche. Ha repartido a sus Sombras entre los defensores, con órdenes de actuar como mensajeros. Teme la capacidad nocturna de los orcos, espera un intento de infiltración entre sus filas aprovechando la oscuridad. Y cuando vuelve al montículo de la Cúpula, esperando descansar unas horas antes del esperado ataque orco suenan las trompetas en todo el perímetro, otra ola negra se abate sobre Osgiliath. Espera el ataque mayor por el norte, donde más cercano está el puente del Anduin al frente, así que parte hacia allá para reforzar a los defensores. Los combates se prolongan durante tres horas, la línea de defensa, más flexible durante el combate nocturno, se comba en algunos puntos, pero no se rompe en ningún momento. Los mensajeros van y vienen, portando órdenes de refuerzo de una línea, de traslado de tropas de un punto a otro. Hasta que llega un jinete al galope, mensajero del desastre.


- ¡Boromir, Boromir!


- ¿Qué ocurre, Harsil? No grites, alarmas a las tropas.


- Se ha abierto una brecha entre el cuarto y quinto grupos – contesta, bajando la voz-, una riada de orcos penetra el perímetro.


- Manda mensajeros a todos los grupos, retirada hasta los puestos de la reserva. La reserva al montículo de la Cúpula, que empiecen a cruzar el río los heridos. Estaré con la bandera por si hay que organizar la retirada.






Desastre. Desastre es lo que ven los ojos de Boromir cuando llega al montículo de la Cúpula. De alguna forma ¿brujería? ¿ocultos por la noche? una columna de orcos, de esos grandes orcos que llaman uruks, ha penetrado en la retaguardia y ha alcanzado el montículo. Han diezmado al grupo de zapadores que trajo consigo y que una vez preparado el puente para su demolición protegían el estandarte, la enseña con el árbol blanco de Gondor. Grupos de defensores, en parejas y tríos, se mantienen sobre el terreno, combatiendo sin ceder un paso pese a ser tropas equipadas ligeramente, sin armaduras. Está a punto de retroceder para llamar en su auxilio a las fuerzas de reserva cuando un estallido de blanco llama su atención. El estandarte. Un golpe de viento ha extendido el estandarte de Gondor, el Árbol Blanco relampaguea en la oscuridad. El abanderado aún no ha caído...


Pero esa forma de luchar, esa forma de torcer el cuerpo para ofrecer el menor blanco posible al rival... no es posible, él aquí, en medio de la batalla, rodeado, arrogante en la que podría ser su hora final... mira como mantiene en alto el orgulloso estandarte, como derriba a los enemigos que pretenden capturar la bandera. Pero el cerco se estrecha, solo quedan dos en el alto, el portaestandarte y a su lado, un soldado anónimo. Un grupo de orcos se lanza contra la pareja, uno de ellos, quizá el cabecilla, descarga un golpe tremendo sobre la cabeza del abanderado que se desploma, perdido el yelmo. El soldado toma el estandarte y se planta sobre el cuerpo del caído. La sangre ha huido de la faz de Boromir. Rompe a correr haciendo sonar su cuerno, clamando por una ayuda que cree tardía. Una ira pura como el hielo le insufla fuerzas perdidas, como un autómata avanza entre las filas de los sorprendidos enemigos, segándolos como el segador siega el trigo.


En los pisos altos de la Torre Denethor está encorvado sobre una esfera negra, el palantir que los sabios creen perdido. Observa la batalla desde un cuadro muy amplio, a vista de pájaro, siendo sutilmente engañado, pues el Enemigo solo le muestra lo que más teme ver, las innumerables filas de las fuerzas enemigas... y nueve jinetes negros en la retaguardia, esperando una abertura para actuar. No puede soltar el palantir, pues el Ojo lo ha atado a él. Pero oye el cuerno de Gondor, suyo en un tiempo, y al oírlo reúne las fuerzas suficientes como para romper el contacto, liberando momentáneamente el palantir de ataduras. Por las venas de Denethor, aún en su declive, corre la sangre de Oesternesse casi pura. Corre por su sangre la fuerza de los Padres de los Hombres y es tan grande su poder que obliga a la piedra a centrarse en el lugar donde aún suena el cuerno pidiendo ayuda. Ve al mayor de sus hijos combatir en solitario abriéndose paso hasta el estandarte. Y su aguda vista confirma lo que su hijo teme, la identidad del caído abanderado. Y sólo en su habitación, el orgulloso Señor de Gondor cae de rodillas, sollozando.

- ¡A mí! ¡A mí las Sombras! ¡Acudid!


Aquí y allá, desperdigados entre las tropas combatientes, algunos hombres alzan la cabeza y abandonan la lucha. Toman caballos, los toman por la fuerza al amigo o al enemigo y galopan como no lo han hecho antes, camino del montículo, pues es allí donde suena el cuerno de Gondor. Las Sombras, la guardia personal del heredero de la Senescalía, acuden al llamado de su capitán.


Ha dejado caer el escudo, toma su espada con ambas manos y con las mejillas bañadas por la ira y la pena emprende el ascenso, donde un solitario soldado defiende el estandarte. Descarga mandoble tras mandoble, dejando un sendero de muerte a su paso. A medida que avanza reúne a su lado a los escasos soldados que quedan en pie. Golpean a los desprevenidos uruks, que creían tan cercana la victoria, que esperaban poder entregar a sus jefes la bandera de la odiada, de la deslumbrante Ciudad Blanca. Por fin alcanza al soldado que defiende el estandarte, y que defiende algo más valioso aún para él, el caído abanderado.


- ¡Mablung! – la voz de Boromir está ronca por algo más que la ira -. Si él ha muerto más te vale caer sobre tu propia espada, porque yo mismo te...


- Creo que aún vive... señor.


La cara del abanderado está tinta en sangre. ¡Aún vive!. Con su cantimplora Boromir limpia la cara del caído; una brecha, aún sangrante, se insinúa en la frente, si no hubiese llevado el casco... El alivio que ha sentido al comprobar que aún vive deja paso a la cólera, si no fuese por el casco habría muerto sin que mi fuerza me valiera para evitarlo. Furioso de nuevo lo toma por las cinchas de la armadura, sacudiéndolo.


- ¿Qué demonios haces aquí, maldito seas? ¡Te ordené que permanecieras en la Torre!


- ¡Suéltame! – Faramir se pone lentamente en pie, limpiando la sangre de su frente, que le ciega -. Estoy donde debo estar.


- Sabes muy bien que los herederos del Senescal no pueden estar juntos en la misma batalla. ¡Vuelve a la Torre!


- Déjate de cuentos, no intentes engañarme con trucos tan burdos. Lo que la ley dice es que no pueden combatir juntos el Heredero y...


Se hace el silencio entre los dos hermanos, tan parecidos y tan diferentes. Una idea absurda, imposible, se ha abierto paso en sus mentes. Que ambos incumplen la ley, pues juntos, ahora, de alguna forma, se enfrentan el Senescal y el Heredero.


Las Sombras se deshacen violentamente del resto de la columna de orcos. Su líder, Harsil, llama la atención de Boromir, preso aún de la mirada de su hermano.


- Boromir, el enemigo se reagrupa y la brecha sigue abierta... ¡Boromir!


- Sí... Sí – lentamente el Capitán vuelve a la realidad. Mira a su alrededor, haciéndose cargo de la situación -... ¡Dírnaith!


Al oír la orden las Sombras se apresuran a formar lo que es, literalmente, una punta de lanza humana. El estandarte se aloja en su centro, a su frente Boromir y Faramir dirigen la carga. Con gritos de ¡Gondor, Gondor! la dírnaith desciende el montículo para abalanzarse sobre las filas de orcos que intentaban reunirse. Ninguna fuerza de orcos puede frenar la carga de los dunedain del sur.






“Perfecto, ahora los hombres hablan de brujería en el frente. Los soldados bisoños huyen dejando atrás su equipo... y los veteranos al menos tienen la decencia de traer consigo sus armas. Y Faramir aquí. Estoy tan cansado... No debí preocuparme por ese sueño, no creo que los hombres de Harad ataquen esta noche. Me duele el brazo izquierdo, un bastardo con suerte consiguió abrirme una brecha. El buen Harsil debe tener en su mochila uno de esos ungüentos que siempre lleva consigo, como una vieja comadre... La retirada comienza ahora, diga lo que diga Padre. De noche, con la moral baja y con posibles grupos infiltrados... Hay veces que...”


“¿Y ahora? Mi cabeza... Está a punto de estallar, ese uruk y su maldita hacha... Suerte del casco... Hay rumores de hechicería entre las tropas que vuelven de primera línea. Boromir sigue vivo, en mi sueño las saetas que lo alcanzaban lo hacían en pleno día. Sueños, presagios... ¿Será mañana? Falta poco para el alba, mejor será prepararse... mi cabeza...”






Boromir reúne a los capitanes para impedir lo que podría transformarse en una desbandada.

- Abandonamos Osgiliath. La reconquistamos una vez y volveremos a hacerlo, lo juro ante la Torre. Permanecer aquí, donde no podemos maniobrar, es una locura. Además sabéis que han empezado a circular estúpidos rumores entre los hombres... Tanto da...


El guerrero, cansado, se pasa una sucia mano por la cara, donde los regueros formados por el sudor y las lágrimas forman caprichosos dibujos. Todos los que le rodean han combatido durante todo un día, algunos más que él mismo. No quedaría bien que el Capitán General se desmayara ante sus hombres, piensa irónicamente. Cuadra sus hombros y eleva la voz. Imparte órdenes, nacido y criado para la guerra, está en su elemento.


- Faramir, reúne a las fuerzas que han combatido durante el día excepto a la Guardia. Que crucen el puente y se aposten en el Ramas Echor, trae fuerzas de reserva de la Torre. Llévate a los heridos.


- Boron, tus Guardias protegerán la retirada, tu compañía será la última en irse.


- Harsil, divide a las Sombras en dos grupos y flanquea a la Guardia. No quiero sorpresas.


- Ardivol, al puente. Tus arcos largos cubrirán la retirada.


Prosigue durante media hora, algunas de las órdenes se corrigen, otras varían en función de los mensajeros que llegan. Se rehace la disciplina y el ejército de Gondor comienza su retirada de la antigua capital, combatiendo.







Los Guardias son la élite de las tropas de Gondor. Dunedain del sur, aún en tiempos de decadencia son más que hombres mortales. Simples orcos no son rivales para ellos, así que el Sin Nombre envía contra ellos lo más granado de sus arsenales. Uruks, trolls, enormes lobos y otras bestias sin número se arrojan contra los imperturbables hombres de la Guardia. Inútil. Las filas dobles de Guardias mantienen la formación, pueden combarse, doblarse en algún momento, pero ninguna cede. Retroceden, pero lo hacen bajo órdenes, no por la presión del enemigo. En ordenadas filas se congregan junto al puente cuando la primera luz de la mañana se insinúa en el horizonte, sobre las Montañas de la Sombra. Y es entonces cuando se revela la verdadera intención del Ojo. Desde todas las direcciones al este del Anduin, comandando grupos de enloquecidos hombres salvajes y Uruks se abate sobre las filas la más mortal de las armas del Enemigo, los Jinetes Negros, Nazgul del Anillo.


Se rompen las filas, los Jinetes usan su arma más efectiva, el terror. Miasmas de pánico, como una nube de niebla baja, avanzan hacia los Guardias. El pánico, en su forma más irracional se apodera de sus mentes. Un ansia irrefrenable por la vida, un deseo insuperable de ver un nuevo amanecer se adueña del alma de los que durante un día y una noche han enfrentado la muerte sin titubear. Los capitanes buscan restablecer la disciplina, pero los hombres, aterrorizados abandonan el campo. Primero de uno en uno y luego en grupos mayores deshacen las filas y cruzan el puente o se arrojan al Anduin, buscando a nado las barcazas que ayudan en el cruce.


Solo dos grupos permanecen imperturbables. Los arqueros del Lebennin, espíritus libres que desde su nacimiento han oído la canción del mar. En su mente siempre suena el arrullo de las olas y no hay en ella sitio más que para la belleza del piélago, el miedo no les hace mella. La Primera Compañía de Guardias, los custodios del Senescal, se mantienen sobre el extremo del puente. Han aprestado sus lanzas y ni la llegada del Enemigo en persona podría moverlos. Impotentes para abrir la barrera erizada de espinas que forman los Guardias, los Jinetes retroceden.

- ¡A mi orden retroceded, Boron! – grita Boromir -. A la carrera hasta el otro extremo, allí clavad las estacas que derribarán el puente.


- ¿Cómo volveréis vos? – pregunta Boron, el capitán de la compañía.


- A nado, Ardivol me cubrirá con sus arqueros.


- De acuerdo.


La oleada oscura parece haberse detenido ante la imperturbabilidad de los Guardias. A cincuenta metros del extremo oriental del puente los soldados oscuros esperan una orden. Ante ellos se destacan los nueve jinetes oscuros, inmóviles.


- Retírate, Boron.


- ¡Primera Compañía de Guardias! ¡Retroceded hasta el otro extremo del puente y derribadlo! – Boron imparte sus órdenes... y permanece junto al heredero-.


- ¿Qué haces, Boron? – pregunta Boromir -. Te he ordenado que vuelvas.


- Mi valor no me alcanza para explicarle al Senescal que su hijo murió solo en Osgiliath... señor.


Se oyen pasos a la carrera a través del puente. Tres soldados vuelven al extremo oriental.


- ¿Ya nadie obedece órdenes? ¿Ni los guardias? – la cólera de Boromir comienza a alzarse, pero se disipa ante lo inflexible del rostro de Boron -. Escucha, no pienso enfrentarme a esos jinetes, me quedaré hasta que derribéis el puente. Una vez derruido saltaré al Anduin. ¡Vamos, vuelve, te digo!


Boron saluda, llevándose la mano al pecho, y retrocede junto a sus hombres, comienza a oírse el ruido de mazos derribando las últimas sujeciones del puente. Faramir, Harsil y Mablung, lugarteniente del primero, llegan junto a Boromir. Los jinetes negros, cabalgando al paso, avanzan.


- ¿Por qué avanzan ahora? – se pregunta Boromir - Deberían haber cargado antes, cuando los acompañaban sus tropas.


- No sé – contesta Faramir -... Carecen de equipo de sitio... ¿Para qué cruzar si no van a atacar la ciudad? Ya puestos, ¿por qué hemos cruzado nosotros? ¿para ocupar unas ruinas? Toda esta situación es ilógica.


- Padre quería defender el puente, no las ruinas...


- ¿El puente? – la mente de Faramir galopa, buscando implicaciones -. ¿Y para defenderlo has traído zapadores? Espera...


Ambos hermanos se miran, tan semejantes en la nueva mañana como diferentes habían sido la mañana anterior.


- ¡Los jinetes! ¡Son los jinetes negros! Por algún motivo Padre no quiere que avancen...


- Este puente es el único paso sobre el Anduin en millas. Quiere impedir o estorbar en lo posible los planes del Enemigo...


Los jinetes han alcanzado al pequeño grupo de defensores. La cavernosa voz del primer jinete se alza.


- Apartaos, estúpidos. Dejad paso libre a la voluntad del Señor de la Tierra Media.


Se cruzan susurros entre los dos hermanos.


- ¿Qué demonios pasa? – pregunta el mayor- ¿Por qué no ha caído todavía el puente?


- No lo sé – contesta Faramir, mirando hacia atrás -. Parece que uno de los pilones se resiste.


- Pues somos los últimos defensores, maldita sea. Cuatro infantes cansados contra nueve jinetes... me vale – alza la voz, dirigiéndose al jinete -. ¡Retrocede! Tu señor no puede reclamar ese título, no mientras se alce la Torre Blanca. ¡Atrás! ¡A ellos!


Los cuatro soldados cargan contra los jinetes... que incomprensiblemente retroceden. En la mente de Faramir una idea se abre paso, una idea apoyada en recuerdos de historias oídas cuando era pequeño. Ensaya una estocada, una estocada baja que no busca herir al jinete, sino al caballo. Con un grito, el jinete hace retroceder al caballo.


- ¡Los caballos, Boromir! ¡Atacad a los caballos!


Como un solo hombre los cuatro soldados de Gondor lanzan tajos bajos, buscando las patas de los caballos. Los jinetes reculan, pero antes la oscura voz de su antagonista hace estremecerse a Faramir.


- Volveremos a encontrarnos, soldadito. Pagarás el tiempo que me haces perder, te lo aseguro.


Los jinetes han vuelto a la protección de los suyos, solo para reunirse y formar un grupo compacto. Por mucho que alcance el valor, un pequeño grupo de infantes sin picas o arcos no pueden resistirse a una carga de caballería.


- Ahí vienen de nuevo, señor – dice Mablung -. ¿Qué hacemos?


- Resistir mientras puedas – interrumpe Harsil, siseando -, soldadito.


- Basta, Harsil. El puente aún sigue en pie – habla Boromir -, no nos moveremos de aquí hasta que no haya sido destruido. Si los jinetes negros pasan, pasarán. Pero hasta que no caiga el puente ningún orco pondrá los pies en la ribera occidental. Preparaos.


Los jinetes avanzan, proyectando ante ellos toda la fuerza de su brujería. Es el miedo que atenaza, que hace que la mente olvide toda esperanza de la luz y ansíe refugiarse en la oscuridad. Pasan como un rayo ante los cuatro defensores, cuya voluntad a duras penas les alcanza para apartarse antes de ser arroyados. Los nueve jinetes galopan como un viento negro, heraldo de la catástrofe, a través del puente, que empieza a tambalearse. Con un crujido agónico este, al fin, se derrumba, cayendo al Anduin entre una nube de polvo. En la orilla oriental, un grupo de haradrim, fuertemente armados, se arroja sobre los aturdidos defensores.


“¿Habrán conseguido pasar? Apenas se distingue nada de la otra orilla... ¡Haradrim! Llevan armaduras pesadas, deben ser sus Guardias... ¡Un momento! Ya es de día, el sueño... ¿Dónde está Faramir?”


“Es de día, los orcos se retiran. El puente ha caído, quizá se haya llevado consigo a los Nazgul. Haradrim... será difícil retirarse bajo sus flechas... sus flechas... ¡Espera! ¡Boromir!”


De nuevo suena el cuerno de Gondor en Osgiliath. El fuerte sonido del cuerno penetra en el corazón de los últimos defensores de Osgiliath, disipando las tinieblas del miedo. Por un momento sus antagonistas vacilan, el mismo sonido que infunde coraje a los gondorianos lleva el miedo y la duda a los corazones oscuros. Los cuatro soldados se reúnen y descienden por el terraplén que baja hasta la orilla.


- ¡Dejad aquí todo lo que no sea imprescindible! – ordena Boromir -. ¡Al agua! Intentaremos cruzar a nado.


Se arrojan al frío en la mañana Anduin. La fuerte corriente les empuja río abajo, sus músculos, agotados por todo un día de combates, agarrotados por el frío, les fallan en ocasiones. Calambres, desfallecimientos, solo la ayuda mutua les ayuda en la prolongada travesía. Cuando llegan a la orilla, mucho más al sur de los restos del puente, desfallecidos, caen inertes sin apenas poder moverse.


Un grupo de jinetes, con la librea negra de la Guardia les encuentra.


- ¡Aquí están! – grita el capitán de la compañía -. Justo donde dijo el Senescal... Encended un fuego, calentad sus cuerpos antes de llevarlos de vuelta.



* * * * *


Los dos hermanos, extenuados, pasan en cama todo ese día y la noche siguiente. En su mente se repiten las pesadillas que quizá les adviertan sobre el futuro, quizá solo sean un resumen de sus miedos. Pero en el momento en que el día da paso a la noche, comparten un sueño, una llama de esperanza alumbra en sus corazones. Es un sueño vago, uno que Faramir ha tenido en varias ocasiones aunque en esta ocasión lo comparten ambos.


Solos, desarmados, se ven en una llanura infinita. Al este las nubes se arremolinan, el cielo se oscurece con la promesa de una tormenta que amenaza con devastarlo todo y no dejar más que un desierto a su paso. Pero al oeste una luz, pálida como el último rayo del sol antes del ocaso, permanece y resiste. Una voz, poderosa y clara, grita entonces:


Busca la espada quebrada

que está en Imladris;

habrá concilios más fuertes

que los hechizos de Morgul.


Mostrarán una señal

de que el destino está cerca;

el Daño de Isildur despertará,

y se presentará el Mediano.











jueves, 25 de abril de 2002

2-0

- ¡En cuadro! ¡Formad en cuadro!


Al oír la orden de su general los enanos forman varios cuadros defensivos, cuadros acorazados con escamas de acero y erizados de picas y hachas. Contra los cuadros se estrella la infantería gondoriana, que ha acudido a rechazar al enemigo que se ha internado en la bella Ithilien. Lanzan ataque tras ataque, durante toda la mañana los infantes se lanzan contra los férreos cuadros, que resisten impávidos la marea de Gondor. Exasperado, el jefe de la infantería, Faramir, Capitán de los dunedain del Sur, asume el mando en primera línea. Sus hombres desbaratan un cuadro, pero los enanos supervivientes se refugian en el resto de sus formaciones, ni un palmo del jardín de Gondor se ha recuperado. Cuando llega el mediodía, cuando los infantes están exhaustos, el comandante de las fuerzas del sur, Boromir, toca a reunión.


- Muy bien, esos malditos enanos son invencibles cuando deciden defenderse. No hay forma de penetrar esas formaciones blindadas. Cuando empiece la tarde simularemos una retirada y cuando deshagan los cuadros para atacar las fuerzas en desbandada los desbordaremos con la caballería. Imrahil desde la izquierda y yo desde la derecha. ¿De acuerdo?


- Bueno – aduce su cansado hermano -... Si deciden volver a formar no podrás romper su defensa, la caballería no sirve de nada contra esas formaciones defensivas.


- Veremos.





Empieza la tarde y Faramir hace su jugada, toca a retirada y desbanda sus tropas en dirección a la Torre Blanca. El jefe enano, Mellon Gabilul, se cala su casco.


- ¡Adelante! ¡Esta noche cenaremos en la Ciudad Blanca! ¡En cuña!


Las masas de enanos forman una punta de lanza que se lanza sobre los desorganizados soldados. Pero su piel se eriza cuando oye sonar un cuerno a su izquierda.


- ¿Qué es eso?


- Juego la carta de liderazgo y te ataco por el flanco – responde Boromir.


- ¿Qué? ¿Con qué fuerzas?


- Con las que oculté en el bosque.


- Oh, vamos – aduce Mellon - ¿crees que vas a ganar por una simple carga?. Ni siquiera has tirado los dados. Respeta las reglas... humano.


- Vas a ver, con menos de 60 pulverizaré tu cuña, deberías haber mandado exploradores alrededor de tu ejercito... enano.


- ¿Vas a tirar o no? – pregunta Faramir – Por cierto, ¿donde está el fulano ese de la espada negra?


- Ni idea, creo que le estaba dando la brasa a Noldorynn con la historia aquella del dragón y el desfiladero.


- ¿Otra vez? ¡Ahí va!


El primer dado rueda sobre el tablero donde las fichas de los ejércitos simulan un combate a muerte. Un cero.


- ¡Bien!


- Te recuerdo que te falta otro dado – repone Mellon -. Aún puedes sacar un crítico.


- Estás perdido, mi querido adorno para el césped – presume Boromir -. Tu punta de lanza se va a deshacer ante mis caballeros.


- ¡Calla! – grita el resto, exasperado - ¡¿Vas a tirar de una vez?!


- ¿Cómo váis? – pregunta Noldorynn, acercándose al grupo.


- Bien – contesta Boromir – Este “primer fabricado” va a pagar la próxima cena en el Poney. ¿Dónde has dejado a Turín?


- Salió fuera, farfullando algo acerca de un dragón... Me parece que ha vuelto a pasarse con la hidromiel...


- Bueno, ha dejado aquí a la espada negra. Está solo y desarmado, no creo que vuelva a repetir lo del pobre Beleg... un suceso lamentable, tristísimo... me debía cuarenta monedas de oro. ¡Ahí va!


El dado rueda, choca contra dos figuras y se frena... otro cero. Crítico.


- ¡Aaaaarrgh! ¿Cómo es posible?


- La suerte...


- ¿Suerte? Mala suerte querrás decir... ¡Faramir, deja de reírte! Oh, cielos... Vale, tiraré para el crítico.


Vuelve a tirar los dos dados, estos se deslizan sobre el tablero y finalmente se paran, señalando el destino del hijo de Denethor.


- ¡No! ¿Otro doble cero? ¿De quien son estos dados?


Mientras Mellon silba una alegre tonadilla, presa de un repentino interés por la decoración del salón, el resto del grupo lee el resultado en las tablas de críticos. Se miran entre ellos y estallan en risas.


- ¿Qué? ¿Qué pasa?


- Jah, jah, jah... “Presa de un malsano orgullo, reclamas el Anillo y pereces minutos más tarde sin conseguirlo. Sin liderazgo, tus fuerzas se dispersan”. Creo que has perdido, hermano. Metafóricamente hablando, las botas enanas resuenan por los salones de Ecthelion.


- ¿El Anillo? ¿Otra vez? ¡Maldita sea! ¡Es la tercera vez que me sale ese crítico esta semana! ¡Por los dioses que...!


Un grito escalofriante corta de cuajo las quejas del gondoriano, helando las risas del resto. Es un alarido lleno de agonía, infrahumano. Inquietos, toman sus armas y salen al exterior, donde se topan con un tambaleante Turín.


- ¡Ashí aprenderash, maldita beshtia! ¡Ashí peres... fallesc... mueran los enemigos de la casa de Húrin!


- ¡Oh, por los dioses! – exclama Faramir -. Se ha cargado al olifante... con las manos desnudas...


- ¡Me costó una fortuna! – se lamenta Boromir -. Vaya día... digo noche. En fin, ¿quién se lo va a explicar a Padre?


- A mi no me mires – contesta Mellon -. Te recuerdo que has perdido la partida, amigo mío, vamos dos a cero. ¿La próxima en mi casa, en Moria? Tengo un Viña Mellonia de hace noventa años insuperable.


- De acuerdo. Será la semana que viene. Antes de iros ayudarme a limpiar todo esto, por favor... Dioses, prácticamente lo ha descuartizado...

viernes, 11 de enero de 2002

La oscuridad es mi destino


 

            Bella, orgullosa, fiera, monta su caballo como uno de los legendarios centauros de los que habla la leyenda. Es joven, muy joven, y la rebeldía que la anima, la furia que arde en su corazón, se contagia al semental bayo que monta, lanzándolo a una loca carrera sobre las arenas de oro que golpea el mar enfurecido.

 

            Entre las olas, al otro extremo de la playa, distingue un cuerpo que yace inerte, boca abajo, expulsado de su seno por el mar.

 

            Llega junto a él para encontrar el cuerpo se diría que sin vida de un hombre, de un hombre de grandes dimensiones. Viste extrañas ropas, pero no encuentra a su alrededor el más mínimo indicio de cómo ha llegado hasta allí. Lo gira para ver su cara y un grito escapa de su garganta. Cae de espaldas y, a tientas, busca la protección de su montura. Cuando le ha dado la vuelta al desconocido ha contemplado el rostro más hermoso que ha visto, un rostro de una perfección tal que al revelarse ha oscurecido la luz del día. Las arenas han perdido su color, el viento y el mar, humillados, parecen calmarse ante la belleza del desconocido, que balbucea unas palabras. La muchacha sabe que no han sido pronunciadas en su idioma, pero la voz del hombre, ¿del hombre?, ha acudido directamente a su pecho, como pasó siempre entre los de su raza, cuyas palabras hablan al corazón antes que al cerebro.

 

            - Para siempre... oscuridad para siempre...

 

            El hombre mantiene una mano cerrada sobre su pecho, la diestra, cerrada, se apoya sobre su corazón como aprisionando algo más valioso que su propia vida, intentando quizá cerrar la herida que lo condena a no morir en esta tierra.

 

            Con esfuerzo la muchacha consigue subir al extranjero  a  su caballo y lo lleva a la cabaña sobre el acantilado donde a menudo se esconde de sus padres, la cabaña que sus padres han acondicionado para que su hija encuentre un lugar de calma cuando su temperamento estalla.

 

            Allí, sobre la única cama, deposita al desconocido. Enciende el fuego en el hogar para caldear el refugio. Prepara una comida que reconforte los cuerpos fríos. Sobrecogida aún por su terrible belleza, con una ternura infinita, despoja al hombre de sus ropas, limpia las heridas que la furia del mar ha abierto, lava la sal que cuartea la piel morena. Cuando termina, dejando al extraño dormido sobre la cama, sale a cuidar su caballo. Mientras tanto el desconocido vaga sumido en su delirio...

 

            Vaga por un mundo maravilloso, donde la belleza impregna cada hoja, cada rama, cada gota de rocío. Donde las gentes cantan para recibir la llegada de la luna, donde cantan una canción a cada estrella, a cada bendición de los dioses.

 

            Y mientras sueña canta, y su canto se alza potente, maravilloso, excesivo para un mundo ahora disminuido. Su voz hace que la chica vuelva, y arrobada, escuche el canto del tendido.

 

            Un mundo de gentes fuertes, hermosas, terribles. De gentes orgullosas, capaces de la más excelsa obra, y del delito más ignominioso. Gentes a las que los primeros de la raza de la muchacha llamaron dioses.

 

            Y mientras canta la joven ve su canto, y en él a las gentes que describe.

 

            Vaga también por un mundo tenebroso, de dolor y hierro. Un mundo en guerra. De bestias amamantadas con sangre y sufrimiento, crecidas en la pena y la ruina. De máquinas que siembran la muerte a manos de gentes crueles. Un enemigo atroz, despiadado.

 

            Y ella ve al negro enemigo en todo su poder cuando el mundo era joven, y su corazón teme, se achica.

 

            Pero el canto se alza, y habla de nuevas esperanzas, de una nueva primavera. Habla de la fuerza de los hombres jóvenes, de la maravilla del nuevo pueblo. Canta al acero libre, a las trompetas que llaman a la mañana y los estandartes que llamean bajo un sol nuevo.

 

            Y, maravillada, ve los anhelos de libertad, la ilusión por el mañana que representa su propio pueblo, el pueblo que pelea por encontrar una luz que no pueda ser oscurecida, y su corazón se expande.

 

            Mientras en el exterior la tormenta redobla su furia, aún en la duermevela propia de los de su raza, canta sobre el orgullo del padre, canta sobre la valentía del hermano. Canta sobre las obras que se hacen con el corazón. Como la capacidad del más hábil aprisiona una belleza que hace daño mirar. Como una mente sin parangón recrea la obra de los dioses.

 

            Y la adolescente se estremece cuando ve las joyas que guardan la beatitud de los días de antaño, su corazón no puede absorber tanta belleza, una belleza que duele.

 

            Canta sobre como se alza una nueva estrella. Lleva a la muchacha a las tierras  donde la muerte ha sido desterrada, le muestra la desnuda y espantosa belleza de las montañas que vigilan. El puerto blanco donde la hermosa gente canta y baila, donde los barcos cisne duermen.

 

            Y la  joven se tambalea, lleva sus manos al pecho, la fuerza del cantor la ha llevado a un mundo que los ojos mortales no pueden ver. La maravilla de lo que está viendo hace brotar lágrimas de sus ojos.

 

            El extraño ha vuelto a la vida, pero poseído por el poder de su propia canción continúa, ciego a todo lo que le rodea. Llorando, tomando la mano de la desconocida, la lleva en las alas de su voz a la ciudad de mil lámparas, la ciudad sobre una colina. Ve bailar a las gentes. Ve la montaña eterna, donde mora el Rey Mayor. Acobardado, golpeado por el juramento incumplido, vuelve la vista atrás. Retrocede. Usando todo el vigor que arde en su canción retrocede en el tiempo, atrás, atrás. Canta el tiempo en que era un prometedor retoño de una raza orgullosa, sin mácula. Su voz narra cuando los suyos crecían en número y belleza sin haber conocido la oscuridad. Y la joven vuela con él, retrocede a tiempos en los que ningún hombre mortal había caminado todavía, a tiempos anteriores al sol y la luna. Ningún corazón mortal puede asimilar la beatitud de todo lo que está viendo.

 

            Y por la magia y el poder del mayor cantor que jamás ha existido llegan al montículo verde donde se elevan los Dos Árboles de oro y plata. Ven a la doncella de las lágrimas recoger el rocío de oro. Ven llegar al cazador de plata, como deposita sus argentinas armas junto al primer árbol y se tiende junto a él, admirando la belleza de las hojas verde y plata. Y, con una explosión de júbilo, con una voz llena de matices en la que resuenan los coros de mil ángeles, el cantor recrea la gloriosa luz mezclada de oro y plata de los dos árboles.

 

            El corazón de la joven, que ha tocado la felicidad más absoluta, que ha tomado con ambas manos la beatitud de la tierra en los días sin mácula, estalla.

 

            La nota discordante de su corazón al fallar hace que el cantor vuelva a la realidad. Ve en sus brazos al joven retoño de los hombres yacer sin vida. Tras unos breves instantes de felicidad recuerda entonces cual es su destino, todo lo que toca resulta contaminado, muerto... oscuro, a su alrededor todo es oscuro. Sumido en una melancolía infinita sale de la cabaña y, bajo la tormenta, se acerca al acantilado. Busca de nuevo el consuelo que nunca le ha ofrecido el mar.

 

            La oscuridad sempiterna es mi destino...

 

         

 

 

                                                                                    Jose, 11 de enero de 2002.