lunes, 2 de mayo de 2005

Tránsito


 

 

            El viento del oeste trae consigo una promesa de humedad sobre el campo de batalla, saturado con la sangre de los muertos. Osgiliath, de nuevo en manos de Gondor, hermana en la muerte los cadáveres de innumerables orcos y hombres. Aquí y allá curanderos ayudados por algunos soldados se afanan entre los muertos, buscando a aquellos para los que todavía no ha llegado su hora. En el cementerio de Custodios en que se ha convertido el puente sobre el Anduin, uno de ellos, un niño apenas, intenta cerrar con sus manos un profundo tajo en el vientre. Se inclina junto a él una figura ataviada de gris, encapuchada, con un embozo, también gris, que oculta su rostro.

 

            - Tranquilo, soldado, descansa. Has peleado bien, pronto vendrán a buscarte.

 

            La voz es ronca, afectada por la fatiga del que durante horas ha combatido sin descanso, aunque permite atisbar unas notas de compasión en un extraño acento. El joven se estremece, tose escupiendo sangre y entre convulsiones deja caer el sucio trozo de capa con el que intentaba cerrar el corte. Al ver la gravedad de la herida el recién llegado se arrodilla junto al herido, repone el improvisado vendaje.

 

            - Me duele mucho, señor. Mucho. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué hay tanto silencio? ¿Llegaron los civiles a la Torre?

 

            El interpelado siente como un nudo atenaza su garganta. Nacido en las tierras benditas en el tiempo de los Árboles, ha visto perecer incontables generaciones de hombres. No entiende la naturaleza del don de Eru a los hombres mortales, pero aún después de tanto tiempo le emociona profundamente el ver como los que están destinados a pasar de una forma tan efímera por este mundo se preocupan por lo que dejan atrás, aún en el momento de la muerte.

 

            - Habéis vencido, soldado. El sacrificio de los Custodios ha permitido que tus compatriotas llegaran a la seguridad de la Torre. Ahora la guerra ha pasado a Ithilien, donde tus gentes empujan al enemigo fuera de las fronteras. Descansa, no te fatigues, pronto llegará ayuda.

 

            - Es inútil, señor, lo sé, no hay cura para esta herida – responde el muchacho entre toses y esputos de sangre -. Pero me duele tanto… ¿Quién sois? Vi llegar a los jinetes grises desde el norte ¿Sois uno de ellos?

 

            - Un amigo – contesta el interpelado, mientras su mirada busca a alguien alrededor -. Pero vine con los jinetes grises.

 

            Le interrumpen las convulsiones del joven. Como en otras ocasiones similares que ha vivido en su larga existencia, duda si proporcionar al joven un medio para terminar con sus sufrimientos. La llegada de una tercera figura, también embozada de gris, interrumpe sus tristes pensamientos. El recién llegado se arrodilla junto al elfo, posando una mano sobre su hombro al tiempo que su otra mano busca en el cuello el pulso del joven. Toma de la mochila a su espalda un odre con agua y lo acerca a los cuarteados labios del muchacho. El elfo interrumpe su gesto, hablándole rápidamente en una lengua que el muchacho no entiende.

 

            - Si le das agua lo matarás, mira como tiene el vientre.

 

            - Ya casi ha alcanzado el destino de los Hombres, ni la Dama podría cerrar tal herida, la vida se le escapa aunque como hombre mortal se aferre a ella. El agua lo refrescará, hará más dulces sus últimos momentos en esta tierra. Le daré algo para evitarle el dolor en su tránsito.

 

            El joven permanece callado durante el breve intercambio, bebe ávidamente el agua que se le ofrece como si esta le diera la vida. Mira a sus compañeros con nuevos ojos tras haber escuchado el rápido intercambio.

 

            - ¿Quiénes sois, señores?

 

            Se miran ambos y, en silencio, se despojan de capucha y embozo. Para el joven se detiene el mundo al ver dos rostros de una belleza imposible.

 

            - Entre los jinetes grises mi nombre es Ostar, amigo mío, el de mi compañera es Celebriel. Somos elfos, como ves, amigos de los hombres del oeste. No te fatigues. Pronto podrás volver a los bosques de Ithilien, a pasear bajo sus bellos árboles con tus parientes y amigos, quizá con tu amada.

 

            - No tengo a nadie, señor. Mi madre murió al darme a luz, no conozco a mi padre. Mi familia eran los Custodios, no tengo a nadie más.

 

            Callan los elfos, cruzando sus miradas. Las palabras del muchacho les enfrenta a la pérdida del lazo que los une, que se remonta al nacimiento del sol y la luna. El muchacho sufre una convulsión, tirita de frío.

 

            - Abre la boca, muchacho – dice la elfa, depositando unas bayas secas diminutas en la lengua del joven -. No las muerdas, son muy amargas. Colócalas bajo la lengua y chupa el jugo. Aliviarán tu dolor y mitigarán la sed.  

 

            El elfo musita unas palabras al oído de la mujer y parte corriendo. Mientras tanto la elfa acomoda al joven. Lo tapa con la capa del elfo y, arrodillándose sobre sus talones, deposita la cabeza del joven sobre su regazo. Inicia un cántico que ya era viejo cuando un silmaril se elevó hasta las estrellas y, con el poder de su raza para la canción, busca llevar el pensamiento del joven al mundo antiguo, lejos del dolor y la batalla. Pronto llega su compañero, acompañado de un grupo de hombres, vestidos como él de gris. Altos, de mirada torva, rodean al elfo y a uno de ellos, quizá más alto, quizá de porte más noble, sin duda el de más edad, que se ha arrodillado junto al caído.

 

            - Aquí está, él es, señor. Uno de vuestros…

 

            - No, Ostar, aún no – le interrumpe el hombre -. Un camarada de armas, otro hombre del oeste. Nada más. No puedo reclamar un honor mayor.

 

            Debilitado por la pérdida de sangre y la herida sufrida, perturbada su mente por la droga recibida, el muchacho contempla atónito a los recién llegados. El elfo y el hombre al que ha llamado señor se han arrodillado junto a él, mientras el resto de los hombres, hincando una rodilla a su alrededor, se unen al canto de la bella elfa.

 

            - ¿Qué es esto, señora? ¿Sueño? Diría que todo es un cuento, una de esas historias que los bardos cuentan de los héroes de antaño, cuando elfos y hombres peleaban juntos en otras tierras. Mi vista se nubla…

 

            Mientras las lágrimas comienzan a surcar las mejillas de la elfa, el elfo cabecea apenado. El hombre sonríe triste, con la sonrisa del que ha visto demasiadas escenas parecidas.

 

            - ¿Y no es así, hijo? Elfa es la mujer que te sostiene la cabeza, ella y su compañero han peleado junto a vosotros, los hombres de Gondor. Y hoy honramos a un héroe, sin duda.

 

            - ¿Un héroe? No me siento un héroe, mi señor. Tengo mucho miedo…

 

            - Todos hemos tenido miedo hoy, muchacho. Por un momento la llama de la esperanza ha vacilado, parecía que la Sombra engulliría definitivamente la tierra. Pero aún hay hombres en Minas Tirith. Y esos hombres aún tienen amigos. Tus amigos te rodean ahora.

 

            - Me avergonzáis, señor. Tan solo temía por mí mismo… Nunca estuve solo, mis compañeros eran mi familia, siempre estuvieron a mi lado ¿Qué será de mí ahora?

 

            Calla por unos instantes el hombre, mientras la lluvia empieza a bañar el campo. Recogiendo con sus manos el agua, la hermosa elfa comienza a limpiar de sangre la cara del joven, peina sus cabellos.

 

            - Lo que sabemos de estas cuestiones lo sabemos por los elfos. Acercaos, Ostar – llama al elfo, que permanecía en pie tras Celebriel -. Escucha a este elfo, hijo. Es más viejo de lo que parece, tanto, que vio a los dioses antes de que los padres de los hombres llegaran al oeste. Contad a este hombre vuestras tradiciones,Ostar.

 

            El elfo se arrodilla junto al joven, dubitativo. Poco sabe del destino de los hombres, no cree que pueda ayudar al tránsito del chico con su conocimiento.

 

            - Ni aquellos a quienes llamáis dioses sabían cual era el destino de los hombres más allá de la muerte, pero…

 

            Le interrumpe la elfa, sonríe al joven mientras peina sus cabellos y se inclina sobre él para proteger su rostro de la lluvia.

 

            - Hace muchos años, cuando, como dices, los elfos, los hombres y los enanos combatían al Negro Enemigo del Mundo, conocí a una mujer de tu raza, una mujer excepcional a la que por su conocimiento y su capacidad llamaron Corazón Sabio. Ella descubrió que hay esperanza para los hombres más allá de la muerte. Como ella me dijo a mí, a ti te digo que más allá hay una luz, y que junto a ella volveremos a encontrarnos, valiente custodio. Te doy mi palabra.

 

            - Sí, volveremos a encontrarnos – interviene Ostar -. Porque dicen los sabios que cuando acabe el tiempo y el Oscuro vuelva se reunirán de nuevo los ejércitos de los pueblos libres para enfrentarlo.

 

            - Y allí estaremos todos – repone el hombre alto -. Allí los hombres de Gondor formaran sus ordenadas compañías, sin desmerecer la compañía de los grandes hombres de antaño. Y tú, hijo, sostendrás el estandarte del árbol blanco coronado de estrellas, orgulloso y arrogante como corresponde a un hombre del oeste cuando enfrenta al enemigo rodeado por los suyos.

 

            - ¿Estaréis también vos, mi señor?

 

            Casi abandonado este mundo el joven mira al hombre que sostiene su mano junto a él. Cree ver una corona sobre su cabeza, y una joya refulgente ciñendo su frente.

 

            - También estaré, hijo. Esperame, sostén el estandarte hasta mi llegada.

 

            - ¿Y vos, señora, señor?

 

            - Volveremos a estar juntos.

 

            Se alzan las voces de los soldados grises que rodean la triste escena.

 

            - Todos juntos, chico.

 

            - Siempre, donde sea, cuando sea.

 

            - Permanece alerta, soldado, aguanta la posición.

 

            - Esperanos, muchacho. Llegaremos.

 

            Un trueno estalla en los cielos cuando el muchacho expira. La tormenta arrecia. Y allí donde los hombres van cuando mueren, un joven soldado toma el estandarte del Árbol Blanco y, vigilante, espera.

 

 

 

 

Esplugues del Llobregat, 2 de mayo de 2005

sábado, 1 de enero de 2005

Las islas de los uros





Vale, por fin la tengo. Más de doscientas islas de los Uros y llevo toda la mañana buscando una foto decente. Recorro toda esta isla Titicaca mientras los cuatro mil cien metros de altura se me clavan en las sienes y me lastran con un ligero pero constante dolor de cabeza que el mate de coca apenas empieza ahora a combatir. Mientras me peleo con la Nikkon nueva maldigo por enésima vez la mala memoria que se ha dejado el manual de instrucciones a varios países y un océano de distancia. Que si el enfoque, la luz, echar a cara o cruz el uso del polarizador... y de repente este proyecto de belleza andina se me cuela en la foto con todo el descaro del mundo. Parece increíble que una niña tan pequeña pueda cargar con tantos colores. En todo caso me soluciona la foto... y diría que ya no me duele tanto la cabeza

Gladys y Leo






ALBERT: No recuerdo el nombre del pueblo, solo que estaba en la ribera del Pachitea. Bajé del autobús, por llamarlo de alguna forma, completamente deslomado, los riñones hechos polvo y hambriento como un lobo, habíamos tardado cinco horas en hacer un trayecto que había calculado en menos de la mitad. Y aún faltaba hasta Pucallpa.

 

BRIGITTE: Tú y tus atajos...

 

ALBERT: El caso es que me los encontré nada más bajar del dichoso autobús. La pequeña, la que sostiene un trozo de banano, Leonor, con una sonrisa deslumbrante, blanca, inmensa, niña aún. La mayor, Gladys, muy seria, mirando a los pasajeros como calculando cuantos bananos podía endosarle a cada uno. Una mujercita ya, llevando dinero a casa.

 

GRACIELA: ¿Llegaste a conocerlas?

 

ALBERT: Muy poco. No me apetecía nada meterme en una cantina y había muy buena luz, así que aproveché la parada de media hora para hacer algunas fotos del pueblo. No recuerdo el nombre, ¿cómo...?

 

BRIGITTE: Albert...

 

ALBERT: En fin, que al volver del río me senté en ese banco a esperar que saliera el autobús. Al poco se sentó a mi lado Gladys, contando y volviendo a contar un fajo de billetes pequeños. Empecé a hablar con ella, mientras su hermana jugaba alrededor del autobús, mirando a los pasajeros como buscando a alguien...

 

“¿Bananos, señor? Mírela, buscando a papá. Se llama Leonor y es mi hermanita. Cada día, mientras vendo mis bananos, ella entra en el autobús buscando a papá. Importuna a los pasajeros. Cuando encuentra a alguno costeño le pregunta por León Morales. Sí, señor, hace ya meses que se fue. Mamá dice que volverá, que se fue a trabajar a la costa y que traerá mucha plata cuando vuelva. Compraremos un chanchito y nos lo comeremos entero. Hace mucho que no como chancho. ¿No quiere bananos, señor? Mi papá es muy grande, como usted. Y muy fuerte. Y muy guapo. Es costeño, y por eso algunos no le querían bien, dice mi mamá. Pero volverá pronto, algún día Leo lo encontrará entre los pasajeros, seguro. Llaman para su autobús, señor.”

 

MARC: Seguro que le compraste todos los bananos y se los volviste a dejar.

 

ALBERT: No te equivoques...  Soy un profesional, no me inmiscuyo en lo que retrato.

 

MARC: Me juego la cena.

 

ALBERT: No seas bobo.

 

MARC: Y las copas de los cuatro.

 

ALBERT: Vale, se los compré y se los dejé. Pero me comí dos. Y cogí dos más para el camino.

miércoles, 8 de diciembre de 2004

Patricia



- Tenía ojos de animal asustado. ¿Cómo se llamaba aquella cantante? Sí, mujer, la del grupo aquel, aún estaba yo en el instituto cuando... Transvision Vamp. Sí. Eso. Transvision Vamp. Tenía unos ojos claros enormes, inmensos. Así eran los de Patricia, solo que los suyos eran oscuros. No sé, como mezcla de negro y violeta. Algo así. ¿Me pones otro?


- Sería el tercero en un cuarto de hora.


- Vaaamos, pon otro, sé buena. No te preocupes, dentro de un rato vendrán a buscarme. ¿Dónde estaba?


- En los ojos de una chica.


- Sí... Patricia. Tenía unos ojazos enormes, ya te digo. Quizá demasiado separados, le hacían la cara rara. Creo que por eso no era lo que se dice guapa. Era tremendamente atractiva, eso sí. También tenía la boca grande. Muy bonita, también. Sí. Tenía una cara... eh...


- ¿Ecléctica?


- Justo. E-cléc-ti-ca. Eso. Creo que tenía complejo de fea. Y eso que tenía un cuerpo de fábula. Quizá un poco bajita. Pero entraba en cualquier local y todos se giraban a mirarla. Hasta las tías. En serio.


- Anda, toma, aquí tienes. ¿Qué tal si me explicas qué te ha pasado en la cara?


Marc cambia un vaso en el que apenas habían empezado a derretirse los hielos por otro nuevo, donde el Jack Daniel’s sigue sin bautizar. Se ha propuesto emborracharse y lo está haciendo a conciencia. Primero ha encargado a Albert, un buen amigo, que pase a buscarlo en una hora. Después se ha dirigido a un bar que sabe medio vacío entre semana, donde conoce a la dueña y sabe que podrá beber hasta caerse del taburete sin problemas, aunque sea ya tan tarde. Y dispondrá además de la atención de la patrona. No es bueno beber solo, y siempre viene bien una oreja amiga. A su derecha un Frankenstein de cartón piedra y tamaño natural parece querer ser de alguna ayuda, aunque resulta difícil creer que alguien que se sujeta los sucios pantalones con una cuerda posea la sensibilidad suficiente como para comprender lo sucedido esa noche. Además Marc necesita de alguien dotado de autoridad moral, alguien capaz de absolverlo por una, juzga, terrible falta y el muñeco no parece tenerla. Más bien parece necesitar también un cierto consuelo. Brinda por él en silencio. Te lo agradezco, compañero, la intención es lo que cuenta. Pero será otro día cuando cuentes tu historia, esta noche es mía.


Siente, aprecia, la quemazón de ese primer trago de bourbon puro, sin contaminar aún por el agua de los hielos. Un trago largo, generoso, del que sigue el recorrido por su cuerpo. Boca, garganta, esófago – o eso cree, a fin de cuentas es de letras y el colegio queda lejos en el tiempo -, hasta el golpe final en el estómago. Un calorcillo reconfortante que al día siguiente le costará una resaca monumental, pero que esa noche le ayudará a dormir sin ver los ojos de Patricia.


- Tenía veinte años, ¿sabes? Y una mente un tanto peculiar. Según Graciela...

- Perdona que te corte, ¿dónde está?


- ¿Graciela? Ha vuelto unos días a Mendoza, a Argentina. Las cosas andan revueltas allá y quiere traerse a sus padres. No sé donde vamos a meterlos, pero bueno... Dios provee, supongo.


- ¿Según Graciela?


- ¿Qué?


- Decías algo de Graciela y esa Patricia.


- Mmm... sí. Decía Graciela que Patricia solo podía atraer a dos tipos de hombres. Supongo que era por ese aire de cervatillo en apuros. Unos que se aprovecharían de ella. Asfixiándola. Impidiendo que se moviera. Cuidando de que el cervatillo siguiera asustado e indefenso. Dios, mataría a ese cabrón si no fuera porque ya está muerto.


- ¿Y los otros?


La mirada de Marc se alza del vaso para clavar sus ojos en los de su interlocutora.


- Según Graciela los otros siempre llegan tarde para las chicas como Patricia.


Tras unos instantes de silencio la dueña del local acude a atender a otro cliente, momento que aprovecha Marc para inclinarse sobre la barra y tomar la botella de Jack Daniel’s. Llena a rebosar el vaso, desdeñando el hielo. Intenta recordar cuánto alcohol le queda en casa. Va a necesitar bastante para ahogar a esa vocecilla que en su interior le recuerda que tal vez no haya sido culpa suya, pero que de haber llegado antes quizá podría haber hecho algo.


Estupendo. Casi llena. Y falta media hora para que llegue Albert. Media botella para cada cuarto de hora. Supongo que empiezo a perder los papeles, ya me encuentro de lo más ingenioso. Patricia. Tenía razón Graciela cuando le dijo que acabaría mal. Claro que Graciela siempre tiene razón cuando saca a relucir esa especie de chamán mapuche que según ella es el responsable de su parte india. Aunque tampoco hacía falta llegarse hasta Delfos para consultarle al oráculo teniendo en cuenta las compañías de la pobre Patricia. Pero acabar tan mal...


- Espero que no te importe que me haya servido yo mismo...


- Igual te cobraré lo que yo quiera... ¿Me vas a contar lo de tu cara o no?


- Mario era su novio. Un perfecto imbécil. Montado en el dólar, el muy gilipollas. O en el euro, ya puestos. Y en todas las zorritas que pasaban por el bar, incluso cuando ya estaba con Patricia. Se había fumado la mitad del valle del Rif y esnifado un par de provincias colombianas, él fue quien metió a Patricia en la coca. Bebía whisky como si fuera agua, y el muy imbécil exigía que los cubitos de hielo fuesen de Solán de Cabras. Muy guapo, decían, aunque para mí parecía más bien una mujer. Y bajita, además. No llegaba al metro sesenta, diría yo, siempre con zapatos con un buen tacón, seguro que usaba alzas, en fin... Pegaba a Patricia, creo, al principio, aunque ella siempre me lo negó. Jodido gilipollas. No entiendo como podía estar con él. Patricia, digo. Un día que nos los encontramos en un restaurante Graciela se negó a que se sentaran con nosotros, el tal Mario le ponía los pelos de punta. En todo caso últimamente no le había puesto las manos encima, hasta esta semana. Tampoco es que le hiciese falta, Patricia ya estaba rota y hacía siempre la santa voluntad de Mario, como un zombie... o un animal asustado.


- Tu cara...


- Hace unos días encontré a Patricia en la Rambla, con gafas de sol a las ocho de la tarde. Las gafas le tapaban el ojo hinchado, pero dejaban al descubierto el pómulo entre verde y azul y una ceja cosida a grapas. Me negó una y otra vez que hubiese sido Mario, pero se me cruzaron los cables, quién iba a ser si no. Me fui para el bar... Allí estaba, en la barra, el muy cabrón. Exhibiéndose como una modelo o una puta. Tuve el placer de notar como se le partía el puente de la nariz al primer puñetazo, y espero haberle hundido un par de costillas a patadas antes de que dos fulanos que tenía por allí me arrastrasen hasta el reservado y me dejaran la cara así. Bueno, ya lo sabes. El caso es que entró el jodido enano, abrió una bolsa deportiva de lona y sacó de ella una pistola enorme. Se limitó a enseñármela. Si vuelves a entrar en el bar te mato. Te mataré si vuelves a pegar a Patricia. No sé porqué no me puso las manos encima, yo ya no estaba para muchas bromas.


-Perdona un momento...


Vuelve Marc a quedarse solo, pese a los esfuerzos por mostrarse amigable del acartonado Frankenstein. Recuerda como se encontró hace tan solo unas horas con Patricia en la calle, cerca de casa. Sola, más cervatillo que nunca. Ayúdame, Marc, ayúdame. Ven conmigo al bar. Quédate en el bar, hoy Mario ha invitado a sus jefes. No puedo, Patricia, mira como tengo la cara, si paso por el bar los amigos del imbécil de tu novio me la acaban de arreglar. Ve volar sus manos, la naricilla que se frunce al tomar aire con fuerza, los ojos brillantes, el triángulo rosado que es su lengua bañar sus labios una y otra vez. Joder, Patricia, otra vez con la puta coca. Porfavorporfavorporfavor. Vienen los jefes de Mario. Ha invitado a sus jefes. Ven al bar, ven con tus amigos. No pasará nada si estás allí con tus amigos. Patricia colgada de su brazo, al borde del llanto. Mirándolo a los ojos, negro contra azul, implorante. Está bien. Dame una hora. Voy a casa, está a punto de llamar Graciela, y llamaré desde allí a dos amigos suyos, carne de gimnasio. Creo que tienen suficiente músculo como para que nadie me vuelva a tocar la cara. Una hora, Marc, no tardes más, por favor. Poniéndose de puntillas le da un beso en la mejilla y sale corriendo. Aún se gira antes de doblar la esquina, le mira desde allí, le sonríe esperanzada. Y desde allí ve aún Marc el negro de sus ojos. Y lo seguirá viendo mientras esté vivo, mientras le quede capacidad para el recuerdo.


Retoma la botella, rellena el vaso. Quizá consiga evitar el recuerdo por una noche. El muñeco de su derecha es ya todo amistad y simpatía, parece querer comprenderle, susurrarle que en realidad no ha sido culpa suya. Que quién iba a suponer. Y que cómo podía saber. Simpático el monstruo, se le ve buena gente, lástima que acabara mal en el libro. Tan mal como Patricia.


Se ve junto al teléfono, en casa, convocando a los gorilas de Graciela, compañeros suyos de gimnasio. Uno no puede ir, cita al otro, Eduardo, en la puerta del bar en unos tres cuartos de hora, le pide que entre si él tarda, que mire a ver si pasa algo raro. ¿Qué es raro? Yo qué sé, joder, raro. Albert no coge el móvil. No parece haber nadie en ningún sitio. Quizá baste con uno solo. Sí. Seguro. Graciela tarda en llamar. Y cuando lo hace se eterniza al teléfono. Tiene problemas con el consulado de España en Mendoza, tardarán mucho en darle los papeles para sus padres, hijo él de un emigrante español, un anarquista exiliado. Cree que en el consulado de Córdoba puede tener más suerte, le han dicho que allí la tramitación es más rápida. Nota ausente a Marc. ¿Qué te pasa, amor? Nada, cariño, una tontería, seguramente. ¿Recuerdas a Patricia? Sí, la de los ojos grandes, verás...


Tarde, llega tarde. Un taxista se niega a llevarle al Raval a esas horas. Otro se niega a hacer un trayecto tan corto, que ni que esto fuese el metro, hombre, que qué se ha creído. Se ve corriendo Ramblas abajo, sorteando grupos de turistas. Ve cómo dobla Nou de la Rambla, esquivando prostitutas que ya ejercían cuando él merendaba delante de la televisión viendo las desventuras de Marco. Revive la sorpresa de ver a la gente salir corriendo del bar, asustados, gritando. Entra contra corriente, oyendo la voz de Graciela, bruja, sabia, “los otros siempre llegan tarde”. Y tarde llega, finalmente. Alcanza el interior para encontrar a Eduardo de rodillas, acunando el cuerpo inerte de Patricia, varios cadáveres alrededor. Tiene los ojos abiertos, los bellos, inmensos ojos. Llegas tarde, Marc, llegas tarde, le dicen. Te esperaba y no llegaste.

Botella vacía, un problema. Aunque este es fácil de solucionar. Se inclina de nuevo sobre la barra y coge otra botella. Se sirve ante la mirada de censura de la dueña. El muñeco también parece censurarlo ahora que conoce la historia. A fin de cuentas quizá sí fuera culpa tuya, muchacho. ¿Qué pasó, dentro del bar? Me disculpas la curiosidad, pero si debo condenarte debería saberlo todo antes.


¿Qué pasó? Me lo contó Eduardo. Eduardo, gigantesca montaña de músculos que hubiera jurado no tenía espacio para sentimientos entre tanto anabolizante. Eduardo, que llora acunando el cuerpo de Patricia. Que le habla entre sollozos cuando lo siente detrás de él. Marc, Marc, podías haberme dicho algo. Si me hubieses dicho que la protegiera la habría sacado del bar a rastras. No sabía lo que pasaba, lo que tenía que hacer. Llegué temprano, así que entré y me acerqué a la barra. Me senté en un extremo, la pobre chica no me hacía caso, estaba como en otro mundo, miraba continuamente el reloj. Vino un enano con la nariz rota, ese desgraciado del traje claro, el que tiene la cabeza reventada. Se la llevó a rastras, a empujones hasta el reservado. ¿Por qué no me dijiste nada, joder? Dios mío, aún podía haber tumbado a aquel pigmeo y haberla llevado a tu casa, a donde fuese, fuera de aquí. La metió en el reservado, les oí gritar a los dos. Sale él, entra otro fulano, aquel de la camisa a cuadros. Más gritos. Sale al cabo de un rato, entra otro. Ya no se oye nada. Y otro más, después. Haberme dicho algo, Marc, haberme dicho algo, hombre.


Le escuece recordar la voz de Eduardo. Lo que esta le dibuja en la mente. Pobre Patricia. Dulce Patricia. La voz ronca le muestra lo que no ha visto y quisiera poder olvidar. Cómo Patricia sale completamente ida del reservado, minutos antes de que él llegara. Patricia, con aire ausente, desnuda, magullada, la nariz sangrante, con la mochila de lona de Mario en la mano izquierda. Se dirige a la mesa donde este ríe con sus jefes. Llega a su altura, las risas redoblan su intensidad, cuatro buitres, cuatro hienas ante un pedazo de carne muerta. Mete la diestra en la bolsa de lona, saca la enorme pistola, incongruente en su diminuta mano. Las risas aumentan, se vuelven histéricas, solo Mario está serio ahora. No dramatices, Patricia, deja eso. Primero revienta la cabeza de Mario de un disparo. El silencio se adueña del local, silencio que se rompe cuando la pistola retumba de nuevo. Segundo disparo, uno de los jefes muerto. La gente del bar cae presa del pánico, gritos, estampida. Los dos peleles restantes intentan huir, ni siquiera se plantean el enfrentarse a Patricia. Caen uno tras otro. El primero alcanzado en el pecho, el segundo, más rápido, con un boquete abierto en la espalda. Es entonces cuando Eduardo consigue reaccionar. Empieza a moverse en dirección a Patricia, lentamente. Levanta las manos cuando esta le encañona. Tranquila, soy un amigo. Yo no tengo amigos. Sigue acercándose a ella. Me envía Marc, soy un amigo suyo, ¿lo conoces? ¿Marc? Sí, lo conozco. Pero no está aquí. Me dijo que vendría. Que me ayudaría. Pero no está aquí. Eduardo palidece, se detiene. Acaba de fijarse en los ojos de Patricia, que lentamente gira el arma hacía sí misma. Espera, no tienes porqué hacer eso. Déjame ayudarte, por favor. Llegas tarde. Su hermosa boca dibuja una o perfecta e introduce allí el cañón del arma. Salta Eduardo, dispara Patricia. La alcanza antes de que llegue al suelo, cae de rodillas con su cuerpo inerte entre sus brazos. Queda hipnotizado por los dos pozos oscuros que son los ojos de Patricia, aún abiertos. La mece como a una niña dormida hasta que, a su espalda, oye el rugido de Marc.


El muñeco de cartón piedra desvía la mirada, oculta el rostro entre las manos. Marc solloza débilmente, apura su vaso antes de notar una palmada en su espalda. Albert, por fin.


- ¿Qué hay? Por Dios, Marc, ¿estás llorando? ¿Qué pasa?


- ¿Cómo se llamaba aquella cantante? – pregunta Marc, la voz pastosa de alcohol y pena.


- ¿Qué?


- Aquella que tenía los ojos tan grandes...


Extrañado, Albert mira a su alrededor buscando una explicación mientras sostiene al tambaleante Marc.


- Se refiere a la cantante de Transvision Vamp – le aclara la dueña del local.


- Joder – duda unos instantes mientras rebusca en su memoria -. ¿Wendy James?


- Eso, Wendy James. Tenía unos ojos inmensos. También Patricia. Pero no eran claros. Los suyos eran oscuros. Como negro y violeta.


domingo, 21 de noviembre de 2004

Uno más uno


Para Priscy y Xabi



Con sus manos fuertes aún, curtidas de viento y mar, Bojji, el imponente anciano, quiebra las ramas que han de alimentar el hogar, encendiendo la chimenea que caldeará el comedor de la pequeña fonda. Fuera de temporada, el comedor está casi vacío, solo hay dos parejas del pueblo, amigos de tiempo atrás, que suben hasta la fonda los días en que la nostalgia por el mar aprieta y exige encontrarse con los compañeros de antaño a compartir vinos e historias. También, sentada junto a su mujer, Erla, está Brigitte. La joven que con el paso del tiempo ha llegado a ser la hija que nunca tuvieron. Pasa esta una semana en Husavik, despidiéndose antes de partir a tierras más cálidas para acabar sus estudios.


Acabada la cena se aproximan todos al fuego buscando el calor que invita a las largas charlas de esas noches sin clientela. Los fuertes brazos del anciano rodean el menudo cuerpo de su mujer y mientras susurra en su oído palabras tan dulces que desmienten su aparente tosquedad busca con la mirada a la joven. Esta bromea con Steffan, ahora capitán de barco, antaño marinero con Bojji, cuando ambos, bajo el mando del abuelo de Brigitte, cazaron la ballena alrededor del mundo. Antes de que Erla llegara y desafiara a la mar. Y venciera, reclamando para si el botín. Los suspicaces ojos del anciano estudian a la joven. Acaba de romper con una relación desastrosa, quizá no es el mejor momento para partir tan lejos, sola y sin amigos. O quizá sí. ¿Qué hay más allá del mar? ¿Quién puede decirlo? Meditan los ojos azul celeste del anciano, mientras acomoda a Erla en su regazo y busca en sus innumerables bolsillos un poco de tabaco. Alcanza en una repisa junto a la chimenea una cajita donde descansa una larga pipa de caña. Pone en orden algunas ideas mientras con unas largas tenazas extrae un tizón incandescente del fuego. Los ojos de Erla se elevan al cielo mientas se quita de encima algunas chispas, sonríen los que les rodean, tanto teatro es sin duda el preludio para una de esas historias que le gusta contar a Bojji, viva imagen del Viejo del Mar.


- Dime, Steffan, ¿cuánto suman uno más uno?

Sonríe el interpelado. Las historias de Bojji siempre empiezan con una pregunta chocante, buscando un pie para la historia que se dispone a contar. Así era en los tiempos en que estaban embarcados, cuando el anciano, un joven titán entonces, captaba así la atención de sus compañeros… y humillaba inmisericorde a aquel tan torpe como para no dar una buena respuesta. Pero Steffan ya conoce esta historia.


- No siempre son dos, maestro. A veces, si la vida te sonríe, es algo más.


- Cierto, cierto – sonríe a su vez el anciano, señala a la joven con su pipa -. Dime, Brigitte, tú que has estudiado y que vas a cruzar el mar para estudiar aún más. ¿Puedes decirme porqué? ¿Por qué es a veces algo más?


- Me temo que no – contesta Brigitte siguiendo el ritual que todos conocen, modulando su lenguaje para entrar en la historia -. La escuela no lo enseña todo, a veces el mar… ¿Puedes tú decirme cuanto suman uno más uno?


- Puedo, jovencita. Escuchad todos…


“Se dice que cuando aún no había comenzado la cuenta de los días, cuando los dioses aún no caminaban por la tierra y el Padre de Todo, solitario y satisfecho con su creación, reinaba todavía, existía una raza de seres fuertes como colosos, de una perfección tal que hacían palidecer la belleza de todo lo que les rodeaba en aquel mundo joven todavía, tan hábiles que nada estaba lejos de su alcance y capacidades.


“Pero el Creador, el Padre de Todo, fue asesinado por sus hijos en cumplimiento de la una antigua profecía. Asesinado por sus propios hijos, ambiciosos y nada dispuestos a esperar la eternidad para recibir aquello que, se les antojaba, era suyo por derecho. Sus tres hijos, pues, lo mataron y se repartieron su herencia. El primogénito, el más fuerte y capaz de los tres, el instigador del asesinato, reclamó la parte del león, y se apropió de los cielos y la tierra. El segundo hijo, menos fuerte que el primero, el más parecido en modos al padre, arrepentido ya de la enormidad cometida, tomó los mares, los lagos y todas las aguas que corren. El tercero, el más joven, el más débil, fue despojado por su hermano y forzado a tomar un reino minúsculo. Un reino entonces pequeño pero que con el tiempo llegaría a ser el más grande, la tierra de los muertos.


“Los jóvenes dioses se dispusieron a tomar el control de sus nuevos reinos, pues tenían ansias de dominio y de gobernar a aquellos que se les antojaban inferiores a ellos. Pronto el primogénito encontró a aquellas maravillosas criaturas, y tuvo miedo, él, que había desafiado al Padre de Todo. Miedo y celos, y envidia y codicia. Miedo por la fuerza de aquellos seres que quizá podrían volverse en su contra, pues según su entendimiento la fuerza solo le vale al fuerte para despojar al débil. Celos de su deslumbrante belleza, mayor que la de los dioses, sin parangón en el reino nuevo. Envidia de sus capacidades, de su habilidad. Codicia de todo lo que, en su beatitud, habían construido y aún habían de construir.


“Se reunió con sus hermanos e intentó atemorizarlos. ¿Acaso no habían derribado ellos a su padre? ¿No habrían de derribarlos a su vez estos seres, de tal fortaleza, a ellos? Pero quedó solo. El menor, lleno de resentimiento por el reparto que había llevado a cabo su hermano rechazó la idea de ir a la guerra, pues solo debía sentarse y esperar, fuese cual fuese el resultado de la guerra su reino se haría más grande y dudaba que aquellas criaturas, tan dichosas sobre la tierra, pretendieran robarle el reino de los muertos. El mediano, contrito aún por la muerte del padre, se negó a ir a la guerra, y aceptaría aún ser derrocado como pago por su crimen.


“Ciego de ira, rechazado por sus hermanos y temeroso de su reino el mayor de los hermanos reunió un ejército entre los habitantes del Reino. Y, dominador como era del arte de la traición, pues a traición atacó al Creador, sin previo aviso alzó a las bestias de la tierra y los cielos contra aquellas criaturas. Garra, pico y marfil atacaron sin tregua. Como no era suficiente lanzó seísmos y huracanes, creó fríos devoradores y calores sin medida contra aquella raza.


“No debía quedar uno para señalar sus imperfecciones, solo él podía quedar como espejo de virtudes. Así que atacó con saña, cazó uno a uno a aquellos maravillosos individuos y los forzó a retirarse ante un poder que no podían combatir. Asediados, hostigados, sin poder comprender, en su nobleza, el motivo por el que eran atacados, se defendieron con los medios a su alcance de la ira del Dios Mayor.


“Incapaces de imponerse a la fuerza combinada del cielo y la tierra, pero demasiado fuertes a su vez como para ser completamente derrotados, pidieron una tregua. Accedió el dios, y con ellos se reunió en la gran llanura ante la Puerta del Sol, donde desde todas las esquinas del mundo habían sido arrinconados. Solo pidió que todos estuvieran presentes sin excepción, pues a todos ellos quería dirigirse.


“Aquel fue el día en el que el Dios Mayor, señor por traición, cometió su segundo y quizá mayor pecado, haciendo del mundo un lugar más triste y pequeño. Porque cuando los hubo reunido a todos levantó un cerco de montañas contra ellos, con el fin de que ninguno escapara de aquella planicie. Arremolinó frente a ellos a los cielos, desatando una tormenta cruel y un frío sin parangón con el fin de exterminarlos. Pero tal era la fuerza y la capacidad de aquellos seres que ni por la tormenta ni por el frío resultaron vencidos.


“Frustrado, el Dios Mayor decidió ser más cruel y aumentar así su infamia. No podía vencerlos mientras mantuviesen toda su fuerza, así que decidió dividirla. Usó de todo su poder, y por la fuerza del rayo uno a uno los fue dividiendo y, aprovechando su desconcierto arrojó cada mitad lejos en el tiempo y el espacio. A una mitad la llamó mujer y a la otra hombre, y los condenó a no estar satisfechos el uno sin el otro, y a buscarse sin cesar a través de la distancia y las eras.


“Pero nada puede torcer la voluntad de estos seres. Ni la traición o la voluntad de los dioses pueden torcer el anhelo que sienten por volver a ser uno. Y así, a veces, las dos partes que forman estos seres se unen de nuevo, trayendo a este mundo la gloria de los tiempos de antaño, iluminando la tierra y haciéndola más grande y hermosa.


Se reclina sobre la silla, satisfecho al haber captado la atención de sus amigos, y al ver bailar de nuevo una sonrisa en los ojos de Brigitte.


- Es así que uno más uno es mucho más que dos. Y que está en la mujer y en el hombre el buscar al que ha de hacerlo más grande, incluso cruzando el mar como vas a hacer tú, Brigitte.



Hondarribia – Esplugues del Llobregat, 21 de noviembre de 2004.


martes, 29 de junio de 2004

Cap. VIII

- ¿Cuánto tiempo más hemos de permanecer en esta ratonera?


Hace ya cuatro días que don Francisco de Quevedo y don Giuseppe Boromiro permanecen encerrados en un miserable cuartucho cercano a la fuente de Lavapiés, zona de mala reputación y peores circunstancias, depositaria de las más infames tabernas, figones y mancebías del Madrid del cuarto Felipe. Recluidos por ocultar al irascible poeta, objetivo junto a Arbante y Azogue de las atenciones de Alquézar y la Santa Inquisición. Un antiguo amigo del italiano, soldado licenciado del tercio acantonado en Milán, ha accedido a ocultarlos durante un tiempo, enviando por un mes a sus respectivos pueblos a las dos barraganas que tenían alquilado el último piso de la mancebía que regenta. Es así que ambos amigos llevan cuatro días ocultos entre encajes, gasas, perfumes y otros útiles de tan antiguo oficio.


- Hasta que Arbante o Azogue vuelvan – responde el napolitano -.


- ¿Y si no vuelven?


Recibe el poeta una dura mirada por respuesta.


- Disculpadme, es solo esta reclusión... Por Dios bendito, cortinajes de tul rosa. Y esas camas... Empiezo a notar que me sale una veta culterana...


- Ja, ja, ja... Eso nunca, don Francisco, no lo quiera Dios. Bien sabéis que no había más remedio. Escapar hacia el norte era lo más obvio, por ser vos de las Asturias, y estaría ese camino sin duda vigilado. Hacia el este partió Azogue, y no convenía llamar la atención sobre su destino. La ruta de Portugal arde de inquisidores desde que andan persiguiendo a los judaizantes lusos. Y la carretera de Andalucía lleva directamente a Toledo y la Garduña... Conclusión, disfrutemos de la filípica corte, aunque sea entre encajes. Tengo que volver en otras circunstancias... ¿Otra mano de desencuadernada? ¿Juan Tarafe? Porque os queda algún dinero, ¿verdad?


- No, gracias, ya os debo más en cuatro días de lo que podré pagaros en cuatro años. Culpa mía, sin duda, por jugar con italianos, debí haber aprendido la lección en Venecia.


- Bueno, siempre podéis pagar en especie. ¿No habría lugar para un audaz espadachín moreno en alguno de vuestros sonetos? Y, por cierto, como anda esa última obra vuestra, la de ese pícaro... ¿Don Pablo?


- Anda despacio, como todas las cosas de esta Corte. Me dicen que está ya dada a impresión, si es que es posible imprimir algo en este país. No me extrañaría nada que acabara siendo impresa en Flandes o en Alemania.


- A fe que no vais a aumentar el cariño que hacia vos puedan sentir el cuarto Felipe y su válido. La imagen que dais de las gentes del país es muy cruel.


- La culpa no mía, amigo mío, si no del país, sus gentes y sus mandatarios – repone el poeta, dirigiéndose a la ventana acompañado de su leve cojera -. Es lo que hay, y no hay más, al menos por el momento. Y no creo que en un futuro cercano cambien las cosas, así las pulgas se nos tornen doblones y los problemas picas. Miré los muros de la patria mía...


Durante un rato permanecen en silencio, jugando con la baraja el espadachín y perdido en la vista de allende la ventana el poeta. Al cabo de unos instantes vuelve el poeta a la mesa donde continua barajando el napolitano, entrenando sus ágiles dedos en la suerte de los naipes.


- ¿Cómo llegasteis a conocerlos?


- ¿Qué decís? ¿A quién?


- A Arbante y Azogue. Vos sois extranjero y, perdonadme, no parecéis tener la instrucción que evidentemente tiene Arbante, que debe venir de una importante familia castellana por sus formas y talante. Azogue no parece tan distinguido, pero es hijo de un terrateniente aragonés, y de haber sido el primogénito hoy sería un hombre acaudalado. Ninguno pertenecéis al mismo ambiente. ¿Cómo llegaron tres personas tan distintas a ser tan íntimas?


El italiano permanece unos instantes en silencio, ordenando sus ideas. Deja sobre la mesa la desencuadernada, junto a varios pistolones cargados y los aceros de ambos. Se pierde su mirada más allá del poeta, en un lugar mucho más frío y hostil que su Nápoles natal.


Se ve de nuevo vistiendo las ropas de cuero de correo, adornadas con la roja cruz de San Andrés de las tropas de los Austrias. Algunos años más joven, permanece junto a don Ambrosio Spínola, comandante de los tercios italianos que combaten en Flandes, poco antes de ser ascendido, en virtud de su capacidad militar y, lo más importante en Madrid, su acaudalada familia, a capitán general de todas las tropas de la Monarquía en Flandes. Spínola ha ocupado el lugar del padre del napolitano, muerto en un ataque pirata turco sobre la costa de Nápoles, y lo ha llevado consigo en su meteórico ascenso en la milicia de los Habsburgo españoles.


“- Tres días hace ya que no recibo noticias de esa bandera castellana, la que guarnece Waalvijk. Dios quiera que no sea otro motín, aún faltan dos meses para que llegue sonante de la Corte. Ve allí e infórmate de porqué no atienden a mis órdenes. Y ten cuidado, el correo que envié ayer no ha vuelto. Perros españoles, perros holandeses, perra suerte y así...


“- Descuide, don Ambrosio. Un día para ir y otro para volver si encuentro caballos en las postas. Estaré de vuelta mañana por la noche si Dios quiere.


Se ve ahora cabalgando por las tierras de Flandes, siempre grises, como sus grises gentes. Se ve nacido para ese trabajo, orgulloso centauro, uno solo con el espléndido bayo que bajo él devora milla tras milla sin esfuerzo aparente. Siente de nuevo el primer asomo de miedo cuando encuentra la primera posta quemada, los dos soldados que la custodiaban clavados a las puertas, desangrados. Marcha ahora al paso, para encontrar saqueada la segunda posta. En ella encuentra al correo del día anterior. Joven, tan joven. Apenas un pilluelo lombardo que solo unos meses antes desvalijaba alegremente las faldriqueras de los señores de Milán. Ahora yace desmadejado sobre la mesa, la lengua cortada, las cuencas de los ojos vacías, las manos sin uñas, el vientre abierto que ha empezado ya a ser devorado por las ratas. ¿A qué tanto ensañamiento? La contraseña del día, sin duda. Vacila. ¿Informa a Spínola? ¿Acude a ver qué ha ocurrido con los cien españoles que guarnecen Waalvijk? Un rumor lejano le evita el tomar una decisión. El rumor de cien pares de botas marchando al compás que marcan las cajas de los tercios.


“ –Giuseppe Boromiro, correo de Spínola – vocea desde su agotado caballo a los soldados pequeños, hirsutos, morenos, que marchan en vanguardia -. ¡Llevadme ante vuestro capitán!


Lo conducen ante un gigante bermejo con coraza y morrión.


“- ¿Qué ocurre, italiano? ¿Don Ambrosio ha cambiado de opinión?


“- ¿Qué decís? Don Ambrosio no sabe nada de esta bandera desde hace tres días. Cree que permanecen de guarnición en Waalvijk.


“- No es posible, ayer llegó un correo con la orden de encaminarnos a los cuarteles de Spínola. Se marchó tan pronto como llegó, os debéis haber cruzado por el camino.


“- No sé quién dio esa orden, señor capitán. Pero al verdadero correo de don Ambrosio acabo de encontrarlo torturado y muerto. No seguís ordenes de Spínola.


El capitán empalidece. Sangre de Cristo. Cien españoles en campo abierto en Flandes, sin ninguna tropa cercana que sepa donde se encuentran. Y fijo que rodeados de herejes. Blasfema en buen castellano durante minutos, mientras la bandera lo rodea y mira con hostilidad al italiano, que parece portador de malas nuevas. Maldice el capitán la guerra inútil, la patria ingrata, el rey distante y el Dios indiferente. Entre reniegos e insultos ordena formar a la tropa. A paso ligero hacia el este, a los cuarteles de los italianos, los más cercanos en ese momento. Pero es inútil. Columnas de polvo primero, y tropas herejes después denuncian el destino de la bandera. Cercados por una artimaña del enemigo.


“- ¡Por los clavos de Cristo! Traen caballos corazas y nosotros al descubierto. A fe que todo está perdido. ¡Maldita sea mi suerte! Pero como Dios es Cristo que esta tarde vamos a dejar este país maldito lleno de viudas y de madres sin hijos. ¡Vamos, perros, hijos de mil padres! ¡A esa colina a la carrera!


Recuerda el italiano a la bandera deshaciendo la formación para alcanzar una colina que da una protección más simbólica que real. Al alcanzar la colina forman un cuadro instintivamente, en silencio, sin esperar órdenes. Los piqueros crean una coraza de espinas de veinticinco palmos para proteger a sus compañeros. En las esquinas las mangas de arcabuceros y mosqueteros, listos para hostilizar a los primeros herejes que lleguen dispuestos a barrer la compañía. Se encienden las mechas, se rezan oraciones, se recuerda a la madre.


“- Que Dios nos ayude.


“- Dios solo ayuda a los buenos cuando son más que los malos, infeliz.


“-¿Tienes miedo, italiano? No te preocupes, irás al infierno en buena compañía.


“- Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros...


“- Ahí vienen. Sacad el acero. Abatid las picas. ¡Aguantad!


Se refugian los mosqueteros tras los piqueros, extraen las espadas, esperan en silencio que los pesados jinetes holandeses rompan sobre ellos. ¿Bastará tan fina línea de picas para resistir el embate enemigo? Ahora dependen de sus compañeros con lanza. Ataviados de cobre y acero los coseletes tienden las picas. Cuando apenas unos pies les separan de los temibles jinetes estalla su grito al fin.


“- ¡Santiago! ¡España! ¡Santiago!


Parecería que con su grito pretenden frenar la carga rival. El sonido que viene a continuación no se puede olvidar. Cualquiera que lo haya sentido lo rememora en pesadillas, lo paladea de nuevo, con su sabor a bilis, cuando el vino o el aguardiente no consiguen ahogar los recuerdos. El estallido de las picas que se parten. El crujir de los huesos rotos de hombres y bestias al ser penetrados por el acero. Los relinchos de agonía de los caballos. El grito de hombres que matan o mueren.


Ve, con los ojos del recuerdo, como el cuadro flaquea, titubea, pero milagrosamente no cede. La ola holandesa no ha conseguido deshacer el cuadro. Pero a un alto precio, la tercera parte de los españoles ha caído. Entre los caballos moribundos, entre los heridos de ambos bandos se alza el vozarrón del capitán.


“- ¡Perros, despertad, moveos! Desde aquí veo llegar infantería y no hace falta ser general para saber que no son de los nuestros. Meted a los heridos en el cuadro, haraganes, sacrificad a los caballos que aún vivan y montad una barricada con los cadáveres. ¡Arbante! El alférez Torres ha caído, el estandarte es tuyo. Ponte su coraza y cálate el casco. Espero que no te importe el agujero de la frente... ¡Pasmados, ganapanes, rufianes! ¡Moveos de una vez! Si esos herejes nos cogen sin formar estamos aviados. ¡Sangre de Cristo, Aguirre! ¿Llamas a eso herida? Maldito afeminado, por vida de...


“- ¿Aún vivo, italiano?


Sonríe apenas ante el señor de Quevedo el napolitano, rememorando la enjuta figura, la blanca sonrisa que destaca en una cara sucia de tierra, sangre y pólvora del español que con el tiempo aprendería a llamar amigo.


“- Napolitano, si no os importa. ¿Siempre habla así?


“- ¿El capitán Leyva? Quizá su lengua le lleve al infierno, pero pronto se hará con el mando allí abajo. Berciano hideputa...


“- He aprendido de él algunas palabras nuevas hoy, español.


“- Aragonés, si no os importa – contesta con sorna su interlocutor -. Azogue, don Martín de Azogue. Os he visto manejar la espada antes. No os habéis conducido mal. Para ser italiano, claro.


“- Don Giuseppe Boromiro, don José, si lo preferís. Yo también os he visto. Buen esgrimista, aunque un poco tosco. Claro que a un español no se le puede pedir más.


Sonríen ambos con la que sospechan que puede ser su última sonrisa. Ante los vituperios del capitán, ante el redoble de la caja de la bandera avanza la infantería holandesa.


Fue un combate extraño. No tiene recuerdos de lo ocurrido, excepto la cicatriz de una moharra hereje, momento en el que su memoria se desvanece. Le faltan lo que ignora si son minutos u horas. Lo primero que vuelve a su recuerdo es el hedor. Hedor de sangre, de vómitos, de heces. Después viene el sabor. El sabor metálico de su sangre, que mana de los labios partidos por el golpe de la cazoleta de una espada. El tacto en forma de dolor, del hombro abierto por una pica, de la boca, del muslo izquierdo. Recuerda después las maldiciones del capitán Leyva, ronco de ira, aullando su bravura a un cielo impasible, a un mar de cadáveres. La voz de Azogue, que jura asombrado de estar aún vivo. El retumbar lejano de los cascos de la caballería ligera italiana, que pone en fuga a los holandeses que estaban a punto de barrer la bandera. Finalmente el primer recuerdo visual que tiene es la cruz de Borgoña, enseña de los tercios. Antes de caer desmayado por la pérdida de sangre recuerda la cara del portaestandarte fija en la suya. El rostro lampiño, serio, severo, de David de Arbante.